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Dos clases de encuentros religiosos

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Ki Tisá (Éxodo 30:11-34:35 )

por Rav Jonathan Sacks

Enmarcando los eventos épicos de la porción de la Torá de esta semana hay dos objetos, dos grupos de Tablas, las primeras entregadas antes y las segundas después del pecado del Becerro de Oro. Sobre las primeras leemos:

Las Tablas eran obra de Dios, y la escritura era la escritura de Dios, grabada sobre las Tablas.

Quizás estos fueron los objetos más sagrados de la historia, la obra de Dios desde el comienzo hasta el final. Sin embargo, en unas pocas horas estaban quebradas. Moshé las arrojó cuando vio el Becerro de Oro y los israelitas bailando a su alrededor.

Las segundas Tablas las bajó Moshé el diez de tishrei, y fueron el resultado de sus prolongadas súplicas a Dios para que perdonara al pueblo. Este es el evento histórico subyacente a Iom Kipur (el diez de tishrei), el día marcado perpetuamente como un momento de favor, perdón y reconciliación entre Dios y el pueblo judío. Las segundas Tablas eran diferentes en cuanto que ellas no eran por completo la obra de Dios:

Talla para ti dos Tablas de piedra como las primeras y Yo escribiré en las Tablas las palabras que estaban en las primeras Tablas, que quebraste.

He aquí la paradoja: las primeras tablas, creadas completamente por Dios, no permanecieron intactas. Las segundas Tablas, la obra conjunta de Dios y Moshé, lo hicieron. Sin duda debería a ver sido al revés: mientras más santidad, más eternas. ¿Por qué el objeto más sagrado se quebró mientras que el menos sagrado permaneció intacto? Esto no es, como puede llegar a parecer, una pregunta específica en relación a las Tablas. De hecho, es un ejemplo muy fuerte de un principio fundamental de la espiritualidad judía.

Los místicos judíos distinguen entre dos clases de encuentros Divino-humano. Los llaman itaruta deleila y itaruta deletata, un "despertar desde arriba" y un "despertar desde abajo". El primero es iniciado por Dios, el segundo por la humanidad. Un "despertar desde arriba" es espectacular, sobrenatural. Un evento que estalla a través de las cadenas de la causalidad que en otras ocasiones limitan al mundo natural. Un "despertar desde abajo" no es tan grandioso. Es un gesto humano, demasiado humano.

Pero hay otras diferencias entre ellos, en la dirección opuesta. Un "despertar desde arriba" puede cambiar el orden natural, pero no cambia la naturaleza humana. No requiere ningún esfuerzo humano. Aquellos a quienes les ocurre son pasivos. Mientras dura, es sobrecogedor; pero sólo mientras dura. Posteriormente la gente regresa a donde estaba antes. En contraste, un "despertar desde abajo" deja una huella permanente.

Debido a que los seres humanos tomaron la iniciativa, algo en ellos cambia. Sus horizontes de posibilidades se han extendido. Ahora saben que son capaces de lograr grandes cosas, y como ya lo hicieron una vez, saben que pueden volver a hacerlo. Un "despertar desde arriba" transforma temporalmente el mundo externo; un "despertar desde abajo" transforma permanentemente nuestro mundo interno. El primero cambia el universo, el segundo nos cambia a nosotros.

Dos ejemplos. El primero: antes y después de la partición del Mar Rojo, los israelitas tuvieron que enfrentar a sus enemigos. Antes a los egipcios, después a los amalequitas. La diferencia es total.

Antes del Mar Rojo, a los israelitas se les ordenó no hacer nada:

Manténganse quietos y verán la salvación que Dios hará hoy por ustedes… Dios peleará por ustedes y ustedes permanecerán en silencio (14:13-14)

Sin embargo, al enfrentar a los amalequitas, los israelitas tuvieron que luchar:

Moshé dijo a Iehoshúa: "Escoge hombres y sal, combate a Amalek" (17:9)

Lo primero fue un "despertar desde arriba", lo segundo fue un "despertar desde abajo".

La diferencia es palpable. Tres días después de la partición del mar, el mayor de todos los milagros, los israelitas volvieron a quejarse (no había agua ni comida). Pero después de la guerra contra los amalequitas, los israelitas nunca se quejaron al enfrentar un conflicto (la única excepción fue cuando los espías regresaron y el pueblo perdió las esperanzas. Fue cuando creyeron en sus testimonios, no ante la perspectiva de la batalla inmediata). Las batallas que libran por nosotros no nos hacen cambiar; las batallas que peleamos, nos permiten cambiar.

El segundo ejemplo: el Monte Sinaí y el Tabernáculo. La Torá habla sobre estas dos revelaciones de la "gloria de Dios" casi en términos idénticos:

La gloria de Dios se posó sobre la montaña del Sinaí, y la nube la cubrió durante seis días. Dios llamó a Moshé en el séptimo día desde el interior de la nube.

