Nuestra Sinagoga fue atacada y nuestros hijos estaban observando


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Una vida que comenzó en un campo de concentración.
"Honra a tu madre". Ese es el lema que Angela Polgar trató de seguir durante toda su vida, una vida que comenzó en un campo de concentración. El lugar fue Auschwitz-Birkenau, en el sur de Polonia. Sus padres, judíos húngaros, llegaron allí en un transporte nazi el 25 de mayo de 1944.
La madre de Polgar, Vera Bein, de soltera Otvos, tenía 25 años y estaba embarazada casi de dos meses.
Al llegar a la infame plataforma del ferrocarril donde se realizaban las "selecciones", Bein (como Polgar llama respetuosamente a su madre), no fue enviada a las cámaras de gas. En cambio, fue asignada a diversos trabajos forzados antes de convertirse en conejillo de indias para experimentos de esterilización de un médico del campo.
En medio de los horribles estándares del Holocausto, esta podría ser una historia más, salvo por una cosa. La paciente sobrevivió, y su hija también.
Vera Otvos en 1941.
El 21 de diciembre, Vera comenzó a sentir dolores de parto. Subió a la cama de arriba en su barraca y, allí, con la ayuda de dos compañeras prisioneras, dio a luz en secreto a una niña.
La bebé era pequeña, pesaba apenas un kilogramo. Era demasiado débil para llorar, pero lo suficientemente fuerte para beber la escasa leche de su madre y, de alguna manera, sobrevivió escondida las siguientes semanas.
Según los registros del museo de Auschwitz, el único otro bebé sobreviviente fue un niño húngaro, Gyorgy Faludi, que nació el día de la liberación con la ayuda de un médico ruso.
Las tropas del Ejército Rojo soviético liberaron el campo el 27 de enero de 1945. La madre y la bebé fueron parte de los sobrevivientes, y fueron una visión inusual. De hecho, casi único.
Según los registros del museo de Auschwitz, el único otro bebé sobreviviente fue un niño húngaro, Gyorgy Faludi, que nació el día de la liberación con la ayuda de un médico ruso.
Ángela Polgar decidió que llegó el momento adecuado para contarle a los canadienses la notable historia de su familia.
No para encender los reflectores sobre sí misma. Incluso se niega a que le tomen fotos, por miedo a que la acusen de auto-glorificación.
Más bien, quiere honrar a su madre, una mujer a quien nunca le gustó hablar de su experiencia porque pensaba que sería una carga para su hija.
Los padres biológicos de Ángela fueron separados al llegar al campo. Su madre nunca volvió a ver a su primer esposo. Foto proporcionada por la familia.
"Mi madre fue una mujer muy, muy especial", dijo Polgar, ex propietaria de una tienda de ropa que vive en Montreal con su esposo, Joseph.
"Mi madre se sentía tan terrible por todas las personas que habían perdido a sus hijos. Ellos perdieron a sus bebés, y ella volvió con uno".
"Al mismo tiempo mi madre no quería que yo tuviera los recuerdos que ella tenía. Por eso no hablaba de ello".
Contarlo ahora es una liberación, y un deber. "Esta historia no tiene nada que ver conmigo. Ella lo hizo. Ella fue la que pasó por todo esto".
Así comienza su historia Ángela Polgar.
El hecho de que tanto la madre como la hija hayan sobrevivido es un milagro en sí mismo. Aproximadamente 1,1 millones de personas, en su mayoría judíos, fueron exterminadas en Auschwitz entre el comienzo de los asesinatos organizados en marzo de 1942 y su final en noviembre de 1944. La máquina asesina llegó a su apogeo el verano en que los padres de Polgar y otros judíos húngaros llegaron en masa para ser liquidados: más de 132.000 al mes, según el estudio exhaustivo del académico canadiense Robert Jan van Pelt, Auschwitz: 1270 to the Present.
"Para fines de junio, en sólo dos meses, había llegado a Auschwitz la mitad de la población judía de Hungría, 381.661 almas", escribió van Pelt en el libro de 1996 del que es autor junto con la académica estadounidense Deborah Dwork. "En ningún otro momento Auschwitz fue más eficiente como centro de exterminio."
