El difícil desafío de aceptar las críticas

30/09/2026

5 min de lectura

Allí estaba yo, un hombre hecho y derecho de 43 años, recibiendo una lección de gramática de un rabino en la pista de baile de un salón de bodas.

Fue en una boda hace unos diez años. Interrumpimos nuestra comida para rezar el servicio vespertino. Todavía recuerdo dónde estaba sentado durante las plegarias, porque noté que en el asiento junto a mí estaba un rabino que yo sabía que era muy renombrado y prominente. No pude evitar maravillarme con la intensa devoción que parecía poner en cada palabra de las plegarias, especialmente en el Shemá.

Yo había recitado la plegaria del Shemá (“Oye Israel, Hashem es nuestro Dios, Hashem es Uno” y los tres párrafos siguientes) al menos 32.850 veces en mi vida; tres veces al día, durante 30 años desde mi Bar Mitzvá. Tomada directamente de la propia Torá, indudablemente esta es la plegaria más importante que tenemos. Y, por lo tanto, se dice (o debería decirse) con máxima concentración y enfoque.

“Desearía poder rezar así”, pensé, observando al rabino.

El breve servicio concluyó momentos después y giré a mi izquierda para regresar a la Mesa 27 y a mi recientemente abandonado salmón.

“Disculpe”, dijo el rabino interponiéndose en mi camino. “¿Tiene un momento?”.

No podía imaginar qué querría hablar conmigo una persona tan importante.

“¿Por qué…? eh… por supuesto”, balbuceé.

“Sólo quería decirle lo impresionado que quedé con la forma en que estaba rezando. Resulta que estaba sentado a su lado y no pude evitar notarlo, así que pensé mencionarlo”.

Sentí subir el rubor a mis mejillas. Pero lo mejor estaba por venir.

Él continuó diciéndome: “Por eso, me sorprendió un poco su recitación del Shemá”.

Sabía que era demasiado bueno para ser verdad. Por un momento, me vi de nuevo en quinto grado, recibiendo las reprimendas del director. El rubor se intensificó, pero ahora por una razón muy diferente.

“¿Mi recitación del Shemá? ¿Hubo alguna clase de… eh… problema?”

“Bueno, disculpe mi franqueza, pero no pude evitar oír que pronunció algunas palabras incorrectamente. Sé que puede dolerle mi crítica, pero me pareció que usted era del tipo de persona que querría saberlo. Así que, en cierto modo, en realidad es un cumplido. ¿Le gustaría saber sus errores?”

“Sí, claro”, respondí.

Si él tenía razón, eso significaba que yo había recitado más de 30.000 plegarias incorrectas en los últimos 30 años.

Francamente, no podía imaginar de qué hablaba. ¿Cómo podía estar cometiendo un error fundamental en algo que había dicho tantas veces antes? Si él tenía razón, eso significaba que yo había recitado más de 30.000 plegarias incorrectas en los últimos 30 años. ¿Podía ser cierto?

El rabino abrió un sidur y señaló la primera palabra del primer párrafo.

“Si no le importa, diga esta palabra para mí”, dijo.

“VeaHÁVta”, pronuncié cautelosamente.

“Lo lamento”, respondió. “La pronunciación correcta es VeahavTÁ, con el acento en la última sílaba. La diferencia puede parecer sutil, casi mínima, pero el acento, en este caso, en realidad cambia el significado de la palabra. Como usted la dijo, significa: ‘Y amaste (a Dios)’; en pasado. El significado correcto de la palabra es un mandamiento: ‘Y amarás (a Dios)’. Esa palabra debe acentuarse en la última sílaba”.

Atónito es poco decir. Por supuesto, tenía razón. Nunca me había dado cuenta de que al pronunciar la palabra con el acento equivocado, en realidad estaba diciendo una palabra completamente diferente.

Incluso si el Shemá no significa nada para ti, imagina asistir a una cena de estado con, entre otros dignatarios, el presidente del país. Después de la suntuosa comida, expresas tu agradecimiento al presidente y a la primera dama y haces mención especial de la deliciosa cena que sirvieron. Pero en lugar de decir papas al horno pronuncias papás al horno. ¿Hasta dónde correrías de la vergüenza? Ahora imagina cometer el mismo error todos los días.

“Nunca se me ocurrió que cambiar sólo el acento de una palabra podría alterar su significado.”

“No sea demasiado duro consigo mismo”, me tranquilizó el rabino. “Mucha gente comete el mismo error. De hecho, las otras pocas palabras que usted pronunció mal eran del mismo tipo: sutiles, pero bastante equivocadas”.

Qué encuentro tan inusual. Allí estaba yo, un hombre hecho y derecho de 43 años, recibiendo una lección de gramática de un rabino en la pista de baile de un salón de bodas.

