El hombre que acuñó el término "genocidio" se horrorizaría ante esto


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Para muchos, el Mundial es simplemente un campeonato deportivo. Para otros, es algo más.
Hoy comienza el Mundial.
Durante semanas escucharemos hablar de grupos, favoritos y candidatos al título. Millones de personas organizarán sus horarios alrededor de los partidos, las familias se reunirán frente a las pantallas y las conversaciones cotidianas girarán, una vez más, en torno a lo mismo. Pocos eventos generan una expectativa así. Al fin y al cabo, esperamos cuatro años por esto.
Para muchos, el Mundial es simplemente un campeonato deportivo. Para otros, también es otra cosa: una oportunidad de reconectarse con algo más difuso, una bandera, un himno, una historia que de algún modo sigue siendo propia aunque uno haya nacido lejos de donde todo empezó.
Los judíos latinoamericanos no somos ajenos a esa emoción. Cuando juega Argentina, México, Uruguay o cualquier otro país de nuestra región, el entusiasmo es genuino. Pero detrás de ese sentimiento hay una reflexión que conecta con algo muy concreto dentro del judaísmo: el hakarat hatov, el reconocimiento del bien que hemos recibido. No como fórmula ni como obligación ritual, sino como una forma de ver el mundo. La capacidad de no olvidar a quienes nos ayudaron.
Y eso incluye a los países que recibieron a nuestras familias.
La historia judía está marcada por migraciones, exilios y huidas. Millones llegaron a América Latina escapando de persecuciones, guerras y antisemitismo. Desde Europa Oriental, desde Alemania, Polonia, Hungría. Desde Siria, Turquía, el norte de África. Cuando desembarcaron en Argentina, México, Brasil, Uruguay o Chile, encontraron algo que no siempre habían tenido: un lugar donde empezar de nuevo.
Ningún país es perfecto, claro. Cada uno carga con sus propias contradicciones y momentos oscuros. Pero el “hakarat hatov” no pide que idealicemos. Pide que no olvidemos el bien que recibimos. Y la posibilidad de abrir un negocio, fundar una escuela, levantar una sinagoga, criar hijos y practicar el judaísmo con relativa libertad no es poca cosa. No debería darse por sentada.
Quizás por eso no extraña que muchos judíos latinoamericanos sientan algo real cuando juega su selección. No es una declaración ideológica ni una pose. Es, en cierto modo, una expresión de pertenencia. De agradecimiento.
Hay quienes intentan presentar esto como una contradicción. Los mismos prejuicios de siempre, los que durante generaciones acusaron a los judíos de ser incapaces de ser leales a los países donde vivían. La experiencia demuestra exactamente lo contrario. Un judío puede amar al pueblo de Israel, vivir comprometido con la Torá y sentirse parte de una herencia milenaria. Y al mismo tiempo emocionarse cuando Argentina gana un partido, o cantar el himno de Uruguay y piantar una lágrima. No hay contradicción ahí.
La identidad judía no exige borrar la gratitud hacia el lugar donde uno creció. Al contrario: reconocer el bien recibido es parte esencial de una vida judía auténtica.
Los sabios enseñan que Moshé rechazó golpear al río Nilo durante las primeras plagas porque ese río lo había protegido de niño. El agua no tiene sentimientos, pero la lección es precisa, una persona noble no olvida el bien que recibió, aunque venga de donde menos se espera. Si eso vale para un río, cuánto más para sociedades enteras que permitieron a nuestras familias prosperar.
Cuando empiece el partido y alguien saque una bandera argentina, mexicana o uruguaya, puede que detrás haya una historia familiar de inmigrantes, refugiados o sobrevivientes que encontraron una oportunidad cuando más la necesitaban. Alentar a un equipo no es solo apoyar a once jugadores. A veces también es una forma de recordar esa historia.
Una manera de decir "sabemos de dónde venimos, y no olvidamos quién nos abrió la puerta".
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Buenísima esta reflexión! Gracias!!