La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre


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El 7 de octubre de 2023, el amor se transformó en sacrificio cuando una joven madre huyó con su bebé, mientras su esposo se quedó atrás, luchando para que ellos pudieran vivir.
Extracto de Un Día en Octubre: Cuarenta Héroes, Cuarenta Historias.
Emergiendo del dolor y la pena infligidos el 7 de octubre del 2023, estos relatos en primera persona ofrecen consuelo y esperanza.
Yahav y yo nos conocimos en la escuela de actuación, y desde el día en que nos conocimos hasta nuestro último momento juntos nunca dejamos de discutir quién se enamoró primero. Yo siempre insistía en que él me coqueteó; él siempre decía que yo fui la que le coqueteé a él. Quizá los dos teníamos razón.
Comencé a estudiar en el Estudio de Actuación Nissan Nativ en Tel Aviv poco tiempo después de haber sufrido un ataque sexual. Estaba muy traumatizada y cerrada en mí misma. Lo que no sabía en ese momento era que Yahav había experimentado su propio trauma. En el año 2008 vivió algo que lo cambió para siempre. Estaba en el kibutz en Kfar Aza cuando un proyectil de mortero disparado desde Gaza cayó de repente, de la nada. En aquel entonces no había refugios antiaéreos ni sirenas de Alerta Roja, y la bomba cayó y mató al padre de su mejor amigo Eyal, Jimmy Kedoshim, mientras Yahav estaba cerca, en el patio. Yahav fue el primero en verlo. A veces me hablaba de ese momento en que un ser humano se convirtió en un cadáver justo ante sus ojos. En ese momento tenía veintidós años, un jovencito, y toda su fe en este mundo simplemente se hizo añicos.
Recuerdo que durante el primer año de estudios, él interpretó la canción “Erol” de Meir Ariel como un monólogo, y era muy carismático. Recuerdo haberlo mirado mientras estaba ahí, iluminado por esa luz amarilla, y pensé: “¿Quién es ese? Vaya, es talentoso.” Poco a poco nos encontramos trabajando juntos todo el tiempo. Escribiendo juntos. Esa era la base de nuestra relación: éramos compañeros que amábamos crear arte juntos.
Más adelante ese año, me pidió que hiciera con él una escena de Romeo y Julieta. Después de un ensayo, una noche estábamos cansados y apoyamos nuestras cabezas en un viejo colchón húmedo que había allí. Lo miré a los ojos y algo cambió de repente. Vi algo que me hizo sentir en casa. Más tarde supe que también fue un momento decisivo para él, cuando me miró a los ojos. En algún momento durante el ensayo de esa escena, nos besamos.
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Pasó un tiempo antes de que fuéramos realmente pareja. Creo que él estaba un poco asustado por todos sus sentimientos. Yo le decía que lo amaba, y él me decía: “No sé si puedo.” Yo le respondía: “Está bien, pero yo sé que me amas”, y él decía: “No sé si lo nuestro va a funcionar,” y yo respondía: “Está bien, tú vete y vuelve. No importa. Está bien, puedes ir y volver”. Era como si yo estuviera absolutamente segura de que él me amaba; no sé por qué. Sabía que me amaba en lo más profundo. Confiaba en nuestro amor. Le dije: “Si necesitas tiempo para entenderlo, tómalo”. Yo sabía que volvería.
Shaylee y Yahav
En el 2016 tuve un terrible accidente automovilístico. Mi pierna izquierda se quebró gravemente en varios lugares, y tuve traumatismo craneal. Estuve en rehabilitación por más de un año. Estuve en silla de ruedas por mucho tiempo; todas las cirugías fallaron. Aún tengo una discapacidad y un trastorno de dolor, y tengo que caminar con un bastón. Puedo hacer casi todo, pero despacio.
Al principio me daba vergüenza salir de mi casa con un bastón. Prefería renguear, aunque me doliera. Pero entonces empecé a salir de casa cada vez menos. Hasta que un día Yahav me dijo: “Cariño, ¿qué intentas demostrar? ¡Vamos a comprarte bastones de todos los colores!” Y realmente lo hicimos. Salimos a buscar bastones de calidad. Compramos un bastón morado, uno dorado, uno azul. Tenía toda clase de bastones que puedas imaginar; incluso tenía uno de esos con una cabeza tallada arriba, como un villano.
