El miedo de que reconozcan que eres judío en la calle

02/11/2025

4 min de lectura

Una pregunta inocente; una crisis existencial.

“Disculpe, señora. ¿Es usted judía?”

La pregunta me detuvo en seco. Regresaba a casa desde el supermercado, cruzando la transitada intersección de la calle 14. Nadie jamás me reconoce como judía. Pero este joven de Jabad, que repartía velas de Shabat un viernes por la tarde, sí lo hizo. ¿Cómo lo supo? Quise preguntarle. ¿Qué fue lo que me delató?

¿Cómo lo supo? Quise preguntarle. ¿Qué fue lo que me delató?

“Podrías engañar fácilmente a los nazis”, solía decir mi abuela, una sobreviviente del Holocausto de Viena, rebosante de orgullo. Nací con cabello rubio brillante, ojos verde-azulados y una nariz pequeña. Crecí considerando mi apariencia no judía como una ventaja. Me hacía inmune. A primera vista, no soy judía. Soy un ser humano. Las dos cosas pueden ser mutuamente excluyentes, trató de explicarme mi abuela.

Una de sus mejores amigas era una muchacha judía cuya apariencia goishe (no judía) le salvó la vida. Cuando llegaron los nazis, los miró a los ojos y les preguntó, con el tono más despectivo que pudo: “¿Acaso parezco judía?”.

No lo parecía. Se fueron, y ella escapó.

“¿Cuándo te enteraste de que eras judía?”, le pregunté una vez a mi abuela.

“Nunca me lo enseñaron. Nadie me lo dijo. Simplemente sabía que era judía, y que a los demás no les gustaban los judíos, y que así es como funciona el mundo”, me respondió.

Mi abuela no habla mucho de su infancia en Viena. Pero cuando lo hace, suena como si hubiera crecido sobre una cama de agua: siempre había algo burbujeando bajo la superficie, tembloroso, amenazante. Finalmente, estabilizó la cama de agua contorsionándose a sí misma.

No hablaba ídish en público. Hablaba alemán con un acento perfecto de Hochdeutsch. No se vestía como ese joven de Jabad, sino como una elegante europea. Leía los mismos libros que los gentiles, escuchaba la misma música, comía la misma comida, incluso cerdo y mariscos en abundancia. Nunca iba al templo. No observaba el Shabat. Nadie a su alrededor guardaba las leyes de kashrut. Era una patriota austríaca. Hacía todo lo posible para que nadie pudiera señalarla y decirle: Tú no eres como nosotros.

“¿Cuándo decidieron huir tus padres?”, le pregunté.

“Justo después del Anschluss. Vimos a los nazis desfilando en la ciudad y a todos esos austríacos recibiendo la procesión con alegría histérica. Estaban tan enloquecidos de euforia que parecía que la tierra se movía. Es lo más cerca que he estado de ver a gente que cree haber visto a Dios”.

Sus padres huyeron a Praga. Permanecieron allí unos meses, pero los nazis seguían avanzando. En 1939, cuando mi abuela tenía 14 años, sus padres la subieron sola a un barco con destino a Israel. No era el destino que habían elegido; no tenían elección. Ningún lugar de Europa era seguro. Estados Unidos había cerrado sus fronteras.

Mi abuela llevaba una sola maleta con ropa. Sin dinero ni joyas… a los judíos no se les permitía sacar bienes de Europa. Sus padres le dijeron que se reunirían con ella en unas semanas.

Nunca volvió a verlos.

Mi abuela se quedó en Israel. Primero, esperando desesperadamente la llegada de sus padres. Después, como una huérfana desilusionada. Construyó allí su vida, en Tel Aviv, donde sigue viviendo después de todos estos años.

Yo nací asimilada. Mi abuela no nos enseñó ídish. No iba al templo ni encendía velas de Shabat ni guardaba kashrut. El joven de Jabad que me detuvo en la calle 14, vestía un traje negro arrugado y un sombrero de ala ancha sobre su kipá. Yo llevaba un leotardo de Lululemon y 1 kilo de mejillones en mi bolsa de Whole Foods.

