El atentado terrorista de Iom Kipur contra la sinagoga de Mánchester

15/09/2026

4 min de lectura

Una sinagoga de Mánchester en duelo bailó el viernes posterior a un atentado terrorista. Esa misma tensión dio forma a uno de los cantos de Shabat más antiguos del judaísmo y define la esencia de ser judío.

Mira cómo los sobrevivientes y los miembros de la comunidad describieron el atentado terrorista con sus propias palabras en el video de abajo.

Haz clic en los CC (close captions) en el video y elige español para ver los subtítulos en español si es que no los ves automáticamente.


Este Iom Kipur se cumple un año del atentado terrorista contra la sinagoga de Mánchester, Inglaterra. Los atentados terroristas siempre nos tocan de cerca y nos afectan profundamente, sin importar dónde ni cuándo ocurran. Pero, para mí, este golpe fue más duro.

Ahora que se cumple un año, he estado pensando por qué.

Quizá sea por el momento en que ocurrió. Acabábamos de vivir la euforia del final de Iom Kipur: gritar Shemá Israel todos juntos al unísono, escuchar el sonido del shofar, la alegría del perdón, del gran reinicio anual. Y entonces encender el teléfono y ver las escenas de horror.

Quizá sea porque ocurrió en Mánchester, la ciudad donde crecí, en una sinagoga que conocía. De hecho, yo fui a la escuela con el rabino.

Aunque ya no vivo en Mánchester, he vuelto de visita. Me reuní con el rabino Walker, y él y otros miembros de la comunidad me llevaron al lugar donde el atacante apuñaló y mató a Melvin Cravitz; a la puerta que el rabino Walker y otros mantuvieron cerrada mientras el terrorista intentaba entrar por la fuerza; al lugar donde Adrian Daulby murió alcanzado por una bala perdida de un agente de la policía antiterrorista.

Pero lo que más me impactó de aquella visita fue escuchar al rabino Walker describir cómo su congregación, una comunidad reservada, típicamente inglesa, bailó entre lágrimas la noche del viernes inmediatamente siguiente mientras cantaba «Lejá Dodí» para recibir el Shabat.

Bailaban y lloraban al mismo tiempo. Así es el pueblo judío.

Hablé con otros miembros de la sinagoga y escuché lo mismo. No es que las lágrimas desaparecieran y la alegría ocupara su lugar. Bailaban y lloraban al mismo tiempo. El dolor era real. El baile era real. Ninguno anulaba al otro.

Eso no es una contradicción. Así es el pueblo judío.

La tensión en Lejá Dodí

Lloramos y bailamos. Y el canto «Lejá Dodí» nació precisamente de esa tensión.

«Lejá Dodí» fue compuesto tras una de las mayores tragedias entre las muchas que han marcado la historia judía: la expulsión de España en 1492 y los siglos de Inquisición que siguieron. Cientos de miles de judíos que se negaron a convertirse fueron obligados a subir a barcos. La comunidad judía más grande del mundo quedó destrozada.

El viaje que siguió fue brutal. No había comida. La gente moría por miles. El centro de la vida judía había sido aplastado y, durante un tiempo, realmente pareció que el pueblo judío podría no sobrevivir.

Los refugiados vagaron por el Imperio otomano y más allá durante décadas antes de que un grupo se estableciera en Tzfat, una pequeña ciudad en el norte de Israel. Y fue allí, entre personas que habían vivido una catástrofe, donde sintieron la necesidad de recordarle al mundo judío algo esencial: ¡Lloramos, pero bailamos! Así que escribieron «Lejá Dodí».

Fíjate bien en las palabras y encontrarás ambas emociones integradas en el propio canto. Todavía lo cantamos cada viernes por la noche, por lo general con dos melodías diferentes. Hay una melodía lenta y melancólica para «kumi tzei mitoch hahafeicha: levántate de entre las ruinas»; «rav lach shevet b'emek habacha: has permanecido demasiado tiempo en el valle de las lágrimas». Somos nosotros hablándole directamente al judío que se siente perdido, que ha vivido su propio Mánchester, multiplicado por mil, por cien mil.

Entonces la melodía cambia y cantamos «v'nivneta ir al tilah: la ciudad será reconstruida sobre sus ruinas». Podemos hacerlo.

Aquella noche de viernes no fue la primera vez que esa comunidad había albergado ambas emociones a la vez. Lo habían hecho una semana antes, en el propio Iom Kipur, y también lo había hecho cada uno de nosotros. Iom Kipur tiene sus momentos de lágrimas. Hablamos del imponente poder de un día en el que se decide «quién vivirá y quién morirá; quién a su debido tiempo y quién antes de tiempo». Recitamos Izkor, recordando a quienes más amamos y que nos han dejado en un mundo privado de su presencia. Sentimos arrepentimiento por aquello en lo que no estuvimos a la altura durante el año, por las personas a las que quizá herimos, por el daño que nos hicimos a nosotros mismos y a los demás.

Plegarias manchadas de lágrimas

Pero también hay momentos de alegría. El Talmud describe Iom Kipur como uno de los días más felices del año porque es un día en el que un deseo sincero de cambiar recibe el perdón de Dios. Es el día en que nos recordamos para qué vivimos, en quiénes realmente deseamos convertirnos y que, mediante un crecimiento prolongado, lento y arduo, podemos mejorar cada año. Es el día en que nos enfrentamos al increíble poder del cambio y a nuestra capacidad de reconstruir y seguir adelante.

Ese era el tono con el que todos acabábamos de terminar —el Shemá y el último toque del shofar— cuando los teléfonos volvieron a encenderse.

Y no se trata solo de Iom Kipur. Nuestras plegarias están manchadas con las lágrimas de innumerables tragedias. Tenemos plegarias que se agregaron tras la destrucción del Templo, las masacres que pusieron fin a la revuelta de Bar Kojba, las cruzadas, la expulsión de España y muchas otras. Pero el servicio de oración está aún más lleno de la alegre expectativa de ese mundo mejor hacia el que siempre hemos cantado y bailado. Tanto las plegarias de Rosh Hashaná como las de Iom Kipur describen ese tiempo: «Los justos verán y se alegrarán, los rectos se regocijarán y los piadosos romperán a cantar; la corrupción será silenciada y todo mal se disipará como humo, porque tú eliminarás el dominio del mal de la tierra».

Cuando regresé a esa comunidad de Mánchester, lo sentí de primera mano: la belleza de pertenecer a un pueblo que puede llorar y bailar, que puede llevar el dolor de la historia judía y la gloria de la historia judía en un mismo aliento. Lágrimas y alegría; dolor y la confianza inquebrantable de que, al final, el bien triunfará y el mal será derrotado.

Esa capacidad de vivir simultáneamente con dolor por el presente y una fe inquebrantable en el futuro es lo más cerca que puedo llegar a estar de definir qué significa ser judío. Podemos albergar las lágrimas más profundas de un dolor real y aun así saber que volveremos a bailar.

Este Iom Kipur recitaremos Izkor, y algunos de nosotros tendremos nuevos nombres que recordar. Y al final del día, como hicimos hace un año, gritaremos Shemá Israel, escucharemos el shofar y cantaremos «El próximo año en Jerusalem», y en Mánchester, como en cada sinagoga, la gente bailará. Iom Kipur también se canta con dos melodías diferentes, una triste y otra alegre. Nunca hemos abandonado ninguna de las dos.

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