Ellos citan a un sobreviviente, Alexander Ehrmann, que llegó a Birkenau de noche y se horrorizó con lo que vio y oyó, especialmente con las pilas de maleza quemada, los escombros que vio y olió a través del alambre de púas.
De las piras salían sonidos de niños. "Oí llorar un bebé. El bebé lloraba en algún lugar a lo lejos y no pude detenerme a mirar. Nos movimos, y olía, un hedor horrible. Sabía que en el fuego había algo que se movía; había bebés en el fuego."
En la selección en la plataforma, la mayoría de las mujeres visiblemente embarazadas fueron enviadas a morir; lo mismo sucedió con los bebés, los niños, los enfermos evidentes y los ancianos. Otros fueron perdonados para ser usados como mano de obra esclava o como carne para experimentos médicos.
Algunas de las prisioneras en el Campo C, el barracón para mujeres y niñas judías húngaras, pudieron llevar sus embarazos a término, pero sus bebés casi siempre les eran arrebatados inmediatamente después del nacimiento y asesinados, "de manera misericordiosa" ahogados por médicos judíos que estaban prisioneros y eran obligados a trabajar para los nazis.
Ángela con su madre
La mayoría de los embarazos nunca llegaban tan lejos. La práctica clandestina habitual era abortar a los fetos antes de que pudieran nacer, una medida para salvar la vida de la madre, que era un blanco fácil para ser liquidada si su embarazo se volvía demasiado evidente.
Una de las médicas judías que realizaba rutinariamente este "servicio" en Auschwitz, una ginecóloga húngara llamada Gisella Perl, describió esto y mucho más en sus memorias de 1948 I Was a Doctor in Auschwitz (Yo fui médico en Auschwitz).
Un día, caminando cerca de uno de los crematorios, la Dra. Perl fue testigo de lo que le ocurrió a un grupo de mujeres que, porque les prometieron un trato mejor, habían revelado a sus opresores nazis que estaban embarazadas. "Estaban rodeadas por un grupo de hombres y mujeres de las SS, que se divertían haciendo que estas criaturas indefensas sintieran el sabor del infierno, tras lo cual la muerte fue una amiga bienvenida", escribió Perl en su libro.
"Las golpearon con garrotes y látigos, los perros las desgarraron, las arrastraron por los cabellos y las patearon en el estómago con las pesadas botas alemanas. Luego, cuando se derrumbaban, las arrojaban vivas al crematorio"
Vera Bein escapó de ese destino. Durante mucho tiempo, mantuvo su embarazo en secreto y tuvo la suerte de que su parto ocurriera en las semanas previas a la liberación por parte de los soviéticos, sin ser anunciado, y sin la "ayuda" de ningún médico del campo.
Su supervivencia, y la de su hija, es una nota al pie del Holocausto, pero una nota importante.
"Esta parece ser una historia inusual", dijo Esti Yaari, enlace con los medios internacionales del museo Yad Vashem en Jerusalem. "Aunque hay otras historias", incluyendo la de una sobreviviente que nació en Buchenwald en 1944, "es un caso bastante raro."
Sobrevivir a Auschwitz fue una cosa. La pequeña "Angi", como la llamaba su madre, también tuvo suerte de haber sobrevivido al caos posterior a la guerra, superando un mal comienzo debido a la mala nutrición que debilitó sus huesos.
Tuvo la suerte de obtener una prueba oficial de su llegada a este mundo: un certificado de nacimiento que su padre adoptivo consiguió para ella antes de que la familia partiera de Polonia.
Preparado en 1945 en Oswiecim, el nombre polaco de Auschwitz, el certificado la llama "Ángela Bein". El apellido era el de su padre biológico, Tibor Bein, un abogado que murió por los malos tratos en el campo.
"Auschwitz" figura como su lugar de nacimiento, un lugar que ha dejado de existir bajo su nombre alemán, salvo como una expresión sinónima de asesinato mecanizado. Auschwitz hoy sólo existe como un museo, y Ángela Polgar nunca ha regresado.
El certificado de nacimiento de Ángela Polgar
Ángela tiene una copia de su certificado de nacimiento, emitido en 1989 por las autoridades comunistas en su ciudad natal, Sarospatak, en el este de Hungría.
