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El próximo año en Jerusalem: Crónica de una búsqueda espiritual – Parte I

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21/07/2021 | por Ellen Willis

La crónica de una búsqueda espiritual, publicada originalmente en la revista Rolling Stone en abril de 1977.

I. GÉNESIS

En la primavera de 1975, mi hermano Michael, que en ese momento tenía 24 años, estaba volviendo a casa de un viaje por Asia cuando pasó por Israel. Su plan era quedarse unas pocas semanas antes de regresar a Nueva York. El 28 de abril, él le escribió a nuestros padres: "De todas las opciones posibles, estoy viviendo en una ieshivá judía ortodoxa. Cuando llegué a Jerusalem, fui a visitar el Muro de los Lamentos y me invitaron. Ellos merodean por ahí buscando turistas desprevenidos para hacer proselitismo. Son una especie de secta judía dedicada a llevar de regreso al judaísmo a los judíos perdidos. El mensaje no me impresionó especialmente, pero fue una semana realmente interesante". El 4 de junio, él me escribió: "Mi falta de fe ha sido puesta a prueba".

Me gustó la ironía de la frase. Pero entonces comprendí su significado. Seguí leyendo: "Leí y conversé sobre esto lo suficiente como para entender que los argumentos respecto a la existencia de D-os (el hecho de escribirlo de esta forma muestra cuán supersticioso me estoy volviendo), son muy plausibles y son intelectual y emocionalmente convincentes… Es aterrador, porque si bien pude convencerme de la posibilidad e incluso de la probabilidad de la religión, ésta no me gusta para nada: sus 613 mandamientos, su puritanismo, su conservadurismo político y su filosofía de 'los judíos primero'. Por otro lado, si es la verdad, no seguirla implica darle la espalda a la verdad".

Él decidió posponer su regreso hasta fines de julio...

Inmediatamente llamé a mis padres. Mi madre pensó que yo era una alarmista. Mike no podía ser serio respecto a la religión, era algo demasiado alejado de la forma en que había sido educado. "No escribe Dios, sino D-os. Hay una ley religiosa respecto a que no se puede destruir un papel en el cual esté escrita la palabra Dios", les dije.

Dos semanas más tarde, mis padres recibieron otra carta: "No les escribí porque me cuesta describir lo que está ocurriendo. Cada vez me siento más atrapado en una religión cuya verdad no puedo negar… Nunca me dediqué demasiado a pensar sobre la existencia de Dios. Mis experiencias con LSD me dejaron (al igual que a Ellen) con la idea de que hay 'algo' más allá, pero nunca pensé que se lo pudiera conocer o explicar (o si es explicable, obviamente más en términos de experiencias místicas y budismo que como el 'Dios de nuestros Padres' del judaísmo). Pero el tiempo que pasé aquí me obligó a aceptar qué es lo que puede ser ese 'algo'… No me estoy volviendo loco pensando en Jesús, no llegué a esto a través de ningún momento de iluminación ni por el deseo de ser parte de un grupo. Ha sido un proceso intelectual (contra el cual todo el tiempo he luchado emocionalmente), y nada me gustaría más que rechazarlo. Pero simplemente no creo que pueda hacerlo. La última 'sorpresa' de esta carta es que no puedo irme de aquí a fines de julio. Si acepto esto como la verdad, tengo que tomarme un tiempo para estudiarlo".

La "verdad" que Milke se proponía aceptar era el judaísmo en su forma más extrema y absoluta: el Dios del Viejo Testamento existe; Él ha elegido al pueblo judío para cumplir Su voluntad; la Torá (los Cinco Libros de Moshé y la Ley Oral que elabora sobre ellos) es literalmente la palabra de Dios revelada a los judíos en el Monte Sinaí; la creación, los milagros de Egipto y otros eventos bíblicos de hecho ocurrieron; las leyes de la Torá, que se basan en 613 mitzvot (mandamientos) y gobiernan todos los aspectos de la existencia, deben obedecerse en cada detalle; son eternos e inmutables.

