Desobediencia civil, el coraje de las parteras en Egipto y el legado de Martin Luther King

18/01/2026

4 min de lectura

Mucho antes de Martin Luther King Jr., dos parteras en Egipto desafiaron una ley injusta, iniciando una tradición de coraje moral que aún hoy da forma a la desobediencia civil.

Esta semana se celebra en Estados Unidos el día de Martin Luther King Jr, quien adoptó la desobediencia civil como su principal herramienta en la lucha por la justicia racial.

Pero mucho antes de que Martin Luther King Jr. se convirtiera en un símbolo mundial de justicia, dos parteras en Egipto desafiaron una ley injusta, demostrando que el coraje moral puede surgir incluso en las circunstancias más oscuras. Su ejemplo marca el inicio de una tradición de desobediencia civil que sigue inspirando hasta nuestros días

Las primeras desobedientes civiles

Los primeros actos registrados de desobediencia civil fueron cometidos por tres mujeres, cuyas historias se cuentan en los primeros capítulos del libro del Éxodo. Ellas provenían de extremos opuestos de la escala social del antiguo Egipto. Dos eran humildes parteras llamadas Shifra y Puá. La tercera era una princesa, hija de Ramsés II, el faraón más poderoso de la historia egipcia.

Sus historias comienzan con un decreto genocida. El faraón, alarmado por el creciente número de esclavos hebreos, ordena a Shifra y Puá matar a todo niño hebreo que naciera bajo su cuidado. Pero las mujeres no pudieron obedecer semejantes órdenes. Como relata Éxodo 1: “Las parteras temieron a Dios; no hicieron como les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaron vivir a los niños”.

Cuando fueron convocadas a explicar su desobediencia, ellas ofrecieron al faraón una excusa transparentemente absurda: las mujeres hebreas daban a luz tan rápido que los bebés llegaban antes de que las parteras pudieran actuar. Su desafío no solo fue valiente, sino audaz hasta el punto de la burla.

Shifra y Puá comprendieron instintivamente un principio que no sería codificado durante muchos siglos: algunas órdenes son tan inmorales que no deben obedecerse, sin importar quién las emita o qué castigo pueda acarrear la desobediencia.

Esto ocurrió en el siglo XIII AEC, milenios antes de que existiera cualquier teoría de la desobediencia civil. La noción de derechos humanos universales era desconocida. Sin embargo, Shifra y Puá comprendieron instintivamente un principio que no sería codificado durante muchos siglos: algunas órdenes son tan inmorales que no deben obedecerse, sin importar quién las emita o qué castigo pueda acarrear la desobediencia. El texto dice simplemente que las mujeres “temían a Dios”. Ellas tenían una conciencia que no les permitía cometer asesinato, incluso bajo la orden directa del gobernante más poderoso de la tierra.

La Hija del Faraón

Luego, en Éxodo 2, ocurre otro acto de desafío igualmente notable.

El faraón, frustrado por las parteras, emite un edicto público, vinculante para todos los egipcios: todos los varones hebreos recién nacidos deben ser ahogados en el Nilo. Una madre hebrea oculta a su hijo todo el tiempo que puede, y luego lo coloca en una canasta, esperando desesperadamente que alguien lo rescate.

Alguien lo hace, y resulta ser la propia hija del faraón. Ella encuentra al bebé, de inmediato se da cuenta que es un bebé hebreo y decide salvarlo de todos modos. Sus criadas, testigos de esta desobediencia, seguramente le advirtieron del riesgo. Aun así, ella se mantiene firme. De hecho, la princesa no solo rescata al niño en secreto, sino que lo adopta abiertamente y lo cría en el palacio real, en directa violación del decreto genocida de su padre.

Como observó Rav Jonathan Sacks, para comprender la magnitud de su acto, reemplaza la frase “hija del faraón” por “hija de Hitler” o “hija de Stalin”. Al negarse a asistir a un régimen homicida en cuyo más alto rango había nacido, demostró que incluso en el corazón de la oscuridad, el coraje moral es posible.

La hija del faraón demostró que incluso en el corazón de la oscuridad, el coraje moral es posible.

Estas mujeres (las parteras y la princesa) no tenían nada en común excepto su negativa a participar en el mal. Actuaron sin el beneficio de precedentes históricos ni teorías políticas. Pero establecieron el patrón para todos aquellos que eligen luchar contra leyes injustas rompiéndolas y aceptando las consecuencias, personas como Rosa Parks, Henry David Thoreau, Mahatma Gandhi, Oskar Schindler, los disidentes soviéticos, los abolicionistas del Ferrocarril Subterráneo y la pareja holandesa que ayudó a esconder a Ana Frank y su familia.

El Legado de Martin Luther King

Martin Luther King Jr. retomó esta tradición milenaria. Como ministro bautista, King obviamente conocía el legado de coraje moral que se remonta a Shifra, Puá y la hija del faraón. Sus escritos y discursos contienen numerosas referencias bíblicas, y su filosofía de resistencia no violenta descansaba sobre la misma base que las antiguas parteras: existe una ley superior a la ley humana, y las personas decentes deben, a veces, elegir entre la obediencia y la justicia.

En su famosa “Carta desde la Cárcel de Birmingham”, escrita en 1963 cuando estaba encarcelado por organizar una marcha no violenta contra la segregación, King se dirigió a clérigos blancos que lo habían criticado por desafiar una orden judicial que prohibía las protestas por los derechos civiles. King marcó una distinción crucial entre órdenes justas e injustas, argumentando que “uno tiene la responsabilidad moral de desobedecer leyes injustas”.

Pero, a diferencia de quienes simplemente desafían la autoridad, King insistió en que la verdadera desobediencia civil requiere aceptar la penalidad. “Quien rompe una ley injusta debe hacerlo abiertamente, con amor y con disposición a aceptar la pena”. “Sostengo que un individuo que rompe una ley que su conciencia le dice que es injusta, y que acepta voluntariamente la pena de prisión para despertar la conciencia de la comunidad sobre su injusticia, en realidad está expresando el máximo respeto por la ley”.

Esto no era una licencia para el desorden o la violencia. King rechazaba explícitamente ambas cosas. Aquellos que se sentaban en los mostradores a almorzar, que marchaban por las calles, que se negaban a moverse al fondo del autobús, no eran anarquistas ni revolucionarios. Por el contrario, King argumentaba que estaban defendiendo los valores más profundos de los Estados Unidos, llevando a la nación “de vuelta a esos grandes pozos de democracia que fueron cavados profundamente por los Padres Fundadores”.

En realidad, estaban remontándose aún más atrás, hasta las parteras de Egipto que se enfrentaron al gobernante más poderoso de su tiempo y dijeron no. Hasta la princesa que desafió el decreto genocida de su propio padre. Hasta las primeras personas en la historia registrada que entendieron que la conciencia puede exigir desobediencia, y que tal desobediencia no representa un rechazo a la ley, sino su máxima expresión.

Las personas que se atrevieron a desafiar leyes injustas nunca pudieron predecir cómo la historia los recordaría. Solo sabían lo que su conciencia les impedía hacer. Así comienza el verdadero progreso moral: no con certezas, sino con la valentía de decir “no” a la injusticia.

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