El poder del mindfulness

18/06/2026

3 min de lectura

La palabra hebrea para “tiempo”, zman, comparte raíz con hazmaná, que significa “invitación”, porque cada momento es una invitación a estar plenamente presente y a encontrar lo sagrado en lo mundano.

El suave tic-tac de mi temporizador de cocina resuena en mi oficina en casa mientras escribo estas palabras. No está marcando el momento en que debo sacar la jalá del horno ni controlando cuánto tiempo lleva hirviendo mi sopa. En cambio, este simple dispositivo se ha convertido en una puerta inesperada hacia una de las enseñanzas más profundas del judaísmo sobre el tiempo y la presencia.

Todo comenzó hace tres meses, durante un período especialmente abrumador en mi vida. Como ejecutivo de marketing y padre de tres hijos, mis días eran un torbellino de fechas límite, buscar a los niños en la escuela e interminables notificaciones. Las palabras de mi Rabino durante una conversación informal, me detuvieron en seco: “En el judaísmo, el tiempo no es algo que simplemente pasa; es algo que activamente santificamos”.

Él me explicó que nuestros antepasados comprendían el tiempo de manera diferente. Desde el ritmo semanal del Shabat hasta el ciclo anual de las festividades, la tradición judía nos enseña a crear contenedores sagrados de tiempo. Pero… ¿cómo podía yo, un profesional del siglo XXI con múltiples responsabilidades, implementar esta antigua sabiduría?

En el judaísmo, el tiempo no es algo que simplemente pasa; es algo que activamente santificamos.

La respuesta vino de una fuente inesperada: el viejo temporizador mecánico de cocina de mi abuela, que encontré mientras limpiaba un cajón. Su mecanismo simple me recordó una enseñanza que alguna vez escuché sobre el Baal Shem Tov, el fundador del jasidismo, quien enseñaba que todo objeto contiene chispas divinas esperando ser elevadas mediante un uso consciente.

Decidí hacer un experimento. Cada mañana, ponía el temporizador en 15 minutos para lo que comencé a llamar “tiempo sagrado de enfoque”. Durante esos minutos, trabajaba en una sola tarea sin interrupciones, tratando esos momentos como kadosh (sagrados), al dedicarles mi atención completa.

Los primeros días fueron sorprendentemente difíciles. Instintivamente, mi mano buscaba el celular cuando llegaban correos. Mi mente divagaba hacia la lista interminable de actividades pendientes. Pero el tic-tac constante del temporizador me servía de ancla, devolviéndome al momento presente. Me recordaba el ritmo pausado de la lectura de la Torá, donde cada palabra tiene su espacio y atención debida.

Con el paso de las semanas, comenzó a ocurrir algo notable. Esos segmentos de 15 minutos se convirtieron en islas de paz en mi día. Empecé a esperarlos con anticipación, tal como se anticipa el Shabat al final de una semana agitada. El timbre del temporizador se convirtió en mi havdalá personal: una separación entre el tiempo sagrado de enfoque y el tiempo regular.

Esta práctica comenzó a influir otras áreas de mi vida. Empecé a aplicar el mismo principio a la cena familiar, usando el temporizador no para apurar las comidas, sino para crear un límite en torno al tiempo familiar. Sin celulares, sin interrupciones. Sólo presencia y conexión. Esto me recordó el enfoque judío hacia las comidas, donde cada bocado puede ser elevado mediante las bendiciones adecuadas y la alimentación consciente.

Mis hijos, al principio desconcertados por la presencia del temporizador en la mesa, comenzaron a abrazar estos segmentos especiales de tiempo. Mi hijo de diez años los llamó nuestros “mini-Shabatot” —bolsas de paz dispersas a lo largo de la semana. Y no estaba tan equivocado. Al fin y al cabo, ¿acaso no es eso lo que es el Shabat? Un temporizador divino que nos recuerda detenernos y reconectar.

Este experimento me llevó a reflexiones más profundas sobre la gestión del tiempo en el judaísmo. El Talmud enseña que la primera pregunta que se nos hace en el más allá es si condujimos nuestros asuntos comerciales con ética. La segunda es si establecimos tiempos fijos para el estudio de Torá. Esta jerarquía sugiere que no se trata de tener tiempo, sino de santificar el tiempo.

Comencé a ver cómo este enfoque se alinea con otras prácticas judías. Los tres rezos diarios no son sólo obligaciones que cumplir, sino oportunidades para marcar nuestro día con significado. La celebración mensual de Rosh Jodesh, el comienzo del mes, no es sólo el registro de una luna nueva, sino una oportunidad para renovarnos. Incluso el sonido del shofar en Rosh Hashaná puede verse como alarmas divinas, despertándonos a lo que realmente importa.

Pero el cambio más profundo fue interno. Al crear estos pequeños espacios sagrados en el tiempo, comencé a estar más presente en todos los momentos. Disminuyó la ansiedad de estar siempre corriendo. Recordé aquella enseñanza de que la palabra hebrea para tiempo, zman, comparte la raíz con hazmaná, invitación. Cada momento se convirtió en una invitación a estar plenamente presente, a encontrar lo sagrado en lo mundano.

El tic-tac de ese simple temporizador de cocina se ha convertido en una especie de meditación, un llamado a la conciencia en un mundo lleno de distracciones. Me ayudó a comprender qué significa realmente la gestión del tiempo desde una perspectiva judía. No se trata de exprimir más actividades en nuestros días, sino de llenar llenar de santidad nuestros momentos. A veces, la sabiduría más profunda del judaísmo puede encontrarse en el más simple tic-tac de la vida cotidiana.

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Yonit
Yonit
19 días hace

Muy interesante, beezrat Hashem trataré de implementar ese buen hábito, bli neder

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