El 10 de tevet: cuando la historia vuelve a llamar a la puerta

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29/12/2025

3 min de lectura

El ayuno del diez de tevet nos enseña a reconocer las primeras señales.

El diez de tevet es uno de los días de ayuno menor del calendario judío. Este ayuno no recuerda la destrucción del Templo, ni el incendio de Jerusalem, ni el exilio mismo. Conmemora algo aparentemente menor: el comienzo del sitio. El momento en que Nebujadnetzar (Nabucodonosor) rodeó Jerusalem y cerró todas las salidas.

Este ayuno marca el inicio del proceso que llevó a la destrucción del Primer Templo. Precisamente por eso, el diez de tevet es tan actual.

Porque la destrucción no comienza cuando caen los muros. Comienza cuando el cerco se cierra, cuando la presión se vuelve constante, cuando el enemigo decide que ya no se trata de un episodio aislado, sino de una estrategia prolongada.

Nabucodonosor: poder, soberbia y ego desmesurado

Nabucodonosor no fue solo un conquistador. Fue un hombre que se percibió a sí mismo como el centro del mundo. Construyó monumentos con su nombre grabado en cada ladrillo, convirtió la riqueza saqueada en símbolos de su grandeza y creyó que su imperio era eterno.

La Torá y los Profetas no se limitan a describir sus acciones militares; describen su mentalidad. Un gobernante que se eleva por encima de todo límite termina perdiendo incluso su humanidad. El libro de Daniel lo retrata reducido, despojado de dignidad, expulsado de la sociedad que él mismo dominó.

En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves. (Daniel 4:30)

Babilonia cayó. No de inmediato, pero de manera irreversible.

Saddam Hussein: Babilonia reencarnada

Siglos después, en la misma tierra, otro hombre creyó estar continuando esa historia. Saddam Hussein se presentó abiertamente como el heredero de Nabucodonosor. Mandó reconstruir Babilonia, grabó su nombre en los ladrillos, colocó junto a inscripciones antiguas placas glorificándose y soñó con restaurar un imperio perdido.

No se trataba solo de propaganda. Era una visión ideológica: poder absoluto, dominio regional, Jerusalem como objetivo final.

El resultado es conocido. De palacios a escondites subterráneos. De monumentos a juicios. De grandeza proclamada a caída humillante. La historia volvió a repetirse, casi con una precisión inquietante.

El diez de tevet y el presente

El diez de tevet no es solo un recuerdo del pasado. Es una advertencia para el presente.

Vivimos una época en la que Jerusalem vuelve a ser foco de presión constante. No siempre mediante ejércitos formales, pero sí a través de asedios políticos, diplomáticos, mediáticos y morales. El cerco adopta nuevas formas, pero la lógica es la misma: desgastar, aislar, debilitar la legitimidad.

El ayuno del diez de tevet nos enseña a reconocer las primeras señales. No esperar a que los muros ardan para reaccionar. Entender que la batalla espiritual, moral y narrativa comienza mucho antes del colapso visible.

El diez de tevet es el único ayuno menor que si cae en un viernes, se ayuna igualmente hasta la entrada de Shabat. Esto subraya su gravedad: no es solo un recuerdo histórico, sino una llamada permanente a la conciencia.

Nuestros sabios enseñan que este ayuno no es solo abstención de comida. Es un ejercicio de claridad.

¿Qué sucede cuando una sociedad pierde sensibilidad? ¿Cuando la presión externa se combina con divisiones internas? ¿Cuando se normaliza el cerco?

El diez de tevet nos invita a fortalecer aquello que no puede ser sitiado: identidad, memoria, responsabilidad mutua.

La diferencia esencial

Nabucodonosor cayó. Saddam cayó. Todos los tiranos que se creyeron eternos terminaron igual. Pero el pueblo judío sigue aquí.

No porque no haya sido sitiado. Sino porque aprendió a resistir sin convertirse en aquello que lo atacaba. A mantener el propósito incluso en el encierro. A transformar el ayuno en conciencia.

El diez de tevet nos recuerda que la historia no es una serie de accidentes. Es un diálogo continuo entre poder y límite, entre soberbia y responsabilidad.

Y ese diálogo sigue abierto hoy más que nunca.

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Jacqueline Szapiro
Jacqueline Szapiro
15 días hace

Excelente artículo y muy bien escrito

Editado por última vez 15 días hace by Jacqueline Szapiro
Ana
Ana
15 días hace

Excelente

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