Una "luz para las naciones", la misión del pueblo judío


7 min de lectura
La gratitud es una especie de imán espiritual.
Sin importar que se lo atribuyamos a Dios, a una persona o a la naturaleza, para mantener viva la gratitud necesitamos conectarla con su fuente. De lo contrario, al igual que la electricidad carece de carga hasta que se completa un circuito, nuestros sentimientos de gratitud no están realmente vivos a menos que los articulemos ante el dador.
Por ejemplo, María, mi esposa desde hace más de 30 años, posee muchos puntos fuertes y talentos, y uno de ellos es su asombrosa capacidad de encontrar un regalo adecuado para el afortunado destinatario. A veces, esa persona afortunada es quien escribe.
Una tarde me llamó desde la cocina y me dijo que había comprado una guitarra usada para nuestro hijo, Isaac. "¿Puedes ponerle cuerdas?", me preguntó. Entré a la habitación de mi hijo y, efectivamente, sobre la cama había una funda de cartón y vinilo gastada. A lo largo de los años he visto decenas de estos estuches y supe de inmediato que ese sólo podía esconder una pieza especial de una tienda de segunda mano o algún instrumento decrépito que no podía llegar a valer más de cien dólares. "Qué lástima que María comprara esta guitarra decrépita sin consultarme", pensé.
Pero lo que había adentro del estuche me dejó atónito: la más bella guitarra acústica que vi en mi vida, una Martin de color negro azabache con ribetes espigados blancos e incrustaciones de marfil en el mástil, sacada directamente de un sueño de Johnny Cash. La guitarra incluso llevaba un nombre a la altura de su belleza: la Martin OM negativa.
Claramente, María no la había comprado para nuestro hijo. Ella sabía exactamente lo que esa guitarra significaría para mí, y sabía que sorprendiéndome con la graciosa treta de la guitarra usada para Isaac lograría alegrarme todavía más. En todo su impresionante resplandor físico, la guitarra me sorprendió y me deleitó lo suficiente.

Pero sentí (y lo sigo sintiendo) que el pensamiento invertido tenía todavía más importancia. ¿Por qué? Porque la intuición de María sobre el único objeto material que yo podía esperar poseer iba acompañada de una generosidad que unía espíritu con espíritu. A mí me dijo: "Te conozco, y por lo tanto sé cuáles son las cosas que amas, y esas cosas me importan simplemente porque tú las amas". Para mí, sentir que me conocen de ese modo fue sentirme profundamente amado.
El saludo zulú Sawubona significa "te veo". La respuesta tradicional, Yabo, sawubona, significa: "Sí, yo también te veo" o "veo que me ves". En este saludo está implícita la sensación de que hasta que no me viste, yo no existía. Cuando te paras frente a mí, cuando me reconoces y me aceptas, me das la existencia. Pero a medida que miramos cada vez más fijamente las pantallas de nuestros dispositivos en lugar de los ojos y los rostros de aquellos con quienes nos encontramos, perdemos esta sensación de vernos los unos a los otros.
No hace mucho tiempo, mientras almorzaba en un restaurante en Portland (Oregón) vi que en la mesa de enfrente estaba sentada una mujer joven con su hija. La niña no tenía más de dos años. La mujer tenía la mirada fija en su teléfono y por mucho que la niña trataba de llamar su atención, ella no podía alejarse del aparato. No lo dije, pero pensé: "¡Deja ese maldito teléfono! ¡Tu hija sólo necesita que la mires!".
La niña empezó a llorar, fuerte… Y aún así, nada.
Mi primer instinto fue culpar a la mujer, considerarla una pésima madre. Pero conociendo un poco cómo diseñan los teléfono inteligentes, no sólo sus funciones y características técnicas, sino también el trabajo de diseño psicológico que dedican para hacerlos casi irresistibles para cualquiera, incluso para las personas que los diseñan, entendí que lo que veía no tenía tanto que ver con una madre en particular sino que es un problema que afecta negativamente a casi todos los habitantes del planeta. Imagina ser un niño en el entorno actual, donde tienes que competir con un dispositivo electrónico por la atención de tu madre.

