10 razones por las que amo ser judía


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Lindsay Clancy mató a sus tres hijos. Su juicio me hizo cuestionar lo que creía saber sobre la verdadera justicia.
El desarrollo del juicio de Clancy ha generado intensas conversaciones sobre la culpabilidad, las enfermedades mentales y los sistemas de apoyo para las madres. A medida que se acercan las Altas Fiestas, han surgido preguntas inesperadas sobre el juicio, la responsabilidad y el perdón. Cuanto más conozco sobre el caso, más complejo se vuelve, desafiándome a convivir con preguntas que no tienen respuestas fáciles.
Un poco de contexto: en enero de 2023, los tres hijos de Lindsay Clancy (de 5 años, 3 años y 8 meses) murieron trágicamente a manos de su madre, quien luego intentó quitarse la vida. Sobrevivió a graves lesiones que la dejaron paralizada.
A primera vista, el juicio parece un caso claro. Ante la muerte de tres niños inocentes, es lógico pensar: por supuesto que debería ser considerada responsable. Pero a medida que el caso se ha ido desarrollando, ha surgido un panorama más complejo. Clancy se ha declarado inocente y no niega haber causado la muerte de sus hijos. La difícil pregunta que se encuentra en el centro del juicio es: ¿era penalmente responsable de sus actos?
Tras el nacimiento de su tercer hijo, Clancy experimentó un grave deterioro de su salud mental, caracterizado por un insomnio profundo, pensamientos suicidas, paranoia y otros síntomas perturbadores. La defensa sostiene que sufría psicosis posparto, agravada por los medicamentos; la fiscalía afirma que no estaba psicótica y que actuó intencionalmente.
Innumerables mujeres han compartido sus propias experiencias posparto, desde la depresión hasta la menos frecuente y más aterradora psicosis posparto.
Esta difícil cuestión sobre la responsabilidad ha generado mucho debate. Algunos creen que Lindsay debería ser considerada culpable; otros sostienen que la atención que recibió fue sumamente deficiente; algunos creen que fue manipulada para que aceptara la culpa; y otros continúan analizando minuciosamente las pruebas y cuestionando la cronología de los hechos.
Aunque el veredicto será sin duda significativo y emocionalmente desgarrador, el juicio ha captado la atención debido a las conversaciones que están teniendo lugar más allá de la sala del tribunal. Innumerables mujeres han compartido sus propias experiencias posparto, desde la depresión hasta la menos frecuente y más aterradora psicosis posparto. Al hacerlo, han arrojado una luz empática sobre los enormes desafíos que enfrentan las madres que luchan contra enfermedades mentales.
El caso también ha planteado preguntas difíciles sobre los sistemas responsables de atender a las madres en crisis. Como profesional de la salud mental, puedo dar fe de que ha provocado conmoción en este ámbito. Independientemente de la postura que uno adopte sobre la culpabilidad de Lindsay, resulta profundamente inquietante que una mujer que buscó ayuda repetidamente y sabía que algo estaba terriblemente mal pudiera deteriorarse hasta llegar a un punto tan catastrófico. Antes de convertirse en la mujer que se encuentra en el centro de este juicio, Lindsay era una madre atravesando una profunda crisis y tratando desesperadamente de encontrar ayuda.
Una de las cosas que más me ha conmovido a lo largo del juicio es la humanidad que se ha mostrado hacia ella. Su abogado ha luchado ferozmente por ella sin perder nunca de vista a la mujer detrás de los actos ni el sufrimiento inimaginable que carga consigo. Observar esto ha puesto de relieve lo difícil que es sostener simultáneamente la responsabilidad y la compasión.
La complejidad y la emoción que rodean el caso plantean una pregunta más profunda sobre lo que realmente significa juzgar a otra persona. Al entrar en la temporada de las Altas Fiestas, el juicio no es un concepto abstracto; se encuentra en el centro mismo de nuestra experiencia religiosa. Y quizás sea aquí donde las limitaciones del juicio humano se vuelven más evidentes: ¿cuán diferente puede ser el juicio de Dios del nuestro?
Los meses hebreos de Elul y Tishrei nos conducen a través de un poderoso recorrido de cercanía, reflexión, juicio, arrepentimiento y, finalmente, alegría. Elul nos recuerda que Dios se acerca a nosotros mientras nos preparamos para Rosh Hashaná, cuando lo coronamos como Rey. Los Diez Días de Teshuvá y Iom Kipur nos llaman entonces a examinar nuestros actos, pedir perdón y presentarnos ante Dios para ser juzgados. Finalmente, Sucot nos saca de esa intensidad y nos lleva a una época de alegría, confianza y conexión renovada con Dios.
Una hermosa parábola del rabino Pincus ofrece una perspectiva diferente sobre el juicio y sobre por qué este comienza con la cercanía a Dios.
Imagina a un hombre que ha cometido un delito grave y es citado a comparecer ante el tribunal supremo del país. A medida que se acerca el juicio, el miedo lo consume. No puede dormir, pierde el apetito y tiembla ante la idea de presentarse delante del juez. Sabe que la ley es estricta, que las pruebas son contundentes y que las consecuencias podrían ser devastadoras.
