Dinesh D’Souza y la razón subyacente del antisemitismo

30/03/2026

6 min de lectura

No se puede entender sin poner a Dios en la ecuación.

El antisemitismo no tiene sentido. Ese es el punto.

Toda otra forma de prejuicio sigue una lógica reconocible: la mayoría teme o desprecia a una minoría que es diferente, extranjera o amenazante. Racismo, xenofobia, sectarismo… son feos, pero comprensibles. Apuntan al extraño, al que no encaja.

El antisemitismo opera con reglas completamente diferentes. A los judíos se les culpa simultáneamente de cosas contradictorias, en cada época, en cada país, a lo largo de todo el espectro político. En la Europa previa a la guerra, la izquierda llamaba a los judíos capitalistas. La derecha los llamaba comunistas. Hoy en los Estados Unidos, la extrema derecha culpa a los judíos de abrir las fronteras. La extrema izquierda dice que inventaron la policía del apartheid. Cuando los judíos eran pobres, su pobreza era un crimen. Cuando se volvieron ricos, su riqueza era una conspiración. Cuando no tenían patria, eran parásitos sin raíces. Ahora que tienen una, son colonialistas.

Sea cual sea el mayor mal moral que una sociedad decida identificar, los judíos terminan vinculados a él. Siempre. La acusación cambia. El objetivo no.

Esto no es coincidencia. Es una pista.

El problema que nadie quiere nombrar

Cuando los académicos estudian el antisemitismo, hay una conclusión que se esfuerzan mucho por evitar: que podría tener algo que ver con la propia identidad judía.

Esa incomodidad es comprensible. Suena peligrosamente cercano a culpar a la víctima. Pero negarse a formular la pregunta nos deja sin respuesta, y sin respuesta no podemos responder.

Anne Frank estuvo más cerca que la mayoría. En su diario escribió: “Puede que incluso sea nuestra religión de la que el mundo aprende el bien. Y por esa razón, y solo por esa razón, ahora sufrimos”. Es una línea notable de una adolescente escondida en un ático. Cuando los productores de Broadway adaptaron su diario, la eliminaron. En su lugar, pusieron algo vago sobre cómo la persecución simplemente cambia de grupo a grupo a lo largo de la historia. Probablemente los productores eran judíos seculares que encontraron el original demasiado incómodo, demasiado sugerente de que podría haber algo específico en la identidad judía que atrae ese odio. Mejor generalizarlo.

Pero la pregunta que formuló Anne Frank merece una respuesta seria.

Dinesh D’Souza en Jerusalem

En una conferencia reciente sobre antisemitismo en Jerusalem, el pensador conservador Dinesh D’Souza fue entrevistado por el periodista israelí Gadi Taub. D’Souza dijo algo que la mayoría d ellos rpesentes no esperaban. Él afirmó que no se puede entender el antisemitismo en términos puramente seculares.

Comenzó con la envidia. En El Paraíso Perdido de Milton, Satanás observa por primera vez a Adam y Javá y siente odio hacia ellos, no porque le hayan hecho daño, sino por lo que son. Su belleza, su bondad, su cercanía con Dios. Satanás no puede destruir a Dios, así que ataca lo que Dios ama.

D’Souza aplicó este marco directamente a los judíos. Históricamente, los judíos han sido el pueblo a través del cual la ley moral entró en el mundo. Él sostiene que si crees que existe una lucha cósmica entre las fuerzas del orden moral y las fuerzas que se le oponen, entonces el antisemitismo se parece menos a un prejuicio común y más a una campaña espiritual. Un ataque a los judíos se convierte en una forma de atacar la fuente.

Esto puede sonar a especulación teológica. No es solo eso.

La confesión de Hitler

La corroboración más impactante de esta tesis proviene de una fuente inesperada: Adolf Hitler.

Herman Rauschning fue un alto funcionario nazi que se alejó de Hitler antes de la guerra y pasó el resto de su vida tratando de advertirle al mundo lo que realmente era el nazismo. En su libro de 1941 The Beast from the Abyss, Rauschning describió la visión del mundo de Hitler. No la propaganda sino su creencia básica.

Rauschning explica que Hitler quería un mundo gobernado por el poder puro: una forma extrema de darwinismo social. Los fuertes dominan, los débiles perecen, y la raza más fuerte (que él creía que era la aria) gobierna todo. Lo que se interponía en esa visión era la conciencia. Y Hitler creía que la conciencia era una invento judío.

Piensa en lo que eso significa. Hitler no era principalmente un antisemita racial en la forma en que solemos imaginarlo. En el nivel más profundo, estaba en guerra con un conjunto de ideas, y rastreaba esas ideas hasta su origen.

Las ideas que odiaba: que todo ser humano está creado a imagen de Dios y, por lo tanto, tiene un valor inherente. Que no se puede matar a un niño por tener una discapacidad. Que los pobres, la viuda y el extranjero merecen protección, no explotación. Que la justicia no es privilegio de los poderosos. Que la guerra no es gloriosa, sino un mal necesario, y que el ideal es la paz. Que todo niño (no solo los hijos de las élites) merece una educación.

