El hombre que sacrificó su vida para mantener vivo el judaísmo

04/05/2026

9 min de lectura

Desafiando la ley romana y contra todo pronóstico, Iehudá ben Bava sacrificó su vida para mantener vivo el judaísmo.

Era una época oscura para el Pueblo Judío. Después de su máximo esplendor a mediados del siglo I, con tres millones de judíos en Judea (la Tierra de Israel) y millones más en todo el mundo, con una vida judía y florecientes instituciones de Torá en todo el país, y con el gran y magnífico Templo de Jerusalem que atraía peregrinos, turismo y comercio desde tres continentes, las cosas empezaron a empeorar.

En menos de un siglo, una serie de guerras judeo-romanas precipitaron el colapso del Templo, la destrucción total de Jerusalem y la masacre de más del 60% de la población judía de Judea. Algunos de los más grandes sabios judíos de todos los tiempos fueron ejecutados por los romanos durante este período, entre ellos Rabí Akiva, Rabán Shimon ben Gamliel (líder del Sanedrín) y Rabí Ishmael (el último sumo sacerdote de Israel). Cincuenta ciudades judías y 985 aldeas judías fueron arrasadas. Los romanos incluso esparcieron sal en la tierra de la región de las montañas de Judea para asegurarse que la agricultura y el asentamiento judío no pudieran continuar en esas áreas.

Cientos de miles de judíos fueron vendidos como esclavos en todo el Imperio Romano o huyeron del país como refugiados. Sólo quedaban unos pocos cientos de miles de judíos en la Tierra de Israel, concentrados principalmente en la región norte de Galilea. Aparte del Holocausto, este fue el período más trágico de la historia judía.

Tras la revuelta de Bar Kojba, la última de las guerras judeo-romanas, el emperador Adriano convocó una reunión secreta de gabinete para evitar nuevos levantamientos en Judea. Los asesores de Adriano concluyeron que la religión judía era inherentemente violenta y que el apego religioso del judaísmo a una tierra específica significaría más problemas en el futuro. Por lo tanto, el comité recomendó cambiar el nombre de la tierra de Judea (que significa “tierra de los judíos”) a Palestina (más tarde llamada Palestine en inglés), un derivado latino de Filistea, “tierra de los filisteos”.

Los filisteos fueron los archienemigos de Israel en la época de los jueces y del período monárquico temprano (siglos XII-X AEC), pero habían dejado de existir como grupo étnico unos 700 años antes de la revuelta de Bar Kojba. Judea dejó de ser una provincia romana independiente y se fusionó con la Siria ocupada por Roma al norte. Toda el área de lo que hoy es Siria, Líbano, Israel y los territorios palestinos se convirtió en una sola provincia llamada Siria-Palestina dentro del Imperio Romano.

Debido a la importancia religiosa de Jerusalem para el pueblo judío, el nombre de la ciudad santa se cambió a Aelia Capitolina (Aelia era el segundo nombre de Adriano y Capitolina significa “la más grande”). Cambiar los nombres judíos a nombres romanos castigaba a los judíos por sus rebeliones destructivas, desvincularía la tierra de su identidad e inherente carácter judío, y ayudaría a fomentar la asimilación y la desaparición de los judíos dentro del Imperio Romano.

Adriano

La ciudad fue reconstruida y repoblada por ciudadanos romanos paganos, y construyeron un templo a Júpiter (la deidad romana más venerada) sobre las ruinas del Templo judío.

Además de cambiar los nombres de Judea y Jerusalem, el comité de Adriano recomendó un programa para prohibir la práctica del judaísmo y alentó a la población judía a adoptar prácticas culturales romanas y normas religiosas paganas. Se prohibió el calendario judío, lo que hacía imposible saber qué días celebrar las festividades. Prohibieron la circuncisión y la observancia del Shabat, las sinagogas fueron reemplazadas por templos romanos, cerraron los baños rituales judíos, los rollos de la Torá fueron quemados públicamente, enseñar judaísmo se volvió ilegal y la ordenación rabínica quedó absolutamente prohibida.

La ordenación rabínica, conocida como semijá, era el método tradicional israelita de transmisión del liderazgo judío de una generación a la siguiente. El término semijá significa literalmente “apoyo” y proviene del versículo que describe cómo Moshé nombró a Iehoshúa (Josué) como su sucesor poniendo las manos sobre su cabeza. El Libro de Números dice que Moshé “posó [vaismaj] sus manos sobre él” y al hacerlo, traspasó el liderazgo espiritual y político de los Hijos de Israel a la siguiente generación. Tradicionalmente, el mismo método se realizó desde Iehoshúa a todos los líderes de Israel a lo largo de la historia hasta el período romano, en una cadena ininterrumpida, de maestro a alumno. Al eliminar la ordenación rabínica, la esperanza era que el liderazgo judío muriera en el siglo II.