Mis padres tuvieron el mismo primer impulso: "Vamos a Israel a buscarlo para traerlo a casa". Mi padre ya estaba por salir a comprar los pasajes de avión cuando se miraron y decidieron que su reacción era exagerada. Mi propia reacción fue una especie de pavor primigenio. En mi universo, las personas inteligentes y sensatas que crecieron en hogares seculares durante la segunda mitad del siglo XX, no aceptaban el fundamentalismo bíblico, mucho menos llegaban a él a través de un "proceso intelectual". Mi hermano era sumamente inteligente, siempre pareció ser una persona sensata. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo?

* * *

Mi padre es un teniente de policía jubilado. Mi madre es ama de casa. Ellos se casaron durante la Depresión, y ahora viven en una casa con la hipoteca ya pagada en un barrio de clase media modesta en Queens, Nueva York. Tienen educación universitaria, una mentalidad literaria y políticamente son liberales. Yo soy la mayor de sus tres hijos. La segunda es mi hermana, una estudiante de posgrado de lingüística. Mike es el menor. Mike y yo nacimos en diciembre, con nueve años de diferencia, casi el mismo día. La coincidencia de nuestros cumpleaños es una de las muchas semejanzas que compartimos. Si el prospecto de que Mike se convierta en un judío ortodoxo fue aterrador, no se debió sólo a que él sea mi hermano, alguien a quien amo, sino que siento casi una identificación mística con Mike. Nuestras fotos de cuando éramos bebés son casi idénticas, y aunque ahora Mike es más alto y más delgado que yo, teníamos la misma piel clara, el cabello castaño rizado y ojos verdes astigmáticos y somnolientos. Éramos (no porque yo crea en esas cosas, pero de todos modos…) típicos sagitarianos: analíticos, preocupados por las palabras y las ideas. Teníamos una tendencia a reprimir los sentimientos; nuestra confianza intelectual convivía con la inseguridad emocional y una tendencia a la depresión.

Me fascinaba la idea de que Mike era lo que yo hubiera podido ser de haber sido un hombre, el último en nacer en vez del primero, un niño de los setenta y no de los sesenta. Me preguntaba cuánto nuestras diferencias se debían a nuestras circunstancias más que a nuestras naturalezas básicas. Porque obviamente había diferencias. Mike era mucho más reservado que yo; era muy raro que él hablara de sus sentimientos, de sus problemas o de sus relaciones. Yo era más mundana, más dispuesta a competir y a comprometerme con un sistema hostil. Mis amistades eran fundamentales en mi vida; él era, o parecía ser, un solitario.

Las cualidades que compartíamos eran más pronunciadas en Mike, las tendencias opuestas más ocultas. A su lado siempre me sentía un poquito irracional y poco sofisticada. Imaginen esta recurrente escena familiar: mi padre y yo sentados en la cocina, manteniendo una apasionada discusión política. Mi hermano escucha, sin decir ni una palabra. De repente, me pongo en su lugar y siento vergüenza. Escucho todas las medias verdades y las exageraciones retóricas que en la emoción del momento dejé salir de mis labios. Me apena comprender que mi padre y yo caímos en lo mismo, y que mi hermano ya escuchó la misma discusión por lo menos una docena de veces. Estoy segura que Mike piensa que somos ridículos.

Me perturba y me desconcierta el cambio que veo en mi hermano de un escepticismo más riguroso que el mío a una credulidad igualmente extrema. ¿Cómo es posible que cualquiera que esté familiarizado con la obra de cierto judío vienés llegue a creer en el Dios Padre? Lo que me desconcertó todavía más fue la insistencia de Mike respecto a que lo estaban convenciendo contra su voluntad con argumentos irresistibles. Me parecía que su inteligencia crítica sólo podía entrometerse en el camino.