Hitler escribió literalmente: “Los judíos han infligido dos heridas a la humanidad: la circuncisión en el cuerpo y la conciencia en el alma”.

Él creía que mientras quedara un solo judío vivo en el mundo, (incluso uno que no supiera nada sobre la práctica judía, uno que nunca hubiera pisado una sinagoga), esa persona sería, en sus palabras, una "nueva sedición", un portador del virus mortal. Por eso, en su lógica, la única solución era el exterminio. No puedes destruir una idea suprimiendo sus instituciones. Tienes que matar a cada persona en quien vive esa idea.

Estaba equivocado sobre muchas cosas importantes. Pero entendió algo sobre la historia judía que a la mayoría d ellos judíos seculares nunca se les ha enseñado.

Sinaí y el odio

El análisis de Rauschning conecta con una idea en las fuentes judías clásicas. La palabra hebrea “Sinaí” (la montaña donde de acuerdo con la tradición el pueblo judío recibió la Torá, la ley y las enseñanzas judías), fonéticamente suena similar a “siná”, que significa odio. Los rabinos interpretaron que cuando se entregó la Torá en el Sinaí, el odio entró al mundo.

No porque la Torá fuera mala, sino porque introdujo a la civilización exigencias morales. Y la conciencia nunca ha sido bienvenida por todos.

El padre Edward Flannery, un sacerdote católico que escribió una de las historias académicas más completas del antisemitismo, The Anguish of the Jews, lo expresó así: el antisemita no es realmente el enemigo del judío. Es su propio enemigo. Considera que las exigencias morales de la religión son una carga insoportable. Desarrolla una hostilidad inconsciente hacia Dios, hacia la ley, hacia la estructura moral de la realidad. Y proyecta esa hostilidad hacia afuera, sobre las personas que la portan. Al atacar a los judíos, intenta golpear la conciencia que lo atormenta.

Sea cual sea la definición actual del mal, el antisemita encuentra una forma de conectarla con los judíos. ¿Por qué? Porque los judíos representan la responsabilidad moral. Y la parte más oscura de cada ser humano, la parte que desea vivir sin responsabilidad y sin rendir cuentas, odia eso.

Qué significa esto para nosotros

Nada de esto es un argumento a favor de la superioridad judía. La Torá es implacablemente honesta sobre los fracasos del pueblo judío. La Biblia es en gran medida un registro del pueblo judío fallando en alcanzar sus propios ideales. Esa honestidad es, en sí misma, parte de lo que hace que la tradición sea notable.

Pero aquí está la incómoda pregunta que la tesis sobre el antisemitismo nos obliga a enfrentar: si los judíos son odiados porque representan algo, ¿qué ocurre cuando dejan de representarlo?

La Torá describe al pueblo judío como un pueblo con un propósito específico: absorber un conjunto de valores y demostrar que es posible construir una civilización sobre ellos. No perfecta, pero orientada hacia la justicia, hacia la conciencia, hacia la santidad de cada vida humana. El concepto hebreo de tikún olam (reparar el mundo) es el destino. La Torá es el manual de instrucciones.

Cuando los judíos viven de acuerdo con eso, el mundo se beneficia. Los valores se difunden, a través del cristianismo, a través del islam, a través de la filosofía política de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, quienes conscientemente se inspiraron en la Biblia hebrea y en pensadores políticos del siglo XVII que modelaron sus ideas en la antigua comunidad israelita. El profesor de Harvard Eric Nelson documenta esto en su libro The Hebrew Republic. Los Padres Fundadores no eran judíos. Algunos ni siquiera eran amistosos con los judíos. Pero creían que el único modelo político que Dios había dado realmente a la humanidad era el que se encuentra en la Biblia hebrea, así que lo estudiaron.

Ese es el efecto dominó de un pueblo que se toma su misión en serio.

La verdadera respuesta al antisemitismo

El poder militar puede derrotar a Hamás o a Hezbolá. No puede derrotar al antisemitismo. La educación puede exponer el odio y llamarlo por lo que es. No puede erradicarlo. Estas cosas importan, tenemos que hacerlas, pero tratan los síntomas, no las causas.

La tesis compartida por D’Souza, por Rauschning, por Flannery y —sorprendentemente— por el propio Hitler, sugiere algo más radical: el antisemitismo es una reacción. Es el odio del mundo hacia su propia conciencia, dirigido hacia las personas que la portan. La forma de derrotarlo no es combatirlo en sus propios términos. Es ser lo que los que odian dicen que no eres.

Vive los valores. Aférrate a los estándares. No porque el mundo sea justo (no lo es, y el doble estándar aplicado a los judíos y a Israel es grotesco), sino porque el estándar nunca fue sobre justicia. Era sobre qué clase de mundo estás tratando de construir.

La palabra hebrea Torá proviene de una raíz que significa tanto enseñanza como luz. Tikún olam (reparar el mundo) no es una metáfora. Es un programa. Cada generación que mantiene esa luz hace el mundo un poco menos oscuro. Cada generación que la abandona deja un vacío que el odio rápidamente llena.

El llamado del antisemitismo, en su nivel más profundo, no es un llamado a contraatacar. Es un llamado a ponerse a la altura.

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