El libre albedrío y el propósito de la creación

21/07/2026

9 min de lectura

Si Dios es perfectamente bueno, ¿por qué creó un mundo con dolor, fracaso y maldad? Exploremos la visión judía de la creación, la elección y cómo la lucha moral da a la vida su sentido más profundo.

El judaísmo enseña que el mismo acto de crear el mundo nació de un lugar de amor infinito. Según el sabio talmúdico Rabí Akiva: “Todo lo que Dios hace es para bien”.(1) En otras palabras, el universo mismo es una expresión de bondad divina; no algo aleatorio, no utilitario, sino intencional y generoso.

Dios, en Su bondad infinita, deseó compartir esa bondad con otro ser, con un ser capaz de reconocerla, recibirla y apreciarla. Para hacerlo posible, trajo a la existencia un mundo entero, creado con propósito y precisión, para albergar a la única creación que podía cumplir este rol: la humanidad. Por lo tanto, nuestra misma existencia está destinada a ser un receptáculo para recibir el bien divino, el acto supremo de dar y la razón más profunda de nuestro ser.

Pero entonces miramos a nuestro alrededor.

La vida es desordenada, dolorosa y confusa. Las personas enfrentan dificultades, desilusiones y fracasos. Si Dios es omnisciente y lleno de amor, ¿por qué la vida humana parece tan imperfecta?

La vida no siempre se siente como un regalo. A menudo se siente más como una lucha… desordenada, dolorosa y confusa. Las personas enfrentan dificultades, desilusiones y fracasos. Si Dios es omnisciente y lleno de amor, ¿por qué la vida humana parece tan imperfecta? ¿Por qué un mundo creado desde la bondad se siente tan implacablemente desafiante? ¿Por qué no diseñar una realidad más sencilla, más fluida, más gratificante de forma inmediata?

Estas preguntas están en el centro de una profunda tensión espiritual, un desafío que nos obliga a replantearnos qué significa realmente la bondad divina.

Para entender cómo opera la bondad de Dios, y por qué sigue siendo absoluta incluso en un mundo lleno de dificultades, primero debemos comprender una verdad fundamental sobre Dios: Él es completamente autosuficiente. A diferencia de los seres humanos, cuyas acciones suelen estar influidas por el ego, la presión o la recompensa externa, Dios no está condicionado por nada fuera de Sí mismo. Sus elecciones no son reacciones. Son expresiones puras de Su esencia.

Cuando las personas realizan actos de bondad, sus motivos pueden ser complejos. Un gesto generoso puede estar impulsado por el deseo de aprobación, la necesidad de ser admirado o incluso una agenda oculta. A veces la bondad es genuina, pero aun así está moldeada por las expectativas sociales o la presión emocional. En contraste, la bondad de Dios no está sujeta a tales limitaciones, sino que fluye de Él libremente, sin obligación ni mancha. No porque deba, no porque gane algo, sino porque Él es bueno. Siempre. Sin excepción.

Libre albedrío: imitar a Dios

El mayor regalo que Dios puede otorgar a Su creación es la oportunidad de ser como Él.(2) ¿Qué significa ser como Dios? Significa elegir la bondad, actuar con compasión, altruismo y justicia. Cuando tomamos esas decisiones, emulamos lo divino.(3)

Si estuviéramos programados para actuar correctamente, como robots sin voluntad propia, nuestras acciones no tendrían ningún peso moral, ni semejanza alguna con la grandeza de Dios.

Pero hay una condición crucial: la bondad debe ser elegida libremente. Si estuviéramos programados para actuar correctamente, como robots sin voluntad propia, nuestras acciones no tendrían peso moral, ni semejanza alguna con la grandeza de Dios. Al fin y al cabo, Dios no está obligado a hacer el bien; Él lo elige, siempre y completamente por voluntad propia. Si fuimos creados a imagen de Dios, debemos poseer esa misma capacidad: la libertad de decidir cómo actuar.(4)

Esa libertad, sin embargo, exige la presencia de alternativas reales. Para que la bondad tenga sentido, también debe existir su opuesto. Y así, para crear un mundo donde la elección moral sea posible, Dios introdujo el concepto del mal. Como declara el profeta Isaías: “Yo formo la luz y creo la oscuridad, hago la paz y creo el mal. Yo, Dios, hago todo esto”. En otras palabras, incluso las dimensiones más oscuras de la existencia cumplen un propósito superior: dar a nuestras elecciones profundidad, dignidad y potencial divino.

