El legado de la resiliencia judía transmitido a través de un diario de vida

03/11/2025

7 min de lectura

Cuando David Engles tradujo del ídish al inglés el diario de su madre, escrito mientras estuvo escondida en un granero, finalmente conoció a la madre que apenas tuvo la oportunidad de conocer.

David Engles nació en un campo de refugiados en Italia poco después de la Segunda Guerra Mundial. Su familia llegó a Nueva York cuando él tenía tres años. Sus recuerdos de infancia son “bastante vacíos”, especialmente con respecto a su madre, quien entraba y salía de hospitales y falleció cuando él tenía nueve años.

Pero había un objeto tangible que mantuvo viva su memoria: el diario que su madre escribió mientras estuvo escondida durante el Holocausto. Su padre se aseguró de conservar el diario para David. Más tarde, cuando fue publicado en ídish, su padre escribió: “Durante todos estos años, he cuidado bien el cuaderno, queriendo conservarlo conmigo hasta que mi hijo David fuera lo suficientemente maduro como para poder leerlo, y lo más importante de todo, para poder entender por lo que pasó su madre”.

El Dr. Engles había leído el diario de su madre como adulto, pero no fue hasta que decidió traducirlo al inglés hace 20 años que sintió que “por primera vez ‘conocí’ a mi madre y llegué a saber qué tipo de persona era.” Él comparte:

Es un libro extraordinario… Realmente llegas a conocerla porque, ante todo, cuando escribe te hace sentir que estás allí, con ella. Y luego te deja saber quién es, porque no sabe si va a salir de allí con vida, así que simplemente vierte sus pensamientos, su corazón. Y era una mujer muy inteligente… Tenía su propia opinión sobre las cosas, no escuchaba a los demás. Y resultó que tuvo razón en muchas decisiones que tomó.

La historia de Ruth

La madre de David, Ruth Leimonzon Engles, creció en la gran comunidad judía de Vilna, Lituania. Antes de la Segunda Guerra Mundial, vivían en Vilna 60.000 judíos. Solo 2.000 de ellos sobrevivieron a la guerra. Ruth fue una de ellos.

El padre de Ruth era farmacéutico y su madre partera. Gracias a las conexiones comerciales de su padre, Ruth consiguió un trabajo en una firma polaca mayorista de cosméticos y productos farmacéuticos, donde comenzó como oficinista y ascendió a representante de la ciudad y la provincia.

Aunque el jefe de Ruth tenía inclinaciones antisemitas, la respetaba por su inteligencia y trabajo arduo. La esposa de su jefe se hizo amiga de Ruth y más tarde desempeñó un papel clave en su supervivencia, escondiéndola en su propia casa y ayudándola a escapar de la Vilna ocupada por los nazis poco antes de la liquidación del gueto.

Retrato de Ruth Engles

Dos años antes del ataque alemán a Lituania, Ruth se casó con Tzalel Trakinski. La pareja no tuvo hijos. En su diario, Ruth describe a su primer esposo: “Su rostro amoroso, siempre sonriente, me calmaba mucho. Su manera siempre tranquila y despreocupada, exactamente lo opuesto a mí, obraba maravillas en mí, como un bálsamo”.

Unos días después de la ocupación alemana, el esposo de Ruth fue capturado por la Gestapo, y ella nunca lo volvió a ver. A lo largo de la guerra, Ruth mantuvo la esperanza de que él de alguna manera hubiera sobrevivido, pero tristemente no fue así.

Ruth quedó sola. En su diario recuerda: “Todavía pensaba que podía esperar a Tzalel, y que eventualmente regresaría. Así que quería mantener todo como él lo había dejado. Empecé a buscar formas de salvar los muebles”.

Ruth describe sus esfuerzos por salvar o vender sus posesiones mientras los nazis confiscaban todo lo que podían. Una semana después, Ruth fue desalojada de su hogar y enviada al gueto recién formado, junto con el resto de los judíos de Vilna.

Una campesina cristiana del pueblo de Simanuvka accedió a esconder a Ruth en su granero, sin que su esposo lo supiera. Ruth se escondió allí durante 10 meses.

En el gueto, Ruth luchaba por sobrevivir, pero cada vez le quedaba más claro que los nazis no planeaban dejar sobrevivientes entre los residentes del gueto. Ruth escapó del gueto y fue a buscar a la esposa de su antiguo jefe. Se dio cuenta de que no podría quedarse allí mucho tiempo. Su anfitriona organizó que Ruth saliera de Vilna y fuera a una granja. Una campesina cristiana del pueblo de Simanuvka accedió a esconder a Ruth en su granero, sin que su esposo lo supiera.

Ruth permaneció en el granero durante casi diez meses, desde el 27 de septiembre de 1943 hasta el 19 de julio de 1944, cuando el área fue liberada por el ejército soviético.

La estancia en el granero estuvo llena de peligros. A menudo, Ruth tenía que permanecer inmóvil en su escondite, cubierta de paja, con miedo de ser descubierta. Incluso cuando podía caminar libremente por el granero, sólo podía asomarse al mundo exterior por rendijas o tablones sueltos.

