¿Encontraron realmente el Arca de Noé?


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Mi padre celebró sus 90 años con una gran fiesta en Sucot, desafiando a cualquiera que intentara impedírselo. Cuesta creer lo que pasó después.
Mis padres crecieron en una época en la que, si ibas al jéder (escuela religiosa judía), el rebe te golpeaba los nudillos con una regla. En el trabajo les decían: «Si no vienes a trabajar el sábado, no vengas el lunes».
La familia de mi padre era muy pobre. Su madre tuvo que empeñar su anillo de bodas para poner comida en la mesa. No es de extrañar que no siguieran siendo observantes. Mi padre solo quería salir de la pobreza.
Me hice judía observante cuando tenía veintitantos años. Para mí fue fácil. Gracias a mi padre, nunca me había faltado comida.
Para celebrar los 90 años de mis padres, mi padre quería organizar una gran fiesta a todo lujo en su club de campo.
«Ese es el primer día de Sucot, un Iom Tov», le dijo mi cuñada a mi padre por teléfono. Eso era un problema porque, como judíos observantes, en nuestra familia no podemos conducir en Iom Tov.
«Dios no me dice qué hacer», respondió mi padre.
Aunque había crecido en la pobreza, se había convertido en un dentista exitoso y rico. Había salido adelante por sus propios medios.
«Yo le digo a Dios qué hacer».
«Si haces la fiesta en Iom Tov, se lo vas a poner difícil a Jewel», dijo mi cuñada. Le suplicó por mí: «¿Podemos elegir otra fecha, por favor?». Más súplicas, más lágrimas y el delineador de ojos de la noche anterior escurriéndole por la cara.
No estaba dispuesto a ceder.
Quería evitar que estallara una tercera guerra mundial, así que cedí. El club de campo estaba lejos de todo, de modo que tenía que encontrar una forma de llegar sin conducir.
Mi cuñada me pasó el teléfono y mi padre me soltó el sermón: «Cumplimos 90 años. No nos queda mucho tiempo. ¿Qué puede ser más importante que complacer a tus padres?». Siguió y siguió, apelando a ese sentimiento de culpa tan judío. Era imposible hacerlo cambiar de opinión. Quería evitar que estallara una tercera guerra mundial, así que cedí.
¿Cómo iba a resolverlo? El club de campo estaba lejos de todo, de modo que tenía que encontrar una forma de llegar sin conducir. Llamé al rabino que estaba más cerca del club. Milagro de milagros: consiguió que nos alojáramos en un pequeño castillo a orillas del estrecho de Long Island, justo enfrente del club. Podíamos llegar antes de Sucot.
Cuando llegamos, mi hija adolescente estaba fascinada porque la casa había aparecido en una serie juvenil que ella veía. No veía la hora de contárselo a sus amigas. Además de ser un castillo, por dentro parecía un museo: había incluso un caballero con una armadura reluciente junto a la puerta de entrada y una biblioteca que ocupaba un piso entero, con arcos de madera tallada y un precioso suelo de mosaicos.
Lo más importante era que había una pequeña sucá en el jardín.
Llegó la noche de la fiesta. Cruzamos la calle bajo la lluvia, con nuestros impermeables de plástico desechables. Dentro del club, todos llevaban esmoquin o vestidos de gala. Había escotes por todas partes. Los diamantes relucían y los pendientes largos centelleaban. Había esculturas de hielo y montañas de langostas y camarones. Luz de velas. La emoción se palpaba en el ambiente.
Sonó la alarma de incendios. Por supuesto, nadie le hizo caso. Para que alguien se la tomara en serio, las llamas tendrían que estar lo bastante cerca como para cocinarle los camarones.
Unos 20 minutos después de que comenzara la fiesta, sonó la alarma de incendios. Por supuesto, nadie le hizo caso. Para que alguien se la tomara en serio, las llamas tendrían que estar lo bastante cerca como para cocinarle los camarones.
Llegaron los bomberos y nos hicieron salir a todos. Llovía y nos apretujamos bajo un toldo. Esmoquin, vestidos de gala, lentejuelas y joyas brillantes, todos apiñados como sardinas en lata. Las luces de arriba nos daban a todos un aspecto pálido y el maquillaje se iba borrando. Alguien trajo una silla para mi madre de 90 años, que llevaba un hermoso vestido azul bordado con cuentas y unas joyas deslumbrantes. Supusimos que solo serían unos minutos.
Un bombero le dijo a mi padre que no habían encontrado ningún incendio, pero que no podían reiniciar la alarma, así que, por razones de seguridad, nadie podía volver a entrar. Al oírlo, mi padre cayó al suelo inconsciente.
Tratamos de mantener a mi madre alejada de él porque temíamos que le diera un infarto si lo veía en el suelo. Le dijimos que había bebido demasiado.
La ambulancia había llegado junto con los bomberos, así que llevaron al hospital a mi padre y a un par de familiares nuestros que eran médicos (en nuestra familia abundan los médicos judíos). Todos los demás se fueron.
Los pasajes de avión para cruzar el país habían sido un gasto en vano. La fiesta a todo lujo había terminado. Las esculturas de hielo acabarían derritiéndose, las velas se apagarían y el banquete se echaría a perder. Ni siquiera nos permitieron llevarnos la comida.
Volvimos a cruzar la calle hacia el castillo, donde nos esperaba el caballero con su reluciente armadura. Nuestros anfitriones nos invitaron encantados a cenar con ellos en su sucá. Las paredes de bambú se tambaleaban con el viento y las hojas de palma del techo nos mantenían secos bajo la lluvia. Las velas de Iom Tov resplandecían. Nos sentamos en sillas de jardín, ante una mesa repleta de comida gourmet. Ocho personas nos apretujamos en un espacio construido para cuatro. Fue una noche mágica.
El club de campo abrió a la mañana siguiente a las 6:00 para que los golfistas comenzaran sus partidas. Solo había estado cerrado durante las pocas horas de la fiesta. El lujoso club de campo había tenido que cerrar en Sucot, pero la pequeña y frágil sucá seguía intacta y seca.
¿Acaso no es ese el mensaje de Sucot? Tu protección viene de Dios, no de tu casa, de tu cuenta bancaria ni de tus acciones.
Justo después de aquella experiencia, se sintió vulnerable y la presencia de Dios empezó a ocupar un lugar más importante en su vida.
Mi padre pasó unos días en el hospital para hacerse estudios y, gracias a Dios, resultó que estaba bien. Se había desmayado por la impresión.
Justo después de aquella experiencia, se sintió vulnerable y la presencia de Dios empezó a ocupar un lugar más importante en su vida. Decía «si Dios quiere» para una cosa y «gracias a Dios» para otra. No duró mucho. A medida que se sentía más fuerte, volvió a adoptar su actitud de tipo duro.
Pero, al menos por un breve tiempo, pudo experimentar la esencia de Sucot.
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