Como prueba adicional, tiene su diploma original de profesora húngara de 1966, que también menciona Auschwitz como su lugar de nacimiento.
Después de la liberación en 1945, la madre de Polgar recorrió partes de Polonia, Rumanía y Bielorrusia en una ruta indirecta que la llevó de vuelta a la seguridad en Hungría. Allí, Vera volvió a casarse, y fue ese segundo esposo –Sandor Polgar, también sobreviviente de Auschwitz, propietario de una tienda de textiles y una generación mayor que Vera– quien adoptó a Polgar y se convirtió en su "verdadero" padre, el único que ella conoció.
Sin embargo, doce años después, también él murió, y madre e hija volvieron a quedar a la deriva. A raíz de la aplastante represión de la revolución de su país por parte de los soviéticos en 1956, y con un pariente que ahora estaba en Canadá para patrocinarlos, comenzaron a planear su huida de Hungría. Vera salió en 1966, y Ángela la siguió en 1973 con su propia hija, Katy. Se instalaron en Toronto, donde Vera trabajó como maestra de jardín de infantes y contadora. Katy se mudó a Montreal y comenzó una familia, y en 1996, Vera se mudó allí para estar con ellas.
Durante mucho tiempo, la saga familiar, especialmente la parte de Auschwitz, se mantuvo en privado. La única narración pública fue una breve memoria, escrita en la voz de Ángela Polgar por su cuñada, una profesora de secundaria jubilada llamada Marianne Polgar. Esta se publicó en una pequeña revista sionista en Nueva York en el año 2000.
Después de la gran cobertura en los medios de comunicación sobre el 60º aniversario de la liberación de Auschwitz, Polgar decidió que había llegado el momento de contar toda la historia. Polgar también desenterró un recurso valioso: una vieja cinta de audio de su madre relatando su tiempo en Auschwitz. Fue una "entrevista" que Vera le dio a su nieta, Katy, en 1984 para un proyecto escolar. La cinta –su última palabra sobre el tema– pronto será registrada como parte de los archivos del Museo Auschwitz-Birkenau en Polonia.
Como testimonio, es conmovedor: palabras habladas por teléfono hace más de 25 años. Un diálogo intergeneracional de 30 minutos en el que el sujeto suena como si prefiriera no contarle a la inocente adolescente lo horrible que puede ser la historia.
"Es muy doloroso hablar de esto," dice Vera en un momento, cuando Katy le pide más detalles. "Tenía tanta curiosidad por saber lo que ella tenía que decir," recordó Katy, que hizo su doctorado en investigación sobre cáncer.
"Mi madre era muy protectora; no me dejaba leer libros sobre el Holocausto, así que esta fue mi única oportunidad de ver lo que mi abuela podía darme. Lo increíble fue que nunca se la veía amargada por lo que le pasó. Simplemente siguió adelante con su vida".
En la cinta, Vera comienza describiendo la confusión al llegar a Auschwitz en mayo de 1944. Recuerda al infame Dr. Josef Mengele enviándola a la izquierda después de la inspección en la plataforma, mientras que otros fueron enviados a la derecha, a sus muertes. Preocupada por ser separada de los demás y sin saber de su buena fortuna de ser perdonada, Vera recordó haberle dicho a Mengele que estaba embarazada, esperando que él fuera compasivo y la dejara quedarse con los demás.
"¡Tonta!" le gritó Mengele, ordenándole que hiciera lo que se le decía. Saludable y fuerte, Vera era una buena candidata para la fuerza laboral del campo. Mengele no iba a enviarla a su muerte, aún no.
La enviaron a tatuarse el brazo izquierdo con un número de registro: A-6075. Luego la asignaron al turno de noche en el amplio depósito del Campo A, que contenía montones de pertenencias confiscadas a otras víctimas y prisioneros de Auschwitz.
Debido a que estaba tan lleno de mercadería, el depósito fue apodado "Kanada", como la tierra de la abundancia. El trabajo de Vera consistía en clasificar ropa, zapatos, ropa de cama… todo lo que los alemanes querían para ellos.