La asimilación me parecía cosa del pasado, porque nunca fui diferente.

Cuando me mudé a la ciudad de Nueva York, una amiga musulmana que había crecido en Nueva Jersey me dijo: “Nosotros no la llamamos Nueva York; la llamamos Jew York (la ciudad judía).”

Me reí. Me gustó. Me resultó reconfortante; familiar. Como decir: "Perteneces aquí".

“No hay antisemitismo en Nueva York”, le dije a mi abuela.

Azoy” (así es), respondió ella.

Hace unas noches, mi esposo paseaba a nuestro perro cuando un hombre se le acercó.

“¡Tú! ¿Eres judío?”, le exigió. El hombre no era de Jabad ni ofrecía velas de Shabat. Mi esposo se dio la vuelta y se alejó.

Mi abuela vive “entre el río y el mar”. Los manifestantes en Nueva York, en el mismo país que cerró sus fronteras a refugiados como ella, gritan que debe volver al lugar de donde vino.

“¡Vuelvan a Polonia!”, dicen, eufóricos.

Mi abuela, nacida y criada en Austria, no es de Polonia. Pero su madre murió en Polonia. Fue capturada en Praga y transportada en un tren de carga, como ganado, para morir en un país del que no provenía.

¿A eso se refieren cuando gritan “¡Vuelvan a Polonia!”? ¿Creen que nuestro origen está en las cámaras de gas?

He llegado a coincidir con mi abuela: ser humano y ser judío pueden ser mutuamente excluyentes.

Me pregunto si realmente quieren que muramos, o tal vez en secreto quieren que vivamos… Si todos desapareciéramos, ¿a quién odiarían?

Me pregunto si realmente quieren que muramos, o tal vez en secreto quieren que vivamos… Si todos desapareciéramos, ¿a quién odiarían? Es una emoción poderosa de la que es difícil desprenderse. Veo el sentido de propósito y pertenencia que proporciona. En los campus universitarios. En Union Square. En Washington Square Park.

Es lo más cerca que he estado de ver a gente que cree haber visto a Dios.

“Esa es una pregunta bastante osada para hacerle a una dama hoy en día”, le respondí finalmente al joven de Jabad. Ambos sonreímos.

“Sí, soy judía”.

Miré a mi alrededor. Nadie se detuvo. Todos siguieron caminando. Él extendió la mano y me dio una pequeña bolsa transparente con dos velitas. Las tomé y me fui. No le pregunté cómo lo supo.

Al llegar a casa, llamé a mi abuela.

“Hola, Savta. ¿Qué hiciste hoy?”

Mi abuela tiene 99 años y medio. Ella recalca el “medio”.

“Estaba calculando cuántos meses me faltan para cumplir cien”, dijo. “Y he decidido… ¡voy a lograrlo!”.

No podía verla, pero sabía que estaba agitando el dedo en el aire.

“Así será, Savta”, respondí riendo. “Así será”.

Reproducido con permiso de la página On Being Jewish Now en Substack.


Imagen del título: Foto de Mathieu Stern en Unsplash.

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JACINTA CHITRIT
JACINTA CHITRIT
5 meses hace

Algo asi me sucedio hace pococs dias en Barcelona,tome un taxi y habia una manifestacion pro-palestina, el chofer enfurecido comenzo a insultar a los judios como si encolerizado, mi apariencia es como en el comentario anterior no judia,que se vayan los judios de palestina, ladrones de tierra,asesinos,etc.
Solamente le dije unas pocas palabras para enmudecerlo, "perdon chofer, capaz usted no sabe, pero en Palestina tambien habia judios palestinos, mi suegro nacio en Haifa que pertenecia a Palestina y era de los britanicos.
Continuamos el viaje sin dirigirnos ni una palabra, lo puse en su lugar y no encontro respuesta

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