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El coraje en las crisis de identidad

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Tzav (Levítico 6-8 )

por Rav Jonathan Sacks

Los buenos líderes conocen sus propios límites y no tratan de hacer todo ellos mismos. Construyen equipos. Crean espacios para personas que son fuertes en donde ellos son débiles. Entienden la importancia de los controles y la rendición de cuentas. Se rodean de personas diferentes a ellos. Entienden el peligro de concentrar todo el poder en un solo individuo. Pero conocer tus límites, saber que hay cosas que no puedes hacer (incluso cosas que no puedes ser), puede ser una experiencia dolorosa. A veces eso implica una crisis emocional.

La Torá contiene cuatro relatos fascinantes de estos momentos. Lo que los conecta no son las palabras sino la música. Desde muy temprano en la historia judía, la Torá no sólo se lee sino que se canta. Moshé al final de su vida dijo que la Torá es un cántico (1). Diferentes tradiciones crecieron en Israel y en Babilonia, y a partir del siglo X en adelante el cántico comenzó a ser sistematizado en la forma de notactiones musicales conocidas como taamei hamikrá, signos de entonación. Una nota muy rara, conocida como shalshelet (cadena) aparece en la Torá sólo cuatro veces. Cada vez que la encontramos, es una señal de una crisis existencial. Este signo aparece tres veces en el libro de Génesis y la cuarta vez en la parashá de esta semana. Como veremos, este cuarto caso trata sobre el liderazgo. En un sentido amplio, también los otros tres lo hacen.

La primera instancia ocurrió en la historia de Lot. Después de separarse de su tío Abraham, Lot se asentó en Sodoma. Allí se asimiló a los habitantes locales. Sus hijas se casaron con hombres del lugar. Él mismo estaba sentado en la entrada de la ciudad, una señal de que lo habían nombrado juez. Entonces llegaron dos visitantes y le dijeron que debía partir, porque Dios iba a destruir la ciudad. Lot dudó, y arriba de la palabra "dudó", vaitmamá, encontramos una shalshelet. (Génesis 19:16). Lot está conflictuado. Él sintió que los visitantes tenían razón. En verdad la ciudad sería destruida. Pero él había invertido todo su futuro en la nueva identidad que había forjado para sí y para sus hijas. Los ángeles lo sacaron a la fuerza de la ciudad para salvarlo, de lo contrario Lot se hubiera demorado hasta que fuera demasiado tarde.

El segundo shalshelet lo encontramos cuando Abraham le pide a su siervo, tradicionalmente identificado como Eliézer, que encuentre una esposa para su hijo Itzjak. Los comentaristas sugieren que Eliézer sintió una profunda ambivalencia respecto a su misión. Si Itzjak no se casaba y no tenía hijos, eventualmente todos los bienes de Abraham pasarían a Eliezer y a sus descendientes. Eso fue lo que Abraham había dicho antes de que naciera Itzjak: "Amo del universo, ¿qué me darás si no tengo hijos y quien me heredará es mi mayordomo, Eliézer de Damések?" (Génesis 15:2). Si Eliézer tenía éxito en su misión, traía una esposa para Itzjak y la pareja tenía hijos, entonces desaparecerían por completo sus probabilidades de heredar un día la riqueza de Abraham. Dos instintos luchaban dentro de Eliézer: la lealtad a Abraham y su ambición personal. El versículo declara: "Y dijo: 'Eterno, Dios de mi amo Abraham, envíame… y sabré que hiciste bondad con mi señor Abraham" (Génesis 24:12). La lealtad de Eliézer a Abraham ganó, pero no sin una lucha profunda. Aquí encontramos la shalshelet (Génesis 24:12)

La tercera shalshelet nos lleva a Egipto y a la vida de Iosef. Sus hermanos lo vendieron como esclavo y ahora trabaja en la casa de un egipcio importante, Potifar. Iosef se queda solo en la casa con la esposa de su amo, y ella lo convierte en el objeto de sus deseos. Iosef es apuesto. Ella quiere acostarse con Iosef. Él se niega y le dice que hacerlo sería una traición a su amo, el esposo de la mujer. Sería un pecado contra Dios. Sin embargo, encima de "él se negó" encontramos una shalshelet (Génesis 39:8), indicando (tal como sugieren algunas fuentes y comentaristas medievales), que lo hizo a costas de considerable esfuerzo (2). Casi sucumbe. Allí hubo más que el usual conflicto entre pecado y tentación. Fue un conflicto de identidad. Recordemos que Iosef vivía en una tierra nueva y extraña. Sus hermanos lo habían rechazado. Habían dejado claro que no lo querían como parte de su familia. Siendo un egipcio, ¿por qué no iba a hacer lo que hacían los egipcios? ¿Por qué no ceder a los deseos de la esposa de su amo? La pregunta para Iosef no era sólo: "¿es correcto?", sino también: "¿soy un egipcio o soy un judío?".

