3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año


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Una lección sorprendente que aprendí al mantenerme fiel a las leyes de kashrut.
Mark y yo siempre fuimos cordiales en el trabajo. Es un gran tipo y un par de veces me invitó a almorzar. Siempre le respondí educadamente que no podía, explicándole que yo respetaba las leyes del kashrut. Mark, que no es judío, tuvo curiosidad por saber en qué consistía eso, y aproveché la oportunidad para explicarle cómo busco símbolos kosher específicos en los empaques de los alimentos. Me escuchó con atención, formuló preguntas y parecía respetar sinceramente el concepto.
Un día, estaba en la cocina de la oficina sirviéndome un vaso de agua cuando Mark entró apurado y visiblemente hambriento.
—¡Shlomo, me muero de hambre! —dijo, y fue directo a la canasta de snacks de la oficina. Esa canasta tenía una mezcla de productos kosher y no kosher. Tomó un paquete de galletas Oreo de malvavisco, hizo una pausa y se volvió hacia mí.
—Oye, Shlomo, ¿tú puedes comer esto?
No lo sabía. Los malvaviscos suelen tener gelatina, que no suele ser kosher a menos que tenga una certificación especial. Tomé el paquete y lo revisé, buscando alguno de los símbolos kosher que ya le había mostrado antes. No encontré ninguno.
—No veo ningún símbolo —le dije, devolviéndole el paquete—. Así que no, no puedo comerlo.
Mark me miró un momento y luego dijo:
—Bueno, si tú no lo vas a comer, entonces yo tampoco.
Y con eso, volvió a colocar el snack en la canasta y salió de la cocina.
Su comentario me tomó por sorpresa. Lo llamé:
—Mark, vuelve aquí.
Mark giró, con una expresión curiosa en la cara.
—¿Qué pasa?
—Yo no lo como porque cumplo con las leyes de kashrut —le expliqué—. Pero tú no cumples con eso. ¿Por qué no lo vas a comer?
Tú no lo comes porque tienes autocontrol. Si tú puedes tener ese tipo de autocontrol, entonces yo también puedo tenerlo y evitarme esas calorías de más.
Mark sonrió.
—Shlomo, tú no lo comes porque tienes autocontrol. Ves que el paquete no tiene el símbolo y te detienes. Si tú puedes tener ese tipo de autocontrol, entonces yo también puedo tenerlo y evitarme esas calorías de más.
Y con eso, se fue de la cocina, dejándome allí, profundamente conmovido.
Mark había comprendido algo profundo sobre la observancia de las leyes de kashrut, algo que yo mismo, que he seguido estas leyes toda mi vida, a menudo doy por sentado. Cumplir con kashrut no se trata sólo de los tecnicismos sobre lo que está permitido o prohibido; también se trata de ejercer autocontrol en un mundo lleno de opciones. Dios creó un mundo asombroso, rebosante de placeres y experiencias, y le dio al pueblo judío el regalo de los límites dentro de los cuales disfrutarlos. Al respetar esos límites, ejercemos autodisciplina constantemente, muchas veces sin darnos cuenta de la fuerza y la libertad que esa disciplina nos otorga.
El simple comentario de Mark iluminó una verdad más profunda: cumplir con las leyes de kashrut refina nuestra capacidad de elegir, alineando nuestros deseos con nuestros valores.
Su decisión de no comer esas galletas no tenía que ver con las calorías; tenía que ver con emular la fuerza que vio en mí. Y, al hacerlo, me recordó el poder de vivir de acuerdo con los valores judíos, principalmente para mi propio crecimiento, sí, pero también como una inspiración silenciosa y no intencionada para otros.
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