Estados Unidos cumple 250 años
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En la antigua Roma, la vida giraba en torno al Coliseo. En la ciudad de Nueva York, la capital cultural de Estados Unidos, todos los caminos conducen a Times Square. Y en Londres, el Palacio de Buckingham se erige como el corazón de la ciudad. Estos monumentos centrales revelan los valores fundamentales de cada sociedad: espectáculo, comercio y monarquía, respectivamente.
¿Cuál es el núcleo de la nación judía?
Al comienzo del libro de Números, Dios instruye a los israelitas que deben organizarse por tribus, asignando a cada una su posición, bandera distintiva y formación de marcha. Pero quizás lo más significativo es que todas estas designaciones tribales giran en torno a un único punto focal:
“Los hijos de Israel acamparán cada uno junto a su estandarte, bajo las banderas de la casa de sus padres; acamparán alrededor de la Tienda del Encuentro”.(1)
Rav Itzjak Arama, comentarista filosófico de la Torá del siglo XV conocido como el “Akeidat Itzjak”, describe el cuadro completo:
“Cuando uno ve a las tribus en sus divisiones, rodeando el Mishkán, con los campamentos de los levitas entre ellas y el atrio del Mishkán, y el atrio rodeando el Mishkán, y la cortina dentro del Mishkán separando entre el santuario exterior y el Santo de los Santos, y dentro del Santo de los Santos, el Arca de la Alianza, y dentro del Arca, la Torá de Dios, comprenderá y sabrá que la Torá es la esencia de todo; el punto central alrededor del cual gira toda esta majestuosidad, y fijará en su alma que la Torá es el propósito de todas las acciones y principios...”
Para grabar permanentemente la centralidad de la Torá en la conciencia colectiva, Dios colocó el Arca de manera visible, profunda y distintiva en el centro del campamento. Doce tribus en cuatro direcciones rodeaban a los levitas, quienes rodeaban el atrio del Tabernáculo, que contenía el Santuario, que encerraba el Santo de los Santos, que albergaba el Arca, que contenía (en el centro mismo) la Torá. Durante 40 años en el desierto, nuestros antepasados vivieron esta lección de forma tangible: así como el campamento se organizaba alrededor de la Torá, también cada aspecto de la vida judía debía encontrar su significado y propósito en relación con este centro sagrado.(2)
Este diseño centrado en la Torá revela otra dimensión profunda: el equilibrio entre unidad y diversidad. Con la Torá situada en el centro de la nación, podríamos esperar que surgiera uniformidad u homogeneidad. Después de todo, si todos se orientan hacia un único propósito, ¿no se vería anulada la expresión individual? ¿No quedarían suprimidos los talentos y las inclinaciones diversas en favor de un único camino aprobado?
La disposición de la Torá revela exactamente lo contrario. Dios no exigió uniformidad, sino que celebró la individualidad de cada tribu otorgándole su propia bandera, una posición única y una misión distintiva acorde con sus fortalezas particulares. En lugar de disminuir la individualidad, la organización tribal la potenció y la encauzó hacia un propósito significativo.
El campamento oriental de Iehudá, Isajar y Zebulún ilustra perfectamente este equilibrio. Los comerciantes de Zebulón destacaban en el comercio (su bandera mostraba un barco), pero canalizaban su prosperidad para apoyar el estudio de la Torá de Isajar. Los sabios de Isajar no buscaban conocimiento en aislamiento; su sabiduría guiaba a los líderes de Iehudá, quienes aplicaban los principios de la Torá en el gobierno. Cada tribu cumplía su vocación particular mientras contribuía simultáneamente a la misión Divina compartida.
Este antiguo modelo desafía nuestra tendencia moderna a compartimentar la vida. Cuando la Torá ocupa el centro, las fronteras artificiales entre la “vida religiosa” y la “vida cotidiana” se disuelven. Nuestras carreras se transforman en vehículos para la conducta ética y el apoyo a valores sagrados. Nuestras relaciones se convierten en expresiones de principios divinos. Nuestros talentos e intereses pasan a ser caminos para cumplir nuestro propósito único dentro del marco integral de la Torá. Nada queda en la periferia cuando todo está conectado con el centro.
El impacto de colocar la Torá en el centro se extendió mucho más allá del desierto. A lo largo de siglos de dispersión, exilio y persecución, nuestros antepasados mantuvieron su devoción a la Torá como principio organizador central. Este compromiso inquebrantable no solo transformó al pueblo judío, sino que gradualmente revolucionó a la civilización humana en su conjunto.
Hoy damos por sentado que vivimos en una sociedad moldeada por los valores de la Torá, pero hace 3500 años estos valores (la justicia igualitaria, la santidad de la vida humana y el trato ético hacia el extranjero) irrumpieron en un mundo donde el sacrificio humano era común, la justicia variaba según el estatus social(4) y los extranjeros eran explotados o esclavizados de forma rutinaria.
Esta extraordinaria influencia ha sido reconocida por algunas de las figuras más influyentes de la historia, desde perspectivas muy diversas:
John Adams, segundo presidente de Estados Unidos, declaró:
“Insistiré en que los hebreos han hecho más por civilizar a la humanidad que cualquier otra nación... Creo que el destino ha ordenado que los judíos sean el instrumento más esencial para civilizar a las naciones... para preservar y difundir a toda la humanidad la doctrina de un Soberano supremo, inteligente, sabio y omnipotente del universo, que considero el principio esencial de toda moralidad y, en consecuencia, de toda civilización”.(5)
El presidente Abraham Lincoln reafirmó esta idea, llamando a la Torá “el mejor regalo que Dios ha dado al hombre... sin ella no podríamos distinguir entre el bien y el mal”.(6)
Incluso quienes buscaron destruir al pueblo judío reconocieron su influencia moral. Hitler admitió de forma estremecedora: “La conciencia es una invención judía; es un defecto como la circuncisión”.(7)
Hoy en día, incluso las comunidades judías seculares llevan los valores de la Torá en su ADN. Como reconoció Albert Einstein: “La búsqueda del conocimiento por sí mismo, un amor casi fanático por la justicia y el deseo de independencia personal son rasgos de la tradición judía que me hacen agradecer a mi buena estrella por pertenecer a ella”.(8)
La porción de la Torá de esta semana llega justo antes de la festividad de Shavuot, brindándonos un momento perfecto para reflexionar mientras nos preparamos para celebrar la entrega de la Torá en el Sinaí. En este momento, debemos preguntarnos: “¿Cuánto de mi vida está centrado en la Torá? ¿Cómo podrían mi carrera, mis relaciones y mis intereses personales alinearse mejor con su camino de justicia y moralidad?”
Al volver a centrar nuestras vidas en la Torá, tomamos como guía la disposición de las tribus: la habilidad comercial de Zebulún sostenía el estudio de la Torá, la erudición de Isajar iluminaba su sabiduría, y el liderazgo de Iehudá implementaba sus principios en la práctica. Tus fortalezas particulares, sean cuales sean, también encuentran su propósito más elevado cuando se conectan con nuestro centro sagrado. Como hemos visto, la Torá no es solo un componente de la identidad judía: ella nos define y constituye el legado que hemos aportado al mundo.
Que logremos dirigir todos los aspectos de nuestras vidas hacia el cumplimiento de la Torá en toda su magnificencia y gloria.
Bamidbar 2:2
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