Estados Unidos cumple 250 años
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Saludos desde la ciudad sagrada de Jerusalem.
La parashá Bejukotai contiene una serie de bendiciones y maldiciones. Sorprendentemente, solo 11 versículos están dedicados a las bendiciones (Levítico 26:3–13), mientras que 36 versículos completos están dedicados a las maldiciones (Levítico 26:14–46). El contraste es llamativo. ¿Por qué hay muchas más maldiciones que bendiciones? ¡Casi parece como si alguien estuviera en nuestra contra!
Además, el rey David escribe en los Salmos: “Tu vara y tu cayado me han consolado” (Salmos 23:4). Resulta extraño que use esta imagen para expresar consuelo, ya que la vara y el cayado son instrumentos de dolor. Si quisiera usar símbolos reconfortantes, ¿por qué no escribió “almohadas y cojines me han consolado”?
El Jafetz Jaim cita el Talmud (Berajot 5a), donde Rava explica que Dios golpea a aquellos a quienes ama con sufrimientos y dificultades, tal como dice el versículo: "A quien Dios ama es afligido con enfermedad" (Isaías 53:10). También encontramos apoyo a esta idea en los versículos: “Dios castiga al que ama, como el padre corrige al hijo que quiere” (Proverbios 3:12) y “Dichoso aquel a quien Dios aflige con dolor y sufrimeinto” (Salmos 94:10).
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A partir de estos versículos podemos entender por qué el rey David usa la vara y el cayado como símbolos de consuelo. La vara y el cayado son instrumentos de dolor, y precisamente ahí está la idea que para el rey David es tan reconfortante: el dolor mismo es señal del amor de Dios. ¿Cómo es esto? Exploremos la idea con un ejemplo concreto
Imagina que caminas por la calle y a unos pocos metros hay un grupo de niños jugando a la pelota. En un momento dado, la pelota es lanzada hacia la cuneta, y un niño de 5 años corre para recogerla. Está tan concentrado en la pelota que no mira si viene tráfico, y se lanza a la calle directamente delante de un coche. El conductor ve al niño en el último segundo, pisa a fondo el freno, y el coche se detiene de golpe, chirriando, a apenas unos centímetros de haberlo atropellado.
Tu reacción como peatón ante esta escena probablemente sería contener la respiración con horror y, al ver que el niño no ha sufrido daño, seguir tu camino, quizá sacudiendo la cabeza ante la impulsividad de los niños.
En cambio, si la madre del niño presenciara la escena reaccionaría de forma diferente. Al principio también contendría la respiración con horror, pero cuando viera que su hijo está a salvo, correría hacia él, lo apartaría de la calle y le daría una buena palmada, mientras le grita que nunca, nunca vuelva a hacer algo así.
¿Cuál es la diferencia entre tú y la madre del niño? Tú no te preocupas por el niño tanto como su madre. Ella lo ama tanto que está dispuesta a infligirle dolor temporalmente para enseñarle una lección.
A continuación, exploraremos cinco puntos adicionales que apoyan la idea de que el dolor indica el amor de Dios:
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Por supuesto, a pesar de todos los beneficios del dolor, nunca debemos pedir desafíos en este ámbito. Pero cuando los problemas llegan por sí solos, irónicamente, nuestro propio sufrimiento debería traernos una forma de felicidad y alegría. El tratado del Talmud dedicado a las leyes del duelo se llama “Tratado de la Alegría” (se encuentra al final del tratado Avodá Zará). En un nivel simple, podemos entender que esto significa que a una persona de luto no se le permite participar en fiestas y celebraciones. Sin embargo, en un nivel más profundo, el título indica que el duelo es en realidad una ocasión de alegría.
Esto explica por qué la parashá Bejukotai contiene más maldiciones que bendiciones. Las maldiciones mismas son una señal de que Dios nos ama y desea que recibamos todos los beneficios que provienen de las dificultades. Como señala el Midrash (Devarim Rabá 1:4), Bilam termina bendiciendo al pueblo judío, mientras que Moshé termina “maldiciendo” al pueblo. ¿Por qué nuestro peor enemigo nos da una bendición y nuestro líder más fiel nos da una maldición?
Bilam no quiere que nos beneficiemos de las oportunidades positivas que vienen con el dolor. Él simplemente quiere halagarnos, tranquilizarnos diciendo que todo está bien, para que no tengamos la oportunidad de crecer más allá de nuestro nivel actual. Moshé, en cambio, que nos ama y realmente se preocupa por nosotros, no nos deja escapar. Nos reprende duramente para asegurarse de que nos convirtamos en la mejor versión posible de nosotros mismos.
Dios nos ama incluso más que Moshé. Por eso, las maldiciones en Bejukotai son incluso más severas que las que Moshé pronuncia en el libro de Deuteronomio (ver Rashi sobre Levítico 26:19 en contraste con Deuteronomio 28:23). Esto también se ve en el mes más trágico del calendario judío, el mes en el que fueron destruidos ambos Templos y ocurrieron numerosas tragedias nacionales. Este mes se llama “Av”, palabra hebrea que significa “padre”. Las calamidades de Av nos enseñan que nuestro Creador nos ama profundamente. Si Dios no se preocupara por nosotros, no se molestaría en enviarnos las oportunidades del dolor.
Cada uno de nosotros puede elegir si aplicar o no estas ideas en su vida para afrontar mejor sus desafíos. Sin embargo, debemos recordar que nunca debemos dar lecciones a otras personas cuando están atravesando sufrimiento. Cuando otros están en dolor, nuestro trabajo es simplemente estar ahí para ellos, llorar con ellos, sentir su dolor y hacer todo lo posible para consolarlos.
Que todos seamos bendecidos con la fuerza para enfrentar los desafíos y dificultades con una mentalidad sana, para clarificar el propósito de la vida, expandirnos al máximo y acercarnos lo más posible a Dios, que nos ama en cada momento.
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muy buena reflexion