El pueblo judío está desgarrado, pero es inquebrantable

19/10/2025

3 min de lectura

En el segundo funeral de Daniel Perez, fui testigo de la mayor paradoja de nuestro pueblo: devastado pero resiliente; desgarrado, pero no destruido.

De pie en Har Herzl, en una fresca noche de Jerusalem, presencié algo que desafía toda explicación: un pueblo simultáneamente destrozado e inquebrantable.

¿Cómo sigue adelante la nación judía?

Estaba en el funeral del Capitán Daniel Perez, junto a miles que se reunieron en el Monte Herzl. Pero no era un funeral cualquiera: era el segundo funeral, una realidad tan cruel que parece imposible comprenderla.

Durante meses después del 7 de octubre, su familia se aferró a la esperanza de que estuviera vivo. Luego llegó la devastadora notificación de su muerte. Aun así, esperaron (con esperanza, con plegarias) que su cuerpo fuera devuelto para poder sepultarlo con dignidad. Esta noche, por fin, pudieron despedirse.

Pero el momento que me quebró (y a todos los presentes) fue cuando llegó Matan Angrest. Uno de los 20 rehenes recientemente liberados del cautiverio. Él se presentó junto a la tumba de su comandante, frágil, pálido, apenas capaz de caminar tras su calvario en Gaza. Pero aun así, allí estaba. De pie, presente, honrando al hombre que lo había guiado. Matan habló brevemente, pero con valentía. Dijo: “No puedo creer que yo haya logrado llegar. Esto es lo mínimo que podía hacer por Daniel y por todo el equipo… Mi comandante siempre será mi comandante, hasta el día en que muera. Irás conmigo hasta mi último día, y también en el Mundo Venidero”.

¿Cómo puede uno comprender tanta fortaleza?

Entonces miré a mi izquierda y vi algo igualmente profundo. Un hombre común entre la multitud… solo que no era común en absoluto. Era Jon Polin, el padre de Hersh Goldberg-Polin, uno de los rehenes que no logró salir con vida de Gaza. Estaba allí, con el corazón arrancado por una pérdida inimaginable, sosteniendo físicamente a otra familia en duelo, ayudándoles a sobrellevar su pena.

No quedó un solo ojo seco en la multitud.

En todos mis años estudiando Psicología Positiva, una ciencia que se enfoca en la resiliencia, la esperanza y el sentido de la vida, no hay datos, ni investigaciones, ni marco teórico que expliquen la magnitud de lo que presencié esa noche. Los libros hablan de crecimiento postraumático, de encontrar sentido en el sufrimiento, de la capacidad humana de resiliencia. Pero ante esto, guardan silencio. Lo que vi trasciende todo modelo y toda medida que hayamos desarrollado para entender la fuerza humana.

La dicotomía era impresionante, en el sentido más literal de la palabra: inspiraba asombro, admiración, reverencia. Una nación puesta de rodillas por el dolor, pero que de algún modo se erguía más alta que nunca. Rota, pero negándose a quebrarse. Llorando, pero sin perder la esperanza. Sepultando a sus muertos mientras abraza a los vivos que han regresado.

Esta es la paradoja del pueblo judío que nos ha sostenido durante milenios. Lloramos profundamente, auténticamente, sin contención. Sin embargo, no nos rendimos ante la desesperación. Asistimos a segundos funerales por nuestros héroes caídos. Vemos a rehenes demacrados tambalearse para honrar a sus comandantes. Vemos a padres que perdieron a sus hijos consolar a otras familias en duelo.

Y de algún modo, contra toda lógica, seguimos adelante.

Porque eso es lo que Daniel habría querido. Eso es lo que Hersh habría querido. Eso es lo que esta nación siempre ha hecho: nos sostenemos unos a otros cuando mantenerse en pie parece imposible. Encontramos fortaleza no a pesar de nuestra ruptura, sino a través de ella.

Al dejar Har Herzl esa noche, llevé conmigo dos sentimientos que no deberían coexistir, pero que de algún modo coexisten en el corazón judío: una profunda tristeza y un profundo orgullo. Tristeza por todo lo que hemos perdido. Orgullo por quiénes somos ante lo impensable.

Así es como esta nación sigue adelante: juntos, desgarrados pero inquebrantables, apoyándonos unos a otros en lo insoportable hasta que, de algún modo, se vuelve soportable.

Que el recuerdo de Daniel sea una bendición. Que todos nuestros caídos sean recordados.

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Efraim Mendelovici
Efraim Mendelovici
5 meses hace

Boric no dejó ningun legado. Su recuerdo será tan espureo como un gas emitido del cuerpo

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