El rabino y el profesor, una historia para Iom Hazikarón

20/04/2026

6 min de lectura

Una historia real para Iom Hazikarón, el día de conmemoración de los caídos en Israel.

Hace muchos años, cuando yo era un estudiante de ieshivá relativamente joven, tuve la oportunidad de estudiar con uno de los grandes rabinos de la generación anterior. Su nombre era Rav Israel Zeev Gustman, y probablemente fue uno de los más grandes rabinos del siglo XX. Sin duda fue el rabino “desconocido” más grande. Aunque él evitaba cuidadosamente ser el foco de atención y por eso no era conocido por el público general, era bien conocido por los conocedores del estudio de la Torá.

Su ascenso meteórico de niño prodigio a la exaltada posición de juez religioso en el tribunal rabínico de Rav Jaim Ozer Grodzinski, cuando tenía alrededor de 20 años, fue materia de leyenda. Pero fue real. Muchos años después escuché la modesta versión del propio Rav Gustman sobre los acontecimientos que llevaron a ese nombramiento: una singular (brillante) idea que compartió con sus compañeros fue luego repetida ante Rav Jaim Ozer, quien lo invitó a repetirla al día siguiente en su oficina en Vilna. Sin que el joven Gustman lo supiera, esa idea resolvió un argumento en un caso complejo que había sido debatido entre los jueces del tribunal de Rav Jaim Ozer, y permitió que una mujer pudiera volver a casarse.

Uno de los jueces del caso en cuestión, Rav Meir Bassin, investigó sobre este joven, y pronto se arregló un matrimonio con su hija Sara. Cuando Rav Bassin falleció antes de la boda, Rav Gustman fue llamado a ocupar su lugar como rabino de Shnipishok y a ocupar su lugar en el tribunal. Aunque Rav Gustman decía que simplemente estaba “en el lugar correcto en el momento correcto”, estaba claro que Rav Bassin y Rav Jaim Ozer habían visto grandeza en ese joven.

#Rav Gustman escapó, aunque no ileso. Se escondió entre cadáveres y en un chiquero de cerdos. De alguna manera, sobrevivió.

Aunque se podía haber esperado una larga y productiva carrera en los alrededores de Vilna, la vida judía en esa región fue aniquilada por la Segunda Guerra Mundial. Rav Gustman escapó, aunque no ileso. Se escondió entre cadáveres. Se escondió en cuevas. Se escondió en un chiquero de cerdos. De alguna manera, sobrevivió.

Para mí, Rav Gustman era el vínculo vivo con el mundo judío destruido por los nazis. Nunca tuve que imaginar cómo era un rabino en Vilna antes de la guerra, porque había visto a Rav Gustman 35 años después de la guerra. Al frente de una pequeña ieshivá en el barrio de Rejavia en Jerusalem, Rav Gustman enseñaba a un pequeño grupo de estudiantes fieles seis días a la semana. Pero los jueves al mediodía, la sala de estudio se llenaba: rabinos, intelectuales, jueces de los tribunales religiosos, un juez de la Corte Suprema y varios profesores acudían para una clase avanzada de Talmud que permitía sentir el sabor de lo que casi había sido destruido. Cuando Rav Gustman daba su clase, Vilna volvía a estar viva.

Uno de los participantes regulares era un profesor de la Universidad Hebrea, Robert J. (Israel) Aumann. En un momento había sido un prometedor estudiante de ieshivá que eventualmente optó por seguir una carrera académica, pero era meticuloso en asistir cada semana a la clase de Rav Gustman junto con muchos otros residentes má so menos ilustres de Rejavia y de Jerusalem.

Era el año 1982. Israel estaba nuevamente en guerra. Los soldados eran movilizados, las unidades de reserva activadas. Entre los llamados a filas estaba un soldado de reserva, estudiante universitario y profesor de secundaria: Shlomo Aumann, el hijo del profesor Israel Aumann. En la víspera del 19 de Siván, en un combate particularmente feroz, Shlomo cayó en batalla.

Rav Gustman movilizó su ieshivá: todos sus estudiantes participaron en la mitzvá de enterrar a los muertos. En el cementerio, Rav Gustman estaba agitado. Observó las filas de tumbas de jóvenes soldados caídos defendiendo la Tierra. Al regresar del cementerio, Rav Gustman le dijo a otro pasajero que iba en el auto: “Todos son santos”. Otro pasajero le preguntó: “¿Incluso los soldados no religiosos?” Rav Gustman respondió: “Cada uno de ellos”. Luego le pidió al conductor: “Lléveme a la casa del profesor Aumann”.

La familia acababa de regresar del funeral y ahora comenzaba la semana de shivá, de duelo por su hijo, hermano, esposo y padre. (Shlomo estaba casado y tenía un hijo. Su viuda, Shlomit, dio a luz a su segunda hija poco después de su muerte).