Finalmente, llega el día. Entra en la imponente sala del tribunal y se coloca delante del estrado, temblando de pavor.
Entonces se abren las puertas. Entra el juez. El hombre levanta la mirada y todo cambia. El juez es su amado amigo de toda la vida.
El rabino Pincus utiliza esta parábola para explicar las palabras que pronunciamos en Rosh Hashaná: Avinu Malkeinu, nuestro Padre, nuestro Rey. Nos presentamos ante un Rey y un Juez, y el juicio es real e incluso aterrador. Pero el Juez también es nuestro Padre, alguien que nos conoce por completo.
El caso Clancy me ha llevado a pensar en las enormes limitaciones del juicio humano.
Quizás por eso Rosh Hashaná precede a Iom Kipur. Antes de presentarnos para ser juzgados, primero se nos recuerda quién es el Juez. Cuando proclamamos a Dios como Melej, Rey, reconocemos Su dominio absoluto sobre toda la creación y Su comprensión singularmente completa de cada persona que Él ha creado. Él ve lo que ningún juez humano puede ver: las intenciones, las luchas, las circunstancias y las limitaciones que se encuentran detrás de nuestros actos. Y después, en Iom Kipur, nos presentamos ante ese mismo Padre-Rey para ser juzgados.
El caso Clancy me ha llevado a pensar en las enormes limitaciones del juicio humano. Un tribunal puede examinar pruebas, escuchar testimonios, reconstruir una cronología y consultar a expertos, pero siempre habrá cosas a las que no podemos acceder. Nunca podremos conocer por completo el mundo interior de otra persona.
Ese es el consuelo contenido en Avinu Malkeinu, nuestro Padre, nuestro Rey. Dios no es un juez distante que sopesa las pruebas en nuestra contra; Él conoce a la persona completa y toda su historia. Ve el acto y lo que condujo a él, el momento y todo lo que ocurrió antes. Su juicio no elimina la responsabilidad; más bien, Su comprensión completa le permite sostener conjuntamente la justicia y la compasión de una manera que ningún tribunal humano puede hacerlo.
Quizás esto resulte más significativo cuando las circunstancias son más difíciles de comprender, cuando los hechos parecen irreconciliables y no podemos determinar dónde termina la responsabilidad y comienza la enfermedad. Puede que tengamos que vivir con la incertidumbre; Dios no. Él ve cada pieza del panorama. Y hay algo profundamente reconfortante en saber que Quien nos juzga también nos conoce por completo.
Las Altas Fiestas nos llevan a través de un hermoso recorrido en el tiempo que finalmente nos conduce a la sucá, un lugar de vulnerabilidad, confianza, cercanía y alegría. Entramos en la sucá sabiendo que hemos sido juzgados por un Rey que nos conoce por completo y cuyo juicio abarca tanto la justicia como la compasión. Salimos de ella con otro año, otra oportunidad de vida y esperanza y, lo más importante, otra oportunidad de acercarnos a Él. Ya no estamos ante un Juez distante, sino que habitamos bajo Su refugio, amparados por Su protección.
Nos presentamos ante Dios con la esperanza de ser juzgados con compasión, confiando en que Él ve cada parte de nosotros. Podemos esforzarnos por brindar esa misma compasión a los demás.
Y quizás esta sea la lección final que nos ofrece el caso Clancy al entrar en las Altas Fiestas. Nos presentamos ante Dios con la esperanza de ser juzgados con compasión, confiando en que Él ve cada parte de nosotros. Podemos esforzarnos por brindar esa misma compasión a las personas cuyas historias no podemos ver por completo, no abandonando la responsabilidad, sino recordando que nuestra perspectiva siempre es incompleta. Nosotros vemos un momento; Dios ve el todo.
Si reconociéramos lo poco que podemos llegar a saber realmente sobre el mundo interior de otra persona, quizás seríamos más cautelosos con los juicios que emitimos cada día. Juzgamos a la persona que reacciona de forma exagerada, a quien parece distante, al padre o la madre que pierde la paciencia, a la persona cuyas decisiones simplemente no podemos comprender. Vemos el comportamiento; rara vez vemos el dolor, la historia o las circunstancias que hay debajo.
Le pedimos a Dios que nos juzgue con compasión porque Él ve lo que nosotros no podemos ver: toda la historia. Que ese conocimiento cambie la manera en que juzgamos a los demás: con mayor humildad, mayor compasión y reconociendo que lo que vemos nunca es el todo.
Si tú o alguien a quien amas está luchando contra pensamientos suicidas, depresión o psicosis, debes saber que no tienes que afrontar esta lucha a solas; por favor, pide ayuda. En Israel, ERAN ofrece apoyo emocional confidencial llamando al 1201 o enviando un mensaje de texto al 052-999-3544. En Estados Unidos, puedes llamar o enviar un mensaje de texto a la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis.
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