A primera vista, la presencia del bien y del mal en el mundo podría sugerir una especie de tira y afloja cósmico: dos fuerzas opuestas en conflicto eterno. Esta fue la creencia de sistemas antiguos como el zoroastrismo, que imaginaban un mundo gobernado por dos poderes espirituales: uno bueno y otro maligno. Pero el profeta Isaías rechaza firmemente esta noción. Él enseña que tanto el bien como el mal tienen un mismo origen: el Dios único.(6) “Yo formo la luz y creo la oscuridad”, proclama Dios. “Yo hago la paz y creo el mal”.

Esto plantea una pregunta profunda: ¿por qué un Dios de pura bondad daría existencia al mal?

La respuesta está en la naturaleza de la elección moral. Para que la humanidad refleje verdaderamente lo divino, debemos poseer la libertad de elegir entre el bien y el mal.(7) Sin esa libertad, sin la posibilidad de equivocarnos, la bondad estaría vacía, y nuestras acciones no serían más que obediencia mecánica. Seríamos incapaces de asemejarnos a Dios de manera significativa.

La Torá insinúa esta verdad en su descripción del primer despertar moral: “Y serán como Dios, conociendo el bien y el mal”.(8) Es esta capacidad de discernimiento moral, de evaluar, elegir y luchar, lo que nos hace semejantes a Dios.(9) El libre albedrío no es sólo una característica de la experiencia humana; es el fundamento de nuestro potencial espiritual.

Esta idea fundamental de que la humanidad está gobernada por sus propias decisiones, está explícitamente expresada en la Torá: “Mira, hoy pongo delante de ti la vida y el bien por un lado, y la muerte y el mal por el otro. Llamo al cielo y a la tierra como testigos. He puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. ¡Elige, pues, la vida!”.(10)

Libre albedrío: la satisfacción suprema

Existe además otra razón profunda por la cual Dios concedió a la humanidad la libertad de elegir la moralidad, en lugar de programarla en nuestra naturaleza: la alegría profunda y duradera de ganarse la propia bondad. No hay comparación entre recibir un regalo y lograr algo mediante el esfuerzo personal. Una persona que construye su estabilidad económica a lo largo de años de arduo trabajo siente un orgullo y una satisfacción mucho mayores que quien simplemente hereda una fortuna. Del mismo modo, un científico que lucha durante años hasta llegar a un descubrimiento experimenta un profundo sentido de identidad y propósito, algo que un golpe de suerte jamás podría otorgar.

Una persona que construye su estabilidad económica a lo largo de años de arduo trabajo siente un orgullo y una satisfacción mucho mayores que quien simplemente hereda una fortuna.

No es sólo el destino lo que importa. El viaje mismo, con todo su esfuerzo y crecimiento, es lo que hace que el resultado sea verdaderamente significativo.

Los seres humanos entendemos esto de manera instintiva. Muchos están dispuestos a sacrificar comodidad, placer e incluso necesidades básicas en la búsqueda de la maestría, el legado o un sentido de logro. De hecho, la sensación de haber ganado algo, de ser autor de la propio bien, con frecuencia supera cualquier indulgencia sensorial.(11) Este es uno de los placeres más profundos que conoce el alma humana.

Esta verdad fue capturada en una poderosa enseñanza del Talmud: “Quien come lo que no es suyo se avergüenza de mirar el rostro de su benefactor”.(12) La tradición cabalística(13) entiende esto no meramente como un comentario social, sino como un principio cósmico. Si simplemente se nos entregara lo bueno sin haberlo elegido ni luchado por ello, estaríamos consumiendo lo que los místicos llaman el pan de la vergüenza(14), recibir la bondad divina de manera pasiva, sin dignidad ni identidad.

