El boicot anti Israel en el Festival Eurovision

15/12/2025

3 min de lectura

La crisis más seria que enfrenta el certamen en su 70º aniversario no tiene nada que ver con temas musicales, sino políticos.

La retirada de Islandia, España, Irlanda, Eslovenia y los Países Bajos de Eurovisión 2026 confirmó lo que durante semanas se insinuaba en comunicados y declaraciones: la crisis más seria que enfrenta el certamen en su 70º aniversario no se debe a cuestiones musicales, sino al debate político en torno a la participación de Israel.

El anuncio final llegó desde Reikiavik. RÚV, la emisora islandesa, afirmó que la presencia de Israel “no generaría ni alegría ni paz”. España habló de “desconfianza” hacia la organización; Irlanda consideró “inconcebible” asistir; Eslovenia y los Países Bajos replicaron la misma lógica. La guerra en Gaza aparece como argumento central, aun cuando la ofensiva israelí se redujo significativamente tras el fin formal del conflicto y pese a que el ataque del 7 de octubre —en el que murieron alrededor de 1.200 israelíes y 251 personas fueron secuestradas— quedó prácticamente ausente de la discusión pública europea.

La polémica se aceleró en la asamblea general de la Unión Europea de Radiodifusión (EBU), donde varios países, entre ellos España, Eslovenia, Bélgica y Turquía, calificaron la presencia de Israel como “incompatible” con el espíritu del certamen. Ocho delegaciones pidieron incluso una votación secreta para excluirla, un mecanismo que se utilizó en 2022 para expulsar a Rusia tras la invasión de Ucrania. Esta vez, la EBU se negó.

Incluso Ucrania intervino para señalar que ambas situaciones no eran comparables. La exclusión de Rusia respondió a una agresión militar directa contra otro país; en el caso de Israel, se trataba de un conflicto iniciado tras un ataque de una organización terrorista. La votación para expulsarlo nunca se realizó.

La EBU aprobó, en cambio, nuevas regulaciones destinadas a proteger la integridad del voto, en respuesta a acusaciones de manipulación durante la edición de 2025. Fue una respuesta técnica a un reclamo político. Y no bastó para calmar a las delegaciones más críticas.

Del lado israelí, la posición fue clara. Golan Yochpaz, director general de la emisora pública Kan, habló de un “boicot cultural” que, según advirtió, podría extenderse a otros países si se acepta como precedente. A su juicio, permitir que un grupo de naciones imponga vetos en función del clima político del momento atenta contra la base misma del concurso: una plataforma cultural donde las tensiones geopolíticas no deberían determinar quién participa.

La respuesta de varios países europeos no fue únicamente institucional. En Portugal, 17 artistas del Festival da Canção anunciaron que no representarán al país si Israel permanece en la competencia. Se sumó una petición con más de 22.000 firmas exigiendo la retirada inmediata. Solo la emisora pública RTP confirmó que, pese a la presión de artistas y del público, Portugal seguirá en Eurovisión.

Las decisiones de España, Irlanda, Islandia, Eslovenia y los Países Bajos comparten un elemento: la lectura del conflicto de Gaza como un parámetro moral aplicable a un evento cultural. En casi todos los casos, los organismos estatales justificaron su retirada apelando al ambiente público, lo que apunta a un desplazamiento del debate desde lo institucional hacia lo emocional.

El contexto es importante. Con la guerra formalmente concluida y la fase más intensa de los combates ya superada, una parte del discurso europeo ha fijado su atención casi exclusivamente en la situación humanitaria en Gaza, omitiendo el ataque inicial que desencadenó la guerra e imaginando que antes del conflicto esa zona era una especie de Suiza del Medio Oriente. Aquello permitió que la discusión sobre Israel en Eurovisión se convirtiera en un canal indirecto para expresar posturas políticas que van más allá del certamen.

La EBU, por su parte, intenta preservar el principio fundacional de Eurovisión: un evento apolítico donde la cultura compartida amortigüe las tensiones del continente. Alemania, Austria, Polonia, el Reino Unido y Suecia recordaron en sus mensajes que el concurso nació precisamente para eso. Polonia, al confirmar su participación, declaró que “Eurovisión todavía puede ser un espacio para la música, y solo para la música”.

La salida de cinco países no pone en peligro inmediato el concurso, pero sí tiene efectos financieros y organizativos: menos audiencia, menos inversiones publicitarias, menos atractivo para patrocinadores. También deja al descubierto una fractura europea sobre cómo interpretar conflictos externos. Si Rusia fue expulsada por invadir a un vecino, ¿por qué no hacerlo con Israel? Para algunos gobiernos y sectores culturales la respuesta es obvia; para la EBU y la mayoría de sus miembros, la situación es más compleja.

El resultado es un escenario en el que Israel permanece en la competencia, mientras algunos países europeos optan por autoexcluirse. Como señaló irónicamente un dirigente de la comunidad judía neerlandesa, los países del boicot “solo lograron excluirse a sí mismos”.

La edición de 2026 llevará inevitablemente la marca de esta crisis. Habrá menos delegaciones, mayor vigilancia sobre las votaciones, protestas previsibles en las afueras y un escrutinio mediático más intenso. Sin embargo, no queda claro que el gesto de los países que se retiraron vaya a generar cambios en la EBU o en la posición de Israel. En Viena, el próximo mayo, Eurovisión celebrará su 70º aniversario con una composición reducida, pero con una carga simbólica inusual. Gaza, Israel y la política europea seguirán presentes, aunque no aparezcan en el repertorio musical.

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