El rabino que se negó a prosternarse en Irán

20/07/2025

9 min de lectura

En Teherán, durante la revolución de 1979, la fe de un rabino salvó vidas y desafió a la tiranía.

1979 fue un año de profundos cambios y agitación en las calles de Irán. El país estaba inmerso en una Revolución islámica que derrocó a la monarquía secular apoyada por Occidente, encabezada por el Sha Mohamad Reza Pahlavi. Tras meses de protestas masivas y agitación política, el Sha huyó del país a principios de ese año, dejando un vacío de poder. En ese vacío entró el ayatolá Ruhollah Jomeiní, una figura enigmática previamente exiliada, que llegaría a moldear el destino del Medio Oriente durante décadas.

El regreso de Jomeiní del exilio en Francia y su ascenso al poder como “líder supremo” electrificaron a la nación. Su llegada marcó no sólo una agitación política, sino también el establecimiento de un nuevo régimen teocrático. El fervor revolucionario pronto se tornó caótico: facciones armadas luchaban por el control de las ciudades, tribunales revolucionarios ejecutaban sumariamente a funcionarios del régimen anterior, y las protestas antiestadounidenses se intensificaban, alimentadas por la ira debido a que Estados Unidos había otorgado asilo al depuesto Sha.

El 4 de noviembre de 1979, revolucionarios iraníes y grupos estudiantiles irrumpieron en la embajada estadounidense en Teherán, tomando como rehenes a 52 diplomáticos y ciudadanos estadounidenses. Entre los cautivos había tres judíos estadounidenses: Barry Rosen, Michael Metrinko y Jerry Plotkin. Durante las negociaciones entre el gobierno de los Estados Unidos y el nuevo régimen iraní, los mediadores de la ONU propusieron que clérigos extranjeros pudieran visitar a los rehenes durante las festividades, verificar su bienestar y entregarles cartas de sus familias.

Los iraníes sugirieron a Rav Abraham Mordejai Hershberg, entonces Gran Rabino de México, para que actuara como representante judío en Teherán.

La primera delegación aprobada para esta misión humanitaria incluyó a dos ministros protestantes estadounidenses y dos sacerdotes católicos, uno de Estados Unidos y otro de Argelia. Posteriormente, varias organizaciones judías abogaron por incluir a un rabino en una segunda delegación para brindar apoyo espiritual a los rehenes judíos. Las autoridades iraníes accedieron, con la condición de que el rabino no fuera estadounidense ni israelí, y que estuviera acompañado por clérigos cristianos de países del Medio Oriente.

Rav Abraham Mordejai Hershberg, entonces Gran Rabino de México, fue seleccionado, a sugerencia de las propias autoridades iraníes, como el representante judío en Teherán.

¿Por qué un rabino de México? 

La elección de Rav Hershberg no fue accidental. Mientras que los clérigos cristianos elegidos procedían de Siria y Líbano, el régimen del ayatolá buscaba evitar cualquier apariencia de vínculo directo con instituciones judías israelíes o estadounidenses, que pudieran tener lazos con el gobierno de Israel. Al invitar a un líder rabínico respetado de México, un país sin compromisos políticos directos en el Medio Oriente, Irán proyectaba una postura más neutral en su trato con la fe judía. Esta estrategia les permitió abordar preocupaciones religiosas y humanitarias sin comprometer su ideología revolucionaria.

Rav Abraham Mordejai Hershberg, un sobreviviente del Holocausto nacido en Polonia y renombrado erudito de la Torá, ejercía entonces como Gran Rabino de México. Era ampliamente admirado por su vasto conocimiento, elocuencia e inquebrantable identidad judía. Aunque la comunidad judía de México era relativamente pequeña, vibraba espiritualmente y Rav Hershberg era su guía principal. Su influencia se extendía mucho más allá de México; era conocido en círculos diplomáticos y judíos, y mantenía una estrecha relación con el Rebe de Lubavitch, quien lo había alentado en esta misión.

El hecho de que no fuera estadounidense y hablara español le daba una apariencia de imparcialidad ante el régimen iraní, al tiempo que le permitía atender las necesidades espirituales de los rehenes judíos. Poco antes de Janucá de 1979, Rav Hershberg llegó a Teherán, visitó la embajada de Estados Unidos y pasó tiempo con los tres rehenes judíos. Juntos encendieron las velas de Janucá, cantaron y bailaron—un momento poderoso y emotivo que trajo luz en medio de la oscuridad del cautiverio. Su visita ofreció esperanza, solidaridad y fortaleza espiritual en un momento crítico.

