El hombre que acuñó el término "genocidio" se horrorizaría ante esto


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El judaísmo no se trata de ganar o perder. Sólo se trata de presentarse, crecer y hacerlo mejor que ayer.
Me encanta el fútbol americano. No sólo por la emoción de las jugadas espectaculares o la descarga de adrenalina de un touchdown en el último segundo, sino por el ritmo del juego. La estructura. La forma en que cada momento tiene importancia, desde los entrenamientos hasta el campeonato. Mientras más lo pienso, más entiendo que vivir una vida judía no es tan diferente.
De hecho, el judaísmo es el deporte por excelencia.
Cada día, nos presentamos al entrenamiento. Cada semana, nos preparamos para el día del partido. Y una vez al año, jugamos en el mayor de todos los campeonatos: el Super Bowl del alma.
Déjame explicarlo.
En la escuela secundaria, con mis compañeros jugábamos fútbol americano con Rav B. durante los recreos. Pero Rav B. no sólo nos enseñaba Talmud (debates rabínicos judíos sobre la ley, la ética y la tradición), también nos enseñaba sobre nosotros mismos. Nos ayudaba a descubrir nuestras fortalezas y enfrentar nuestras luchas.
Esos partidos no se trataban de ganar o perder. Se trataban de detenernos, reiniciar y reenfocar nuestras energías. Correr por el campo, planear jugadas y reír con amigos no era un descanso del aprendizaje; era parte de él.
En los deportes, incluso los atletas más grandes pasan horas practicando rutinas que, a ojos de un no iniciado, parecen monótonas. La repetición no es glamorosa, pero allí es donde se forjan los campeones.
El judaísmo nos da nuestros propios entrenamientos: la plegaria diaria, las mitzvot, los actos de bondad, el estudio, la reflexión. Algunos días, estos rituales se sienten poderosos. Otros días, parecen rutinarios. Pero ese es el objetivo. La práctica no trata sólo de los grandes momentos sino de la constancia, la disciplina y de estar presente incluso cuando no tienes ganas.
Así como los atletas se visten para el entrenamiento, la tradición judía nos ofrece formas de “ponernos el uniforme”, literalmente. Se nos ordena usar:
Estos no son sólo objetos rituales; son un uniforme espiritual.
La belleza del judaísmo es que no se espera que seamos perfectos. Se espera que nos presentemos.
Y esta es la verdad: aunque crecí en un hogar tradicionalmente observante, mi propia práctica judía ha tenido altibajos a lo largo de los años. Pero está bien. Por algo se llama “practicar” una religión, no “perfeccionarla”.
La belleza del judaísmo es que no se espera que seamos perfectos. Se espera que nos presentemos.
Pero no practicamos sólo por practicar. Practicamos para jugar.
Ahí es donde entra el Shabat. Shabat no es el entrenamiento; es el día del partido.
El Shabat comienza cada viernes al atardecer y dura hasta la noche del sábado. Es un tiempo sagrado para descansar, reflexionar y reconectarse. Piénsalo como el día del partido: se encienden las luces, el equipo se reúne y tomamos todo lo que hemos estado trabajando durante la semana y lo ponemos en práctica. Se nos enseña a:
Tuve cenas de Shabat que parecían victorias de campeonato: llenas de risa y conexión. Y tuve Shabatot en los que estuve distraído o simplemente siguiendo la rutina. Pero, igual que en los deportes, no tienes que ganar cada partido.
El juego no se trata de la victoria. Se trata de estar presente y hacerlo cada vez mejor.
¿Y la mejor parte? No estamos jugando para ganar. Ya hemos ganado.
El Shabat no se trata de lograr algo. Se trata de ser.
Si el Shabat es el día del partido, entonces la Havdalá es la rueda de prensa posterior al partido.
Havdalá, que significa “separación”, marca el final del Shabat. Tal como los atletas reflexionan después de un partido, la Havdalá nos ayuda a procesar el Shabat: lo que ganamos, cómo crecimos y cómo llevaremos eso a la semana que comienza. Hacemos bendiciones sobre:
Es una pausa reflexiva antes de lanzarnos de nuevo a la rutina.
Cada temporada tiene su partido más importante. En el calendario judío, ese es Iom Kipur.
Iom Kipur (Día del Perdón) es el día más sagrado del año; nuestro Super Bowl. Es un período de 25 horas de reflexión, plegaria y ayuno. Nos presentamos ante Dios, revisando nuestro propio libro de jugadas personales, reflexionando sobre dónde fallamos y en qué podemos mejorar.
No puedes “fracasar” en Iom Kipur. La única manera de fallar es no presentándote.
Muchos se enfocan en el ayuno, las largas horas en la sinagoga y la seriedad del día. Pero Iom Kipur no se trata de privación, sino de claridad.
No jugamos para ganar en algún marcador cósmico. Jugamos para crecer.
Y lo mejor de todo: no puedes perder.
La belleza del judaísmo es que no hay “temporada baja”. Después de Iom Kipur, volvemos directamente al ciclo. Celebramos Sucot (la Fiesta de las Cabañas), bailamos con la Torá en Simjat Torá y luego regresamos a nuestras prácticas diarias.
El ritmo de la vida judía no es lineal, es cíclico. Siempre estamos practicando, siempre jugando, siempre creciendo.
Igual que en esos partidos de fútbol en la secundaria con Rav B, la vida no se trata de ganar cada jugada. Se trata de presentarse y dejar el campo mejor de lo que llegamos.
Así que aquí tienes la lección:
No hay ganadores ni perdedores.
Sólo hay presentarse, crecer y hacerlo mejor que ayer.
Eso es lo que significa vivir una vida judía.
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Muy interesante el ciclo de juegos de Israel,muy interesante yo estoy muy interesado en el judaísmo
Bellísima reflexión, gran aprendizaje.