Una noche, estábamos en casa en Jaffa comiendo pasta (pappardelle) y yo estaba sentada en mi silla de ruedas. Entonces, mientras comíamos, Yahav sacó de repente una cajita y la abrió. Adentro había un anillo. Yo tenía la boca llena de pappardelle y ni siquiera logré tragar. Dije “sí” con la boca llena. Eso fue unas semanas después de que los médicos me dijeron que probablemente nunca volvería a caminar; que había una posibilidad diminuta, pero sólo con otra operación muy arriesgada. Creo que Yahav eligió pedirme matrimonio justo entonces, en medio de mi desesperación, para darme fuerzas de no rendirme, para que le diera una oportunidad a la cirugía. Supongo que también lo hizo porque quería casarse conmigo.
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Después de mi accidente, empezamos a ir cada vez más a Kfar Aza. Allí todo es mucho más accesible para sillas de ruedas. Era muy cómodo para mí, y Yahav empezó a enamorarse nuevamente de su kibutz. En ese entonces, después de su trauma, trabajaba con su padre en el campo. Decía que la tierra lo sanaba. Empezó a hablar de criar a nuestros hijos en el kibutz, junto a su abuela y abuelo. Al principio yo estaba en contra. No por los riesgos de seguridad, al estar tan cerca de la frontera con Gaza, sino porque temía aburrirme, no encontrar trabajo… Le dije: “No quiero. Tengo esta visión: me veo sentada junto a alguna puerta mosquitera sucia, amamantando a un bebé y simplemente triste”. Yahav me dijo: “Yo en realidad tengo otra visión: nos veo sentados en el patio, con este pequeño niño desnudo junto a nosotros, corriendo por los aspersores”. Me quedé callada un momento, imaginándolo. Le dije: “En realidad eso me suena a una buena visión”. Así fue como decidimos mudarnos.
Vivimos aquí dos años y medio, un poco más. Realmente era un sueño. Ambos somos cineastas, directores, actores. Hicimos cuatro películas en esos dos años. Él trabajaba cerca, en el Colegio Sapir, en la Escuela de Artes Audiovisuales, como director de producción, y yo editaba películas. Trabajé en muchos proyectos del sur de Israel. La gente venía de las grandes ciudades del centro de Israel a trabajar conmigo en el pequeño Kfar Aza.
Muchas de las personas que aparecen en esa película, muchos de los extras, fueron asesinados o tomados como rehenes.
La última película de Yahav, Kibbutz Legend, es un largometraje que filmó allí mismo en el kibutz, con mucha gente de Kfar Aza.
También Iris Haim actuó en la película. Su actuación fue fantástica. Aún no puedo volver a ver las grabaciones. Muchas de las personas que aparecen en esa película, muchos de los extras, fueron asesinados o tomados como rehenes. Filmamos varias escenas en el comedor del kibutz; ahora está totalmente acribillado. Algún día lo editaré. Pero no ahora. Aún no.
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El abuelo de Yahav murió unos días antes de la masacre. El viernes por la mañana, el seis de octubre, enterramos a su abuelo en el cementerio del kibutz. Recuerdo que en el funeral pensé: Vaya, qué lugar tan hermoso para ser enterrado; todo tan verde con hojas y árboles. Yahav habló en el funeral; quería mucho a su abuelo y habló de cuánto significaba para él. Al final, le dijo: “Adiós, amigo mío. ¡Nos volveremos a encontrar!” Me asustó que dijera “nos volveremos a encontrar”. No entendí por qué lo dijo.
Esa tarde, tuvimos una cena familiar con todos los que observaban la semana de duelo de la shivá. Todos querían ver a nuestra hija, Shaya, que tenía apenas un mes, y Yahav la sostuvo, la paseó y se la mostró a todos, para que todos vieran a su bebé. Nuestro bebé.
