La hipocresía de Lamine Yamal ondeando una bandera palestina
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Imagina un día en el que todas tus malas decisiones financieras desaparecen: recuperas tu tierra, tus deudas son perdonadas, e incluso si por desesperación te vendiste como siervo, quedas libre. Suena increíble, ¿verdad?
Esto no es solo fantasía: es el “botón de reinicio económico” de la Torá. Al comienzo de la porción de esta semana, la Torá introduce dos grandes mitzvot de la tierra de Israel: el año de Shemitá y el año del Jubileo (Iovel).
Cada séptimo año, las leyes de Shemitá ordenan que dejemos descansar la tierra y abramos nuestros campos a los pobres. Luego, cada 50 años, celebramos el año de Iovel (Jubileo), en el que no solo dejamos de trabajar la tierra, sino que también concedemos libertad total a todos los siervos y devolvemos todas las tierras a sus dueños originales (ancestrales). En esencia, borramos la pizarra y damos a todos la oportunidad de empezar de nuevo. Pero hay algo más profundo que lo económico: el momento de este reinicio revela su profundo propósito espiritual.
La Torá describe el año del Jubileo con un detalle curioso: “Entonces harás sonar el shofar con fuerza, en el séptimo mes, en el décimo día del mes, el Día de Expiación (Iom Kipur)”.(1) El gran Maharal de Praga, un gigante de la Torá del siglo XVI y pilar del pensamiento judío, nota algo desconcertante en este versículo: ¿por qué mencionar explícitamente que el décimo día del séptimo mes es Iom Kipur, si cualquier lector judío ya lo sabe? Aún más: ¿por qué proclamar el Iovel en Iom Kipur, si el año comienza en Rosh Hashaná?
El Maharal ofrece una respuesta enigmática: Iom Kipur y Iovel son en esencia lo mismo. ¿Cómo puede ser? Iom Kipur es un día solemne de ayuno y plegaria, mientras que Iovel es un reinicio económico donde desaparecen las deudas, los siervos quedan libres y las tierras regresan a sus dueños originales. A simple vista, uno trata del espíritu y el otro reorganiza la realidad material. Estas mitzvot parecen no tener nada en común.
Para entender su respuesta, debemos volver al objetivo fundamental de Iom Kipur. En el Día de Expiación, ayunamos y nos abstenemos de placeres físicos, no principalmente para provocar arrepentimiento. Más bien, estas prácticas cumplen un propósito más elevado: eliminar distracciones materiales para permitir que nuestra esencia espiritual se exprese con mayor pureza. Al desprendernos de lo que no somos, nos volvemos más plenamente quienes sí somos.
Este proceso se llama teshuvá, mal traducido como “arrepentimiento”, pero que literalmente significa “regresar”. Teshuvá es el regreso a nuestro verdadero ser.
Lo mismo ocurre con el año de Iovel. A medida que acumulamos posesiones, tierras y poder, corremos el riesgo de identificarnos con lo que tenemos en lugar de con lo que somos. Durante Iovel, renunciamos activamente a la riqueza externa, nos liberamos de las deudas y devolvemos las propiedades a sus dueños originales.
Así como Iom Kipur elimina distracciones físicas para revelar nuestra esencia espiritual, Iovel elimina acumulaciones materiales que oscurecen nuestra verdadera identidad. A través de este desapego colectivo, nos reconectamos con nuestra fuente, nuestro propósito y nuestro Dios.
El Maharal lo expresa perfectamente: “El Iovel es el retorno de todo a su estado original, tal como era al principio. De manera similar, en Iom Kipur todo regresa a su estado original; Dios nos perdona y volvemos a quienes éramos al inicio”.
Aunque hoy en día ya no observamos el Iovel, su mensaje atemporal habla directamente a nuestra era materialista: No eres tus posesiones. No eres tu riqueza. Tu esencia trasciende todo lo material.
Tómate un momento para experimentar esta verdad mediante una breve meditación:
Imagina tus pertenencias: tu casa, auto, dispositivos, ropa, todo lo que tienes. Visualiza cómo se desvanecen poco a poco. A medida que todo se desvanece, nota que tu sentido de identidad permanece intacto. Dite a ti mismo: “Tengo estas cosas, pero no soy estas cosas. Mi identidad existe independientemente de lo que poseo”.
Lleva tu atención a tu cuerpo físico, este vehículo que te acompaña a lo largo de la vida. Siente sus sensaciones: pesadez, ligereza, calor, frescura. Ahora reconoce que, aunque experimentas estas sensaciones, tú eres la conciencia que las percibe. “Tengo este cuerpo, pero no soy solo este cuerpo. Soy la conciencia que lo experimenta”.
Observa qué emociones están presentes ahora mismo. Quizás calma, curiosidad u otra cosa. Obsérvalas sin juzgarlas. Nota cómo surgen, cambian y finalmente se desvanecen, mientras algo en ti permanece constante. “Siento estas emociones, pero no soy estas emociones. Soy la conciencia que las observa”.
Observa tus pensamientos a medida que aparecen: ideas, recuerdos, juicios, planes. Nota cómo cambian, como nubes en el cielo. Sin embargo, el cielo mismo (tu conciencia) permanece inalterable. “Tengo estos pensamientos, pero no soy estos pensamientos. Soy la conciencia amplia en la que surgen todos los pensamientos”.
En este momento de conciencia tranquila, descansa en el simple conocimiento de tu propia existencia. Más allá de las posesiones, más allá del cuerpo, más allá de las emociones, más allá de los pensamientos… todavía hay algo aquí, experimentando este momento. Este es un vistazo de tu verdadero ser: la chispa Divina que te conecta con tu Creador.
Esta práctica refleja tanto Iom Kipur como el Iovel: el desprendimiento de las capas externas para revelar nuestra verdadera naturaleza. Así como rezamos cinco veces en Iom Kipur, estas cinco etapas nos ayudan a trascender nuestras identidades limitadas y tocar algo eterno.
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