Masacre en un evento de Janucá en Australia


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Sorprendiendo a su familia no religiosa, en 1928 David Shainberg dejó la universidad a los 23 años para estudiar Torá en la Tierra de Israel.
El libro Ghosts of a Holy War, de la periodista Yardena Schwartz, saca a la luz la masacre de Jebrón de 1929, cuando árabes enardecidos asesinaron a 67 judíos, atacando sus hogares y sinagogas.
Schwartz relata la historia de David Shainberg, un joven de 23 años nacido en Memphis, Estados Unidos, que era estudiante de la renombrada Ieshivá Slobodka de Jebrón.
Mucho antes de que el movimiento de divulgación y acercamiento judío tomara fuerza, Shainberg se sintió inspirado por el rabino Georges Baccarat, un carismático jasid francés que lo motivó a abandonar la facultad de administración de empresas para dedicarse al estudio de la Torá. Fue una elección inusual. Los padres de Shainberg, judíos orgullosos pero no particularmente observantes, no estaban contentos con el cambio de su hijo, especialmente cuando se fue a Palestina.
En aquellos años, Jebrón contaba con una diminuta comunidad judía de unas pocas familias sefardíes que vivían entre 20.000 árabes. Según Schwartz, era el único gueto de estilo medieval que quedaba en Palestina, un espacio de una sola hectárea, cerrado con muros y puertas con llave.
"Sus padres no entendían realmente su transformación ni por qué quería irse de Memphis", escribe Schwartz. En las cartas de diez páginas que enviaba a casa cada semana, Shainberg intentaba tranquilizarlos. "Les escribía sobre la ieshivá, su vida y sus clases. Realmente quería que compartieran su entusiasmo por estas enseñanzas", dice Schwartz.
En sus cartas también expresaba su profundo amor por la ieshivá y sus estudiantes, a quienes describía como "jóvenes del nivel más alto imaginable". "Agradezco a Dios cada minuto del día por haberme traído a la ieshivá aquí en Jebrón. Aquí no sólo puedo adquirir mejor el conocimiento que busco, sino que estoy en un ambiente completamente judío y en tierra santa".
David Shainberg poco después de llegar a Palestina, 1928 (Cortesía de la familia Shainberg)
El amor era mutuo. Siendo el único estudiante de la ieshivá proveniente de un entorno relativamente secular, Shainberg era ampliamente admirado por sus maestros y compañeros. "Lo admiraban por darle la espalda a la riqueza que lo esperaba en Memphis para dedicarse a la Torá", escribe Schwartz.
Shainberg, a su vez, ayudaba a sus compañeros utilizando el dinero que su padre le enviaba para su propio sustento, creando un fondo de caridad anónimo para ellos. "Nadie descubrió que David estaba detrás de esto hasta un año después, cuando ya era demasiado tarde para agradecerle", escribe Schwartz.
Shainberg no sólo amaba la ieshivá, sino también Jebrón, que por su aire fresco de montaña y sus colinas y valles, era considerado uno de los lugares más hermosos de la Tierra Santa.
"Jebrón es el paraíso mismo. Tendrían que imaginarse un Jardín del Edén aún más hermoso", escribió Shainberg.
No sólo era pintoresco. También se consideraba un lugar seguro. Sorprendentemente, en aquella época Jebrón era ampliamente visto como el sitio más seguro de Palestina, lo que influyó en la decisión de la administración de la ieshivá de trasladarla allí desde su antiguo hogar en Kovno, Lituania.
Sin embargo, la seguridad no era absoluta. Incluso entonces, los jóvenes árabes solían tirar piedras, jalar barbas o insultar a los judíos de la ciudad, a quienes, según Schwartz, "trataban como una clase inferior, subordinada a la mayoría musulmana de la ciudad". Con el tiempo, el personal de la ieshivá logró mejorar considerablemente esa relación, llevándola a un nivel más respetuoso y amistoso.
En una de sus cartas, Shainberg describe cómo sucedió esto:
"Las relaciones amistosas comenzaron de la siguiente manera. Un joven árabe apedreó la casa del rabino, hiriendo a dos miembros de la familia y causando considerables daños. Fue arrestado y llevado a juicio. El rabino compareció ante el juez y suplicó que lo dejaran en libertad. Desde entonces, no hubo más problemas, y los árabes tratan a los estudiantes de la ieshivá con el mayor respeto y cortesía".

En sus cartas, Shainberg describe a jeques árabes bailando junto a los rabinos en celebraciones de la ieshivá, y a estudiantes de la ieshivá asistiendo a festividades árabes e incluso aprendiendo árabe para entender mejor a sus vecinos.
Todo esto terminó el llamado "Sábado Negro", el 23 de agosto de 1929, cuando 3.000 hombres y jóvenes árabes iniciaron una masacre, asesinando a 67 judíos, entre ellos a David Shainberg.
En una de las secciones más escalofriantes del libro, Schwartz describe el último día de Shainberg. Sabiendo que se avecinaban problemas, Shainberg se reunió con sus compañeros en la casa de uno de sus rabinos. Apilaron muebles pesados contra la puerta y recitaron las plegarias de Shabat. "Al principio, los muebles impidieron que la turba entrara, hasta que descubrieron que podían arrancar las persianas de las ventanas", escribe Schwartz.
Shainberg y los demás lucharon valientemente, pero los superaban en número y armas.
La masacre fue noticia de primera plana en todo el mundo, pero el nombre de Shainberg no apareció entre los muertos. Aun así, su familia sintió que algo terrible había sucedido. La noche del asesinato, los vecinos informaron haber visto una sombra moviéndose por la casa de su familia en Memphis, con luces encendiéndose y apagándose. "Llamaron a la policía porque pensaron que alguien estaba robando la casa", dijo su sobrina nieta, Judy Green. "El espíritu de mi tío estaba en su hogar cuando falleció".
La pérdida fue devastadora. "Cuando tienes a alguien tan especial y es destruido de esa manera, es muy duro", dijo Green. "David era brillante y apuesto. Tenía el mundo a sus pies. A todos se les rompió el corazón", agregó su sobrina nieta Lisa Kaufman.
Yardena Schwartz (Yair Golov)
Como solía suceder en esa época, la familia trató de enterrar su dolor y apenas hablaban de su ser querido perdido. "No escuché muchas historias", dice Green. Sin embargo, la presencia de Shainberg parecía seguir acompañando a su familia. Varios llamaron a sus hijos en su honor y siguieron su camino espiritual, incluyendo a Green, quien eventualmente hizo aliá.
Durante más de 80 años, las cartas y un diario de David estuvieron guardados en una caja hasta que otra sobrina nieta, Jill Notowich, los encontró mientras ayudaba a su madre a limpiar su ático.
"Estaban en una caja blanca con una nota escrita a mano que decía ‘No tirar’".
Notowich no la tiró. Al comprender que había encontrado un tesoro, escaneó cada carta, finalmente almacenándolos en una bóveda de archivo en la biblioteca y también compartiéndolas con la familia.
"Nos quedamos asombrados por la belleza de su iluminación y su vocación", dice Notowich. Creyendo que había encontrado material para un libro o documental, se puso en contacto con Yossi Klein Halevi, quien la conectó con Schwartz, quien compartió sus sentimientos. "Fue trágico leer sobre lo increíble que era este joven", dice Schwartz. "Sobre cuántas personas podría haber influido si se le hubiera dado la oportunidad".
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