Por qué los buenos líderes son ignorados


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Sara Mendelson había llegado a Israel desde la Argentina siendo niña. Yaakov Pinto tenía 25 años y venía de España.
El atentado del lunes en la intersección de Ramot, en Jerusalem, dejó seis víctimas mortales. Seis nombres que, demasiado a menudo, corren el riesgo de diluirse en una cifra: seis muertos, veinte heridos, veintiséis atendidos por ataques de ansiedad. Los titulares, inevitablemente, hablan de números. Pero detrás de ellos había vidas concretas, historias personales, familias que hoy quedaron marcadas por un vacío imposible de llenar.
Los fallecidos fueron identificados como el rabino Levi Yitzhak Pash, que trabajaba en una yeshivá; Israel Mentzer, de 28 años; el rabino Yosef David, de 43; el doctor y panadero Mordejai Steinsteg, de 79; Yaakov Pinto, de 25, inmigrante español estudiante de Torá que estaba recién casado; y Sara Mariela Voloj de Mendelson, argentina, de 57, madre, profesional y dirigente comunitaria en Bnei Akiva.
Cada uno de ellos merece ser recordado. Sin embargo, para quienes hablamos español, hay algo que nos toca de manera particular en los nombres de Sara y de Yaakov. Quizás porque al leer sus historias resulta más fácil sentir que podrían haber sido conocidos nuestros, vecinos, compañeros de trabajo. Y esa cercanía nos obliga a mirar de frente lo que, en otras ocasiones, dejamos pasar como un dato más de la interminable lista de ataques.
Sara Mendelson había llegado a Israel desde la Argentina siendo niña. Su vida adulta estuvo marcada por la entrega a la comunidad: trabajó durante décadas en Bnei Akiva, ocupando un rol de articulación con instituciones y autoridades. Quienes la conocieron la describen como alguien siempre disponible, comprometida con la educación y la juventud. La mañana del ataque se dirigía, como cualquier otro día, a su trabajo en la sede del movimiento. Nunca llegó.
Yaakov Pinto tenía 25 años y venía de España. Se había instalado en Israel para estudiar en una yeshivá, y aquí encontró también a su esposa, con quien se casó apenas tres meses atrás. Era hijo único. Sus padres viajaron desde la península no para su boda, sino para su entierro. Sus últimas palabras, según contaron sus allegados, fueron un mensaje de amor a su familia y a su esposa. Murió en plena juventud, con los proyectos apenas iniciados.
Las historias de Sara y Yaakov, tan distintas en trayectorias y edades, terminan unidas en un mismo punto: una parada de autobús convertida en escenario de muerte. Y al conocerlas, resulta imposible no pensar en cuánto nos une como pueblo, aunque estemos dispersos en geografías y generaciones.
Cuando la noticia habla de “seis muertos”, uno puede pasar la página sin detenerse. Pero cuando el nombre nos suena cercano —porque es hispano, porque podríamos haber compartido con esa persona un idioma, una mesa, un recuerdo común—, entonces algo cambia. El dolor se vuelve tangible, ya no ajeno. Y quizás ahí radique una enseñanza: que no podemos permitirnos pasar por alto el sufrimiento del otro como si fuera una estadística lejana.
Lo cierto es que cada una de las víctimas de este ataque tenía una vida única, tan real como la nuestra. Y al mismo tiempo, el hecho de que uno de ellos hablara el mismo idioma que nosotros no debería ser la condición para sentir empatía. Pero a veces es la puerta que nos permite entrar en una conciencia más profunda: la de que cada pérdida nos pertenece a todos.
En el judaísmo existe la idea de que “Kol Israel arevim zeh la-zeh”: todos los judíos somos responsables unos por otros. A menudo la repetimos como una consigna, pero tragedias como esta la vuelven palpablemente real. Cuando cae uno de nosotros, todos deberíamos sentir el golpe. Aunque estemos lejos, aunque no hayamos conocido personalmente a la víctima, la herida atraviesa al conjunto.
No se trata de buscar explicaciones ni de elaborar discursos. Más bien, de dejarnos afectar. De permitirnos llorar a Sara y a Yaakov como si fueran de la familia, porque en un sentido lo son. De recordar que nuestra fuerza como pueblo no está solo en la capacidad de defendernos, sino también en la de acompañarnos mutuamente en el dolor.
Quizás lo que se nos pide no es resignarnos a ver números, sino detenernos en los nombres. Poner rostro, biografía y voz a cada víctima. Entender que no se trata de una estadística en un conflicto interminable, sino de personas que compartían con nosotros idioma, fe, destino.
Y al hacerlo, quizás logremos transformar la tristeza en un compromiso silencioso: el de mantener viva la memoria de cada uno, no como una cifra más, sino como parte de un mismo cuerpo herido que busca seguir adelante.
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Qué pesar tan grande cuando estas vidas valiosas son arrancadas del árbol de la vida de esa manera tan infame, mi corazón se acongoja tan solo imaginarme el dolor y la pena que sentirán sus seres queridos ante esta terrible perdida. Benditas sean sus memorias.