La ley romana también prohibía a los judíos establecerse en Jerusalem o incluso visitar la ciudad santa, salvo en Tishá BeAv, el día que conmemora la destrucción del Templo. Cualquier judío que violara estas restricciones podía ser torturado y ejecutado.

Tres años después, Adriano murió y la mayoría de las leyes antijudías mencionadas fueron rescindidas por el nuevo emperador romano Antonino Pío, quien era más comprensivo con los judíos. Las restricciones impidiendo que los judíos entraran a Jerusalem continuaron durante otros 500 años, hasta que los árabes conquistaron la región en el siglo VII.

Este no fue el primer momento en la historia en que se aplicaron leyes antijudías. Estas también fueron implementadas por varios reyes judíos idólatras durante el período bíblico, por los griegos durante el reinado de Antíoco (precediendo a la historia de Janucá), y nuevamente en la época de Adriano. Aunque era difícil, los judíos siempre encontraron maneras de observar las leyes de la Torá en secreto durante los períodos de persecución religiosa.

Lo que fue singularmente diferente en la persecución romana y lo más peligroso para la continuidad de la supervivencia de la nación judía fue la prohibición de la semijá (ordenación rabínica).

En aquellos días, el calendario judío no estaba fijado como lo está hoy. El comienzo del nuevo mes (Rosh Jódesh) se determinaba mediante testigos que informaban al Sanedrín (la autoridad religiosa central en el mundo judío) que habían visto aparecer la luna. La declaración se transmitía por toda la Tierra de Israel y a todas las tierras de la diáspora judía a través de una cadena de hogueras encendidas en las cimas de las montañas y mediante mensajeros a caballo. Sin embargo, el calendario judío nunca fue exclusivamente lunar. Si fuera así, los meses y las festividades caerían en diferentes estaciones del año, como sucede con el calendario islámico. La Torá, sin embargo, estipula que el mes de nisán, en el que celebramos Pésaj, debe caer en primavera, lo que requiere la creación de un año bisiesto. En un año judío bisiesto, se agrega un mes extra cada tantos años para garantizar que Pésaj siempre caiga en primavera.

El Sanedrín, de una enciclopedia de 1883

Pero el problema es que sólo alguien con ordenación rabínica en la Tierra de Israel puede declarar un año bisiesto. Si los romanos lograban eliminar al último de los rabinos, ya no sería posible declarar un año bisiesto y el calendario judío esencialmente quedaría anulado. Sin el calendario funcionando correctamente, sería imposible observar las festividades en sus momentos adecuados y el judaísmo, tal como lo conocemos, dejaría de existir.

Tras la revuelta de Bar Kojba, sólo quedaban en Israel dos judíos vivos con ordenación rabínica. Uno de ellos era Rabí Akiva, pero como él apoyó políticamente a Bar Kojba (quien lideró una gran rebelión contra Roma) y continuó enseñando Torá en violación de la ley romana, fue arrestado, torturado y ejecutado en el año 135 EC. Después de eso, sólo quedaba un hombre con ordenación rabínica: Iehudá ben Bava.

Adriano, moneda romano

Iehudá ben Bava era uno de los pocos ancianos vivos en ese momento que tenía recuerdos directos del Templo de Jerusalem, que había sido destruido unas siete décadas antes durante su juventud. Él fue uno de los grandes eruditos involucrados en la preservación de las tradiciones, costumbres y leyes judías en la era posterior al Templo. Iehudá era considerado un individuo justo y piadoso y un miembro respetado del Sanedrín.

Dada la magnitud de las bajas civiles judías (incluidos rabinos), quedaban muy pocos eruditos en la tierra. A pesar del peligro y contra todo pronóstico, Iehudá ben Bava reunió a los estudiantes de Torá más talentosos para transmitir la semijá (ordenación rabínica) a la siguiente generación, desafiando la ley de Adriano. El emperador Adriano estipuló que no sólo el rabino que otorgara la ordenación sería ejecutado, sino también el estudiante que la recibiera, y la ciudad o aldea donde ocurriera el evento (o la ciudad más cercana) sería totalmente destruida.

En ese momento, los romanos ya habían destruido decenas de ciudades y aldeas judías, así que no era una amenaza vana. Para evitar el sufrimiento de otros judíos, Iehudá llevó a sus estudiantes a un estrecho paso montañoso en un área rural equidistante entre dos ciudades, Usha y Shefaram (ambas antiguas y futuras sedes del Sanedrín, ubicadas a unos 19 kilómetros al este de Haifa). La lógica era que, si eran descubiertos, ambas ciudades estarían igualmente fuera de alcance y, por lo tanto, se salvarían de sufrir daños.

