Dar la bienvenida al Shabat: la sorprendente historia del servicio de Kabalat Shabat

03/07/2025

7 min de lectura

Experimentar el poder del Shabat y las reverberaciones místicas de la alegre plegaria Lejá Dodí.

Los alemanes ocuparon Francia en 1940, pero la Gran Sinagoga de Lyon continuó funcionando resueltamente para los servicios de oración. Los colaboradores franceses de los nazis, conocidos como la Milicia, decidieron aprovechar la situación atacando a los judíos en su sinagoga un viernes por la noche, el 10 de diciembre de 1943.

Los servicios del viernes por la noche en la sinagoga comienzan con Kabalat Shabat, la liturgia de “dar la bienvenida al Shabat”. Esta plegaria consiste en seis capítulos de los Salmos, seguidos por una plegaria poética compuesta en el siglo XVI llamada Lejá Dodí. Al recitar la estrofa final de Lejá Dodí, la costumbre es que todos se den vuelta y miren hacia la parte trasera de la sinagoga para recibir a la Reina Shabat.

Mientras la congregación de Lyon daba la bienvenida al Shabat con el servicio de plegarias, un asesino entró silenciosamente por la parte trasera de la sinagoga. Se estaba preparando para lanzar granadas a la multitud, cuando tuvo la sorpresa de su vida: toda la congregación, que había estado mirando hacia adelante, de repente se dio vuelta para mirarlo. Estaba tan impactado que dejó caer las granadas y salió corriendo de la sinagoga, afortunadamente causando sólo heridas y sin matar a nadie.
Según lo que describió el Rabino de la sinagoga, la Providencia Divina dispuso que el colaborador de la Milicia entrara justo cuando la congregación recitaba la estrofa final de Lejá Dodí, lo cual salvó sus vidas.

Esta plegaria singular ha elevado y protegido espiritualmente a los judíos durante siglos.

La historia de dar la bienvenida al Shabat

Cuando comienza el Shabat, lo recibimos con cánticos, como está escrito: “Salmo. Cántico para el día de Shabat” (Salmo 92:1). ¿Por qué comenzamos el Shabat con cánticos?

Rav Shimshon Pincus responde que, cuando uno está abrumado por la emoción y la alegría, las palabras son limitadas. El canto, en cambio, es expansivo. Cada semana, cuando comienza el Shabat, el pueblo judío se llena de tanta alegría que las palabras no bastan para expresarla. Acudimos al canto para expresar plenamente nuestra alegría y conexión.

Inicialmente, los judíos comenzaban el Shabat yendo a la sinagoga para recitar la plegaria de Maariv de Shabat (la oración vespertina), que difería solo ligeramente del Maariv de los días de semana. No se recitaban plegarias ni Salmos adicionales.

Recitar el Salmo 92, “Cántico para el día de Shabat”, y el Salmo 93 antes del servicio de Maariv del viernes por la noche se volvió común durante los siglos XII y XIII.
En 1488, el sabio italiano Rav Ovadia de Bartenura viajó a Alejandría, Egipto. Él escribió que los judíos allí se preparaban para el Shabat, encendían velas y luego servían la comida de la noche. “Después, todos van a la sinagoga vestidos con ropa fresca y planchada, y comienzan con cantos y alabanzas y rezan un Maariv largo durante dos horas después del anochecer”. Pero no sabemos qué plegarias cantaban.

Shabat, de Marc Chagall, 1910

En el siglo XVI, el servicio de Kabalat Shabat comenzó a tomar la forma que conocemos hoy. Los judíos recitaban seis capítulos de los Salmos, comenzando con los capítulos 95–99 y luego el capítulo 29, correspondientes a los seis días de la Creación.

En esa época, Rav Shlomó Alkabetz, que vivía en Tzefad, compuso una plegaria poética dando la bienvenida al Shabat y describiendo la alegría de dejar de lado las preocupaciones semanales. Él habló del retorno del pueblo judío a su grandeza y de “salir del valle de las lágrimas”. Su plegaria fue conocida como Lejá Dodí, por las dos primeras palabras del estribillo.

Sus palabras tocaron una fibra en el alma del pueblo judío y pronto fueron aceptadas universalmente, recitadas por judíos de todo el mundo al comenzar el Shabat. De hecho, su plegaria es una parte tan integral de la liturgia que la ley judía establece que la congregación acepta la santidad del Shabat con el párrafo final de Lejá Dodí.

El autor de Lejá Dodí

Rav Shlomó HaLeví Alkabetz nació en Salónica a principios del siglo XVI. En 1529, se casó con la hija de Itzjak Cohen, un hombre adinerado de Salónica. En lugar de darle a su esposa un regalo de bodas tradicional como joyas, le regaló su obra recién terminada sobre la Torá, Manot HaLeví. La familia de su esposa valoraba enormemente el estudio de la Torá y a los sabios, y se alegraron mucho con este obsequio, más aún que si hubieran recibido joyas.

Poco después, Rav Alkabetz y su esposa decidieron establecerse en la Tierra de Israel. En el camino, se detuvieron en Adrianópolis, Turquía. Al reconocer la estatura espiritual de su visitante, el pueblo le rogó que se quedara para guiarlos en el servicio a Dios y en el cumplimiento de los mandamientos. Rav Alkabetz aceptó quedarse y enseñar a la comunidad, y varios de sus alumnos se convirtieron en grandes eruditos de la Torá. En ese período también escribió varias obras.