Los tres episodios hablan de un conflicto interno, y los tres se refieren a la identidad. Hay momentos en los que cada persona tiene que decidir no sólo "¿qué debo hacer?", sino "¿qué clase de persona seré?". Esto es particularmente significativo en el caso de un líder, lo que nos lleva al cuarto episodio, esta vez con Moshé en el rol central.

Después del pecado del Becerro de Oro, siguiendo la orden de Dios, Moshé instruyó a los israelitas que construyeran el Santuario, que iba a ser un hogar simbólico permanente de Dios entre el pueblo. Ahora el trabajo se había completado y todo lo que le quedaba a Moshé era introducir a su hermano Aharón y a los hijos de Aharón en su servicio. Él vistió a Aharón con las prendas especiales del Gran Sacerdote, lo ungió con aceite y efectuó los diferentes sacrificios apropiados para la ocasión. Sobre la palabra vaishjat, "y sacrificó [el animal de la ofrenda]" (Levítico 8:23), encontramos una shalshelet. Ahora ya sabemos que esto implica que había una lucha interna en la mente de Moshé. ¿De qué se trataba? En el texto no hay ninguna señal que indique que tuvo lugar una crisis.

Sin embargo, si lo pensamos un instante, quedará claro de qué se trataba la agitación interna de Moshé. Hasta ahora él había guiado al pueblo judío. Aharón lo había ayudado, lo había acompañado en sus misiones con el Faraón, actuando como su vocero, su ayudante y el segundo a mando. Sin embargo, ahora Aharón estaba por asumir un nuevo liderazgo por su propio derecho. Ya no estaría un paso detrás de Moshé. Él haría lo que Moshé no podría hacer. Presidiría sobre las ofrendas diarias en el Tabernáculo. Mediaría en la avodá, el servicio sagrado de los israelitas a Dios. Una vez al año, en Iom Kipur, él cumpliría el servicio que aseguraría expiación para los pecados del pueblo. Ya no estaría a la sombra de Moshé, sino que Aharón se convertiría en un líder que Moshé no estaba destinado a ser: un Gran Sacerdote.

El Talmud agrega otra dimensión a la importancia del momento. En la zarza ardiente, Moshé se resistió una y otra vez a guiar al pueblo. Eventualmente, Dios le dijo que Aharón iría con él y lo ayudaría a hablar (Éxodo 4:14-16). El Talmud dice que en ese momento Moshé perdió la oportunidad de ser un sacerdote: "Originalmente [dijo Dios] Yo tuve la intención de que tú fueras el Sacerdote y que tu hermano Aharón fuera un levita. Ahora él será el Sacerdote y tú serás un levita" (3).

Esta fue la lucha interna de Moshé, expresada a través de la shalshelet. Él estaba a punto de instituir a su hermano en un cargo que él mismo nunca podría ocupar. Las cosas hubieran podido ser diferentes, pero la vida no se vive en el mundo de "hubiera podido ser". Sin dudas él sintió alegría por su hermano, pero al mismo tiempo no pudo evitar la sensación de pérdida. Quizás Moshé ya sintió lo que iba a descubrir más tarde, que a pesar de que él fue un profeta y el liberador del pueblo, Aharón tendría un privilegio que a Moshé se le negó: ver a sus hijos y a sus descendientes heredar su rol. El hijo de un sacerdote es un sacerdote. El hijo de un profeta raramente es un profeta.

Lo que estas cuatro historias nos enseñan es que cada uno tiene un momento en el cual debe tomar una decisión importantísima respecto a quiénes somos. Es un momento de verdad existencial. Lot es un hebreo, no un ciudadano de Sodoma. Eliézer es el siervo de Abraham, no su heredero. Iosef es el hijo de Iaakov, no un egipcio de baja moral. Moshé es un profeta, no un sacerdote. Para decir "sí" a quienes somos, tenemos que tener el coraje de decir "no" a quienes no somos. En esta clase de conflicto siempre hay lucha y dolor. Este es el significado de la shalshelet. Pero emergemos menos conflictuados de lo que estábamos antes.

Esto se aplica en especial a los líderes, que es la razón por la cual el caso de Moshé en nuestra parashá es tan importante. Había cosas que Moshé no estaba destinado a hacer. Él nunca se convertiría en un sacerdote. La tarea recayó sobre Aharón. Él nunca guiaría al pueblo a través del Iardén. Ese era el rol de Ieshoshúa. Moshé tenía que aceptar ambas cosas con gracia si era honesto consigo mismo. Y los grandes líderes deben ser honestos consigo mismos si van a ser honestos con aquellos a quienes guían.

Un líder nunca debe tratar de ser todo para todo el mundo. Un líder debe estar satisfecho con lo que es. Los líderes deben tener la fuerza de saber lo que no pueden ser para tener el coraje de ser verdaderamente lo mejor que pueden ser. 

Shabat Shalom


NOTAS

  1. Deuteronomio 31:19
  2. Tanjuma, Vaieshev 8, citado por Rashi en su comentario sobre Génesis 39:8
  3. Zevajim, 102a



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