La nube cubrió la Tienda del Encuentro y la gloria de Dios llenó el Tabernáculo.

La diferencia entre ellas fue que la santidad del Monte Sinaí fue momentánea, mientras que la del Tabernáculo fue permanente (por lo menos hasta que fue construido el Templo, siglos más tarde). La revelación en el Sinaí fue un "despertar desde arriba", iniciado por Dios, tan abrumador que el pueblo le dijo a Moshé: "Pero que Dios no hable con nosotros, no sea que muramos" (20:16). En contraste, el Tabernáculo implicó mucha labor humana. Los israelitas lo construyeron; prepararon la estructura del espacio que eventualmente llenaría la Presencia Divina. Cuarenta días después de la revelación en el Sinaí, los israelitas hicieron el Becerro de Oro. Pero después de construir el santuario no hicieron más ídolos, por lo menos hasta que entraron a la tierra. Esta es la diferencia entre las cosas que hacen para nosotros y las cosas en las que participamos. Las primeras nos cambian por un momento, las últimas nos cambian para toda la vida.

También hubo otra diferencia entre las primeras y las segundas Tablas. De acuerdo con la tradición, cuando Moshé recibió las primeras Tablas, sólo recibió Torá shebikjtav, la Torá Escrita. En el momento de las segundas Tablas recibió también Torá shebealpé, la Torá Oral. "Rabí Iojanán dijo: Dios hizo un pacto con Israel sólo por la Ley Oral, como está escrito: "Pues conforme (al pi) a estas palabras, Yo he hecho un pacto contigo y con Israel" (Éxodo 34:27).

La diferencia entre la Torá Escrita y al Torá Oral es profunda. La primera es la palabra de Dios, sin contribución humana. La segunda es una sociedad: la palabra de Dios tal como es interpretada por la mente del hombre. A continuación, hay dos de los diversos pasajes que remarcan este punto:

Rabí Iehudá dijo en nombre de Shmuel: Tres mil leyes tradicionales fueron olvidadas durante el período de duelo por Moshé. Ellos le dijeron a Iehoshúa: "Pregunta" (a través de rúaj hakodesh, inspiración Divina). Iehoshúa respondió: "Ella no está en los cielos". Le dijeron a Shmuel: "Pregunta". Él respondió: "Estos son los mandamientos – implicando que ningún profeta tiene el derecho de introducir nada nuevo". (Temurá 16a) "Si mil profetas del nivel de Eliahu y Elisha dieran una interpretación de un versículo, y mil y un sabios ofrecieran una interpretación diferente, seguiríamos a la mayoría. La ley es acorde con los mil y un sabios y no con los mil profetas" (Maimónides, Comentario sobre la Mishná, Introducción).

Cualquier intento por reducir la Torá Oral a la Escrita -confiando en la profecía o en la comunicación Divina- se equivoca respecto a su esencia natural como la sociedad colaborativa entre Dios y el hombre, donde la revelación se encuentra con la interpretación. Por lo tanto, la diferencia entre las dos refleja precisamente la diferencia entre las primeras y las segundas Tablas. Las primeras fueron Divinas, las segundas fueron el resultado de una colaboración entre lo Divino y lo humano. Esto nos ayuda a entender una gloriosa ambigüedad. La Torá dice que en el Sinaí los israelitas oyeron una "una voz grandiosa velo iasaf" (Deuteronomio 5:19). Sobre esta frase hay dos interpretaciones contradictorias. Una es que se trata de "Una voz grandiosa que nunca se volvió a escuchar" y la otra dice que fue "una voz grandiosa que no cesó", es decir, una voz que siempre se volvió a escuchar. Ambas cosas son ciertas. Lo primero se refiere a la Torá Escrita, que fue entregada una vez y nunca se repetirá. Lo segundo se aplica a la Torá Oral, cuyo estudio nunca ha cesado.

Esto también nos ayuda a entender por qué sólo después de las segundas Tablas, y no de las primeras, "Cuando Moshé descendió de la Montaña del Sinaí con las dos Tablas del Testimonio en sus manos, Moshé no sabía que la piel de su rostro se había vuelto resplandeciente al hablar con Dios" (34:29). Al recibir las primeras Tablas, Moshé fue pasivo. En consecuencia, nada cambió en él. Pero con las segundas Tablas fue activo. Tuvo parte para hacerlas. Él esculpió la piedra en la que se grabarían las palabras. Por eso se convirtió en una persona diferente. Su rostro brillaba.

En el judaísmo, lo natural es más grande que lo sobrenatural en el sentido de que "un despertar desde abajo" tiene más fuerza para transformarnos, y sus efectos son más duraderos que de un "despertar desde arriba". Por eso las Segundas Tablas sobrevivieron intactas mientras que las primeras no. La intervención Divina altera la naturaleza, pero la iniciativa humana, nuestra relación con Dios, es lo que nos hace cambiar a nosotros mismos.

Shabat Shalom




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