Edificios para matar: La arquitectura que hizo posible un genocidio

01/02/2026

6 min de lectura

La arquitectura hizo posible el asesinato industrializado en Auschwitz, y su creador quedó en libertad, dejando al descubierto cómo la pericia profesional, el silencio ético y la burocracia pueden convertirse en instrumentos de genocidio.

El 24 de octubre de 1941, un arquitecto austríaco llamado Walter Dejaco se sentó ante una mesa de dibujo en el campo de concentración alemán de Auschwitz y esbozó un diseño preliminar de lo que pronto se convertiría en el crematorio principal del campo. En su claridad, precisión y dimensiones cuidadosamente calculadas, el dibujo de Dejaco reflejaba claramente su formación y experiencia profesional.

También reflejaba algo nuevo en la historia de la arquitectura. Lo que Dejaco (un leal nazi que se había unido a las SS en 1933) trazó ese día fue la primera representación de una instalación capaz de incinerar restos humanos a escala industrial. En los meses siguientes, su concepto inicial se ampliaría hasta convertirse en un crematorio con capacidad para incinerar 1.440 cadáveres por día. Fue el primero de cuatro crematorios masivos que acabarían operando en Auschwitz, donde 1.100.000 personas, casi todas judías, serían asesinadas por la Alemania nazi.

Esquema preliminar del arquitecto Walter Dejaco de lo que se convertiría en un crematorio apto para el asesinato a una escala sin precedentes.

En la primavera de 1944, mi padre y su familia entraron en Auschwitz en un vagón de carga sellado procedente de Hungría. A las pocas horas de su llegada, los padres de mi padre y sus dos hermanos menores habían muerto. Poco después murieron también dos hermanos mayores. La infraestructura que los mató (las cámaras de gas, los crematorios, el sistema para transportar miles de cadáveres cada día hasta los hornos para convertirlos en ceniza y humo) había sido diseñada por Dejaco y otros arquitectos de las SS: profesionales cómplices de facilitar el genocidio.

A principios de este mes viajé a Los Ángeles para ver el dibujo arquitectónico original de 1941 del crematorio de Auschwitz realizado por Dejaco. El esquema, conocido como whiteprint (un tipo de plano de alta calidad), fue adquirido en el 2025 por Elliott Broidy, empresario y filántropo. Solo sobreviven dos de los dibujos iniciales de Dejaco; el otro, guardado en un archivo militar ruso, es inaccesible para los investigadores occidentales.

Fui a ver por mí mismo el dibujo del arquitecto que allanó el camino para el asesinato de mi familia. Pero el whiteprint es solo parte de la historia. Lo que le ocurrió al hombre que lo dibujó es el resto.

Después de la guerra, Dejaco regresó a Austria y reanudó su carrera como arquitecto en la ciudad tirolesa de Reutte. Entre los edificios que diseñó se encontraba una casa parroquial franciscana. En 1972, cuando finalmente fue procesado por su papel en el Holocausto, un jurado austríaco lo absolvió por unanimidad. El estudio de arquitectura que fundó en Reutte aún lleva su nombre.

Incluso hoy, más de 80 años después de la liberación de Auschwitz, la profesión de la arquitectura nunca ha establecido barreras éticas claras para afirmar que lo que hizo Dejaco no debe volver a ocurrir jamás.

Los arquitectos ocupan una posición única en esta maquinaria de muerte.

El Holocausto requirió la complicidad de muchos profesionales —ingenieros y abogados, administradores ferroviarios y banqueros, médicos y aseguradores, químicos y docentes. Pero los arquitectos ocupan una posición única en esta maquinaria de muerte. Esto se debe a que todos estamos “encarnados como seres humanos”, me dijo en una entrevista Robert Jan van Pelt, profesor de la Universidad de Waterloo en Ontario y reconocido experto en la historia de Auschwitz. “Necesitamos espacio y aire antes que cualquier otra cosa”. Que un arquitecto dibujara cámaras de gas para el asesinato en masa fue “una traición increíble: en ese diseño se niega la condición más básica de la vida”.

Dejaco no era un burócrata de escritorio alejado de la matanza. Él visitó Chelmno, el primer campo de exterminio donde los nazis utilizaron gas para asesinar judíos, para estudiar su método de cremación de cuerpos. Diseñó las fosas de quema al aire libre utilizadas en Auschwitz cuando los crematorios se veían desbordados. Un testigo en su juicio recordó haber limpiado las botas de Dejaco tras su regreso de inspeccionar la construcción de las instalaciones de exterminio en Birkenau, la parte más grande del complejo de Auschwitz.

Cuando mi padre y su familia entraron en Auschwitz en la primavera de 1944, las instalaciones de gaseamiento y cremación diseñadas por Walter Dejaco y otros profesionales funcionaban día y noche. En promedio, 6.000 judíos eran asesinados cada día. Entre ellos estuvieron los padres de mi padre y cuatro de sus hermanos.

De hecho, Michael Berenbaum, uno de los principales especialistas estadounidenses en el genocidio nazi, sostiene que Dejaco fue “más eficaz para matar” que los guardias que operaban las cámaras de gas. El cuello de botella del proceso de asesinato no era el acto de matar en sí, dijo Berenbaum cuando me reuní con él este mes; sino que era cómo deshacerse de los cuerpos. Al resolver ese problema mediante un diseño arquitectónico profesional, Dejaco hizo posible el asesinato en masa a una escala sin precedentes.