Después de 232 días en el granero, Ruth consiguió un cuaderno. Su diario comienza con las siguientes palabras:

Por fin he conseguido un cuaderno en el que escribir. Tengo un lápiz. Lo intentaré. Tal vez eso haga más fácil sobrellevar los días. Me resulta difícil. Tan pronto como amanece, mi primer pensamiento es: ¿cómo se sobrevive hasta el final del día? Siento como si intentara empujar un bote contra la corriente. Al anochecer, estoy realmente tan cansada que siento como si hubiera hecho el trabajo más extenuante.

En el diario, Ruth comparte sus estrategias para sobrevivir cada día:

Una persona condenada sabe que tiene un tiempo específico para estar en prisión. Resta el tiempo que ya ha pasado y así sabe cuánto le queda. Para mí es muy diferente. Estoy constantemente contando. Nunca antes había llevado cuenta de los días con tanta precisión, las fechas y los meses… Me facilito las cosas, dividiendo el tiempo en semanas y esperando de un Shabat al siguiente.

A lo largo del diario, Ruth comparte sus esperanzas y sus miedos, brutalmente honesta sobre su desesperación y episodios de llanto, y aun así optimista de poder sobrevivir y reconstruirse. Ella escribió:

Al principio, solía llorar constantemente. Pero me di cuenta de que eso no serviría. No lograría nada de esa manera. Después de todo lo que he pasado, ese estado puede llevar a la locura… Si realmente he logrado salvarme, entonces debo mantenerme firme. Tengo que controlar mis nervios y dominarlos, no que ellos me dominen a mí. En cierta medida, lo he logrado.

En los días más fríos del invierno, temblando de frío, me hablaba a mí misma así: realmente tengo frío, estoy helada (a pesar de las botas de fieltro y la chaqueta de piel, mis pies se han congelado), pero pronto volverá a ser Shabat, y habrá pasado otra semana. Tal vez el próximo mes sea más cálido. El invierno, después de todo, no dura para siempre; terminará. Y el tiempo que ha pasado no volverá. A fin de cuentas, el final está más cerca, me decía, cantando varias canciones y engañándome con ilusiones sobre el futuro, prometiéndome, como recompensa, montañas de oro. Intentaba de todas las formas distraerme para liberar mis pensamientos de la dura realidad.

Hacia el final de su estancia en el granero, mientras Ruth escuchaba los sonidos de la victoria soviética sobre los nazis, se permitió pensar en su futuro. Sin embargo, dudaba en salir del granero. Escribió:

La verdad es que ya podría haber salido arrastrándome, pero no tengo ningún lugar ni ninguna persona a quien necesite llegar rápidamente. Que se calme un poco. No quiero simplemente andar deambulando por el pueblo. Ahora la gente me miraría con asombro [a una judía viva], como si fuera una especie de bestia rara y salvaje que se escapó de un bosque espeso. Además de eso, todavía hay matones merodeando. Es mejor quedarse aquí un poco más, en lugar de arriesgarme a tener que arrastrarme nuevamente.

En ese momento, el mayor temor de Ruth era la soledad. Ella no tenía forma de saber si quedaban otros sobrevivientes de la comunidad judía de Vilna. En el último día en el granero, Ruth escribió: “Después de todo, eventualmente uno tiene que salir arrastrándose… Después de todo lo que he pasado, no debería tener ninguna emoción. Sin embargo, no puedo controlarme. Mi corazón se eleva por los aires”.

De sobreviviente a victoriosa

Al regresar en Vilna, Ruth se alegró de encontrar al amigo de su difunto esposo, Lazar Engles, quien había perdido a su primera esposa y a sus dos hijas. Ruth y Lazar se casaron y tuvieron un hijo, David. En la publicación del diario en ídish, Lazar escribió sobre esos años: “Ruth era feliz y vivía con la esperanza de comenzar una vida normal”.

Por invitación del hermano de Lazar, la familia se mudó a los Estados Unidos, donde David creció.

Ruth Engles y su hijo David, en un campo de refugiados en Italia, 1946

El duro invierno pasado en el granero afectó la salud de Ruth. Durante los últimos dos años de su vida, estuvo entrando y saliendo de hospitales, hasta que falleció en 1955, a los 45 años.

Sin embargo, el legado de Ruth sigue vivo. David Engles se casó con Eva, también hija de sobrevivientes del Holocausto. Juntos tienen dos hijos, 15 nietos y varios bisnietos. Todos ellos son judíos observantes orgullosos, que viven en Israel y se dedican a la educación judía.

En su introducción a la traducción del libro de su madre al inglés, el Dr. Engles cita a su esposa, Eva, hablando sobre los sobrevivientes del Holocausto:

Porque tuvieron el coraje y la convicción de continuar con sus vidas, criando a sus hijos en un hogar judío tradicional, no son simplemente sobrevivientes, son victoriosos. Y todos los millones de judíos que viven hoy, que son descendientes de los sobrevivientes del Holocausto, son un testimonio de la afirmación de que todos ellos son victoriosos. Siempre que el mundo trata de eliminarnos, regresamos aún más fuertes.

Descendientes de victoriosos

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Gaby Esther
Gaby Esther
9 meses hace

Hermoso testimonio, hermosa enseñanza de sobrevivencia, Am Israel Jai!!!!!!

Renee
Renee
9 meses hace

conmocionante y hermoso relato,y sus descendientes viviendo como judíos en Israel,es el mejor logro que Ruth hubiera soñado y deseado,seguramente mire este logro desde el cielo,sintiendo que todo lo que le tocó vivir,valió la pena,en realidad valió la alegría

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