Sin embargo, no permanecería en Adrianópolis para siempre, pues anhelaba establecerse en la Tierra de Israel. Rav Alkabetz Llegó a Tzefad en 1535.

La comunidad mística de Tzefad

En esa época, Tzefad era una ciudad impregnada de conocimiento de la Torá y de misticismo. Uno de los líderes renombrados que vivía allí en ese tiempo era Rav Itzjak Luria, conocido como el Arizal. Se le considera el padre de la cábala contemporánea, ya que formuló el estudio cabalístico en un sistema integral conocido como Cábala Luriánica. Otros grandes líderes eran el Rav Iosef Karo, autor del Shulján Aruj, el principal código de la ley judía, y el Rav Moshé Cordovero (Ramak), uno de los maestros y autores más prolíficos de las enseñanzas del Zóhar (el “Libro del Esplendor”, obra fundamental de la literatura cabalística). Tanto Rav Karo como el Ramak se convirtieron en discípulos del Rav Alkabetz, testimonio de su grandeza.

La sinagoga Iosef Karo en Tzefad

Cada semana, al comenzar el Shabat, los grandes cabalistas de Tzefad salían al campo para recibir al Shabat en una manifestcaión de amor y honor hacia este día especial. Recitaban Salmos con alegría y exclamaban: “Bienvenida, novia, Reina Shabat”

Alrededor de 1540, Rav Alkabetz compuso la plegaria Lejá Dodí, que incluye muchas referencias bíblicas, así como un acróstico con su propio nombre. Su plegaria fue incorporada como parte de Kabalat Shabat, en Tzefad y en el resto del mundo.

Rav Alkabetz murió en 1580 y fue enterrado en el antiguo cementerio de Tzefad, donde aún se puede rezar junto a su tumba.

¿Afuera o adentro?

A lo largo de los siglos, muchos han seguido el ejemplo de los cabalistas de Tzefad que recibían el Shabat en el campo recitando el último párrafo de Lejá Dodí al aire libre. El sabio turco Rav Jaim Benveniste (1603–1673), autor de la obra halájica Kneset Haguedolá, escribe que cuando fue nombrado Rabino en Tite y descubrió que la congregación permanecía en el interior durante todo el servicio de Kabalat Shabat, les instruyó volver a la antigua costumbre de salir al exterior para recibir el Shabat como lo hacían en Tzefad.

Rav Yejiel Mijael Haleví Epstein (1829–1908), en su obra clásica Aruj Hashulján, indicó que esta costumbre de salir al aire libre para recibir al Shabat había sido en gran parte olvidada en su tiempo. Sin embargo, lo que permanece hoy de esa costumbre es que nos volvemos hacia la parte trasera de la sinagoga durante el párrafo final de Lejá Dodí, girando hacia el oeste con el sol poniente al recibir el Shabat.

Regresa un hijo

En un giro conmovedor, un descendiente del propio Rav Alkabetz regresó a sus raíces gracias a la plegaria de Lejá Dodí.

Un joven se presentó en una sinagoga en Israel y fue invitado a la casa de alguien como huésped. No conocía los rituales del Shabat, pero hizo todo lo posible por seguirlos. Durante la comida, pidió si podían cantar de nuevo Lejá Dodí, explicando que le pareció una canción excepcionalmente hermosa cuando la escuchó en la sinagoga. Amablemente, sus anfitriones cantaron Lejá Dodí una vez y otra, y otra más, a petición de su invitado.

Al final de la comida, los anfitriones hablaron más con él y descubrieron que su huésped era en realidad Majmud, de Ramala. Ante sus expresiones de asombro, explicó con vacilación que recientemente había tenido muchas preguntas sobre el islam y le había preguntado a su padre por qué el islam trataba tan mal a los judíos. En respuesta, su padre lo echó de la casa.

Su madre logró comunicarse con Majmud. Le dijo que su padre se había enfurecido porque en realidad Majmud era judío, ya que ella era judía. Le confesó que había cometido un gran error al casarse con un árabe y le dio su partida de nacimiento y su antigua cédula israelí, probando que lo que decía era cierto. El último objeto que le entregó al despedirse fue una foto de sus padres junto a la tumba de un antepasado de la familia.

Cuando Majmud terminó su historia, los anfitriones le pidieron ver la foto. Se sorprendieron al ver que mostraba a una pareja de edad parada junto a una tumba en la que se leía claramente el nombre de Rav Shlomó Alkabetz, el gran compositor de Lejá Dodí.

¡El descendiente de Rav Alkabetz se había conmovido tanto por Lejá Dodí sin saber que esa plegaria sagrada fue escrita por su propio antepasado!

Durante los últimos 500 años, ¿por qué han resonado las palabras de Lejá Dodí con todos los segmentos del pueblo judío? Esta plegaria continúa inspirando y reconectando a los judíos dondequiera que estén: en una sinagoga, en el Muro Occidental, en Tzefad. No es sólo por las hermosas palabras que escribió Rav Alkabetz, sino por lo que realmente significan.

Lejá Dodí recuerda a los judíos la belleza de nuestra relación con el Shabat y con Dios. Los judíos han guardado el Shabat durante milenios, como testimonio de que Dios creó el mundo y de Su relación especial con Su pueblo. Cada semana, podemos volver a experimentar cómo el Shabat nos protege y continúa siendo una fuente eterna de bendición para el pueblo judío.

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