De camino a casa, por los senderos en la oscuridad, Yahav y yo hablamos de lo especial que era todo, y recuerdo que le dije: “Cariño, lo mejor que hicimos fue mudarnos al kibutz”. Yahav dijo: “Totalmente”, y siguió hablando de otra cosa. Así nos sentíamos. Ambos nos sentíamos bien con nuestras vidas. Sentíamos que estábamos en el lugar correcto, en el momento correcto.
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A las seis y media de la mañana siguiente nos despertaron las sirenas de Alerta Roja y explosiones locas. Nunca en mi vida había oído tantas explosiones. Yo todavía estaba en un estado medio meditativo, medio dormida, porque estaba esperando que Shaya se despertara para su biberón. Estaba en shock. Corrí al refugio, y Yahav ya estaba allí; ya había empezado a cerrar la ventana y luego cerró la puerta. Nuestra ventana del refugio no se trababa porque no tenía pestillo. Nuestra casa está en el barrio viejo, donde las casas son más antiguas y los refugios no se cierran bien.
Poco después empezamos a recibir todos esos mensajes: el kibutz ha sido infiltrado, cierren las puertas, quédense en sus casas. Justo entonces Yahav se da cuenta de que nuestro perro Buckley no estaba allí. Me dijo que iba a buscarlo, y yo le grité: “¡No vas a ir a buscarlo!” Tenía miedo de que saliera; no quería que lo mataran. Pero no me escuchó; simplemente salió, buscó a Buckley y lo trajo adentro. Buckley suele ladrar mucho, pero estaba sobresaltado por todas las explosiones y se quedó quieto. Yo estaba realmente asustada. Empecé a rezar y a llorar, y a rezar y a llorar, y cuando Buckley vio que yo lloraba, se acercó y empezó a lamerme las lágrimas. Hasta el día de hoy, todavía me lame las lágrimas.
La mano de un terrorista se metió a tientas, una mano grande, aterradora. Ambos estábamos frente a la ventana. Yo estaba detrás de Yahav, y Shaya en mis brazos.
No pasó mucho tiempo antes de que empezáramos a oír disparos. Primero sólo un poco. Y motocicletas. Luego escuchamos voces acercándose, voces cada vez más fuertes, gritando y riendo, saludándose, “Ta’al, ta’al – entra, entra” en árabe. Nos dimos cuenta de que venían de más cerca, y empezamos a hacernos señas. Sin decir ni una palabra. Nos hicimos señas y llegamos a un acuerdo, apenas susurrando: “Tú sostienes la puerta; yo tengo a la bebé”. No pensamos que entrarían por la ventana; creíamos que entrarían a la casa e intentarían abrir la puerta del refugio.
Entonces se abrió la reja metálica de la ventana. La forzaron, y la luz brillante inundó la habitación. Antes el refugio estaba oscuro y cerrado, y de pronto entró la luz del día. La mano de un terrorista se metió a tientas, una mano grande, aterradora. Ambos estábamos frente a la ventana. Yo estaba detrás de Yahav, y Shaya en mis brazos. Realmente no había tiempo; el terrorista ya estaba en la habitación, pero aun así Yahav se volvió hacia mí para una última, breve mirada. No una verdadera despedida. Sólo me indicó con la cabeza que corriera. Sus ojos estaban vacíos, como si se diera cuenta de que eso era todo, que era el final.
Si las palabras pudieran describir lo que me dijo con esa mirada, sería algo así como: “Lo siento, cariño”. Entonces simplemente se volvió hacia la ventana, abrió la manija del vidrio y forcejeó con el terrorista para mantener cerrada la reja metálica. Lo último que recuerdo es cómo su pelvis se movía mientras luchaba contra el terrorista.
Era un tipo menudo, casi flaco, y sus caderas se movían mientras peleaba. Ese es mi último recuerdo de él.