Más tarde, fue asignada a la cocina, donde comía cáscaras de papa, una fuente leve pero vital de nutrición para ella y el niño que llevaba dentro. El resto de su dieta diaria consistía en café de mala calidad por la mañana, "algo caliente, una sopa hecha de pasto" para el almuerzo, y para la cena, una rebanada de pan con una capa de mermelada o margarina.
Luego vino el trabajo duro fuera del campo, construyendo un camino y trabajando en un campo. Vera fue transferida al Campo B2, luego al Campo C, donde llegó a conocer a niños, especialmente gemelos, que eran utilizados para experimentos médicos por Mengele y otros médicos antes de ser liquidados.
En octubre, ahora con siete meses de embarazo, fue seleccionada por el equipo médico del Prof. Carl Clauberg para experimentos de esterilización.
Sólo era cuestión de tiempo antes de que ella misma se convirtiera en un conejillo de indias.
En octubre, ahora con siete meses de embarazo, fue seleccionada por el equipo médico del Prof. Carl Clauberg para experimentos de esterilización. Le inyectaron una sustancia cáustica y quemante en el cuello del útero.
Justo detrás, en el útero, estaba el feto.
"Esa era yo, ahí dentro", se maravilla Polgar. "Las agujas entraron, yo me fui al lado derecho, luego al izquierdo. ¿Quién sabe qué fue lo que le dieron?"
De alguna manera, el feto sobrevivió. Después del experimento, la paciente regresó a su barraca, y luego desapareció del radar de los médicos.
"De alguna manera, Mengele la olvidó," dijo Polgar. "Yo era tan pequeña, el embarazo no se notaba mucho. Esa fue su suerte. De lo contrario, habrían terminado con ella y conmigo también".
Un mes después, en la barraca se acercó a Vera "una doctora judía", posiblemente la ginecóloga Gisella Perl.
La médica tenía una advertencia y una oferta. Le dijo que las nuevas madres generalmente "desaparecían" junto con sus hijos después del nacimiento, enviadas a las cámaras de gas. Le ofreció a Vera hacer un aborto.
"Le prometí que lo pensaría, porque realmente insistió en ello," recordó Vera en la cinta. "Ella dijo que era demasiado joven para ser gaseada, y quería salvarme." Pero esa noche, Vera soñó con su madre. "Mi madre me dijo: 'Veruska, tienes ocho meses de embarazo. No lo hagas, porque (el feto) ya está vivo y listo para salir. Cree en Dios, y Hashem estará contigo. Tal vez ocurra un milagro. Pero no lo hagas'".
Al día siguiente, Vera le respondió a la médica: iba a seguir adelante y dar a luz. Eso ocurrió el 21 de diciembre, en las barracas del Campo C. "Sentí dolor y le dije a la encargada de la barraca (una prisionera nombrada como supervisora de la barraca) que tenía calambres y dolor. Ella me pidió que subiera a la litera más alta, fue conmigo y me ayudó a dar a luz a tu mamá", le cuenta Vera a su nieta en la grabación. "Ella sabía cómo hacerlo, porque era hija de un médico, así que tenía una idea sobre la limpieza y cómo ayudar a una mujer en trabajo de parto. Trajo agua caliente y sábanas limpias. Hirvió unas tijeras en agua caliente para esterilizarlas", antes de cortar el cordón umbilical. "Así que todo salió bastante fácil." El bebé pesaba un kilogramo. "Mamá estaba muy débil y era muy pequeñita, no lloró. Así que nadie supo que había nacido".
Tres horas después de dar a luz, Vera tuvo que dejar a su bebé en la litera y salir al frío para el pase de lista.
Tres horas después de dar a luz, Vera tuvo que dejar a su bebé en la litera y salir al frío para el pase de lista, lo que los alemanes llamaban el Appell.
Su hija aún se asombra de que fuera capaz de hacerlo. "Qué valentía, qué fuerza increíble tuvo para hacerlo," dijo Polgar. "Recuerda, era diciembre. Estaba helando, y no tenían abrigos ni zapatos adecuados, solo zuecos de madera con los que se resbalaban sobre el hielo".
