3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año
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¿Qué poder puede tener un nombre? ¿Puede moldear un destino, transmitir un mensaje o incluso sanar un mundo roto?
En las sociedades antiguas, los nombres no eran simples etiquetas. Eran profecías, plegarias y proclamaciones. Esta tradición continúa hoy en la vida judía, donde se considera que los padres reciben un destello de inspiración divina al nombrar a su hijo, como si se les concediera un breve vistazo de la esencia y el destino del niño.
Permíteme entonces presentarte un escenario: acabas de tener un bebé varón y es hora de ponerle nombre. Repasas todas las opciones. Finalmente, estás listo. Le dices con entusiasmo a tu esposa: “¡Ya lo tengo! ¡Llamémoslo ‘Divorciado’!”. Tu esposa te mira, atónita. Dices: “¿No? Bueno, ¿qué tal ‘Rechinando los dientes’?”. Se le cae la mandíbula. “¿Tampoco ese? Está bien, pero sé que este te va a encantar: ‘Amargo’”. Puedes imaginar cómo termina esta historia… terapia de pareja. Sin embargo, en la Torá encontramos algo extraordinario: ¡estos son exactamente los nombres que Leví eligió para sus hijos!
En medio del relato épico de las plagas y la redención inevitable que aparece en la porción de la Torá de esta semana, la Torá se detiene para enumerar el linaje de Leví: “Estos son los nombres de los hijos de Leví, según sus linajes: Guershón, Kehat y Merarí” (Shemot 6:16). Guershón significa “divorciado”, Kehat significa “rechinar de dientes” y Merarí significa “amargo”. ¿Qué podría llevar a un padre a cargar a sus hijos con nombres que evocan un dolor tan profundo?
El gran Rabino Ishaiá Horowitz (el Shelá HaKadosh) revela una idea asombrosa: al nombrar a cada hijo según una clase distinta de sufrimiento, Leví codificó en su ADN (y en todo su linaje) una conciencia esencial del dolor ajeno.(1)
¿Por qué Leví, y solo Leví entre todos los hermanos, tomaría una decisión tan llamativa? La tribu de Leví estaba destinada a convertirse en los maestros y guías espirituales de la nación. Tras el incidente del Becerro de Oro, cuando el pueblo cayó de su elevado nivel espiritual, el privilegio del servicio en el Templo se transfirió de los primogénitos de cada familia exclusivamente a la tribu de Leví, que se había abstenido de participar en el pecado. La bendición final de Moshé a la tribu de Leví confirma este destino: “Ellos enseñarán Tus leyes a Iaakov y Tus instrucciones a Israel” (Devarim 33:9–10).
Este estatus elevado conllevaba un peligro oculto. Con tal distinción surgía el riesgo de la desconexión: la posibilidad de quedar atrapados en una torre de marfil, separados de las luchas de aquellos a quienes estaban destinados a servir. La profunda previsión de Leví al nombrar a sus hijos no fue solo simbólica; fue una salvaguarda permanente contra la tendencia natural de las clases privilegiadas a distanciarse de quienes están bajo su guía.
El enfoque revolucionario de Leví sobre el liderazgo (integrar la conciencia del sufrimiento humano en los nombres mismos de sus hijos) ofrece un modelo poderoso para cualquiera que hoy ocupe una posición de influencia. Ya seas padre, docente, gerente o líder comunitario, el mensaje sigue siendo vital: el verdadero liderazgo no comienza con la autoridad, sino con la comprensión. Exige que salgamos de nuestras torres de privilegio y comodidad para ver y sentir de verdad las luchas de aquellos a quienes servimos.
Para sentir el poder de este enfoque, pongámonos en los zapatos de alguien que lo vive en primera persona. Imagina ser ese estudiante de secundaria que siempre llega tarde a clase, le cuesta concentrarse y no logra seguir el ritmo del trabajo. La mayoría de los docentes responden a tu conducta con castigos y severas charlas sobre la responsabilidad. Cada vez te hundes un poco más en la silla, y el peso de su decepción se suma a la carga que ya llevas.
Pero entonces, un docente adopta un enfoque distinto. En lugar de imponer consecuencias inmediatas, te pide que te quedes después de clase. Te preparas para otra reprimenda, pero simplemente te mira con auténtica preocupación y pregunta: “¿Qué está pasando realmente?”. En ese momento de comprensión inesperada, todo cambia. El nudo en el pecho se afloja lo suficiente como para que salga la verdad… sobre las dificultades familiares en casa, la ansiedad que no te deja dormir por la noche, la sensación de ahogarte en expectativas que no logras cumplir. Esa conversación se convierte en un punto de inflexión, no porque el docente resuelva todos tus problemas, sino porque por primera vez te sientes visto en lugar de juzgado, apoyado en lugar de descartado. A veces, el simple acto de ser comprendido puede cambiarlo todo.
Como enseña Hilel: “No juzgues a tu prójimo hasta que hayas llegado a su lugar” (Pirkei Avot 2:4). La próxima vez que el comportamiento de alguien te desafíe, detente. Recuerda que detrás de cada acción hay una historia de posible lucha o dolor. Tómate ese momento extra para verlo con ojos de comprensión en lugar de juicio. Mejor aún, acércate con una preocupación genuina y pregunta por su bienestar. Al hacerlo, estarás llevando adelante el legado que Leví incrustó en los nombres de sus hijos: el arte de enseñar y liderar a través de la comprensión.
En el artículo de la semana pasada sobre Parashat Shemot, exploramos cómo el liderazgo de Moshé surgió de su capacidad de sentir profundamente el sufrimiento de los demás. Esta semana, descubrimos cómo su abuelo Leví incorporó deliberadamente esta cualidad en su línea familiar.
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