3 mitos persistentes sobre Gaza


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El judaísmo ha desarrollado un plan para dar que es en parte un arte, en parte una ciencia y totalmente sentido común.
Cuando Goldberg el mendigo acudió a Rothstein por su ayuda mensual, se llevó una sorpresa. “No tengo nada para darte esta semana”, dijo Rothstein con tono de disculpa, y comenzó a explicar su situación. Los negocios habían ido mal y había tenido varios gastos personales inesperados. Nada de esto, sin embargo, impresionó a Goldberg, quien levantó las manos y exclamó: “¿Porque a ti te va mal, tengo que sufrir yo?” — Chiste judío de origen desconocido
Goldberg no es un mendigo cualquiera. Es ese arquetipo judío conocido como shnorrer, un tipo descarado que realmente siente que tiene derecho a una parte del dinero de su benefactor. ¿Y por qué no? Está prestando un servicio. Goldberg le está haciendo un favor a Rothstein al darle la oportunidad de cumplir la mitzvá de tzedaká, es decir, la caridad.
Puede que Goldberg sea atrevido y dominante, pero ha captado algo profundo: la visión del judaísmo sobre la ayuda a los necesitados. Para empezar, no consideramos la filantropía como una opción, sino como un deber sagrado. Esta obligación se considera tan importante que se espera que todos la cumplan, incluso quienes reciben caridad. Uno de nuestros sabios antiguos quedó tan impresionado por este concepto que declaró que la caridad equivale en importancia a todos los demás mandamientos juntos. Incluso el lenguaje que usamos para dar refleja su singularidad y fuerza. En hebreo, la palabra tzedaká está lingüísticamente relacionada con la palabra “justicia”.
Muy bien, es importante. ¿Pero por qué? He aquí un ejemplo: tu trabajo en la cuenta XYZ fue tan sobresaliente que te ganó un generoso bono, además de la admiración y la envidia de la mayoría del octavo piso. Eres el mejor.
Sin quitarte mérito, pero… hagamos precisamente eso. Compartamos el reconocimiento y demos crédito a quien corresponde: por ejemplo, a Dios. Él proporcionó los recursos básicos y tú supiste aprovecharlos. A esto se le puede llamar pensamiento judío básico. Los filósofos lo llaman autotrascendencia, o salir de la caja del “yo”, un enfoque que puede desencadenar toda una serie de efectos positivos.
Podría, por ejemplo, hacer que veas tus ganancias de una manera completamente distinta. Podrías considerarlas un regalo de Dios, que ahora confía en ti para que hagas lo correcto con él. Eso te convertiría en un depositario, vinculándote con toda una comunidad de necesidades. A través de la tzedaká, tu dinero dejaría de ser combustible para el ego y se transformaría en un recurso más diversificado y productivo: una moneda espiritual que permite hacer el bien mientras prosperas.
Está muy bien, pero ¿cómo decidir exactamente qué hacer con ese bono, aparte de comprar un Ford Explorer? El judaísmo ha desarrollado un plan para dar, una jerarquía probada por el tiempo, que es en parte arte, en parte ciencia y puro sentido común.
Para empezar, deberías aspirar a ser un mensch, dando con alegría y compasión, no de mala gana. ¿Para qué echar sal en una herida ya profunda? Y si eso no basta para abrir tu billetera, podrías hacer un repaso rápido de tu presupuesto personal. Compara tus donaciones caritativas con todo el dinero que gastas en cosas no esenciales como vacaciones, viajes y los innumerables placeres de consumo que adornan tu centro de entretenimiento en casa.
Como donante judío recto, también buscarías preservar el anonimato del receptor, manteniendo así su dignidad y respeto propio. Idealmente, esto significa que el receptor no sabe quién dio el dinero y tú no sabes quién lo recibió. Una forma de lograrlo es contribuir a un fondo comunitario, pero nuestra tradición advierte que debemos contribuir solo a uno que sea confiable y esté bien gestionado.
El nivel más elevado de tzedaká busca eliminar la causa de la necesidad en lugar de simplemente aliviar sus síntomas. Esto implicaría, por ejemplo, ofrecer al receptor un préstamo, convertirlo en socio de un negocio o ayudarlo de cualquier otra forma a ser autosuficiente y menos dependiente de “la bondad de los desconocidos”, en palabras de Tennessee Williams.
Siguiendo esta idea, el judaísmo también insta a quienes reciben ayuda a evitar la dependencia, reduciendo gastos y aceptando cualquier trabajo disponible. De hecho, nuestra tradición está llena de historias de grandes rabinos que eran muy pobres y trabajaban en empleos humildes para evitar vivir de la caridad. Sin embargo, si llegaban tiempos difíciles, podían estar seguros de que la red de seguridad judía conocida como tzedaká estaría allí para amortiguar la caída. Brindemos por los tejedores de esa red, esos judíos generosos a lo largo de los siglos cuyo dinero realmente habla. Solo que resulta que habla un idioma diferente.
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