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El Rompecabezas Cósmico

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17/01/2022 | por Rav Roziel Pilatowsky

Uno de los entretenimientos más populares y accesible para todas las edades es el de armar un rompecabezas. El reto de colocar la pieza correcta en su respectiva posición y de finalmente ver surgir la imagen completa, fascina tanto a niños pequeños como a adultos por igual. Uno puede encontrarlos en una diversa gama de dificultad, desde rompecabezas muy sencillos y de pocas piezas, hasta otros muy sofisticados, divididos en miles de piezas y con tonalidades semejantes. Con la ventaja de la tecnología actual, imaginemos a un rompecabezas virtual tridimensional, dividido en miles de bloques. Sin duda, sólo para profesionales del más alto nivel.

La cosmovisión de la Tora define el rol de la humanidad de forma similar al rompecabezas más complejo que podría existir. Se trata de un “rompecabezas” que abarca toda la historia del mundo, de principio a fin, cada generación con cada uno de sus individuos. El ser humano fue creado por Dios con la misión de transformar al mundo y perfeccionarlo a nivel espiritual. Esta rectificación (“Tikun” en hebreo) requiere del esfuerzo colectivo de toda la humanidad, por lo que podemos comparar a cada persona como una “pieza de este rompecabezas enorme”.

Tomando esta analogía, así como el fabricante de un rompecabezas no produciría ninguna pieza extra, que no fuera parte de él, de forma similar, cada persona creada por Dios es invaluable e indispensable para formar el “Mosaico Universal”. También, así como cada pieza de un rompecabezas es diferente de las otras, en forma, imagen y posición, igualmente a cada ser humano le corresponden características únicas y distintas, adecuadas a su respectiva función. Todos los aspectos de nuestra personalidad, y de las circunstancias de nuestra vida, 24 horas al día, los 7 días de la semana, desde nuestro nacimiento hasta nuestro último respiro, constituyen y definen nuestra “pieza”, o sea, nuestra aportación al “Tikun Olam” (rectificación del mundo). Esta misión se compone de dos aspectos, por un lado, de corregir nuestra persona, o sea, nuestros defectos y bajezas, que requieren de mejora y superación. Por otro lado, de corregir al mundo a través de las virtudes y de los talentos que poseemos, que son las herramientas que Dios nos dio para contribuir al Tikun Olam.

Hay una historia muy famosa que ilustra este punto. Una persona estaba trabajando en casa y su hijo pequeño lo interrumpía constantemente. Se le ocurrió al papá una idea para mantener al chico ocupado por un tiempo. Arrancó una hoja de una revista que tenía una fotografía del mundo, la cortó en muchos pedazos y le dijo a su hijo: “Si pones todos los pedazos en su lugar, te doy un dulce”. Para su sorpresa, regresó el chico poco tiempo después, con la imagen completa. Le preguntó el papá: “¿Cómo lo pudiste hacer tan rápido?”. Con una sonrisa de travieso, el chico le mostró que en la parte posterior a la imagen del mundo, había una fotografía del rostro de una persona, entonces al formar el rostro, se acomodó simultáneamente la imagen del mundo.

Lo mismo ocurre con respecto a nuestra misión en la vida, los dos aspectos que mencionamos anteriormente, o sea, la rectificación de los mundos interno y externo, están totalmente interrelacionados. En la medida en la que nos esforzamos en mejorar como personas, también impactamos al mundo de forma positiva y en la medida en la que intentamos mejorar al mundo, corregimos nuestros aspectos personales. Son dos caras de la misma moneda, o mejor dicho en base a este artículo, dos caras de la misma pieza.

El concepto cabalístico de reencarnación le agrega una dimensión atemporal y profunda a este principio. Similar a un meteoro atravesando el cosmos a velocidad vertiginosa, buscando reposo en el subsiguiente astro, el alma transmigra de una generación a otra, encarando situaciones que moldeen su carácter y la posicionen en el lugar adecuado para cumplir su misión.

La Tora es el manual de instrucciones que Dios entregó en el Monte Sinaí para guiarnos a realizar este emprendimiento tan difícil y complejo. Si la estudiamos y la aplicamos en todos nuestros actos, con la ayuda de Dios alcanzamos nuestro objetivo, tanto a nivel personal como a nivel colectivo. Desgraciadamente muchos desconocen cuál es el sentido de la vida y otros se dejan llevar por el ego y el materialismo, entonces en vez de construir un mundo mejor, lo acaban destruyendo.

La buena noticia es que Dios prometió que la historia del mundo va a terminar con un final feliz, enviando al Mesías para que él coloque a cada “pieza” en su lugar y elimine a todas aquellas que se oponen al Tikun Olam.

Que tengamos el mérito de ver su llegada, pronto en nuestros días y con misericordia, amen.




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