* * *

Como escribió Mike, al usar ácido yo había experimentado ese "algo" que los occidentales comúnmente llaman "Dios", la fuente de toda la verdad, la belleza y el bien. A diferencia de Mike, yo sentí que sabía de qué se trataba. "Así que de esto se trata todo", me había maravillado. "Es tan simple. Tan obvio. Y lo supe todo el tiempo. Simplemente no sabía que lo sabía". Pero cuando "bajé", fue menos obvio. El éxtasis —una palabra que no llega a transmitir un sentimiento tan natural como un deshielo primaveral, tan cómodo como volver a casa— gradualmente desapareció. Yo trataba de explicarlo: "Dios es la realidad, la simple y maravillosa realidad detrás de los conceptos abstractos y los hábitos arraigados de percepción que nos impiden realmente experimentarlo". Y sonaba desesperadamente abstracto incluso para mí misma. Muy pronto, lo que nublaba las puertas de la percepción en la vida ordinaria comenzó a invadir también mis viajes con ácido. Traté de luchar contra ese proceso, persiguiendo obstinadamente el estado de ánimo adecuado, la situación adecuada, y sólo empeoré las cosas. Finalmente, frustrada y desmoralizada, dejé de intentarlo. Toda la experiencia tuvo un profundo y permanente efecto en la forma en que me veía a mí misma y al mundo. Sabía que conectarme con la "Realidad" (no podía llamarlo Dios, para mí esa palabra aludía a un anciano con barba blanca), era lo crucial en la vida, la clave para la libertad, la cordura, la felicidad. Sabía que si lograba establecer la conexión, pensaría: "¡Qué tonta por haberlo olvidado!". Pero no sabía cómo proceder.

Por supuesto que este problema no era algo que sólo me ocurría a mí. Durante miles de años había plagado a los buscadores espirituales. Muchos habían intentado, con mayor elocuencia que yo, expresar lo que aceptaban que era inexpresable. Al reconocer lo inadecuado que es el análisis intelectual, las religiones trataron de evocar la crucial conexión a través de mitos, rituales y reglas de conducta. Pero en definitiva la religión, como el lenguaje, trataba de expresar la verdad en una forma concreta e inevitablemente distorsionada. Si todas las religiones estaban inspiradas por una "Realidad" común, cada una reflejaba la particular cultura, política y limitaciones psicológicas de las personas que la inventaron y que la practicaban. Lo cual llevaba a otro problema. Si entiendes que tu religión sólo es un enfoque imperfecto de la verdad, te quedas afuera de ella, un observador, un crítico. Por otro lado, si realmente lo crees (adorando a un Dios omnipotente, aceptando a Jesús como tu salvador o sometiéndote a un gurú), entonces confundes un grupo de metáforas de la realidad con la "Realidad" misma. Y eso te lleva de regreso al primer paso. ¿O no?

En mi segundo viaje con ácido tuve una increíble visión del nacimiento de Cristo. En una parte de mi mente me había convertido en una de las primeras cristianas, experimentando el éxtasis de la gracia, la redención, la disolución del pecado. Pero en un nivel profundo me mantuve alejada, pensando: "Recuerda que eres judía". Por primera vez tuve una nostálgica idea de cómo debe ser estar comprometido con un poderoso mito. Quizás si tienes fe en que Jesús te salvará, él lo hará. Tal vez, el punto simplemente es dejar de escuchar al observador crítico dentro de mi cabeza, ceder a mi voluntad, tener fe. Y en qué tengo fe no es más importante que si tomo un tren o un autobús para llegar a mi destino.

"¿Supón que tuvieras fe en Hitler?", no pudo evitar objetar mi observador/crítico, ese incontenible maniático. Aun así, parte de lo que estropeó mis viajes ácidos era la duda, susurrando como una serpiente: ¿Qué ocurre si el mundo sin drogas es el correcto y lo que tú piensas que es la "Realidad" es una seductiva alucinación? No podía asentir a la experiencia sin reservas, seguir adonde me llevara. Podía llevarme a la locura. Traté de llegar a un compromiso. Quería aprovechar el éxtasis cuando quisiera y el resto del tiempo ser "normal". Supuse que ese era el mismo impulso que llevaba a los pecadores a la iglesia los domingos, en gran medida con el mismo resultado.

