Dios, dame una señal

02/07/2025

4 min de lectura

Me sentía enojada y sola, y le rogué a Dios que me diera una señal. Entonces sonó el teléfono.

Me sometí a una cirugía para extirpar un fibroma benigno que estaba creciendo demasiado. Cuando desperté, el médico me dijo que habían visto algunas células de aspecto dudoso durante la operación y habían tomado la fatídica decisión de adelantarse a cualquier posibilidad de ataque del "asesino silencioso", también conocido como cáncer de ovario.

Estaba en absoluto estado de shock, aún sin estar completamente consciente. Pasé los dedos por las grapas que recorrían mi abdomen como una cremallera. Estaba atónita. “Dios, ¿qué me has hecho?”. Mis posibilidades de tener un hijo pasaron rápidamente de “disminuyendo” a “ninguna”. Estaba horrorizada. Mi estrecha ventana de oportunidad se había cerrado de golpe.

Mis posibilidades de tener un hijo pasaron rápidamente de “disminuyendo” a “ninguna”. Estaba horrorizada.

Las semanas siguientes como mujer me sentí agraviada y completamente desmoralizada. Me atormentaba la pregunta humana por excelencia: ¿por qué les suceden cosas malas a las personas buenas?

Mi cuerpo estaba ahora marcado, y mi alma también. Regresé a la sinagoga tan pronto como pude, con la esperanza de que estar allí reavivaría mi espíritu o al menos compensaría mi incapacidad para rezar. No sólo cuestionaba los caminos de Dios; tenía la audacia de estar enojada con Él, un sentimiento con el que no me sentía nada cómoda.

En momentos de angustia, solía rezar a Dios fervientemente con la esperanza de que me escuchara. Cuando era testigo de una aparente injusticia —aunque comprendía que hay un panorama más amplio que no puedo ver y que la justicia prevalecería al final— a veces eso me dejaba sintiéndome indignada y enojada.

Enojada con Dios

Sabía que tenía mucho por lo que estar agradecida, así que concerté una cita con una Rebetzin, mi mentora, para hablar de ello. Había asistido a sus clases para adultos a lo largo de los años. Sabía que sería comprensiva y amable, pero me sentía más vulnerable que nunca. Le conté sobre mi cirugía y mi dolor. Le confesé que estaba enojada con Dios y avergonzada por tener la audacia de estarlo.

Si estás enojada con Dios, significa que todavía tienes una relación con Él

"Si estás enojada con Dios, significa que todavía tienes una relación con Él", me tranquilizó. "Si fueras indiferente, entonces sí habría un problema".

Vaya, pensé. Entonces no estoy completamente perdida.

"Apenas puedo rezar cuando me siento así".

Me miró con amabilidad me dijo: "Eres humana. Es normal sentir dolor y cuestionarse. Si no puedes usar el libro de rezos, reza desde tu corazón. Háblale directamente. Dile lo que sientes".

Con un solo y brillante consejo, me liberó del peso de la culpa. Me aseguró que la fe a menudo viene acompañada de dudas, y que eso estaba bien. Me dio una manera alternativa de hablar con Dios hasta que la ira se disipara. Me dio un camino para seguir adelante.

Seguí con mi vida, pero me costó. En este punto, mis sueños de maternidad eran esquivos. Tal vez podría ser madrastra o adoptar un niño, pero parecía más improbable que nunca. Había dedicado una enorme cantidad de tiempo y esfuerzo a convertirme en una esposa y madre judía, pero por designio de Dios y por mis propios errores, nunca había logrado ese objetivo.

Dudaba del poder de la plegaria. Sí, era muy bonito que Sara, nuestra matriarca, rezara por un hijo, pero estaba bastante segura de que yo no tendría un hijo a los 90 años, sin importar cuánto rezara —a pesar de Al Pacino o Robert De Niro. (Ni siquiera quería un milagro así a esa edad). Ya me parecía demasiado tarde a esta altura.

