Mamdani y las publicaciones de su esposa en favor de Hamás


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Este frágil alto el fuego encierra nuestra mayor esperanza: que todos los rehenes regresen y que nuestro pueblo encuentre la paz.
Sucot, la festividad de la alegría, se ha visto impregnada con una medida de alegría casi inimaginable. La firma del alto el fuego y la tan esperada noticia de que los rehenes restantes finalmente serán liberados y regresaran a casa nos ha conmovido hasta lo más profundo. Nuestras plegarias constantes han recibido respuesta. Nos abruma una tormenta de emociones: la euforia de saber que veinte rehenes vivos regresarán con sus familias, el dolor de que veintiocho ya no están con vida y la incertidumbre desgarradora respecto a si se encontrarán todos los cuerpos. Ahora, por fin, titila una esperanza frágil pero real: que la guerra termine pronto y nuestros soldados regresen a casa.
En este momento tan cargado, cuando el pueblo judío está dividido por dolorosas grietas y tensiones, detengámonos y dirijamos nuestra atención a unas pocas verdades que trascienden la política. Verdades que todo judío, sea de izquierda o de derecha, puede compartir.
En un mundo que tan rápidamente se volvió contra Israel después de la masacre del 7 de octubre, cuando muchos judíos descubrieron de pronto quiénes eran realmente sus verdaderos amigos, no debemos perder de vista la verdad más básica: sólo Hamás es responsable de esta masacre. Como señaló Hillary Clinton, el 6 de octubre había un alto el fuego. Fue Hamás quien lo rompió el 7 de octubre, invadiendo el sur de Israel y asesinando a 1.200 civiles inocentes en la peor atrocidad contra judíos desde el Holocausto. Israel no es el agresor en esta guerra. Este conflicto podría haber terminado al instante, si Hamás simplemente hubiera liberado a los rehenes y depuesto las armas.
Los judíos israelíes no son los únicos que suspiran con alivio ante el alto el fuego. También lo hacen los árabes palestinos, especialmente los de Gaza, quienes durante mucho tiempo han sido reducidos a poco más que escudos humanos de un régimen despiadado que ha mostrado un total desprecio por su bienestar. Muchos gazatíes ahora se atreven a esperar que la vida pueda comenzar de nuevo, libres del terror y del tormento del férreo control de Hamás.
En cuanto a las acusaciones moralmente invertidas de que Israel comete un “genocidio”, debemos dejar las cosas claras. El filósofo francés Bernard-Henri Lévy lo expresó de la mejor manera:
Un ejército genocida no tarda dos años en ganar una guerra en un territorio del tamaño de Las Vegas. Un ejército genocida no envía mensajes de advertencia antes de disparar, ni abre corredores seguros para que los civiles escapen de los bombardeos. Un ejército genocida no evacua cada mes a cientos de niños palestinos con enfermedades raras o cáncer, trasladándolos a hospitales en Abu Dabi como parte de un puente aéreo médico establecido justo después del 7 de octubre. Hablar de genocidio en Gaza es una ofensa al sentido común, una maniobra para demonizar a Israel y un insulto a las verdaderas víctimas de los genocidios pasados y presentes.
Sea cual sea la opinión que uno tenga de Donald Trump, el alto el fuego y la liberación de los rehenes no habrían sido posibles sin su valentía, determinación y perseverancia inquebrantable. Por ello, le debemos una enorme deuda de gratitud. Contra todo pronóstico, logró reunir una coalición de diversas naciones árabes y forjar un frente unido lo suficientemente fuerte como para presionar a Hamás a deponer las armas y liberar a los rehenes en un solo movimiento decisivo, aunque muchos detalles de las próximas etapas sigan siendo inciertos.
Su visión ha abierto la puerta a la posibilidad de paz en Medio Oriente. Con la continua ayuda de Dios, rezamos para que esa visión se materialice y que la candidatura de Trump al Premio Nobel de la Paz del próximo año sea indiscutible.
Con la guerra que esperemos quede detrás y los rehenes regresando a casa, es hora de que el pueblo judío, tanto en Israel como en la Diáspora, dirija su corazón a sanar las dolorosas divisiones que nos separan. Esto no puede dejarse en manos del presidente Trump ni del primer ministro Netanyahu; no es una tarea para políticos. Es una responsabilidad que recae sobre cada judío. Debemos profundizar en la conciencia de que todo el pueblo judío, incluso aquellos con los que uno discrepa vehementemente, formamos una sola familia. Ese reconocimiento de nuestra unidad esencial ha sido la base de la supervivencia judía durante milenios.
En cuanto a aquellos judíos que han dado la espalda a Israel, algunos incluso apoyando a Hamás y rompiendo públicamente lazos con el estado judío, la reacción instintiva puede ser descartarlos. Pero a la familia no se la abandona. Muchos de esos judíos son sinceros, pero carecen del fundamento histórico necesario para comprender la misión y el destino de nuestro pueblo.
Nuestra tarea no es rechazarlos, sino acercarnos a ellos. Entablar un diálogo respetuoso, llenar pacientemente las lagunas de su educación y encender en ellos un renovado sentido de conexión. No será fácil. Pero es vital, y es nuestra responsabilidad.
El regreso de nuestros hermanos y hermanas, la oportunidad de que los palestinos reconstruyan libres de tiranía, la posibilidad de paz y el llamado a sanar nuestras propias divisiones, todo apunta hacia un futuro que puede ser más luminoso que nuestro pasado. Que sepamos aprovechar este momento con gratitud, valentía y fe, y que Dios bendiga a nuestro pueblo con unidad, paz y fortaleza perdurable.
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