Recuerdo que me sentí avergonzado, pero mucho más que eso, sentí una inmensa gratitud. Ese hombre se había preocupado lo suficiente por mis plegarias como para asegurarse de que las dijera correctamente por el resto de mi vida. ¡Qué regalo! Qué afortunado había sido al corregir un error que llevaba cometiendo tanto tiempo. Me imaginé a mi alma presentándose un día ante el tribunal celestial y descubriendo que nunca, ni una sola vez en toda mi vida, había dicho correctamente la plegaria del Shemá. Ese hubiera podido ser yo.

Cinco Semanas Después

Estaba nuevamente recitando la plegaria vespertina, pero esta vez en mi sinagoga. Consciente de mi reciente descubrimiento, todavía tenía cuidado de pronunciar bien mis palabras y me sentía agradecido de estar ya en el camino correcto. De repente, desde el asiento justo detrás de mí, sonaron las palabras:

“VeaHÁVta et Hashem…”

¡Otra persona estaba cometiendo los mismos errores que yo solía cometer!

Giré el cuello unos 80 grados intentando parecer natural. Parecía de mi edad, y aunque lo había visto muchas veces antes, sólo manteníamos una relación de “saludo de cabeceo”. Ya sabes, esa clase de relación en la que te has cruzado tantas veces con alguien que te da vergüenza preguntarle su nombre.

La plegaria duraría unos seis o siete minutos más, pero en lo que respecta a mi concentración, yo ya había terminado. Mi mente volaba.

¿Debo acercarme a él después del servicio, tal como hizo el rabino conmigo?

¿Y si resiente mi crítica?

¿Quizás no es asunto mío?

Pero yo lo agradecí tanto. ¿No debería transmitir el regalo que recibí?

En un instante, terminó el servicio y todos se dirigieron a la salida. Al llegar afuera, inspiré profundo y aclaré la garganta. Al parecer lo hice bastante fuerte, porque mi “amigo” se dio vuelta. Ahora estaba atrapado.

“¿Sí?”, preguntó.

“Oh… eh… hola”.

Estaba mucho más ansioso de lo que debería. Después de todo, estaba a punto de hacerle un gran favor. Y parecía un tipo amigable. ¿Por qué estaba tan nervioso?

“De verdad espero que no le moleste lo que voy a decirle… verá, yo estaba en una boda hace un tiempo y rezamos el Shemá y este rabino… probablemente usted no lo conozca, en realidad yo tampoco lo conocía…”

(Esto no estaba saliendo como había planeado).

“En fin, él me escuchó recitar el Shemá y me corrigió la pronunciación de unas palabras. Y le quedé muy agradecido. Así que, esta noche, lo oí cometer los mismos errores”.

“¿En serio? Tal vez oyó mal. Yo no cometí ningún error”.

Oh-oh. Definitivamente, esa NO era la respuesta que esperaba. No sabía si insistir o retirarme. Tuve que tomar una decisión en una fracción de segundo. Seguí adelante.

“Bueno, supongo que podría estar equivocado, pero estoy casi seguro de que dijo ‘VeaHÁVta’ cuando debería pronunciarse ‘VeahavTÁ’…”

“No sé de qué me habla, pero tengo que irme. Gracias de todos modos”.

¿Fue mi manera de expresarlo? ¿Las palabras que elegí? ¿O simplemente él estaba a la defensiva?

Acelerando el paso, se dirigió a la esquina, giró a la izquierda y desapareció en la noche. Yo me quedé en la acera frente a la sinagoga. Era noviembre, pero el invierno había llegado temprano a Nueva York. Me preguntaba qué acababa de ocurrir. ¿Fue mi manera de expresarlo? ¿Las palabras que elegí? ¿El momento en que lo dije? ¿O simplemente él estaba a la defensiva?

Ojalá esta historia tuviera un final feliz. De verdad lo desearía. Pero la verdad es que, durante años, desde aquella noche tan fría de noviembre, mi “amigo” me da vuelta la cara cada vez que nos cruzamos. No, ni siquiera me saluda con la cabeza. Intenté disculparme, explicar, preguntar, pero siempre me corta.

“Está bien. Olvídalo. No pasó nada. Todo bien”.

Pero no estaba bien. Y ambos lo sabíamos.

Últimamente, las cosas han vuelto más o menos a la normalidad; de vez en cuando intercambiamos un asentimiento cortés o un murmullo incoherente. Pero demasiado amistoso, no es.

La peor parte de esta historia, sin embargo, es que su reacción me ha desanimado a transmitir a otros el regalo que recibí. Quizás no debería ser así, pero lo ha hecho.

Pero no todo está perdido.

Todavía puedo escribir artículos. Y todavía puedo rezar.

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Miriam
Miriam
11 días hace

Estuviste correctisimo, fue muestra de que tienes un corazón generoso, que con humildad recibió una importante correccion y no te la guardaste para tí solo, sino que vistes la necesidad de corrección en el hermano para su bien y para el bien de los oyentes de su palabra...que el hermano no lo haya sabido aceptar y agradecer será que está en su proceso aún de recapacita ion y algún día te lo agradecerá ...

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