El horno de la serpiente

02/09/2026

7 min de lectura

Nitzavim-Vaiélej (Deuteronomio 29:9-31:30 )

¡Saludos desde la ciudad sagrada de Jerusalem!

En la parashá de esta semana (Deuteronomio 30:12) se nos dice que la Torá "no está en el cielo" (Lo Bashamaim Hi). El Talmud (Bavá Metziá 59b) relata un episodio relacionado con este versículo:

En una ocasión, hubo una discusión acerca de la pureza ritual de determinado horno. Se lo conocía como el "horno de la serpiente", debido a la cantidad de argumentos que se enroscaban alrededor del tema, del mismo modo que una serpiente se enrosca alrededor de su presa. Rabí Eliézer sostenía que el horno era ritualmente puro, mientras que los demás Sabios opinaban lo contrario. Para demostrar que tenía razón, Rabí Eliézer dijo: "Si la halajá está de acuerdo conmigo, que este algarrobo lo demuestre". Inmediatamente, el árbol se arrancó de raíz y salió despedido una gran distancia. Los Sabios, sin impresionarse, respondieron que la ley judía no se prueba mediante un algarrobo.

Entonces Rabí Eliézer continuó: "Si la halajá está de acuerdo conmigo, que este arroyo lo demuestre". En ese momento el agua comenzó a fluir cuesta arriba, un auténtico milagro. Nuevamente, los Sabios permanecieron impasibles y declararon que la halajá no se determina por medio de un arroyo.

Rabí Eliézer prosiguió: "Si la halajá está de acuerdo conmigo, que las paredes de esta casa de estudio lo demuestren". De inmediato, las paredes comenzaron a inclinarse hacia adentro. 

Aunque las paredes se inclinaron en señal de respeto hacia Rabí Eliézer, no llegaron a derrumbarse por respeto a Rabí Iehoshúa y a los demás Sabios. Pero permanecieron inclinadas. Los Sabios insistieron en que la ley judía no puede demostrarse por medio de las paredes de una casa de estudio. Entonces Rabí Iehoshúa exclamó dirigiéndose a las paredes: "¿Por qué intervienen en una discusión entre sabios?"

Como los Sabios seguían sin aceptar sus pruebas, Rabí Eliézer apeló directamente al Cielo. En ese instante resonó una bat kol (una voz celestial): "¿Por qué discuten con Rabí Eliézer? La halajá siempre está de acuerdo con él". Para responder, Rabí Iehoshúa se levantó y citó el versículo de la parashá de esta semana: "Lo bashamaim hi – [la Torá] no está en el cielo". Desde que Dios entregó la Torá al pueblo judío en el monte Sinaí, la autoridad para decidir las cuestiones de la Torá ya no reside en el cielo, sino en la tierra.

Además, la propia Torá establece (Éxodo 23:2) que las decisiones deben seguir la opinión de la mayoría. Esto mismo es una prueba explícita de que en el caso del horno, la ley debía seguir el consenso de los Sabios.

Tiempo después de este episodio, Rabí Natán se encontró con el profeta Elías y le preguntó cómo había reaccionado Dios al finalizar aquella discusión. Elías respondió que Dios sonrió (metafóricamente) y dijo: "¡Mis hijos Me han vencido!"

Surgen varias preguntas acerca de este relato. Si el primer milagro (el algarrobo arrancado de raíz) no convenció a los Sabios, ¿por qué Rabí Eliézer siguió presentando más señales? Era evidente que los Sabios no estaban interesados en pruebas milagrosas. Además, ¿por qué Rabí Eliézer eligió precisamente esos signos? ¿Qué simbolizan el algarrobo, el agua y las paredes?

***

Las tres claves

El Gaón de Vilna explica que existen tres claves para alcanzar el éxito en el estudio de la Torá:

  • Histapkut: conformarse con lo que uno tiene; es decir, estar satisfecho con tu situación material. 
  • Anivut: humildad. 
  • Shkeidá Rabá: diligencia. 