Uno por uno, Rabí Iehudá ben Bava colocó sus manos sobre las cabezas de cinco o seis jóvenes eruditos judíos. Rabí Meir, que anteriormente había sido alumno de Rabí Akiva, estuvo presente junto con Rabí Iehudá Bar Ilai, Rabí Shimón Bar Iojai, Rabí Iosi ben Jalafá, Rabí Elazar ben Shamua y posiblemente también Rabí Nejemia. Apenas el último estudiante fue ordenado, se oyeron los gritos de los soldados romanos, que se acercaban a caballo. ¡Los habían atrapado!

El pánico se apoderó de los estudiantes. Ante el peligro inminente, Rabí Iehuda ben Bava dijo a sus alumnos: “¡Hijos míos, corran!”

Ellos respondieron: “Maestro, ¿pero qué será de usted?”

El rabino respondió: “Estoy colocado ante mis enemigos como una roca que no se puede mover”.

Iehudá entendió que debido a su vejez no llegaría muy lejos y sólo retrasaría a sus estudiantes recién ordenados, poniendo en riesgo sus vidas y, junto con ellas, todo el judaísmo. El paso montañoso frente al cual estaba parado era tan estrecho que los estudiantes sólo podían huir en fila india.

La tumba de Iehudá ben Bava

Después de que los estudiantes huyeron, Iehudá resistió durante bastante tiempo, impidiendo que los soldados avanzaran. Según la leyenda, se dio la orden y clavaron en su cuerpo 300 lanzas de hierro, pero para cuando lograron mover su cuerpo sin vida, los estudiantes ya se habían dispersado y habían corrido una distancia considerable. Ellos escaparon de Judea, ocupada por los romanos, y se reasentaron temporalmente en Babilonia, que en ese momento estaba fuera de la influencia romana. Además, allí había una gran población judía y era considerado un centro de estudios de la Torá.

Adriano murió en el año 138 EC. Una vez que se rescindieron las leyes antijudías y la situación se calmó, los estudiantes de Rabí Iehudá ben Bava regresaron a Judea (ahora rebautizada Palestina) en el año 142 EC. Su objetivo era reconstruir la dispersa comunidad judía de Israel, y allí lograron grandes cosas. Rabí Shimón Bar Iojai enseñó la dimensión mística secreta de la Torá conocida como Cábala, que se convirtió en la obra principal del misticismo judío llamada el Zóhar. Rabí Iosí ben Jalafta llegó a componer la primera cronología completa de la historia judía, desde Adam hasta su época (siglo II). A pesar de los diversos logros de los estudiantes de Iehudá, la mayor victoria, por supuesto, fue la continuidad de la ordenación rabínica y la preservación del calendario judío.

Con el ascenso del cristianismo en el Imperio Romano durante el siglo IV, las instituciones nacionales judías en la Tierra de Israel, como el Sanedrín, comenzaron a ser objeto de escrutinio. Su abolición u otras restricciones potenciales amenazaban nuevamente el calendario judío, como sucedió en los días de Iehudá ben Bava. Hilel II, presidente del Sanedrín durante el siglo IV, tomó la difícil decisión de fijar el calendario judío (poniendo fin, por lo tanto, a la necesidad de declarar años bisiestos). El beneficio sería que cualquier futura restricción imperial contra la observancia judía, la ordenación rabínica o el funcionamiento del Sanedrín no afectaría el calendario judío ni la continuidad de las festividades judías en sus tiempos adecuados. La desventaja era que pondría fin a la dependencia de la diáspora respecto a la Tierra de Israel como autoridad religiosa central, y por lo tanto rompería el vínculo entre la menguante población judía en Israel y las comunidades de la diáspora en todo el mundo.

En retrospectiva, esta decisión era inevitable en algún momento, ya que las comunidades judías se estaban desplazando cada vez más lejos y la capacidad de los mensajeros para llegar a tiempo a sus destinos se estaba volviendo impráctica.

El autosacrificio de Iehudá ben Bava permitió que la ordenación rabínica continuara durante algunos siglos más, justo a tiempo para que Hilel II hiciera que el calendario judío local se volviera global. Apenas 40 años después de la muerte de Hilel II, los romanos abolieron permanentemente el Sanedrín (haciendo que fuera ilegal declarar los nuevos meses y los años bisiestos). Pero para entonces, el calendario fijo ya se había difundido entre las diversas comunidades de la diáspora que existían en ese momento en Oriente Medio, el norte de África y el sur de Europa. El judaísmo se salvó y hoy podemos celebrar nuestras festividades gracias a la dedicación y valentía de Rabí Iehudá ben Bava.

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