Tenía conciencia de la conexión entre mi escepticismo y mi judaísmo. A fin de cuentas, el judío es el escéptico perenne, el arquetipo del forastero que anhela la redención mientras rechaza los argumentos de los posibles redentores como si fueran aceite de serpiente. ¿Pero qué tenía que ver todo esto con la clase de judaísmo de la que hablaba mi hermano?

* * *

Mike había crecido en el pantano económico y cultural de los años setenta. Aunque siempre fue un excelente estudiante, nunca le gustó la escuela. La universidad le había resultado tan aburrida y sin sentido como la escuela secundaria y antes la primaria. Desde su graduación de la Universidad de Michigan en 1970, con un primer título en chino, había pasado casi la mitad de su tiempo viajando. Sufría de asma recurrente y eso evitó que lo enrolaran en el ejército. Entre sus viajes, regresaba a Nueva York y manejaba un taxi para ganar dinero para su siguiente viaje. Nunca había tenido un trabajo que le gustara. Durante su última estadía en Nueva York había comenzado a escribir artículos sobre Asia, y partió con la idea de escribir más. Había publicado algunos artículos en periódicos, pero nada importante. Además, había tenido una gran decepción: hubo un artículo en el que había trabajado mucho y que en un primer momento había sido aceptado por una revista, pero finalmente lo rechazaron.

Mike también estaba deprimido por lo que ocurría en Camboya y Vietnam. En 1973 había pasado casi dos meses en Camboya y volvió convencido de que tanto como la gente odiaba al corrupto gobierno de Lon Nol, tampoco querían que los norteamericanos partieran y permitieran que los comunistas tomaran el poder. De acuerdo a lo que Mike entendió, ellos querían que los dejaran tranquilos cuidando sus granjas mientras el Khmer Rouge los obligaba a tomar partido y disparaba a los que elegían el lado incorrecto. Ellos eran budistas religiosos, mientras que los comunistas eran antirreligiosos y obligarían a los hombres jóvenes a trabajar en vez de convertirse en monjes. En síntesis, querían retornar a su tradicional forma de vida previa a la guerra, lo que los comunistas destruirían permanentemente. Esas premisas llevaron a Mike a lo que parecía ser una conclusión inevitable: los norteamericanos no debían retirarse. Para alguien que había compartido la postura de izquierda norteamericana respecto a la guerra, este era un cambio inquietante. Él pensó que si había estado equivocado respecto a Camboya, quizás también se había equivocado con respecto a Vietnam. El último otoño, un viaje de regreso a Camboya y dos semanas en Vietnam reforzaron sus dudas.

Mike llegó a Jerusalem después de haber estado viajando durante siete meses. Estaba por volver a casa con inciertas perspectivas de escribir, volver a trabajar en un taxi o algo similar; sin amigos cercanos, aislado en una atmósfera política que daba por obvias las suposiciones que él había descartado y un ambiente general de falta de objetivos post-contracultural. No hacía falta mucha intuición para sospechar que lo que ofrecía el judaísmo tradicional (valores absolutos a los que Mike podía dedicar su vida; un nuevo y emocionante tema de estudio; una comunidad religiosa unida; una estructura social estable y segura) era considerablemente más atractivo. De todos modos, yo no creía que las personas alguna vez hicieran profundos cambios espirituales puramente por razones intelectuales. Tenía que haber sentimientos que Mike no reconocía. No es que eso probara algo respecto a la validez del judaísmo. Un creyente podría argumentar que Mike estaba a la deriva porque no había encontrado a Dios, que su infelicidad de hecho era la manera en que Dios lo conducía a la verdad. De todos modos, me preocupaba que estuviera sucumbiendo a una ilusión autoritaria en un intento por resolver sus problemas (o escaparse de ellos).

