Estados Unidos cumple 250 años


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El anuncio del vuelo directo operado por El Al no es simplemente una noticia del sector aerocomercial, es un acontecimiento cultural de primer orden.
Por primera vez, un avión despegará de Tel Aviv con destino directo a Buenos Aires. El anuncio del vuelo directo operado por El Al, la aerolínea nacional israelí, no es simplemente una noticia del sector aerocomercial: es un acontecimiento cultural de primer orden que promete transformar los lazos entre dos sociedades con una historia compartida profunda, intensa y muchas veces dolorosa.
Los vuelos comenzarán el 29 de noviembre, con dos frecuencias semanales —domingos y martes desde Tel Aviv, lunes y miércoles desde Buenos Aires— y tendrán una duración superior a las 16 horas, convirtiéndose en la ruta más larga que haya operado El Al en su historia. Pero más allá de los datos logísticos, lo que este vuelo representa es la materialización de un vínculo humano que siempre existió, y que hasta ahora debía sortear escalas, transbordos y horas de más para poder expresarse.
Para entender el peso cultural de este anuncio, hay que mirar los números —y también lo que hay detrás de ellos.
Argentina alberga la comunidad judía más grande de toda América Latina, con aproximadamente 180.000 personas, y una de las diez más grandes del mundo. Buenos Aires es hogar de instituciones educativas, culturales y religiosas judías de enorme vitalidad: escuelas, teatros en ídish, sinagogas, centros comunitarios, medios de comunicación y una memoria colectiva que atraviesa generaciones. La presencia judía en Argentina no es periférica: está tejida en la cultura, la gastronomía, la literatura y la identidad nacional.
Del otro lado del océano, en Israel, viven aproximadamente 80.000 argentinos. Son médicos, ingenieros, artistas, rabinos, agricultores y estudiantes que un día hicieron la aliá —el retorno al Estado judío— pero que mantienen vivo el lazo con la tierra donde nacieron o donde nacieron sus padres. Hablan castellano en los mercados, escuchan cumbia y folclore, extrañan el asado y siguen de cerca la política argentina con una mezcla de nostalgia y pasión característica del emigrante rioplatense.
Entre estas dos comunidades hubo siempre un flujo constante de personas, afectos, ideas y cultura. Pero ese flujo se veía obstaculizado por la ausencia de una conexión directa. Un pasaje con escala en Europa o en Estados Unidos no solo encarece el viaje: lo vuelve más difícil para los mayores, menos accesible para las familias de clase media, y más largo para quien viaja con niños o en situaciones de urgencia.
La conectividad aérea directa transforma la dinámica de los intercambios culturales de maneras concretas y profundas.
En primer lugar, impacta en las familias. Hay miles de familias divididas entre Argentina e Israel: abuelos que no han visto a sus nietos en años, hijos que emigraron y padres que envejecen solos, parejas que mantienen relaciones a distancia. Un vuelo directo no elimina esa distancia, pero la hace más humana, más transitable, menos absoluta.
En segundo lugar, abre las puertas a un intercambio cultural genuino. Escritores, músicos, artistas plásticos, académicos y pensadores de ambos países podrán participar en festivales, congresos y residencias con una logística mucho más sencilla. Las instituciones culturales judías de Buenos Aires podrán traer con mayor facilidad a referentes israelíes, y las universidades israelíes podrán fortalecer sus lazos con las argentinas. Ya existe una tradición de diálogo intelectual entre ambas sociedades; este vuelo le da infraestructura.
En tercer lugar, el turismo entre ambos países tiene un enorme potencial aún no desarrollado. Muchos israelíes tienen raíces argentinas y nunca han visitado el país de sus padres o abuelos. Muchos argentinos sueñan con conocer Israel y han postergado ese viaje por los costos y la complejidad logística. La ruta directa democratiza esa posibilidad.
El anuncio se enmarca en un momento de relaciones bilaterales especialmente cálidas. El embajador argentino en Israel, Axel Wahnish, que fue el principal impulsor del proyecto durante dos años de gestión intensa, lo describió como "un hito histórico" que "acerca a nuestros pueblos como nunca antes". Durante la reciente visita del presidente Javier Milei a Israel se firmaron memorándums de entendimiento en áreas estratégicas como inteligencia artificial, cooperación en servicios aéreos y seguridad, y se anunció una línea de crédito de 150 millones de dólares para inversión israelí en Argentina.
Pero más allá del contexto político, la importancia del vuelo trasciende los gobiernos de turno. Las comunidades que este vuelo conecta existían mucho antes que cualquier administración y seguirán existiendo después. Lo que cambia es que ahora tendrán un puente más directo, más rápido y más accesible para encontrarse.
Hay algo profundamente simbólico en que este vuelo vaya a comenzar a operar hacia finales de noviembre, entrando ya en el verano del hemisferio sur. Familias que llevan años sin verse podrán reunirse en las fiestas. Jóvenes argentinos que estudian en Israel podrán volver a casa sin que el viaje sea una odisea. Israelíes con nostalgia de Buenos Aires podrán cruzar el Atlántico para tomarse un café en el barrio Once o caminar por la avenida Corrientes.
El vuelo directo entre Tel Aviv y Buenos Aires no es solo una ruta aérea. Es la expresión concreta de que dos pueblos con historia compartida han decidido, finalmente, que la distancia entre ellos merece ser más corta. Que el vínculo vale el esfuerzo. Que hay algo entre Argentina e Israel que no cabe en ninguna escala intermedia.
Dieciséis horas de vuelo directo. Décadas de historia en común. Un cielo, por fin, sin interrupciones.
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