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Yahav se quedó en el refugio, y yo salí afuera con Shaya en brazos y giré a la izquierda por el sendero. Si hubiera girado a la derecha, me habría topado de frente con los terroristas. Por pura suerte giré a la izquierda y empecé a correr. Estaba descalza, sin teléfono, en pijama, con esa ropa interior desechable, la que se usa después de tener un bebé. Corrí, y en un momento sentí todo ese tiroteo a mi alrededor. Era un ruido que nunca había oído antes, como un zumbido, un silbido, y me di cuenta de que moriría si seguía corriendo por ese camino, así que me metí entre unos arbustos junto a la valla de bambú de mi vecina. Los oí gritar detrás de mí “¡Ta’al, ta’al! ¡Ven, ven!” con esos gritos de alegría, como si hubiera algún tipo de premio por matarme a mí y a Shaya.
Los oí gritar detrás de mí “¡Ta’al, ta’al! ¡Ven, ven!” con esos gritos de alegría, como si hubiera algún tipo de premio por matarme a mí y a Shaya.
No podía correr rápido por mi pierna, así que seguí corriendo entre los arbustos, luego empecé a golpear puertas, y todas las casas estaban cerradas. Corrí de casa en casa, de patio en patio, pero todo estaba cerrado, y tenía demasiado miedo para gritar “¡Soy Shaylee!” por si los terroristas me oían, porque todavía estaban muy cerca. En algún momento entendí que no tenía a dónde ir, así que me escondí en un pequeño vestíbulo entre la puerta de malla y la puerta principal de mi vecina Yardena. De alguna manera Shaya seguía dormida. Recé para que no se despertara. Recé y esperé allí hasta que ya no pude oír los pasos de los terroristas. Miré por la malla y vi que no estaban, así que me levanté y seguí corriendo y tocando puertas y ventanas.
En algún momento comprendí que nadie iba a abrirme, así que encontré un pequeño cobertizo de jardín, entré y cerré la puerta. Era un cobertizo de madera. Busqué algo filoso y recuerdo que encontré un martillo y otra herramienta larga, una especie de cincel. Así que agarré el martillo con una mano y escondí el cincel en mi pijama. En el cobertizo había un lavarropas y me escondí detrás de él y puse una especie de maceta sobre Shaya, y sus pequeños pies sobresalían por debajo. Así que puse otra maceta sobre nosotras y unos sacos de arena y fertilizante. Recé para que no empezara a llorar.
Intenté imaginar que era un personaje de una película del Holocausto, escondiendo a su bebé en una de esas literas. En ese momento no era yo.
Intenté fingir que todo eso le estaba pasando a otra persona; intenté imaginar que era un personaje de una película del Holocausto. Un personaje en un campo de exterminio, escondiendo a su bebé en una de esas literas. En ese momento no era yo. Estábamos en una película. Eso me ayudó a calmarme; me ayudó a no permitir que el miedo me paralizara. Justo entonces, cuando tuve un segundo para respirar después de haber preparado un escondite para nosotras, empecé a entender dónde estaba, lo que estaba pasando. Moría por clamar al cielo, pero no podía dejar que nadie me oyera. Moría por gritar. Me sentía atrapada dentro de mi cuerpo, y lancé un grito silencioso sin emitir sonido.
Afuera había constantes explosiones y gritos de los terroristas. Estaban felices. Después, algunas personas dijeron que estaban drogados, pero esa no fue mi impresión. No. No estaban fuera de sí. Corrieron detrás de mí y de mi bebé de un mes con emoción, con alegría. Eligieron dispararnos a mí y a Shaya. Los oí. Sabían lo que hacían; tomaron una decisión.
Después de un tiempo en el cobertizo, Shaya empezó a llorar. No le gustó que me quedara quieta en el cobertizo porque estaba acostumbrada a dormirse en movimiento. Le dejé chupar mi dedo y esperé que se calmara. Funcionó unos minutos, pero se despertó hambrienta. No había comido desde las cuatro de la mañana. Su llanto se hizo más fuerte, y oí gritos afuera; sentí que se alegrarían de encontrarme. Entendí que si me quedaba allí, estaba perdida. Tenía que salir.