El momento de la verdad: los rezos del viernes en Teherán

Al día siguiente de la visita a la embajada de los Estados Unidos, los clérigos fueron invitados a asistir a las plegarias masivas del viernes en un espacio abierto dentro de la Universidad de Teherán, donde estaría presente el propio ayatolá Jomeiní. Para la delegación judía, esto representaba un dilema halájico importante. La plegaria congregacional islámica implica prosternación completa (inclinarse y tocar el suelo con la frente), un gesto estrictamente prohibido en el judaísmo salvo en ciertas ocasiones durante las Altas Fiestas, y únicamente en el Templo de Jerusalem.

Rav Abraham Mordejai Hershberg permaneció de pie, negándose a inclinarse, aunque sus colegas cristianos sí lo hicieron.

Ese viernes, cientos de miles de fieles se congregaron en una inmensa manifestación de devoción. Al sonar el llamado a la oración, la multitud se inclinó al unísono hacia Jomeiní. En medio de este momento poderoso, Rav Hershberg se mantuvo erguido, sin inclinarse, aunque sus colegas cristianos sí lo hicieron.

Su silencioso acto de desafío evocó un poderoso paralelo histórico: en la antigua Persia, otro Mordejai también se había negado a inclinarse ante un hombre poderoso, Hamán. Ahora, en el Irán moderno, Rav Hershberg se mantenía firme ante otra figura imponente, encarnando el compromiso judío con la fe y los principios.

Un clérigo visiblemente irritado se le acercó y exigió: “¿Por qué no mostró respeto? ¿Por qué no se inclinó como los demás?”

Rav Hershberg explico que su negativa no era un insulto, sino que se debió a la ley judía y a su convicción personal. El clérigo le dijo: "El ayatolá solicita su presencia".

Con calma y sin provocación, Rav Hershberg explicó que su negativa no era un insulto, sino el resultado de la ley judía y su convicción personal. Señaló que no entendía el árabe que se hablaba, y que cualquier gesto externo de sumisión no sólo estaría vacío de significado, sino que, según la ley judía, potencialmente era idolátrico.

El clérigo, aunque inicialmente se marchó enfadado, regresó momentos después con un mensaje asombroso: “El ayatolá solicita su presencia”.

Una audiencia inesperada con el ayatolá Jomeiní

Rav Hershberg comprendió la gravedad del momento. Con una plegaria silenciosa en los labios, aceptó su destino y fue llevado ante uno de los líderes más poderosos —y temidos— del mundo.

Para su sorpresa, el ayatolá Jomeiní lo recibió con un respeto inesperado. Volviéndose hacia un traductor, Jomeiní habló en persa: “Agradezcan al rabino por no fingir ser lo que no es. Respeto que haya permanecido fiel a su fe y que no se inclinara como los demás.”

“Agradezcan al rabino por no fingir ser lo que no es. Respeto que haya permanecido fiel a su fe y que no se inclinara como los demás”.

Rav Hershberg respondió sin titubeos: “Nuestra Torá nos ordena: ‘No te posternarás’. No podía, en conciencia, participar de un acto que ni entendía completamente ni en el que creía”.

Jomeiní asintió y replicó: “Eso puedo respetarlo. Un hombre debe seguir su fe. Ese es el camino de los justos”.

Percibiendo una rara oportunidad divinamente orquestada, Rav Hershberg actuó de inmediato. Al darse cuenta de que había ganado el favor del ayatolá, pidió una audiencia más larga para discutir el bienestar de la comunidad judía de Irán. Jomeiní aceptó e instruyó a su hijo, Ahmed, para que organizara una reunión posterior en Qom—el corazón espiritual del islam chiita.

El momento evocaba otro episodio de la historia judía: como la reina Ester que halló gracia ante el rey Ajashverosh y pidió una segunda audiencia, el rabino Hershberg se presentó ante el gobernante de un imperio persa moderno para abogar por su pueblo.

Abogar por los judíos iraníes

En la reunión subsiguiente en Qom, Rav Hershberg planteó varias preocupaciones urgentes sobre el bienestar de la comunidad judía de Irán. En ese momento, Irán albergaba a cerca de 100,000 judíos—la población judía más grande del mundo musulmán. Los judíos vivían en Persia de forma continua desde el exilio babilónico, hace más de 2,500 años, siendo la comunidad judía más antigua ininterrumpida en existencia. Antes de la revolución, gozaban de relativa libertad, con muchos ocupando cargos destacados en negocios, medicina y otras profesiones.