* * *

Como respuesta a mi pedido de más detalles, Mike envió una carta de siete páginas tipeada a simple espacio. Yo la mastiqué, tomando notas en el margen. Gran parte de la carta se dedicaba a desacreditar la evolución. Su argumento decía que la maravillosa complejidad e interdependencia de todo en el universo, mostraba planificación y propósito y no hubiera podido surgir a través del proceso aleatorio de la selección natural. Las plantas y los animales son máquinas perfectamente construidas. El cerebro se compara con una computadora. Al ver una computadora, tu conclusión obvia es que alguien la construyó de acuerdo con un plan. ("Rampante antropomorfismo", escribí). Cada detalle de la creación tiene un propósito. Por ejemplo, las frutas que están listas para comer (como las manzanas) tienen colores brillantes y tentadores; las verduras que requieren cocción (como las papas), son más monótonas ("¿Qué hay respecto a las setas venenosas?"). Nunca nadie vio una mutación que transformara a una especie en otra. ¿Cómo explica la evolución algo como una serpiente venenosa, cuya supervivencia depende de una combinación de rasgos, cada uno inútil por sí mismo? ¿Primero tuvo lugar el veneno y luego esperó millones de años para tener la capacidad de inyectarlo o viceversa? ¿Y por qué se detuvo la creación; por qué no cobran existencia constantemente cosas nuevas? ("¡Chauvinismo humano!", escribí. "Quién dice que la creación se detuvo, las nuevas formas de vida llevan eones, nosotros ni siquiera podemos ver crecer las plantas").

Respecto a la naturaleza Divina de la Torá, cuando se la estudia en hebreo, junto con los comentarios que fueron escritos virtualmente sobre cada palabra, es difícil creer que semejante profundidad y complejidad pueda haber sido alcanzada por los seres humanos. El judaísmo es una religión con tantas restricciones que los judíos nunca la hubieran aceptado si todo el pueblo no hubiese sido testigo de la revelación. Las profecías bíblicas predijeron el exilio judío, el retorno a Israel y otros eventos históricos. Las profecías eran impresionantes, tenía que admitirlo: "Serán arrancados de la tierra a donde van… y Dios los dispersará entre las naciones… no hallarán tranquilidad y no habrá lugar de descanso para sus pies… Y entonces Dios volverá… y los reunirá…". Y así continuaba. Me empezó a doler la cabeza.

Finalmente, mi hermano llegó al tema que yo había estado esperando y temiendo: las mujeres. El judaísmo ortodoxo ha consagrado como ley divina una ideología supremacista masculina contra la que yo había luchado de una u otra forma durante toda mi vida. Era una religión patriarcal que decretaba funciones separadas para los sexos: los hombres estudiaban, administraban la ley religiosa y ejercían la autoridad pública; las mujeres santificaban el hogar. Que Mike aceptara eso sería una traición (¡enfréntalo!). Ya había tenido el amargo pensamiento: "Tú quieres regresar atrás en el tiempo, encontrar una comunidad donde mamá se siga ocupando de ti. Eres como el resto". Debajo del enojo, estaba el miedo de que mi sensación de una conexión especial con mi hermano fuera una ilusión. Si yo fuera un hombre… si él fuera una mujer… En ese "si..." había una brecha infranqueable.

Mike concedió que, desde un punto de vista secular, el judaísmo le daba al hombre una mejor porción, pero desde una perspectiva religiosa eso no era tan claro. Por un lado, los hombres temerosos de Dios a pesar de tener el poder de oprimir a las mujeres, no lo harían. Y si nuestro propósito en la tierra no es hacer un trabajo interesante o pasar un buen rato, sino acercarnos a Dios, entonces las mujeres tienen ciertas ventajas. Ellas tienen que cumplir menos mandamientos, tienen menos oportunidades de pecar, y al tener hijos pueden entender más fácilmente a Dios.