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Fuera del cobertizo había un césped enorme, y sabía que tenía que cruzarlo para llegar a la siguiente fila de casas. Intenté golpear una puerta, pero nadie abrió; así que no tuve más remedio que cruzar el césped. Espié por los arbustos y vi que al otro lado del césped, una de las casas tenía un lavandero con la puerta abierta. Decidí correr hacia allí. Salí de los arbustos y empecé a correr, correr por mi vida tan rápido como podía. No mires atrás, no mires atrás; corre, corre, corre. Llegué al lavandero. Cuando llegué, oí que alguien me susurraba desde la ventana: “¡Entra, entra!”
“Lamento haberla traído; lo siento mucho por haberla traído aquí” porque sabía que en esa situación, cuando todos tienen que esconderse y guardar silencio, un bebé era como una bomba de tiempo.
Era la voz de Zuli. Era la casa de Zuli y Liron. Mis ángeles guardianes. Ellos tienen tres hijos. La casa estaba completamente cerrada, y Zuli vigilaba la puerta con su pistola. Cuando entré, su hijo estaba aterrorizado de mí. Me vio, una adulta con un martillo en la mano, y empezó a gritar; supongo que pensó que yo era una terrorista. Les dije: “¡Lo siento, lo siento! ¡No sabía a dónde ir!” Vi a sus tres hijos, y le dije a Liron: “Lamento haberla traído; lo siento mucho por haberla traído aquí” porque sabía que en esa situación, cuando todos tienen que esconderse y guardar silencio, un bebé era como una bomba de tiempo. Pensé que sería la muerte de todos ellos.
Estaba muy apenada. Le dije a Liron: “Estaban en nuestro dormitorio, entraron por la ventana, mataron a Yahav, lo asesinaron. ¡No sabía a dónde ir!” Y Liron me dijo: “Todo está bien, hiciste exactamente lo que tenías que hacer. También mataron a mi hermana”.
Hasta hoy, el número de Liron está guardado en mi teléfono como “Liron Mi Ángel Guardián”. Nunca olvidaré lo que hicieron por mí. Nos dejaron entrar a mí y a Shaya, sabiendo perfectamente lo que eso podía significar para ellos. Liron ya sabía que su hermana y su cuñado estaban muertos; que su pequeña hija había sido tomada como rehén; entendía exactamente lo que significaba dejarnos entrar a su refugio.
Estuve en el refugio con ella y con Zuli, y con sus tres hijos durante veintisiete horas. Veintisiete horas con un bebé hambriento. Yo no estaba amamantando, nunca pude darle el pecho después de que nació. Cada vez que lloraba, yo me disculpaba, y Liron me repetía: “No tienes que disculparte”.
Durante 27 horas estuve con ellos en el refugio. Cada vez que la bebé lloraba, yo me disculpaba, y Liron me repetía: “No tienes que disculparte”.
Veintisiete horas en el refugio. Nos convertimos en una especie de pequeña familia. Los niños y yo jugamos con Shaya a todos estos juegos, como si tuviéramos una pequeña guardería. Liron estaba con su teléfono e intentaba enviar mensajes para que alguien nos rescatara. Zuli estaba mucho fuera del refugio; patrullaba la casa con su pistola. Los niños me ayudaban con la bebé. La acariciaban, la sostenían y se aseguraban de que yo tuviera papel higiénico para mantenerla limpia porque no tenía pañales para ella. Fueron realmente maravillosos.
En un momento (no recuerdo exactamente cuándo, todo es un gran borrón), Zuli entró en la habitación. Apagó la luz y dijo: “Bueno chicos, tenemos que dormir; nos espera un día largo. No creo que el ejército venga hasta mañana por la mañana”. Nos dijo que fuéramos al baño, que no tiráramos de la cadena. Nos turnamos y volvimos al refugio. Luego Zuli tomó una tabla de una de las camas de los niños, la encajó bajo el picaporte de la puerta, se cubrió con una manta y dijo: “Chicos, ¡a dormir! ¡Buenas noches!” Nos hizo sentir seguros. Lo vi y dije: “Muy bien, vamos a dormir”. Más tarde, Zuli me contó que había visto docenas de terroristas caminando afuera con RPGs. Él entendió que una pistola no serviría de mucho y decidió que mejor nos durmiéramos todos. Al menos estaríamos en silencio.
