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Toma la iniciativa, el mundo te está esperando

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Nitzavim (Deuteronomio 29:9-30:20 )

por Rav Jonathan Sacks

En la parashá de esta semana pasa algo extraordinario casi sin que nos demos cuenta, que cambia los mismos términos de la existencia judía y que tiene implicancias fundamentales para todos nosotros. Moshé renovó el pacto. Puede que esto no parezca algo dramático, pero lo fue.

Hasta aquí, en la historia de la humanidad tal como la relata la Torá, Dios había hecho tres pactos. El primero, en Génesis 9, con Nóaj, y a través de él con toda la humanidad. Yo denomino a este pacto el pacto de la solidaridad humana. De acuerdo con los Sabios, este pacto contiene siete mandamientos, las sheva mitzvot benei Nóaj, la más famosa de ellas es la que se refiere a la santidad de la vida humana: "El que vierta la sangre del hombre, por el hombre su sangre será vertida, pues a imagen de Dios hizo al hombre" (Génesis 9:6).

El segundo, en Génesis 17, fue con Abraham y sus descendientes: "Cuando Abram tenía noventa y nueve años de edad, Dios se le apareció a Abram y le dijo: 'Yo soy Dios Omnipotente; marcha delante de Mí y sé íntegro. Yo pondré Mi pacto entre Mi y ti… Yo estableceré Mi pacto entre Mi y ti y tu descendencia después de ti a través de sus generaciones como pacto perpetuo'". Eso convirtió a Abraham en el padre de una nueva fe que no sería la fe de toda la humanidad pero que sería una bendición para toda la humanidad: "A través de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra".

El tercer pacto fue con los israelitas en los días de Moshé, cuando el pueblo estuvo en el Monte Sinaí, escuchó los Diez Mandamientos y aceptó los términos de su destino como "un reino de sacerdotes y una nación sagrada".

¿Quién fue quien pensó inicialmente en estos tres pactos? Dios. No fueron Nóaj, Abraham, Moshé ni los israelitas quienes buscaron hacer un pacto con Dios. Fue Dios quien buscó un pacto con la humanidad.

Sin embargo, hay un cambio discernible que podemos reconocer al trazar la trayectoria de estos tres eventos. A Nóaj, Dios no le pidió una respuesta específica. No había nada que Nóaj debiera hacer para demostrar que había aceptado los términos del pacto. Ahora él sabía que había siete reglas que gobernaban el comportamiento humano aceptable, pero Dios no pidió ningún gesto positivo que ratificara el pacto. A lo largo del proceso, Nóaj fue pasivo.

De Abraham, Dios pidió una respuesta, algo muy doloroso: "Este es Mi pacto que guardarán entre Mi y ustedes, y entre tu descendencia después de ti: todo varón entre ustedes será circuncidado. Circuncidarán la carne de su prepucio y será señal del pacto entre Mi y ti" (Génesis 17:10-11). La palabra hebrea para circuncisión es milá, pero hasta el día de hoy lo llamamos brit milá o incluso simplemente brit, lo cual en hebreo obviamente significa pacto. Dios pidió, por lo menos para los hombres judíos, algo muy exigente: una ceremonia de iniciación.

De los israelitas en el Monte Sinaí, Dios pidió mucho más. Él les pidió en efecto que lo reconocieran por Su rol como soberano y legislador. El pacto del Sinaí no llegó con siete mandamientos como para Nóaj, ni con un octavo como fue con Abraham, sino con 613. Los israelitas debían incorporar la conciencia de Dios en cada aspecto de sus vidas.

Por lo tanto, a medida que el pacto avanzó, Dios pidió cada vez más de sus socios; o en otras palabras, les confió mayores responsabilidades.

En Sinaí sucedió algo más que no había pasado antes. Dios le dijo a Moshé que anunciara la naturaleza del pacto antes de hacerlo, para ver si el pueblo estaba de acuerdo. Esto ocurrió por lo menos tres veces: "Entonces el pueblo respondió al unísono y dijeron: 'Todo lo que habló Hashem haremos'" (Éxodo 19:7). "Y todo el pueblo respondió a una voz: 'Todo lo que Hashem ha dicho, haremos'" (Éxodo 24:3). "Todo lo que habló Hashem, haremos y escucharemos" (Éxodo 24:7).

Esta es la primera vez en la historia que encontramos el fenómeno consagrado en la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos, "el consentimiento de los gobernados". Dios sólo pronunció los Diez Mandamientos después de que el pueblo diera señales de que daba su consentimiento para verse obligado por Su palabra. Dios no impuso Su gobierno a la fuerza.(1) En el Sinaí, el pacto se volvió mutuo. Ambas partes debían estar de acuerdo.