En la Biblia, Sara, Rajel y Jana fueron "recordadas" en Rosh Hashaná y se les concedieron hijos. Pero hubo muchas otras personas —incluso grandes rabinos piadosos y sus esposas— a quienes se les negó la maternidad. ¿Sus plegarias no tuvieron mérito? ¿Las mías tenían un poco de mérito o acaso ni siquiera habían sido escuchadas?

Había aprendido que ninguna plegaria es en vano ni queda sin obtener respuesta. Tal vez en lugar de lo que se pidió se recibe otra bendición. Pero yo era una mujer en duelo, sin respuestas claras.

Dios, ¿me estás escuchando?

Una mañana de Shabat, me senté con mi libro de rezos sobre el regazo sin poder rezar; me parecía completamente inútil. Miraba las palabras en la página sin verlas y no podía pronunciarlas. Cerré el libro y lo coloqué de nuevo en la estantería. Las palabras en la página no expresaban lo que sentía. Tampoco podía rezar desde el corazón, como me habían aconsejado. Dios sabía cuánto lo había intentado y cuánto había llorado. Esperaba que Él lo entendiera.

El domingo por la mañana, me sentí miserable por no haber rezado en Shabat. Esta vez, estaba decidida a hacerlo. Sabía que el mundo era injusto y que yo no podía ver el panorama completo. Sabía que tenía mucho por lo que estar agradecida, pero aun así, no quería ser sólo una voz más entre una multitud de voces. Quería destacarme y ser escuchada.

Dios, quiero una conversación uno a uno contigo.

Esta vez, seguí el consejo y recé desde el corazón. Dios, te he rezado durante años, suplicándote por un esposo, por una familia. Tal vez la respuesta sea "No". Tal vez haya una razón por la que sigo sola. Pero, ¿cómo sé que realmente me escuchas? ¿Cómo sé que me oyes?

Me sentí absurda. Me balanceé suavemente en mi sillón reclinable, con mi libro de rezos abierto sobre mi regazo. Lo cerré. Por favor, dame una señal de que me has escuchado, aunque Tu respuesta sea "No". Te lo suplico, dame una señal para saberlo.

Apoyé la cabeza hacia atrás, cerré los ojos y suspiré por la intensidad de mi esfuerzo. Entonces sonó el teléfono, quebrando el silencio y sobresaltándome.

Ja. Debe ser Dios. ¿Sonará como Morgan Freeman? ¿Podría ser una señal?

Se me puso la piel de gallina. No reconocí el número. No tenía ganas de hablar con nadie, pero si no contestaba, siempre me quedaría la duda de quién era.

Agarré el teléfono.

—¿Hola?

—Llamo de la organización benéfica para…

Se me cayó el alma a los pies. La interrumpí:

—Nunca hago donaciones por teléfono. Puede enviarme un sobre…

No estaba de humor para esta clase de llamada.

—No estoy llamando para pedir una donación. Llamo para informarle que ganó nuestra rifa benéfica y pronto recibirá su premio por correo.

—¿Gané? —Nunca he ganado nada en mi vida.

—Sí, ganó un juego de collar y pulsera de oro tricolor. Por favor, avísenos si no lo recibe en unos días.

Y sí, llegó. Hermoso y delicado, con pequeñas cuentas de oro blanco, amarillo y rojo.

¿Fue coincidencia? ¿Providencia divina? Le había rogado a Dios por una señal, y sonó el teléfono. Yo lo llamo mi "joya de Dios-me-escucha" y la uso cuando necesito sentir a Dios cerca de mí.

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Zony Amesty
Zony Amesty
8 meses hace

Espectacular! Yo también he recibido señales de Dios en algunas oportunidades: ¡Aves!
Si! Pajaros se acercan a mi ventana de maneras sorprendentes en momentos sorprendentes, haciendome saber que Hashem esta presente, escuchándome y respondiendome!

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