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En un momento, mientras dormíamos, oímos que entraba gente en la casa. Gritaron: “¡Tzahal! ¡Tzahal! ¡Venimos a rescatarlos!” Pero Zuli nos hizo señas para que guardáramos silencio. Tuvimos suerte de que, de alguna manera, Shaya estuviera callada justo entonces. Liron y yo tratamos de averiguar si hablaban en hebreo o en árabe. Caminaban por la casa con pasos pesados. De alguna manera pasaron por alto la puerta de nuestro refugio y simplemente salieron de la casa. Liron y yo no entendíamos por qué no venían a rescatarnos si de verdad eran del Tzahal. Sólo unos días después, tras ser rescatados, Zuli nos dijo que, sin duda, habían sido terroristas.
Oímos que entraba gente en la casa. Gritaron: “¡Tzahal! ¡Tzahal! ¡Venimos a rescatarlos!” Pero Zuli nos hizo señas para que guardáramos silencio. Después supimos que eran terroristas.
Las horas se alargaban y yo seguía pensando en Yahav. ¿Sigue vivo? ¿Qué pasa con él? En el grupo de WhatsApp había un rumor de que estaba herido y luego había sido rescatado, pero yo no lograba calmarme. Él estaba siempre en mi mente y le pedía que no muriera. Le decía en mi corazón: “Cariño, cariño, no puedes hacerme esto, no puedes hacerme esto”. Pero por fuera yo sólo parecía una mujer meciendo a su bebé.
Shaya se estaba debilitando; se volvía flácida y apática. Había respirado mucho humo porque la casa de al lado había sido incendiada. Recuerdo haberla observado, notando que estaba menos alerta, menos reactiva. Fue un momento muy aterrador, sentir que tu hija no responde. Liron seguía intentando comunicarse con todo el mundo para que nos rescataran: enviaba mensajes al ejército, al Shin Bet, a nuestras familias, amigos, a todos.
En medio de todos los disparos y explosiones, de repente escuchamos canto de pájaros. ¡Pájaros! Y unas horas más tarde, vinieron a rescatarnos.
De repente amaneció. Recuerdo haber oído pájaros fuera del refugio. ¡Pájaros! Era la cosa más extraña del mundo; lo recordaré por el resto de mi vida. En medio de todos los disparos y explosiones, de repente hubo canto de pájaros. Y unas horas más tarde, vinieron a rescatarnos. Soldados (no sé de qué unidad) llamaron a Liron por teléfono y le dijeron que estaban afuera, así que abrimos el refugio y salimos, directamente a esos vehículos militares blindados. Recuerdo que, de las veintisiete horas en el refugio, en realidad la parte más difícil fue salir de él. Me puse a llorar. Los niños intentaban calmarme. Decían: “Shaylee, el ejército está aquí. Ya no hay nada que temer”, pero ellos no entendían que yo lloraba porque los dejaba. Porque, en lo profundo de mi corazón, sabía que era la última vez en mi vida que sentiría que tenía una familia.
Shaya estaba en mal estado, apenas respondía. Tuvimos que llevarla al hospital.
Al salir de la casa vi casas quemadas por todos lados y terroristas muertos en el suelo. Me dije a mí misma que tenía que tratar de no mirar. Realmente dejé de mirar. Simplemente mantuve los ojos cerrados hasta que salimos del kibutz, y abracé a Shaya y recé a Dios. En la estación de servicio afuera de Kfar Aza un médico militar revisó a Shaya. Estaba en mal estado; tenía bolsas rojas bajo los ojos y apenas respondía. Tuvimos que llevarla al hospital.