"El poder de oprimir es opresivo", escribí en el margen. "El poder corrompe al hombre más santo. La exención de responsabilidades es un insulto implícito". Sin embargo, comprendí que en definitiva mis objeciones eran irrelevantes. Este Dios, si Él realmente existió, había elegido crear una jerarquía de sexos. Sin duda Él tenía algún propósito en mente, alguna prueba espiritual, quizás una lección para conquistar el orgullo. Podía parecer injusto, pero en última instancia debía ser para bien… y yo nunca podría creer en ese Dios, nunca, si violaba mi más segura sensación de lo que era la "Realidad". Cuando te conectabas allí, no había jerarquías, divisiones, roles; todo eso era parte de la cáscara que se caía. "¡Yo soy la vanguardia de la revolución!", había gritado drogada con ácido, mientras escalaba por el sendero de una montaña seguida por dos hombres que verdaderamente eran mis pares, nuestras máscaras de miedo de la batalla de los sexos desechadas en algún lugar del camino. Más tarde habría malentendidos, pero esa era otra historia.

No, yo no podía creer en el Dios judío. Él había sido creado por los hombres que buscaban una racionalización para sus privilegios. Él había sido inventado por personas que querían reducir una "Realidad" inefable a términos que ellos pudieran entender, a un "Creador" casi humano con un "plan" y un "propósito", que se mantenía fuera del universo y lo creaba tal como un carpintero crea una mesa.

* * *

En agosto, mis padres fueron a visitar a Mike a Jerusalem. Él seguía viviendo y estudiando en la Ieshivá Aish HaTorá. Una ieshivá es una escuela donde los judíos estudian Torá. Esta también funcionaba como una pequeña comunidad religiosa. Esta ieshivá ocupaba un modesto edificio (una sala de estudio común, algunas aulas, una biblioteca, una oficina para el rabino) en la sección judía de la Ciudad Vieja. Varios departamentos cercanos servían como dormitorios. Aish HaTorá (el nombre significa "el fuego de la Torá") es una ieshivá para angloparlantes dirigida por Nóaj Weinberg, un rabino de Nueva York. La mayoría de sus estudiantes (en ese momento había alrededor de 25) eran jóvenes norteamericanos; la mayoría habían sido turistas que estaban de paso. Mike tomaba cursos de Jumash (los Cinco Libros de Moshé), Mishná (la codificación escrita de la Ley Oral), halajá (la ley judía), hebreo bíblico y Los 48 caminos a la sabiduría (charlas del rabino Weinberg sobre ideas judías respecto al estudio). En la semana, su cronograma comenzaba a las siete de la mañana con una hora de plegarias antes del desayuno. Por lo general tenía clases y horas de estudio desde las 9:00 hasta las 13:00, luego el almuerzo y 20 minutos de plegaria de la tarde, clases y estudio desde las 15:00 hasta las 19:30, cena, la plegaria nocturna desde las 20:30 hasta las 21:00, y más clases hasta las 22:00. Normalmente él estudiaba hasta las 23:30. Durante la visita de papá y mamá, él se tomó un poco de tiempo libre en la tarde y en la noche.

Mis padres, cada uno a su manera, habían estado luchando para llegar a aceptar la "conversión" de Mike. Mi madre se consideraba a sí misma en cierto sentido religiosa. Ella creía en Dios, incluso creía que Dios había entregado la Torá. Pero no podía ver que Dios esperara que nosotros observáramos todas esas regulaciones. ¿No era suficiente con ser una buena persona? Característicamente, ella estaba concentrada en preocupaciones prácticas. ¿Mike estaba feliz? ¿La religión le daría lo que él tanto necesitaba, algo satisfactorio que hacer con su vida?

Mi padre era el hijo de un rabino ortodoxo, pero durante toda su vida adulta había equiparado el racionalismo y la tolerancia religiosa con el iluminismo. Su héroe intelectual había sido Clarence Darrow, defendiendo a Scopes y la evolución en contra de Bryan y los sabios fundamentalistas. Que su hijo rechazara esos valores era un golpe muy doloroso. Pero su respeto por la mente de Mike, y sin duda también por la lógica de su propia creencia en la tolerancia, llevó a que se viera obligado a reexaminar sus actitudes. Él llegó a Jerusalem dispuesto a escuchar.