Pero Dios, en Su amor, nos libró de esa vergüenza. Al incrustar en nosotros la posibilidad de elegir el mal, al darnos una verdadera tensión moral y conflicto interior, nos dio algo mucho mayor que la facilidad: nos dio el don de la autocreación. Frente a la tentación, cada elección por el bien se convierte en un acto de llegar a ser. Y en ese llegar a ser, no sólo recibimos la bondad de Dios, sino que comenzamos a reflejarla.

Esta perspectiva también ilumina una afirmación enigmática y aparentemente dura del Talmud: “Quien dice que Dios pasa por alto el pecado, pasa por alto su propia vida”.(15) A primera vista, esto parece contradecir la idea misma de la misericordia divina. ¿Cómo podemos hablar de un Dios compasivo que nunca deja pasar una falta?

Cada acción, buena o mala, deja una huella real en el alma.

La respuesta está en la arquitectura espiritual que Dios construyó en nuestras vidas. Cada acción, buena o mala, deja una huella real en el alma.(16) Dios, en Su sabiduría, no recompensa ni castiga arbitrariamente desde fuera. En cambio, Él diseñó una realidad en la cual nuestras elecciones nos moldean. La consecuencia de un acto no se impone: está incrustada en la propia existencia.

Si, hipotéticamente, Dios simplemente borrara los efectos del mal como si nunca hubieran sucedido, entonces el peso de nuestras decisiones morales desaparecería. Nuestras vidas se reducirían a algo parecido a un videojuego con trucos ilimitados: sin esfuerzo, sin consecuencias, y en última instancia, sin sentido. Pero al vincular nuestras acciones con consecuencias espirituales genuinas y duraderas, Dios dignifica nuestra libertad y magnifica el valor de nuestro bien.

Esto no es ausencia de misericordia: es su expresión más elevada. Al hacer que nuestra vida moral sea real, Dios nos da la oportunidad de crear algo de valor eterno. Cada error tiene peso, pero también cada triunfo.

La experiencia del libre albedrío

¿Qué significa realmente poseer libre albedrío? ¿Cómo definimos, o siquiera empezamos a medir, este aspecto esencial de la condición humana?

La experiencia de tomar decisiones libres es sorprendentemente difícil de explicar. A menudo sabemos cuál es la acción correcta. Entendemos lo qué es bueno, noble y sabio. Sin embargo, una y otra vez, tomamos decisiones que contradicen ese mismo conocimiento. Si somos capaces de una autoconciencia y discernimiento tan profundos, ¿por qué actuamos de maneras que los traicionan? ¿Por qué nosotros, que podemos analizar ideas y sopesar consecuencias con gran intelecto, caemos en patrones de autosabotaje y contradicción?

Para ayudarnos a entender este conflicto interior, un gran pensador judío ofreció una poderosa analogía:(17)

Imagina a un fumador sentado en el consultorio de su médico. El médico le transmite un mensaje contundente: se encuentra en una encrucijada crítica. Si deja de fumar ahora, sus pulmones comenzarán a sanar y recuperará años de vida. Pero si continúa fumando, el daño pronto será irreversible, acortando drásticamente su vida.

La tensión entre las voces internas en conflicto, entre lo que queremos versus lo que nos apetece, genera la posibilidad de elegir.

Sacudido, el hombre sale de la cita comprometido a cambiar. Pero unas pocas horas después, de regreso en casa, lo asalta la ansiedad. Se dice a sí mismo: “Solo un cigarrillo más, después me pondré serio”. En el fondo sabe la verdad: uno llevará a otro, y el hábito volverá con toda su fuerza. El pensador racional, enfocado en el largo plazo, le suplica resistir. Pero la parte emocional, impulsiva, contraataca con una lógica falsa y posibilidades tentadoras: “Es solo uno. Quizás esta vez sea diferente”.

En ese instante se libra la batalla entre la claridad y el deseo, entre el futuro y el presente, entre la conciencia y la tentación. La capacidad de engañarnos a nosotros mismos crea el escenario del libre albedrío. ¿Elegimos lo que realmente sabemos que es correcto, o nos convencemos de que lo que queremos hacer en ese momento es perfectamente aceptable, acallando la voz interior que grita “¡Detente!”?

