Tras el terremoto en Venezuela, la comunidad judía responde con solidaridad


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La conexión profunda entre el hecho de deambular por el desierto y la destrucción del Templo Sagrado.
La Torá (Números capítulos 13-14) describe la famosa historia de los 12 espías (uno de cada tribu) que fueron enviados a Israel para explorar la tierra. Su misión parecía inocente al principio: determinar cómo luchar contra los cananeos y luego establecer a tres millones de hombres, mujeres y niños en la nueva tierra. Los espías fueron enviados (supuestamente) a inspeccionar asuntos prácticos, como la fortificación de las ciudades, la geografía del territorio, oportunidades agrícolas y comerciales, las mejores rutas de acceso, etc.
En Israel, Dios les mostró señales alentadoras de que la tierra era realmente abundante y rica. Encontraron un racimo de uvas tan enorme que tuvieron que cargarlo entre ocho hombres (Números 13:23). Dios también se aseguró de que los espías encontraran ciudades cananeas fuertemente fortificadas, lo cual en realidad era señal de la debilidad cananea, ya que quien es verdaderamente poderoso no necesita esconderse tras grandes muros (ver Rashi sobre 13:19).
Además, Dios hizo coincidir la visita de los espías con la muerte de un noble cananeo, para ocupar a los locales con los funerales y el duelo y desviar su atención de la misión de reconocimiento. Todo fue perfectamente orquestado; nada podía salir mal.
Sin embargo, algo salió mal. Tras 40 días, los espías regresaron y 10 de ellos desaconsejaron entrar en la tierra. Dijeron: “¡No podremos lograrlo porque todo es enorme!”, una referencia a las gigantescas frutas. “¡No podremos lograrlo porque la tierra devora a sus habitantes!”, una referencia al funeral. “¡Y no podremos lograrlo porque es demasiado fuerte!”, una referencia a los muros fortificados (ver Números 13:31-33).
Los israelitas aceptaron el informe y abandonaron su sueño de entrar en Israel. ¿La consecuencia? Dios dijo: si no quieren entrar a la tierra, entonces no entrarán. Todos los israelitas morirán en el desierto durante los próximos 40 años, y sólo sus hijos heredarán la tierra.
Números 14:1 nos dice la reacción del pueblo ante esta noticia: “Y el pueblo lloró aquella noche”. Aquella noche fue Tishá BeAv, el noveno día del mes hebreo de Av. Dios declaró: “Lloraron sin razón; en el futuro les daré razones para llorar”.
Siglos después, la destrucción del Primer Templo ocurrió en Tishá BeAv. Y 500 años más tarde, también el Segundo Templo fue destruido en Tishá BeAv.
Los espías perdieron su ancla. Se enredaron tanto en los aspectos pragmáticos de la conquista de la tierra, que sacaron a Dios de la ecuación… ¡y nunca lo volvieron a incluir! La pregunta original que debían responder, “cómo conquistar la tierra”, de repente se convirtió en “¿deberíamos o no deberíamos hacerlo?”.
¿Qué causó este giro?
La presencia de Dios era palpable en el desierto: una roca les daba agua constantemente, Nubes de Gloria alejaban a los enemigos, y el maná caía del cielo cada día. Pero estos “milagros abiertos” cesarían al entrar a Israel. Por tanto, los espías razonaron que la guía y protección de Dios también cesarían.
Desde esa perspectiva distorsionada, todas las señales positivas que Dios les había mostrado (las frutas, el funeral y los muros) se convirtieron en señales negativas. Desde un punto de vista puramente práctico, su conclusión, nada sorprendente, fue: “¡Esto no es posible!”.
Moshé, siendo el gran líder que era, sabía que los espías eran susceptibles a perder su ancla. Por eso antes de que partieran en su misión, cambió el nombre de uno de los espías de “Hoshea” a “Iehoshúa” (Josué). El nombre “Iehoshúa” significa “Dios salvará”. También comienza con las letras del Nombre de Dios, Iud y Hei. Este fue el intento de Moshé por mantener a los espías enfocados en esa crucial conexión trascendente.
Hasta cierto punto, Moshé tuvo éxito: Iehoshúa fue uno de los dos espías que protestaron contra el informe negativo, y fue recompensado pudiendo entrar a la tierra.
Esta dinámica también puede aparecer en nuestras propias vidas.
Cada uno tiene una “visión de vida”. La Torá enseña que cuando esa “visión” está impulsada por una conexión con Dios, entonces la capacidad de alcanzar objetivos trasciende todas las limitaciones. Como Dios puede hacer cualquier cosa, todo éxito depende únicamente de Su voluntad.
Sin esa conexión, la capacidad de lograr cosas está definida por las limitaciones humanas. Por lo tanto, es lógico asumir que muchos objetivos no son posibles. De ahí el origen de la expresión popular: “No puedo hacerlo; no es posible”.
Pero no tiene por qué ser así. Vivir conforme a la voluntad de Dios le da a uno la confianza de saber que cuanto más conectado esté, mayor será su nivel de trascendencia. Y entonces, todo es posible.
Nuestra nación ha visto que Dios puede hacer cualquier cosa. Cuando las fuerzas armadas de Israel derrotaron a los ejércitos árabes en apenas seis días, supimos con claridad que habíamos superado nuestras limitaciones humanas.
El episodio de los espías ocurrió en Tishá BeAv. Lamentablemente, es un tema recurrente en la historia judía: perdemos de vista nuestra conexión con Dios, abandonamos esa ancla, y descendemos a una espiral de culpas, discusiones, excusas y, en última instancia, suicidio nacional.
El tiempo dirá si reencontramos nuestra ancla, retomamos el rumbo y logramos construir una conciencia judía nacional que pueda hacer frente a las fuerzas que nos alejan de nuestra visión y nuestro sueño.
Con la ayuda de Dios, lo lograremos.
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