3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año


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A los 92 años, el juez judío ortodoxo Alvin Hellerstein, guiado por su fe y décadas de jurisprudencia, preside el juicio del presidente venezolano Nicolás Maduro.
El juicio del presidente venezolano Nicolás Maduro ha captado la atención mundial. La audiencia se llevó a cabo en una sala de Nueva York, presidida por el juez Alvin Hellerstein, un magistrado de 92 años que ha supervisado algunos de los casos más famosos de los Estados Unidos durante los últimos cincuenta años.
El juez Hellerstein, un judío ortodoxo, ha declarado que su fe lo ayudó a forjar su singular carrera jurídica.
El juez Hellerstein nació en el Bronx en 1933, hijo de padres inmigrantes, y creció en un hogar judío observante. Siempre sobresaliente, asistió a la prestigiosa Bronx Science High School, luego a la Universidad de Columbia y a la Facultad de Derecho de Columbia, de la cual se graduó en solo dos años. Durante su paso por la facultad de derecho, formó parte del Columbia Law Review y se graduó en el sexto lugar de su clase.
“Pensé que estaba en buena posición, pero descubrí que los bufetes de abogados no judíos no estaban interesados en contratar a un abogado judío”, recordó más tarde. “Al ir a las entrevistas siendo un joven judío, enfrentabas una fuerte discriminación, en parte abierta y la mayoría implícita”.

En lugar de eso, trabajó como asistente del juez federal no judío Edward L. Palmieri. Durante sus primeros diez años como juez, Palmieri contrató como asistentes legales a tres mujeres y cuatro hombres judíos, algo inaudito para un juez no judío en ese tiempo. Una de sus asistentes, una mujer judía ortodoxa, le explicó que, por su observancia, no podría trabajar los viernes por la noche ni los sábados hasta después del anochecer. Palmieri respondió que no había problema e incluso se ofreció a trabajar los domingos para que ella no estuviera sola en la oficina.
Luego de su período como asistente, el juez Hellerstein se convirtió en teniente del ejército de Estados Unidos, trabajando en el Cuerpo General de Abogados. Más tarde se unió al bufete Strook & Strook & Lavan, donde manejó casos extremadamente complejos, incluyendo uno con 11.000 páginas de transcripciones, 600 pruebas y 60 reuniones ante árbitros. En ese entonces, él era uno de los pocos abogados judíos ortodoxos trabajando para un gran bufete en Nueva York.
En 1998, el presidente Bill Clinton lo nombró juez de distrito para el prestigioso Distrito Sur de Nueva York. Como uno de los primeros jueces judíos observantes en los Estados Unidos, Hellerstein se dio cuenta de que estaba allanando el camino para otros judíos ortodoxos. “Me complacía saber que después de mí habría otros, y algunos me atribuyen haber roto el precedente. Cuando me convertí en juez, no importaba si era ortodoxo o religioso. Lo que se evaluó fueron mis capacidades y mi carácter, sin discriminación”.
El juez Hellerstein ha hablado frecuentemente sobre el papel de su fe judía en su vida y trabajo, pero aclara que, como juez federal, su deber principal es respetar las leyes de los Estados Unidos. En un artículo del 2013 en la Law Review de la Universidad Touro escribió que su judaísmo no debe predecir sus decisiones y que la Constitución prohíbe el “establecimiento ilegal de la religión”, por lo que los jueces deben dictaminar de acuerdo con las leyes estadounidenses, no según sus sentimientos religiosos en caso de que estos entren en conflicto. “Por encima de todas las influencias en mi vida, hay una categoría preeminente: la Constitución, los estatutos y los casos que juré seguir y defender”.
“Sin embargo, no se puede negar que los jueces son influidos por quiénes son y cómo fueron criados… Soy responsable de todas mis decisiones, órdenes y sentencias ante los litigantes, los tribunales de apelación y, en última instancia, ante Dios. Como dice el salmista, y como leemos cada martes (en el servicio matutino judío), Dios se sienta en la congregación de los juzgados, juzgando al juez. Mis sentencias… son mi registro”.

Durante años, el juez Hellerstein ha sido conocido por su empatía. Norman Siegel, abogado de familias que buscaban recuperar los restos de seres queridos fallecidos el 11 de septiembre del 2001, recordó: “Él comprende más que nadie el dolor de sus clientes.” Otro colega, Charles G. Moerdler, lo describió como un juez motivado por un “muy alto estándar de moralidad y decencia”, dispuesto a rechazar casos si consideraba que no eran justos.
Fuera de la sala, el juez Hellerstein ha participado activamente en causas judías. Trabajó para ayudar a liberar a refuseniks de la Unión Soviética y sirvió como presidente y director de la Junta de Educación Judía. Fue devoto de su esposa Mildred, fallecida en el 2017. Tuvieron tres hijos y hoy el juez Hellerstein tiene numerosos nietos y un legado profesional y personal del que sentirse orgulloso.
En la pared del despacho del juez Hellerstein hay una cita en hebreo: Tzedek, tzedek tirdof — “Justicia, justicia perseguirás” (Deuteronomio 16:20). Hellerstein atribuye estas palabras de la Torá a la cristalización de su filosofía legal.
El juez Hellerstein a menudo relata cómo estas palabras guiaron un caso que juzgó de un mexicano residente en Estados Unidos, Alejandro Orozco, que fue engañado para transportar un camión con drogas creyendo que eran comestibles. La esposa e hija de Orozco eran ciudadanas estadounidenses y él habría perdido su estatus legal si se declaraba culpable y lo deportarían a México, separándolo de su familia. El juez Hellerstein solicitó a un amigo abogado que representara a Orozco en la Corte de Inmigración. Orozco obtuvo la ciudadanía y agradeció con lágrimas al juez Hellerstein por todo su esfuerzo para permitirle quedarse en los Estados Unidos.
“Orozco, llorando, cayó de rodillas", describió el juez Hellerstein, "me agradeció profusamente y quiso besar mis manos, si los alguaciles se lo hubieran permitido. Yo lo detuve y le dije: 'todos en la sala estaban comprometidos con la búsqueda de justicia: sus abogados, el fiscal y el juez'. Le recordé la sabiduría de Deuteronomio: ‘Justicia, justicia perseguirás’. 'La justicia debe ser perseguida porque es difícil de encontrar y aplicar. Y dado que usted, señor Orozco, nos permitió encontrar justicia, nosotros debemos agradecerle a usted; no usted a nosotros’”.
Tras una vida dedicada a la justicia, el juez Hellerstein afirma que tratar de ser buena persona implica cuestionarse constantemente a uno mismo, estudiar fuentes judías y evaluar si se vive de acuerdo con los propios ideales. En el 2020, Rav Philip Moskowitz de Boca Raton le preguntó qué consejo le gustaría compartir antes de Iom Kipur.
El juez Hellerstein respondió con su habitual compasión y humildad: “Siento que debo rendir cuentas por lo que hago. Parte de mi responsabilidad es ante el Tribunal de Apelaciones, donde puedo ser revocado, y a menudo lo soy. Otra parte de mi cuenta es con las personas directamente involucradas en los procesos. En tercer lugar, debo rendir cuentas a Dios. Mi propósito en la vida es ser el mejor juez posible, y debo pedir fuerza y sabiduría para cumplir con esa tarea”.
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