La tensión entre esas voces internas en conflicto, entre lo que queremos versus lo que nos apetece, genera la posibilidad de elegir.

Elegir el bien

La Torá dice: “Ciertamente, esto (el bien) está muy cerca de ti; está en tu boca y en tu corazón, para que lo cumplas”.(18)

El poder de convertirnos en nuestra versión más elevada ya está dentro de nosotros: en nuestros corazones, en nuestros pensamientos e incluso en la punta de nuestra lengua.(19) En lo más profundo, sabemos cuál es el camino correcto. Lo único que queda es elegirlo.

Cuando elegimos consistentemente lo bueno sobre el impulso, el crecimiento sobre la comodidad, comenzamos a moldearnos en lo que estamos destinados a ser. No sólo recibimos nuestra identidad; la forjamos.

Y cuando lo hacemos, cuando elegimos consistentemente lo bueno sobre el impulso, el crecimiento sobre la comodidad, comenzamos a moldearnos en lo que estamos destinados a ser. No sólo recibimos nuestra identidad; la forjamos. A través de cada decisión moral, cada acto de contención, cada momento en que resistimos nuestros instintos más bajos, esculpimos un alma que refleja la imagen de Dios.

La recompensa de esa lucha no es únicamente un lugar en el Mundo Venidero, sino algo profundamente presente: un sentido de satisfacción profundo y duradero. Un alma que ha ganado su forma conoce una alegría que ningún placer puede igualar: la alegría de haber llegado a ser.

Con el tiempo, llegamos a ver que la verdadera felicidad no se encuentra en la ganancia material ni en el reconocimiento público. La verdadera felicidad está en la dignidad silenciosa de una vida bien vivida, una vida de integridad, valentía y divinidad. Desde esa perspectiva, reconocemos algo más: este mundo, a menudo desconcertante y desafiante, es en realidad un lugar perfecto… precisamente porque nos dio la oportunidad de llegar a ser.


  1. Berajot 60b

  2. Derej Hashem 1:2 Klaj Pitjei Jojmá, capítulo 2
  3. Sotá 14a, Rambam Hiljot Deot 1:5, Tomer Devorá capítulo 1, introducción a Shaarei Iashar por Rav Shimon Shkop
  4. Rambam Hiljot Teshuvá 5:2,4
  5. Isaías 45:7. Ver Mijtav MeEliahu, vol. 4, página 198, sobre por qué se usa יצירה para בריאה; אור para רע, y עשייה para שלום. Ver también Daat Tevunot 106
  6. Ver Rav Schwab sobre Ieshaiahu, páginas 503-504 Daat Tevunot 36
  7. Moré Nevujim 3:10, Emunot VeDeot 1:3, Malbim Ieshaiahu 45:7, Rav Hirsch, Sidur, página 119
  8. Bereshit 3:5 Entendimiento de Rashi
  9. Esta afirmación parece plantear una inconsistencia lógica. Si Dios tiene la capacidad de elegir libremente, ¿cómo podemos describir a Dios como absolutamente bueno? ¿Acaso la capacidad de elegir no requeriría, por definición, que un ser tenga compulsiones para hacer lo incorrecto? O, si Dios es absolutamente bueno, ¿por qué no se sintió compelido a crear un mundo? Como escribe Sefer HaIkarim 2:30: “si llegases a conocer a Dios, serías Dios”. En otras palabras, simplemente no podemos comprender la esencia de Dios.
  10. Devarim 30:15,19
  11. Comentario del Rambam sobre la Mishná, introducción a Perek Jelek. El Rambam utiliza esta idea para demostrar que los placeres del Mundo Venidero son mayores que los placeres físicos, porque incluso en este mundo los mayores logros no son los de los placeres físicos.
  12. Ierushalmi Orlá 1:3
  13. Maguid Meisharim Parashat Bereshit
  14. O נהמא דכיסופא
  15. Bava Kama 50ª
  16. Interpretación de Rav Jaim Volozhiner. Rúaj Jaim 6:1
  17. Rav Eliahu E. Dessler, Mijtav MeEliahu vol. 1, página 111
  18. Devarim 30:14
  19. Ver Tania, capítulo 17
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