Existen numerosas fuentes que enseñan la importancia de la histapkut para adquirir la Torá. Por ejemplo, el Talmud afirma (Avot 6:4): "El camino de la Torá consiste en comer pan con sal, beber agua con medida y dormir sobre el suelo". En otras palabras, la persona debe ser capaz, si es necesario, de vivir con lo estrictamente indispensable en el plano material.

Asimismo, el Talmud (Berajot 17b) relata que cada día sale una voz del monte Sinaí proclamando: "Todo el mundo se sostiene por el mérito de Mi hijo Janina, mientras que Janina se sostiene con una medida de algarrobos de un Shabat al siguiente". Esto implica que la grandeza espiritual de Rabí Janina fue posible gracias a su capacidad de vivir con lo mínimo indispensable.

Quizá esta sea también la razón por la que el monte Sinaí recibe el nombre de Jorev (Éxodo 33:6), pues las letras de Jorev son las mismas que las de jaruv, algarrobo. La enseñanza es que la forma de adquirir la Torá, entregada en Jorev, consiste en aprender a vivir con pocas comodidades materiales.

La segunda clave mencionada por el Gaón de Vilna (la humildad) proviene del Talmud (Taanit 7a, citando Isaías 55:1), que compara la Torá con el agua. Así como el agua desciende desde los lugares elevados hasta los más bajos, también la Torá se aleja de quienes son altivos y reposa sobre quienes son humildes. La importancia de esta virtud queda subrayada en el Talmud (Eruvín 13b), donde se afirma que la halajá sigue siempre la opinión de Hilel, conocido por su humildad, antes que la de Shamai, aunque este último poseía mayor agudeza intelectual.

La tercera clave (la diligencia) aparece destacada en el Talmud (Eruvín 21b–22a), que enseña que la Torá se encuentra entre quienes madrugan y permanecen hasta tarde en la casa de estudio. El estudio diligente de la Torá exige dedicarle abundante tiempo y esfuerzo, y constituye un elemento indispensable para llegar a ser un auténtico erudito.

Podemos incluso sugerir que estas tres claves están insinuadas en las tres bendiciones que recitamos antes de estudiar la Torá (ver Berajot 11b). La primera bendición, Laasok BeDivrei Torá ("ocuparse o esforzarse en las palabras de la Torá"), corresponde a la diligencia, ya que el estudio requiere tiempo, esfuerzo y dedicación. La segunda bendición, Vehaarev Na ("Haz que las palabras de Tu Torá sean dulces para nosotros"), alude a la histapkut, pues la verdadera dulzura y felicidad provienen de sentirse satisfecho con lo que uno tiene. Finalmente, la tercera bendición, Notén HaTorá ("Quien da la Torá"), corresponde a la humildad, porque reconocemos que no somos nosotros quienes tomamos la Torá de Dios, sino que es Dios quien, en Su bondad, nos la concede. Por eso es apropiado recitar estas bendiciones antes de estudiar Torá, porque nos recuerdan las tres cualidades fundamentales necesarias para alcanzar el éxito en el estudio de la Torá.

***

Las tres pruebas

Ahora podemos comprender la respuesta a la tercera pregunta planteada anteriormente: ¿por qué Rabí Eliézer utilizó precisamente un algarrobo, agua y una casa de estudio como señales para confirmar su decisión halájica? Y también: ¿por qué continuó presentando más señales incluso después de que los Sabios no se convencieran con la primera?

A través del algarrobo (que simboliza la histapkut), Rabí Eliézer insinuó a los Sabios que él poseía la cualidad de estar satisfecho con lo que tenía. Él suponía que haber adquirido esta clave para alcanzar la Torá serviría como confirmación de que su comprensión de la ley era correcta. Sin embargo, los Sabios no quedaron impresionados. Entonces Rabí Eliézer pensó en demostrar que poseía la mayoría de las claves necesarias para la Torá. Por eso pasó a la siguiente señal: utilizó el agua, que simboliza la humildad, como prueba de que también había alcanzado la segunda clave de la Torá.

Pero nuevamente los Sabios no se dejaron convencer. Rabí Eliézer comprendió entonces que debía demostrar que había adquirido todas las claves de la Torá. Por ello presentó la tercera señal: las paredes de la casa de estudio comenzaron a derrumbarse, insinuando que poseía la cualidad de la diligencia y dedicación constante. Seguramente después de demostrar que había adquirido las tres claves de la Torá, los Sabios reconocerían que su comprensión de la halajá debía ser correcta.