El viaje fue reconfortante. Mike parecía más feliz, más relajado, más seguro de sí mismo. Disfrutaba de sus estudios. "Está diferente", me dijo mi padre. "Tiene mayor vibración emocional. Nunca antes lo vi tan entusiasmado". Yo mantenía mi escepticismo. El entusiasmo de Mike podía ser una especie de fachada maniática. Yo seguía trabajando en mi respuesta a su larga carta, debatiendo si debía mencionar mis escrúpulos respecto a sus motivos. Desde un punto de vista, Mike estaba haciendo algo increíblemente valiente, incluso heroico: en su búsqueda de la verdad, se alejaba de los valores y las suposiciones de su familia, de sus compañeros, de la sociedad norteamericana y de todo el Occidente posterior a la Ilustración. Para mí, mencionar la psicología sería agregar cualquier influencia que pudiera tener a la enorme presión de la sabiduría convencional a la que Mike probablemente ya tenía suficientes problemas para resistir. Y también estaba mi vieja pregunta religiosa: incluso si el judaísmo confundía su metáfora central con la verdad absoluta, ¿podía llegar a funcionar para Mike si él lo creía? El judaísmo, me recordé a mí misma, era una disciplina espiritual que había sido practicada durante más de 3.000 años. La psicoterapia había existido menos de cien años, con resultados no conclusivos.

Yo llevaba tres años trabajando con un terapeuta reichiano (psicoterapia corporal). Buscaba aliviarme de problemas emocionales específicos, pero mi mayor problema espiritual seguía acechando desde el fondo de mi mente. A fin de cuentas, ¿qué eran los problemas emocionales sino formas o metáforas de la desconexión? El método reichiano se basa en la premisa de que las tensiones musculares retienen las emociones reprimidas que el terapeuta puede liberar atacando directamente la "coraza" corporal, sin pasar por el intelecto traicionero. Yo creía que este enfoque funcionaba; me había ayudado mucho. Sin embargo, no podía proclamar milagros, sólo que lentamente había llegado a sentirme mejor, a ver con más claridad. Pero en base a lo que sabía, mi hermano podía llegar más lejos con el judaísmo.

Aún así, ¿supongamos que Mike realmente estaba atrapado, no por argumentos sino por sus emociones? Supongamos que si saco a relucir mis preocupaciones puedo ayudarlo, con lo que me refiero a salvarlo. Porque a pesar de mi convicción teórica de que todos tenemos que buscar la verdad a nuestra manera, esperaba, con una pasión culpable, que Mike se alejara de ese camino en particular, que se despertara una mañana y se preguntara: "¿Qué hago acá?", y regresara a casa. Decidí decir lo que tenía que decir. Para mí, Freud estaba mucho más cerca que Darwin del meollo del asunto.

* * *

II. EL ESPEJO

En Norteamérica, la mayor parte del tiempo me sentía infeliz y aburrido. No podía encontrar lo que quería hacer ni gente con la que quisiera estar. Se suponía que uno debía ser muy moderno y por dentro yo no lo era. No me identificaba con las personas modernas ni disfrutaba estar con ellas. No podía encontrar a dónde pertenecía. Viajar era mi escape. Pasaba por mucha podredumbre y aburrimiento en pos de algunos períodos de felicidad, experiencias que realmente me sacaban de mí mismo, como caminar por el Himalaya.

Cuando llegué de Jordania a Israel, estaba sumamente cansado y quería volver a casa. No me quedaba mucho dinero. Había una jovencita con la que quería volver a encontrarme, aunque no tenía ninguna razón para pensar que ella quisiera verme. Realmente extrañaba volver a casa. Pero sentí la responsabilidad de ver algo nuevo. Fui con la persona de la ieshivá buscando una experiencia interesante. Rav Nóaj me dijo lo habitual: "Quédate aquí por una semana. Si no conociste una ieshivá, no has conocido Israel". Tuvimos una gran discusión política. Yo dije que las cosas se veían mal para Israel y que lo único razonable que podían hacer era devolver las tierras ocupadas y hacer la paz. Hablamos sobre la prueba del imperativo moral respecto a la existencia de Dios. Rav Nóaj me preguntó de dónde adquir&iac



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