Por lo tanto, el rol humano en el pacto fue creciendo con el tiempo. Pero Nitzavim lleva esto un paso más adelante. Moshé, aparentemente por su propia iniciativa, renueva el pacto:

Todos ustedes están firmemente parados este día delante de Hashem, su Dios: los jefes de sus tribus, sus ancianos, sus oficiales, todos los hombres de Israel; sus niños, sus mujeres y el prosélito que está en medio de tu campamento, desde el cortador de tu leña hasta el que extrae tu agua, para que pases por el pacto de Hashem tu Dios y su juramento, que Hashem tu Dios concerta contigo en este día, a fin de establecerte hoy como Su pueblo, y que Él sea Dios para ti, tal como Él te habló y como Él juró a tus ancestros Abraham, Itzjak y Iaakov" (Deuteronomio 29:9-12).

Esta fue la priemra vez que el pacto fue renovado, pero no la última. Esto volvió a ocurrir al final de la vida de Iehoshúa (Josué 24) y luego en los días de Joiada (Reyes II 11:17), Ezequías (Crónicas II 29), y Josías (Reyes I 23:1-3; Crónicas 2 34:29-33). Después del exilio en Babilonia, Ezra y Nejemías convocaron una reunión nacional para renovar el pacto (Nejemías 8). Pero por primera vez esto tuvo lugar en nuestra parashá.

Esto se debió a que Moshé sabía que debía ocurrir. Los términos de la historia judía estaban por cambiar de la iniciativa Divina a la iniciativa humana. Para eso Moshé preparó a los israelitas en su último mes de vida. Es como si les hubiera dicho: Hasta ahora Dios los guio, con un pilar de nube y de fuego, y ustedes lo siguieron. Ahora Dios les entrega las riendas de la historia. A partir de ahora, ustedes deben guiar. Si sus corazones están con Él, Él estará con ustedes. Pero ya no son niños sino adultos. Un adulto sigue teniendo padres, al igual que un niño, pero su relación con ellos es diferente. Un adulto tiene la carga de la responsabilidad. Un adulto no espera que otro de el primer paso.

Este es el significado épico de Nitzavim, la parashá que se encuentra casi al final de la Torá y que leemos al final del año. Se trata de prepararse para un nuevo comienzo, en el cual actuamos para Dios en vez de esperar que Dios actúe para nosotros.

Si traducimos esto a términos humanos, podemos ver cómo puede cambiar nuestra vida. Hace muchos años, al comienzo de mi carrera como rabino, siempre esperaba recibir una palabra de aliento de una figura rabínica importante. Yo trabajaba mucho tratando de encontrar enfoques innovativos, buscando nuevas maneras de lograr que la gente se acercara al estudio y a la vida judía. En esos momentos uno necesita apoyo, porque se toman riesgos y sufrir las inevitables críticas es muy agotador emocionalmente. El aliento nunca llegó. El silencio dolía. Era algo que me carcomía el corazón, como si fuera ácido.

Entonces, en un momento pensé: ¿Qué ocurre si todo el escenario es a la inversa? ¿Qué pasa si en vez de esperar que Rav X me aliente, yo lo aliento a él? ¿Qué pasa si hago por él lo que espero que haga por mí? Ese fue un momento clave, y me dio una fuerza que no tenía antes.

Comencé a formularlo como una ética. No esperes ser elogiado, elogia a los demás. No esperes ser respetado, respeta a los demás. No te pares a un costado, criticando a los demás. Haz algo tú mismo para mejorar las cosas. No esperes que el mundo cambie, comienza tú mismo el proceso, y luego atrae a otros a la causa. Hay una declaración atribuida a Gandhi (en verdad el nunca lo dijo (2) pero en un universo paralelo podría haberlo hecho): "Sé el cambio que buscas en el mundo". Toma la iniciativa.

Eso fue lo que hizo Moshé en su último mes de vida, en esa larga serie de discursos que conforman el libro de Devarim, culminando con la gran ceremonia de renovación del pacto en esta parashá. Devarim marca el fin de la infancia del pueblo judío. A partir de ahora, el judaísmo se convierte en la convocatoria de Dios por la responsabilidad humana. Para nosotros, la fe no es esperar de Dios. Fe es comprender que Dios nos está esperando.

Aquí hay una idea increíble: cuando te sientas angustiado porque alguien no hizo por ti lo que pensabas que debía hacer, invierte el pensamiento y hazlo tú por esa persona.

No esperes que el mundo mejore. Toma la iniciativa, el mundo te está esperando.


NOTAS

  1. Por supuesto, el Talmud de Babilonia considera que en el Sinaí Dios impuso el pacto a la fuerza, es decir que "suspendió la montaña" sobre el pueblo. Pero de inmediato el Talmud señala que "esto constituye un desafío fundamental a la autoridad de la Torá", y concluye que el pueblo finalmente aceptó la Torá voluntariamente "en los días de Ajashverosh" (Shabat 88a). Por lo tanto, la única pregunta es cuándo hubo un consentimiento libre.
  2. Ver Brian Morton, "Falser words were never spoken", New York Times, 29 de Agosto del 2011. Lo más cercano que llegó a decir fue: "Si nosotros podemos cambiar, también cambiarán las tendencias del mundo. Cuando una persona cambia su propia naturaleza, también cambia la actitud del mundo hacia ella. No debemos esperar a ver qué hacen los demás".



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