En 1961, Dejaco recibió una prestigiosa distinción papal, la Orden de San Gregorio, por su labor arquitectónica en favor de la Iglesia. Un indignado Simon Wiesenthal (el sobreviviente del Holocausto que se convirtió en un incansable cazador de nazis) instó a las autoridades austríacas a procesar a Dejaco por sus crímenes nazis. Pasó otra década antes de que el arquitecto de las SS fuera finalmente llevado a juicio. La acusación señalaba que había “hecho burla de los principios más elementales de la tecnología de la construcción”. En el juicio, se presentaron múltiples planos de las cámaras de gas y los crematorios de Auschwitz, todos ellos con la firma de Dejaco.

No obstante, el jurado lo absolvió por unanimidad. Su defensa, informó The New York Times, fue que había estado “actuando bajo órdenes militares y desconocía el uso que se daría a los hornos de la muerte”. Un jurado en 1972 consideró creíble esta afirmación.

Van Pelt, quien más tarde testificaría como perito en un histórico juicio contra el negacionismo del Holocausto en Gran Bretaña, cree saber por qué se produjo la absolución: “Nadie sabía leer planos”. Las pruebas estaban allí, pero en un lenguaje que el jurado (e incluso la mayoría de los historiadores) no podía entender. Aunque se recuperaron de Auschwitz 300 cajas de planos arquitectónicos incriminatorios, van Pelt me dijo que “siguieron siendo completa terra incognita para la investigación histórica debido a la incapacidad de la mayoría de las personas para leer la evidencia”.

La propia profesión de la arquitectura no ayudó.

Cuarenta años después del Holocausto, cuando van Pelt era un joven profesor en la Universidad de Virginia, propuso añadir el Crematorio 2 de Auschwitz a la lista canónica de edificios que todo estudiante de arquitectura debe conocer. La primera fábrica de muerte a escala industrial de la historia, que tuvo su origen arquitectónico en el whiteprint de Dejaco de octubre de 1941, “fue un acontecimiento de importancia crucial en la historia de la arquitectura”, argumentó van Pelt. Pero la respuesta de sus colegas, escribiría más tarde, fue “un silencio atónito, roto por la observación mordaz de un profesor de que evidentemente yo no hablaba en serio”. Cuando van Pelt insistió en que sí hablaba en serio, otro miembro de la facultad sugirió que “debería considerar una carrera alternativa”. El mensaje fue claro: los arquitectos no tenían nada que aprender del Holocausto.

“Todavía no existe un juramento hipocrático para los arquitectos”.

A diferencia de la profesión médica, que estableció el Código de Núremberg inmediatamente después de los juicios a los médicos nazis, la arquitectura se resistió durante décadas a fijar estándares éticos. No fue hasta el 2020 (casi 80 años después de que Dejaco dibujara el whiteprint que allanó el camino hacia la Solución Final) cuando el Instituto Americano de Arquitectos adoptó nuevas normas éticas. Pero esas normas se refieren específicamente a cámaras de ejecución y centros de tortura. No dicen nada (y ciertamente nada explícito) sobre el diseño de campos de concentración, infraestructuras de deportación o crematorios a escala industrial como los que creó Dejaco.

“Todavía no existe un juramento hipocrático para los arquitectos”, me dijo van Pelt.

Fui a Los Ángeles preguntándome, como tantas veces, cómo profesionales educados —arquitectos, ingenieros, abogados, administradores ferroviarios— pudieron facilitar el Holocausto. El whiteprint no responde a esa pregunta, por supuesto. La subraya: es un artefacto que muestra cómo el profesionalismo ordinario puede ser torcido hacia fines monstruosos.

No hay un mal tan monstruoso que las personas no puedan ser inducidas a cometer, o a desviar la mirada mientras se comete, si sirve a sus intereses profesionales, sociales o ideológicos. El dibujo de Dejaco es prueba de ello. Y también lo es todo lo que ocurrió después.


Este artículo de opinión apareció originalmente en “The Boston Globe”.

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Ruben Daniel Cusnir
Ruben Daniel Cusnir
2 meses hace

Muy buen artículo, pero deberían profundizar sobre el papel de IBM en el Holocausto.

Kristinatti
Kristinatti
2 meses hace

Gracias por este artículo, soy Noajida y soy arquitecta, siempre pensé que un juramento hipocrático no era necesario en mi profesión pero este artículo me ha abierto los ojos a una visión tremendamente real, no solo los soldados asesinan, sino todos los que aportan en el proceso. Quizá solo sea una, y no sea mucho…pero hoy haré mi propio compromiso ético de construir para proteger y no para destruir, así como que, si algún día tengo la oportunidad de influir en otros profesionales o estudiantes, hacerles ver que en nuestras manos no solo descansa un diseño sino las vidas que estarán dentro de lo que construyamos.

Antonio
Antonio
2 meses hace

La existència de humans com aquest arquitecte i els jutges que el van declarar innocent, fa pensar que no tots els humans mereixen tenir aquest nom; sens dubte una part dels humans són bèsties, no humans

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