Es cierto, muchos no nos "vemos" lo suficiente. Y la humanidad que nos falta nos vuelve más irritables, nos aísla y nos deja en menor contacto con nuestro sentido de gratitud, el principal responsable de nuestra felicidad.
A veces pienso que la gratitud es una especie de imán espiritual. Cuando enfocamos nuestra gratitud por una cosa o una experiencia en una persona particular, en la naturaleza o en nuestra concepción de Dios, acercamos esa cosa o experiencia, nos vinculamos con ella. No es exagerado decir que la gratitud tiene un aspecto místico. En términos de crear conexiones, quizás no haya nada que pueda compararse con la gratitud.
Mientras más gratitud tenemos en general, más conectados estaremos con el mundo.
Primero percibimos algo, tenemos una experiencia, y si deseamos mantener viva esa experiencia dentro de nosotros, todo lo que tenemos que hacer es aumentar el voltaje, por así decirlo, de nuestra gratitud por ello. Dicho en términos más simples y sencillos: mientras más gratitud tenemos en general, más conectados estaremos con el mundo. Por el contrario, cuando carecemos de gratitud por algo, o cuando elegimos no dar prioridad a la gratitud como una parte de nuestra vida, más alejados estaremos de nuestra propia vida. Para activar la gratitud, sólo tenemos que considerar el tremendo poder de este "imán". Siempre está cerca, siempre está disponible y dispuesto a ampliar nuestra perspectiva del mundo.
Una mentalidad agradecida muestra nuestra sensibilidad hacia el tiempo y el esfuerzo necesario para traer algo concreto a nuestras vidas. En otras palabras, un "gracias" real, la verdadera gratitud, es una especie de meditación.
Requiere que tengamos conciencia de nuestro amor por el regalo así como por quien nos lo da. A la inversa, un regalo bien hecho da testimonio del tiempo que invertimos en conocer y apreciar las necesidades, deseos y anhelos del destinatario. Los expertos en elegir regalos tienen una apertura de espíritu y una disposición a dejar de lado sus propias necesidades inmediatas para sintonizar con agudeza con las necesidades de otra persona. Y como seguimos sorprendiéndonos, no sólo por el regalo sino también por la consideración del que lo hace, es menos probable que la gratitud que sentimos disminuya con el paso del tiempo. A esta disminución yo la llamo "agotamiento de gratitud".
Para mantenerte en sintonía con la alegría de lo que ya tienes, recuerda esto: el agotamiento de gratitud ocurre porque nuestro deleite con una situación o cosa determinada no logra conectarse con nadie fuera de nosotros mismos. Nos sentimos bien cuando recibimos cosas que llevan a eventos positivos, pero si esa alegría no se manifiesta en una relación cercana con el dador, es como si el circuito eléctrico quedara suelto e incompleto.
Pero cuando nuestra gratitud vuelve al dador y también a otras personas, el circuito se conecta. Y a través de esa conexión, nos nutrimos de una poderosa fuente de energía que va más allá de nuestro yo limitado. Esa conexión con una fuente crea y mantiene lo que yo llamo el circuito del agradecimiento.
Pero, ¿cómo se relaciona esto con los dones que nos rodean en todo momento? Los que solemos pasar por alto, como el don de la vista, de la amistad, de la luz, del aire, de la memoria, de la creatividad… ¿A quién damos las gracias cuando pensamos en ellos? ¿A quién dirigimos nuestra gratitud cuando no hay involucrada ninguna persona? Las personas religiosas pueden enfocar su agradecimiento en Dios, que, según creen, controla todos los aspectos del universo.
Las personas menos devotas pueden mantener la creencia en una clase de fuerza o poder superior, una autoridad que pone el universo en movimiento pero que no influye necesariamente en cada detalle. Los ateos y agnósticos poseen un sentimiento de gratitud no menos fuerte y pueden proyectar su agradecimiento hacia sus seres queridos, amigos o al universo en un sentido general.
Una cita atribuida al Rebe de Radzymin (1878-1942) plantea esta pregunta: "Si alguien que cruza el océano y es rescatado de un naufragio le agradece a Dios, ¿no deberíamos dar gracias a Dios si cruzamos el océano sin sufrir ningún percance? Si quien se cura de una enfermedad peligrosa ofrece alabanzas a Dios, ¿no deberíamos alabar a Dios cuando nos concede salud y nos preserva de la enfermedad?"
Las implicaciones de las preguntas del Rebe de Radzymin son obvias. Debemos entrenar nuestra mente hasta el punto en que la gratitud por todo se convierte en un comportamiento incesante y continuo.
Independientemente de cuál sea nuestra postura ante la pregunta de a quién o a qué debemos agradecer, es importante reforzar nuestro sentimiento de gratitud dirigiéndolo a su fuente. Así como los atletas desarrollan sus músculos y la coordinación con el entrenamiento, un sentido de gratitud fuerte y sano se consigue con el tiempo y la práctica.
Aquí hay un sencillo ejercicio que te permitirá reforzar tu conexión con tu propio sentido de la gratitud. Se trata de hacer un dibujo. No te preocupes si crees que no eres un "buen" artista; no se trata de eso. Dibujar activa otra parte del cerebro, y hacer algo un poco fuera de tu zona de confort es divertido y útil, sobre todo a medida que envejecemos. Para empezar, busca un lápiz o un bolígrafo y una o dos hojas de papel.
Ahora piensa en algo por lo que estás agradecido. Puede ser cualquier cosa, por ejemplo tu capacidad para respirar, para caminar de la cocina al salón o simplemente poder sentir el sol sobre tu rostro. Tal vez sea un regalo que alguien te ha hecho: una prenda de ropa o una joya. O quizás simplemente estás agradecido de que tu hermana mayor te escuchara cuando le describiste un problema que te preocupa.
Una vez que hayas elegido una cosa, haz un dibujo sencillo (o tan elaborado como desees) que explique no sólo tu amor por el regalo sino también tu amor por quien te lo dio. En otras palabras, el esquema del circuito del agradecimiento se origina en el regalo que agradeces; luego pasa a la alegría que te proporciona, y, por último, vuelve a quien te dio ese regalo. Y como es un círculo, comienza y nunca se detiene. Para que entiendas mejor cómo funciona, comparto este ejemplo del esquema que hice cuando María me dio la Martin OM Negativa. (¡Las flechas ayudan!)

El truco está en no preocuparse en absoluto por si tu obra de arte es buena. Más bien tienes que preocuparte sólo de si existe. Si has elegido algo que no te lo dio una persona (por ejemplo, una hermosa mañana de primavera), decide cómo dar las gracias al Dador no humano. Aquí por supuesto debes captar el sentido de quién o qué te hace el regalo.
Tanto si abordas la cuestión desde un punto de vista religioso, agnóstico o ateo, te encontrarás cara a cara con la gratitud en toda su complejidad y plenitud, una tarea nada simple ante un poder tan inmenso. Para mí, este esquema del circuito del agradecimiento refuerza una verdad fundamental: cuando más conectado me siento con los dadores de mi vida (como quiera que los defina), más conectado me siento con el resto de mi vida.
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.