Finalmente, cuando Rabí Eliézer comprendió que ni siquiera las tres claves convencerían a los Sabios, apeló al Cielo para confirmar su conclusión. Una voz celestial se escuchó validando todas las decisiones halájicas de Rabí Eliézer. Pero Rabí Iehoshúa, sin dejarse impresionar, se levantó de inmediato y declaró: "Lo Bashamaim Hi" — "La Torá no está en el cielo".

Un Midrash nos ayuda a comprender por qué ni siquiera la voz celestial logró convencer a los Sabios de aceptar la opinión de Rabí Eliézer. El Midrash (Bereshit Rabá 8:5) relata que cuando Dios quiso crear al ser humano, algunos ángeles estuvieron de acuerdo, mientras que otros se opusieron. Esta escena es aludida en el Salmo 85:11 que dice: "La bondad y la verdad se encontraron". El Midrash explica que Jésed (la bondad) se presentó ante Dios y, por así decirlo, le dijo: "Crea al ser humano, porque realizará muchos actos de bondad". Sin embargo, Emet (la verdad) argumentó: "El ser humano estará lleno de falsedad, por lo tanto no debe ser creado". El Midrash dice que Dios tomó la Verdad y la arrojó a la Tierra. (Como está escrito en Daniel 8:12: "Arrojó la verdad por tierra" y en Salmos 85:12: "La verdad brotará de la tierra").

¿Por qué la Verdad afirmó que el ser humano no merecía ser creado? El Gaón de Vilna explica que se debía a que el ser humano, con su capacidad intelectual limitada, no tendría la posibilidad de reconocer plenamente la Verdad. Por eso, para resolver esta objeción, Dios arrojó la Verdad a la Tierra, permitiendo que el ser humano pudiera acceder a ella y, de ese modo, ser digno de haber sido creado.

El Gaón de Vilna explica que la Torá es la verdad que Dios arrojó a la Tierra (Torat Emet, ver Malaquías 2:6). Por eso Rabí Iehoshúa y los Sabios no cedieron, incluso después de escuchar la voz celestial que proclamaba que la conclusión de Rabí Eliézer era correcta. Ellos entendieron que la Verdad, la voluntad de Dios, no se encuentra en el cielo, sino aquí en la Tierra, expresada a través de la palabra divina que ya nos fue entregada en el monte Sinaí: la Torá.

Podemos sugerir que por eso Dios sonrió y dijo: "¡Mis hijos Me han vencido!" En realidad, el episodio del horno fue una prueba de Dios para comprobar si los Sabios cederían ante la presión de las señales (especialmente la voz celestial) y aceptarían la decisión de Rabí Eliézer, o si permanecerían firmes en la verdad de la Torá. Los Sabios tuvieron éxito y, de ese modo, garantizaron la eternidad de la Torá en el mundo. Porque la única manera en que la Torá puede transmitirse a través de las generaciones es mediante las enseñanzas de nuestros Sabios, quienes poseen las claves para comprender la verdad. (En hebreo, la palabra "victoria" y la palabra "eternidad" comparten la misma raíz: netzaj).

Los verdaderos portadores de la Verdad son aquellos que están conectados con la Torá. Nuestros tzadikim, personas de carácter completamente refinado y gigantes en sabiduría de Torá, poseen las claves de la voluntad de Dios. No debemos dudar ni temer las decisiones y consejos de nuestros Sabios, sino seguirlos con plena confianza, tal como se nos ordena en Deuteronomio 17:11, porque reconocemos que ellos son quienes conocen la verdad.

Y con esto, que todos podamos merecer alcanzar las claves del éxito espiritual.

Haz clic aquí para comentar sobre este artículo
guest
0 Comments
Más reciente
Más antiguo Más votado
EXPLORA
ESTUDIA
MÁS
Explora
Estudia
Más
Contacto
Lenguajes
Menu
Donar
Únete a nuestro newsletter
Redes sociales
.