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¿Dices que quieres una revolución?

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Koraj (Números 16-18 )

por Rav Ari Kahn

Cómo entender la manipulación de Kóraj

El aterrorizador informe de los espías y la sentencia inequívoca que recibieron todavía resonaban en los oídos del pueblo. Era el momento indicado para apoderarse del poder. La Tierra Prometida nunca pareció estar más lejos. La estrategia fue simple: generar inquietud y tomar el control. Las tácticas empleadas fueron cínicas: reunir a los desilusionados y crear la fachada de una oposición unificada. El mensaje fue populista: “Todo el pueblo es sagrado” (Bamidbar 16:3). Los resultados fueron desastrosos: muerte y todavía más desesperanza. El líder de este levantamiento fue nada menos que el primo de Moshé: Kóraj.

Lo que pudo parecer una revuelta unificada fue más bien una quimera, una alianza imposible entre Kóraj, de la tribu de Leví, un trío de la tribu de Rubén y un gran grupo de hombres, presumiblemente primogénitos, que se consideraban injustamente dejados de lado como sacerdotes. Hasta ese momento los hijos primogénitos iban a ser los cohanim, los líderes políticos y religiosos que cumplían el servicio Divino en el flamante Mishkán. Los miembros de la tribu de Rubén, el hijo mayor de Iaakov, así como los hijos primogénitos de las otras familias, perdieron ese honor debido a sus malas decisiones y pecados, y fueron reemplazados por los levitas.

Kóraj era un oportunista con sed de poder y un gran manipulador. Él tenía consciencia de la amarga desilusión de quienes habían sido desplazados y decidió aprovecharlo en su propio beneficio. En lo que pareció ser un acto de reconciliación histórica, él, un miembro de una de las familias más ilustres de la tribu que desplazó a los primogénitos, los buscó para formar una coalición. Como los nuevos cohanim, y los administradores del Mishkán, los levitas no eran simplemente las personas elegidas para reemplazar a los primogénitos que pecaron, sino que en realidad eran cómplices en lo que Kóraj describió como el acto de "infamia" más grande de Moshé: su pedido de exterminio de quienes pecaron con el becerro de oro. Entre los pecadores estaban en primer lugar los primogénitos. Quienes salieron a cumplir la orden de matar a los pecadores pertenecían a la tribu de Moshé, por lo que probablemente también Kóraj había empuñado la espada. Para empeorar las cosas, Kóraj remarcó que había una persona culpable del debacle del becerro de oro que se salvó del castigo: Aharón, el hermano de Moshé, quien al parecer se benefició injustamente de sus conexiones familiares. Por lo tanto, Aharón era el punto débil del equipo de Moshé.

Kóraj afirmó que a pesar de su pecado, los primogénitos continuaban siendo sagrados. Esta declaración, en boca de un miembro del privilegiado clan de los levitas, tuvo un impacto tremendo en quienes se sentían víctimas de la injusticia. Cautivados por sus palabras y seducidos ante la aparente sinceridad y empatía por su pérdida, doscientos cincuenta hombres se movilizaron para apoyar la rebelión de Kóraj. Sin embargo, las otras dos cabezas de este monstruo de tres cabezas, no podían reconciliarse entre ellas. Si Kóraj iba a ser el nuevo Gran Sacerdote, ¿en qué ayudaba eso a los tres rubenitas que se irguieron a la par de Kóraj? Si ellos reclamaran el rol de cohanim para su tribu, ¿qué pasaba con los primogénitos de las otras tribus?

La persona que reconoció la mentira y comprendió que las palabras de Kóraj no eran más que demagogia, fue la esposa de uno de los conspiradores iniciales: On, el hijo de Pélet. Su nombre aparece una sola vez y hay un absoluto misterio respecto a su desaparición. Al comienzo de la rebelión, Kóraj se unió a Datán y a Aviram, hijos de Eliav, y a On hijo de Pélet, todos de la tribu de Rubén. Pero después On desapareció. En el acto final, murieron todos los otros conspiradores, pero no volvemos a escuchar nada de On.