Rav Gustman entró y pidió sentarse junto al profesor Aumann, quien dijo: “Rabino, agradezco su visita al cementerio, pero ahora es momento de que regrese a su ieshivá”. Rav Gustman habló, primero en ídish y luego en hebreo para que pudieran entenderlo todos los presentes:

“Estoy seguro de que usted no lo sabe, pero yo tuve un hijo llamado Meir. Era un niño hermoso. Fue arrancado de mis brazos y ejecutado. Yo escapé. Después cambié los zapatos de mi hijo por comida, pero nunca pude comerla: la di a otros. Mi Meir es un kadosh, es santo. Él y los seis millones que murieron son santos”.

Rav Gustman luego agregó: “Le diré lo que está ocurriendo ahora en el Mundo de la Verdad, en el Gan Eden (el Cielo). Mi Meir está recibiendo a su Shlomo en el minián celestial y le dice: ‘Yo morí porque soy judío, pero no pude salvar a nadie. Pero tú, Shlomo, moriste defendiendo al pueblo judío y la Tierra de Israel’. Mi Meir es un kadosh, es santo, pero su Shlomo es un sheliaj tzibur, un cantor en ese sagrado minián celestial”.

Rav Gustman continuó: “Nunca tuve la oportunidad de sentarme shivá por mi Meir; permítame quedarme un poco más con ustedes”.

El profesor Aumann respondió: “Pensé que nunca podría ser consolado, pero usted Rabino me ha consolado”.

Rav Gustman no dejó que sus dolorosos recuerdos controlaran su vida. Encontró consuelo en sus estudiantes, su hija, sus nietos y en cada niño judío. Él y su esposa solían asistir a una marcha anual (el día de Iom Ierushalaim, el día de Jerusalem), donde los niños marchaban cantando y bailando por Jerusalem. Un Rabino que los vio un año le preguntó por qué dedicaba su valioso tiempo a una actividad tan frívola. Rav Gustman le explicó: “Nosotros, que vimos morir a una generación de niños, nos alegramos al ver una generación de niños que canta y baila en estas calles”.

Un estudiante una vez le pidió a Rav Gustman que compartiera más públicamente y con más frecuencia sus recuerdos del gueto. Él respondió: “No puedo, pero pienso en esos zapatos todos los días de mi vida. Los veo cada noche antes de dormir”.

Rav Gustman falleció el 28 de Siván de 5751 (1991). Miles marcharon por las calles de Jerusalem acompañándolo. Al caer la noche del 29 de Siván, nueve años después de que Shlomo Aumann cayera en batalla, Rav Gustman fue enterrado en el Monte de los Olivos. Estoy seguro de que al entrar en el Cielo, se reunió con su esposa, sus maestros y su hijo Meir. También estoy seguro de que Shlomo Aumann y todos los demás santos soldados que murieron defendiendo al Pueblo y la Tierra de Israel estaban allí para recibir a este extraordinario rabino.

El 10 de diciembre del 2005, el profesor Robert J. Aumann fue galardonado con el Premio Nobel de Economía. Estoy seguro de que llevó consigo a Estocolmo los recuerdos de su difunta esposa Esther y de su hijo Shlomo. Sospecho también que llevó consigo los recuerdos de su rabino, Rav Gustman.

Que sea la voluntad de Dios que el pueblo de Israel santifique Su Nombre viviendo vidas de santidad que sirvan como una luz para las naciones, y que ningún niño, soldado o estudiante de ieshivá tenga que unirse nunca más a ese santo minián en el Cielo.

Posdata:

La última vez que vi a Rav Gustman, yo caminaba por el barrio de Mea Shearim/Gueula en Jerusalem con mi esposa y mi hijo mayor, que iba en un cochecito. Era viernes por la mañana y vimos al Rosh Ieshivá, nos saludamos y le deseamos un “Buen Shabat”. Luego hice algo que rara vez hago: le pedí que bendijera a mi hijo. Rav Gustman miró al niño, sonrió y dijo: “Que sea un niño como todos los demás niños".

Al principio, mi esposa y yo nos quedamos atónitos. ¿Qué clase de bendición era esa? Esperábamos una bendición para que el niño creciera y fuera un tzadik (un hombre justo) o un talmid jajam (un erudito de la Torá). Pero no, él lo bendijo para que fuera “como todos los niños”.

Pasaron muchos años hasta que esta hermosa bendición cobró sentido para nosotros. La bendición era que tuviera una infancia normal, que tuviera una vida normal, que gozara de buena salud… En retrospectiva, entiendo qué enorme bendición le dio Rav Gustman, y por qué.

Hoy, ese hijo, Matitiahu, y nuestro segundo hijo Hillel son soldados en unidades de combate de las Fuerzas de Defensa de Israel. Valientes, fuertes, motivados e idealistas, son excelentes soldados, excelentes judíos. Rezo para que regresen sanos y salvos junto con todos sus compañeros, y que vivan vidas normales, “como todos los demás niños".


(Este artículo se basa en una combinación de conocimiento de primera mano y una reconstrucción compuesta de los hechos tal como me fueron relatados).

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