Sin embargo, en medio del caos revolucionario, la situación cambió drásticamente. Miembros de la Guardia revolucionaria comenzaron a confiscar objetos religiosos con la Estrella de David, asociando erróneamente este símbolo ancestral con el Estado moderno de Israel. Durante la reunión, el rabino explicó que la Estrella de David era un emblema sagrado de la identidad judía, profundamente enraizado en la historia y totalmente ajeno a afiliaciones políticas contemporáneas.

Impresionado por su explicación, Jomeiní accedió a emitir directivas que permitieran a los judíos conservar sus símbolos religiosos sin interferencias. Rav Hershberg también logró concesiones importantes, como el permiso para usar vino en el Shabat y las festividades (a pesar de la prohibición islámica del alcohol) y una exención que permitía a los judíos asistir a los rezos matutinos de Selijot, incluso durante el estricto toque de queda vigente.

Rav Hershberg obtuvo garantías de que los judíos no serían acosados por su identidad religiosa y que podrían practicar el judaísmo abiertamente en la nueva República islámica.

En reuniones posteriores con funcionarios iraníes, le aseguraron a Rav Hershberg que los judíos no serían perseguidos por su religión y que podrían seguir practicando abiertamente el judaísmo. En conversaciones privadas, recordó a los líderes de Irán la presencia judía en Persia desde los tiempos del rey Ciro y la reina Ester. No apeló a intereses políticos, sino a la historia compartida y al respeto mutuo, encarnando el principio de Darjei Shalom — los caminos de la paz.

A través de estos esfuerzos incansables, Rav Hershberg protegió no sólo la seguridad material, sino también la continuidad espiritual de la comunidad judía iraní durante uno de los momentos más volátiles de su historia.

Impacto humanitario

Aunque la vida judía en Irán se preservaba gracias a los esfuerzos diplomáticos de Rav Hershberg, muchos judíos seguían sintiendo aprehensión ante la perspectiva de vivir bajo una teocracia islámica. A pesar de cierto grado de tolerancia religiosa logrado mediante su intervención, la situación en el terreno seguía siendo precaria. Numerosos negocios de propiedad judía, especialmente en los sectores de manufactura y comercio exterior, estaban siendo confiscados por el gobierno revolucionario. Tras el caos de la revolución y el estallido de la guerra entre Irán e Irak (que se prolongaría durante toda la década de 1980) decenas de miles de judíos iraníes sintieron la necesidad de huir del país de forma permanente.

Aunque Rav Hershberg trabajaba para garantizar que los judíos pudieran vivir y practicar su fe con libertad dentro de Irán, también utilizó su buena relación con las autoridades para organizar silenciosamente esfuerzos de rescate para quienes deseaban irse. Alentado por figuras como el Rebe de Lubavitch, Rav Ovadia Iosef, el Gran Rabino de Israel y diversas organizaciones judías estadounidenses, Rav Hershberg colaboró con el rabino y líder comunitario de Teherán, Iedidia Ezrahian, para coordinar rutas de escape discretas para los judíos iraníes.

En aquel momento, técnicamente los judíos tenían permiso legal para emigrar, pero enfrentaban enormes obstáculos burocráticos, acoso y el riesgo de que sus propiedades fueran confiscadas. Aunque en teoría el régimen permitía la emigración judía, sólo emitía pasaportes a un solo miembro de cada familia a la vez, una política calculada para evitar un éxodo masivo como el que había ocurrido en otros países árabes en décadas previas. Para la República islámica, mantener una población judía visible servía como herramienta de propaganda para contrarrestar acusaciones de opresión religiosa y distanciarse del sionismo.

Mediante negociaciones cuidadosas, Rav Hershberg ayudó a garantizar que los judíos pudieran seguir reuniéndose en las sinagogas, conservar sus objetos religiosos y sostener cierta vida comunitaria, al mismo tiempo que se preparaban discretamente para partir. Dado que muchas familias carecían de documentación completa de viaje, se vieron obligadas a huir por tierra a través de pasos montañosos peligrosos y terrenos desérticos, dependiendo a menudo de contrabandistas pagados para llegar a países vecinos, principalmente Turquía y Pakistán. Desde allí, organizaciones judías internacionales como el Joint Distribution Committee (JDC) y la Hebrew Immigrant Aid Society (HIAS) facilitaron puentes aéreos hacia Austria, donde los refugiados recibían refugio temporal y ayuda para obtener visas con destino a los Estados Unidos, Israel o partes de Europa. Con el tiempo, comenzaron a formarse en la diáspora prósperas comunidades de judíos persas.