El Talmud (Sanedrín 109b – 110a) completa los detalles sobre la desaparición de On e identifica a su esposa como la heroína de la historia. La esposa de On entendió que Kóraj se aprovechaba de los sentimientos de culpa, frustración y pérdida que tenían los primogénitos. Ella entendió de inmediato que Kóraj se aprovechaba de su angustia para usarlos como peones para su propio juego. Ella comprendió que aunque Kóraj también se sentía dejado de lado y eso le permitía fingir empatía por los demás, cuando se cumplieran sus propios deseos él no dudaría en abandonar a sus aliados. Ella entendió que el final no estaba bien concebido y no era real. La quimera tenía una sola cabeza, que era Kóraj, y él se aprovechaba de los demás. La esposa de On le explicó eso a su esposo: "Tú nunca serás el líder. Sólo puedes elegir si seguirás a Moshé o a Kóraj". "Mis ‘compañeros’ pronto vendrán a buscarme para que marchemos en protesta", le respondió On preocupado. Ella le dio de beber, lo llevó a dormir y le dijo: "Yo me haré cargo de esto". Ella sabía que el grito de batalla de esa revolución era: "Todos somos sagrados" (16:3). Por eso se paró a la entrada de su tienda, se descubrió el cabello y comenzó a cepillarlo. Cuando llegaron los rebeldes a buscar a On y vieron a una mujer casada con el cabello descubierto, prefirieron dar media vuelta y alejarse de semejante falta de recato. Esas personas "sagradas" estaban dispuestas a rebelarse en contra de Moshé, a hablar mal de Aharón, a calumniar a aquellos que Dios mismo había elegido y a socavar la fe de toda la nación; pero no estaban dispuestos a mirar el cabello de una mujer casada.

Este pasaje talmúdico demuestra contundentemente la manipulación de Kóraj y la trágica culpabilidad de sus seguidores. Kóraj los convenció de que eran tan sagrados como Moshé y Aharón. Los convenció de que ellos debían vestir las prendas del cohén. Los persuadió para que fueran con incienso al Mishkán, pese a que incluso los verdaderos cohanim que llevaron incienso sin que se les ordenara murieron en el Santuario. Y, al igual que Nadav y Avihú, los 250 cohanim falsos también murieron. Kóraj, Datán y Aviram, quienes enviaron a sus seguidores engañados a la muerte, no cometieron ese mismo error. Ellos nunca se pusieron las vestimentas del cohén ni llevaron incienso. Ellos sabían cuáles serían las consecuencias.

De hecho, para ellos toda la charada no tenía nada que ver con la santidad. Ese era sólo el señuelo que usaron para seducir a sus seguidores. Para Kóraj, Datán y Aviram, desde el comienzo la rebelión tuvo el objetivo de llegar al poder. Ellos esperaban que Moshé, debido a su humildad, diera un paso al costado para preservar la unidad y que se llevaría también a Aharón.

Kóraj, Datán y Aviram tenían una motivación muy diferente a la del resto de los participantes de la rebelión, y también su final fue distinto. Los doscientos cincuenta hombres que se unieron a Kóraj en un intento desesperado y equivocado para servirle a Dios, fueron engañados por un hombre que buscaba gloria, poder, honor… pero no santidad. Este grupo inocente y equivocado, sólo buscaba santidad. Este grupo, al igual que Nadav y Avihú, fue consumido por un fuego Divino. Ellos partieron como un sacrificio sobre el altar. Pero Kóraj, Datán y Aviram se hundieron en el oprobio; cayeron en un abismo infinito. Sólo uno de los conspiradores sobrevivió al episodio: On, el hijo de Pélet, quien se salvó gracias a la visión y la acción decisiva de su esposa. Ella comprendió la estrategia de Kóraj y sus tácticas. Ella entendió la trágica y corrupta piedad de los hombres primogénitos que se unieron a la rebelión, hombres que se consideraban más sagrados que Aharón y que Moshé; tan sagrados que se detuvieron ante unas pocas mechas de cabello.



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