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De Kfar Aza fuimos en un vehículo militar a Netivot. De Netivot nos llevaron en una ambulancia al Hospital Soroka en Beersheba. Sólo entonces, sólo en esos trayectos cuando vi todos los coches volcados, autos quemados y cuerpos y más cuerpos, sólo entonces entendí lo que había pasado. Sólo entonces comprendí cuántos terroristas habían entrado y cuántas personas habían sido asesinadas. No había tenido un teléfono en todo el día; incluso al principio, cuando Yahav entendió lo que estaba pasando por todos los mensajes que enviaban en el grupo de WhatsApp del kibutz, no me dijo nada. Me lo ocultó para que yo no estuviera aún más estresada. Cuando llegamos a Soroka los médicos se abalanzaron sobre la bebé. El informe médico decía que lloraba sin lágrimas, estaba muy deshidratada. Le dieron oxígeno durante dos días para limpiar todo el humo que había inhalado de sus pulmones.
Los combates en Kfar Aza continuaron durante tres días. Sólo consiguieron recuperar el cuerpo de Yahav tres días después. Hasta entonces no estaba claro si estaba herido, desaparecido o secuestrado. Lo busqué en todos los lugares posibles. Sentía que me estaba volviendo loca. Lo había visto luchar; vi cómo sus caderas delgadas se esforzaban contra el terrorista. Nos habían disparado a mí y a la bebé; no había razón para que no le dispararan también a él.
Entonces llegó la noticia. En el momento en que entendí que se había acabado, que estaba muerto, grité y no pude levantarme del suelo.
Pero entonces llegó la noticia. En el momento en que entendí que se había acabado, que estaba muerto, grité y no pude levantarme del suelo. Me decían: “Shaylee, ven al salón. Ven, siéntate con nosotros en el salón”, pero yo no quería levantarme. Era un trapo; estaba rota; no podía levantarme del suelo. Pero entonces Shaya lloró y, sin pensarlo, simplemente me levanté, la llevé al cambiador y le cambié el pañal. Luego le preparé un biberón y, sin darme cuenta, me senté en el salón como todos querían.
Entonces le pregunté a la madre de Yahav: “Mijal, ¿crees que puedo recuperar esperma de él aunque sea un civil, no un soldado?” Sabía que realizaban recuperación de esperma en soldados; no sabía si el procedimiento estaba disponible para civiles también. Resulta que sí se puede, pero se necesita una orden judicial; es todo un procedimiento. El problema era que no había tiempo para protocolos; hay una ventana muy corta desde el momento de la muerte hasta que el esperma deja de ser viable. Y el cuerpo de Yahav ya había estado demasiado tiempo allí hasta que lo encontraron. Pero su visión de un pequeño niño corriendo desnudo bajo los aspersores no me dejaba. Tenía que intentarlo; tenía que mantener nuestra familia. Ya había visto lo que Shaya había hecho por mí cuando no podía levantarme del suelo. Ella fue la única que logró levantarme.
Así que empecé a hacer mucho ruido; acudí a la prensa y a las redes sociales para ver si podíamos saltarnos la burocracia, hice todo lo que pude, pero en el caso de Yahav fue demasiado tarde. El maravilloso médico del Hospital Assaf HaRofé que realizó el procedimiento me dijo con gran pesar: “El esperma ya no es viable. Pero hiciste todo lo que pudiste”. El cuerpo de Yahav estuvo durante tres días en el calor de nuestra casa incendiada. Ya no quedaba nada que salvar. Pero lo que dijo el médico se me quedó grabado: había hecho todo lo que pude. Sólo entonces, cuando entendí que ya no quedaba esperma de él, cuando entendí que no quedaba nada por hacer, cuando Shaya estaba bien, cuando sabía dónde estaba Yahav y que su esperma ya no era viable, sólo entonces, cuando ya no tenía nada más de lo que ocuparme, empecé a hacer el duelo.
Yahav luchó contra los terroristas hasta el último momento.
Un análisis de la escena mostró que Yahav había luchado contra los terroristas hasta el último momento. Cuando sostuvo la barandilla de metal, ellos lanzaron cargas explosivas y granadas a nuestro dormitorio e incendiaron la casa mientras él seguía adentro. Yahav luchó contra su instinto de salir corriendo y se quedó dentro para impedirles entrar. El soldado que encontró a Yahav me dijo que habían hallado su cuerpo junto al cochecito de Shaya: él había usado el cochecito para bloquear la puerta que conducía a nuestro dormitorio. Me conmovió que hubiera muerto así, junto a un cochecito de bebé. Como qué optimista es pensar que un cochecito de bebé podría detener a los setenta terroristas que había fuera de nuestra ventana.