Circulaban rumores de que el rabino podía estar vinculado con intereses de inteligencia occidentales, e incluso actuar como agente del Mosad.

Algunos de los esfuerzos de rescate también implicaban transferencias discretas de fondos fuera de Irán para apoyar a las familias que huían, actividades que eventualmente pusieron a Rav Hershberg bajo el escrutinio de las autoridades iraníes. A pesar de los riesgos, su doble misión (proteger a quienes se quedaban y ayudar a quienes se iban) ayudó a preservar la dignidad, la seguridad y el futuro del judaísmo iraní durante uno de sus capítulos más turbulentos.

Señalado como espía

En la atmósfera volátil del Irán posrevolucionario, la sospecha y la paranoia eran omnipresentes, especialmente hacia los extranjeros. A pesar del éxito inicial de Rav Hershberg abogando por la comunidad judía y de sus relaciones positivas con el liderazgo iraní, su permanencia en Teherán comenzó a atraer una atención peligrosa. Circulaban rumores de que el rabino, una figura religiosa extranjera con amplias conexiones internacionales, podía estar vinculado a intereses de inteligencia occidentales, o incluso actuar como agente del Mosad. Sus reuniones privadas con el ayatolá Jomeiní y su contacto con otras figuras revolucionarias sólo intensificaron estas sospechas.

A principios de 1980, el éxodo de judíos iraníes comenzaba a hacerse más visible, aumentando la ansiedad del régimen. Las autoridades iraníes, ya profundamente desconfiadas del sionismo, Israel y cualquier influencia occidental percibida, empezaron a sospechar que Rav Hershberg estaba implicado en facilitar esas salidas ilegales. Los Guardianes de la Revolución, cada vez más radicalizados y envalentonados, comenzaron a verlo con creciente desconfianza. El ambiente en torno a él se tornó tenso y hostil.

Consciente del peligro creciente, contactos simpatizantes dentro del gobierno iraní advirtieron en privado a Rav Hershberg que su seguridad ya no podía ser garantizada. Ante la amenaza real de arresto, o algo peor, tomó la dolorosa decisión de abandonar Irán.

Rav Hershberg huyó del país en secreto, escapando por poco de lo que pudo haber sido una tragedia.

Con la ayuda de intermediarios locales, Rav Hershberg huyó del país en secreto, escapando por poco de lo que pudo haberse convertido en una tragedia. Su abrupta partida marcó el final de un capítulo valiente y peligroso en la defensa del pueblo judío, y subrayó tanto la volatilidad del fervor revolucionario como el frágil equilibrio que él había mantenido a lo largo de su misión.

Legado y lecciones

Aunque la Revolución iraní trajo cambios radicales y a menudo represivos, y aunque la gran mayoría de los judíos iraníes finalmente emigraron, una pequeña pero resiliente comunidad judía permanece en Irán hasta el día de hoy. Su supervivencia continua se debe en gran medida a momentos como este, cuando un rabino solitario de México se mantuvo firme frente a una inmensa presión política y espiritual. La presencia de Rav Abraham Mordejai Hershberg en Irán en 1979 es mucho más que una nota al pie en los libros de historia; es un testimonio poderoso de los valores eternos del pueblo judío.

En un tiempo de caos y extremismo, él sostuvo los principios de fe, dignidad y paz. Sin armas, ejércitos ni influencia política, enfrentó el miedo con sabiduría y el prejuicio con claridad moral. Su historia es un recordatorio de que incluso en los tiempos más oscuros, la convicción de una sola persona puede marcar la diferencia—no solo para su comunidad, sino como ejemplo para las generaciones futuras.

Como declaró el profeta Zacarías: “No con ejército ni con fuerza, sino con Mi espíritu, dice el Señor de los Ejércitos” (Zacarías 4:6).


Fuentes:

  1. https://www.zmanmagazine.com/PDF/Z51%20Iran.pdf
  2. https://www.bneyemunim.co.il/wp-content/uploads/2020/07/pinchas_a.pdf
  3. https://crownheights.info/chabad-news/767674/heres-my-story-the-great-persian-escape/
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Cesar
Cesar
6 meses hace

Hombre de convicción, un gran Rabino

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