Justo antes de la liberación, tuvieron un último susto. Gritando "¡Schnell! ¡Schnell!" (¡Rápido! ¡Rápido!), gritaron los guardias alemanes mientras empujaban a las prisioneras que sobrevivían, como Vera, hacia un túnel debajo del campo y les dijeron que serían exterminadas. (No ocurrió, pero hasta el día de su muerte, Vera mantuvo un miedo mortal a los túneles. Una vez, cuando viajaba en subterráneo el tren quedó detenido entre estaciones. Vera perdió el control y comenzó a gritar para que la dejaran salir).
Después del susto, hubo otro milagro.
El día de la liberación nació otro niño en Auschwitz, Gyorgy Faludi.
Su madre había ayudado a Vera con su parto; ahora Vera le devolvió el favor.
La mujer no tenía suficiente leche para amamantar a su hijo, así que Vera lo hizo. Ese fue el comienzo de una larga amistad. Las dos familias, Faludi con su hijo y Bein con su hija, se mantuvieron juntas durante los siguientes meses tratando de regresar a Hungría. Vera amamantó a los dos niños y ayudó a Faludi a encontrar a su esposo y a regresar a su pueblo, Miskolc. La guerra había terminado. Ahora comenzaba la recuperación. Después de la liberación, nadie, salvo Vera, tenía demasiadas esperanzas de que la pequeña Ángela pudiera vivir mucho tiempo.
La familia Polgar
En Budapest, el consejo de la madre de Vera fue dejar que el bebé muriera. Lo mismo dijeron los médicos locales a los que consultaron, hasta que uno de ellos hizo un examen más detallado. "(Él) me levantó como a un pollo, por las piernas, con la cabeza hacia abajo. Quería ver si intentaba levantar la cabeza. Y lo hice. Luego dijo: 'Podemos dejar que este bebé viva'". Su mayor problema en esos primeros años fueron sus huesos. "Eran muy débiles, y no me dejaban caminar. Así que me ponían en un cochecito y mi padre me llevaba de un lado a otro, incluso a la escuela".
En la calle, los extraños solían mirarla. "Todos me miraban... y decían 'Esa es una muñeca, no un bebé'. Llamaban a mi madre la mujer loca, porque pensaban que sólo estaba fingiendo tener un bebé". Con el tiempo, sin embargo, con una mejor nutrición y cuidados, los huesos de la niña se fortalecieron, y a los seis años finalmente pudo caminar sin ayuda. El legado de los primeros años de Ángela nunca desapareció por completo. Sigue siendo muy pequeña de estatura, mide menos de un metro y medio, y camina arrastrando los pies. Pero eso no parece preocuparla. Hoy en día, se desplaza para asistir a una clase de computación que toma en Montreal y no parece estar limitada por su físico ni por su pasado.
Vera Otvos en 1990
Sesenta años después de su nacimiento, Ángela pensó mucho en su madre. La recuerda en su lecho de muerte, en un hospital de Toronto. Fue un final triste y cruel para una vida notable. El cuerpo de Vera estaba invadido por cáncer de columna y pulmón. Mientras yacía muriendo, paralizada, tenía visiones de Auschwitz. "Ella decía: 'Mengele está en la puerta'. Era horrible. No había suficiente morfina para alejarle la pesadilla, ni siquiera en sus últimos minutos de vida".
Vera Polgar, anteriormente Vera Bein, nacida como Veronika Otvos, murió a los 73 años el 28 de enero de 1992, un día después del aniversario de la liberación de Auschwitz. "Ella no quería morir el 27 de enero," dijo Polgar. "Arrastró el sufrimiento para morir al día siguiente".
Ángela recuerda a su madre por muchas cosas: las adversidades que superó, la perseverancia que encarnó, el dolor que ocultó durante tantos años bajo una máscara de optimismo y el sueño de renovación de una sobreviviente.
"Era encantadora, nunca estaba deprimida. Pero, en el fondo, todo estaba siempre allí".
Como la tinta en el número tatuado en su brazo, la marca que Auschwitz dejó en la psiquis de Vera fue imborrable. Ahora, gracias a su hija, su historia también lo es.
© CanWest News Service 2005
Este articulo apareció originalmente en CanWest Newspapers
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