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Yahav sacrificó su vida para que Shaya y yo pudiéramos salvarnos. Él subió a la ventana y luchó contra los terroristas para darnos tiempo de escapar. Pienso mucho en ese momento, en el momento en que eligió subir a la ventana. Me ayuda cuando me asaltan pensamientos como por qué no le dije: “¡No seas un héroe! ¡Ven, escapa conmigo!”. Porque sé, en lo profundo de mi corazón, que él lo habría hecho todo otra vez. Porque así era Yahav. Él daba todo por las personas que amaba. Y deseaba tanto ser padre. Siento que eso es todo lo que siempre quiso en esta vida. El hecho es que Shaya y yo estamos vivas. Gracias a él, seguimos vivas.
Yahav daba todo por las personas que amaba.
Creo que él debió entender que yo no podría correr muy rápido por mis piernas, así que intentó detenerlos. Incluso después, cuando nosotras ya habíamos salido, él podría haber salido corriendo. Dejé todas las puertas abiertas para él. Pero eligió quedarse y luchar. Es como si se hubiera dicho a sí mismo: “O yo o mi bebé”. Amaba tanto a Shaya, me amaba tanto a mí, nos amaba demasiado.
Ahora, lo único que me interesa es nuestra hija Shaya. Es lo único que me hace sentir bien. Ella ilumina mi vida. Cada vez que me derrumbo, cada vez que me desplomo, ella me recuerda que está aquí. Sus pañales me hacen bajar a la tierra; sus biberones me mantienen atada a la realidad. Tampoco me critica; no entiende mis lágrimas. Puede verme llorar y de repente soltar una sonrisa enorme. Y esa sonrisa, esa sonrisa tan alejada de la realidad, me hace sonreír también a mí.
Teníamos un acuerdo, Yahav y yo. Teníamos un acuerdo, allí en esa habitación, cuando los terroristas entraron: “Tú sostienes la puerta; yo tengo a la bebé”. Ese era nuestro acuerdo. Cada uno tenía su tarea. Y eso sigue ocurriendo. Él sigue sosteniendo la puerta. Estará sosteniendo esa puerta por el resto de mi vida. Y yo sigo teniendo a la bebé. Mientras esté aquí con la bebé, nunca dejaré que mi luz se apague. Con todo el trauma que sufrí, tengo que seguir adelante, tengo que encontrar mi optimismo, tengo que encontrar razones para vivir. Lo vi sacrificar su vida por la mía. Teníamos un acuerdo. “Tú sostienes la puerta; yo tengo a la bebé”. Así que estoy cumpliendo nuestro acuerdo. Y ese acuerdo es lo que me mantiene viva.
El otro día, una buena amiga me preguntó: “Dime, Shaylee, si pudieras ser otra persona que no haya pasado por todo lo que tú pasaste; si pudieras vivir una vida diferente, ¿lo harías? ¿Cambiarías de lugar con ella?” Lo pensé un segundo y luego respondí: “No. Preferiría vivir este dolor mil veces más”.
Cumpleaños de dos años de la hija de Shaylee
Porque si yo fuera otra persona, no habría conocido a Yahav, y no habría tenido trece años maravillosos con él, trece años que fueron más grandes que la vida. Si yo fuera otra persona, no habría sido bendecida con una historia de amor así; podría haber pasado por la vida sin conocer jamás un amor así. No importa lo terrible que fue lo que pasé; sigo agradecida de haberlo vivido. Sigo agradecida. Estoy agradecida de haberlo visto allí bajo esa luz amarilla, tan talentoso y atractivo; agradecida de haber visto su alma cuando él era Romeo y yo Julieta. De haber encontrado mi hogar en sus ojos. Tuve un gran amor, un amor más grande que la vida. Tengo una hija, y su nombre es Shaya. Y esa es mi historia ahora en este mundo.
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