Tras el terremoto en Venezuela, la comunidad judía responde con solidaridad
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A lo largo de la historia judía, nuestras pruebas más grandes no siempre han venido de la persecución, sino de la prosperidad. Mientras que la pobreza pone a prueba nuestra capacidad de resistencia, la riqueza suele representar un desafío aún mayor para nuestro carácter. Quizá ningún episodio bíblico ilustre este desafío con tanta claridad como la historia de las tribus de Reubén y Gad en la porción de la Torá de esta semana, cuya abundancia las llevó a tomar una decisión trascendental.
Después de las milagrosas victorias de Israel sobre los ejércitos de Sijón y Og, las tribus de Reubén y Gad se acercan a Moshé con una petición: "La tierra que Dios ha conquistado es una tierra apta para el ganado, y tus siervos tienen mucho ganado. Si hemos hallado gracia ante tus ojos, que esta tierra sea dada a tus siervos como posesión; no nos hagas cruzar el Jordán (hacia la Tierra de Israel)". (Números 32:4-5).
Su argumento parece razonable:
Sin embargo, Moshé responde con una intensidad sorprendente, comparando su petición con el pecado de los espías que condenó a su generación a vagar durante cuarenta años por el desierto. "¿Irán sus hermanos a la guerra mientras ustedes se quedan aquí? ¿Por qué desaniman a los hijos de Israel de cruzar hacia la tierra que Dios les ha dado?"(2)
¿Qué vio Moshé en su petición que nosotros podríamos pasar por alto? La Torá ofrece una pista sutil al introducir este episodio: "Los hijos de Reubén y los hijos de Gad tenían muchísimo ganado".(3) Este detalle, aparentemente insignificante, lo revela todo.
Como enseña el Midrash:
Dios creó tres dones preciosos en el mundo: la sabiduría, la fortaleza y la riqueza. Cuando se reciben como regalos divinos, se convierten en los bienes más valiosos que existen. Pero cuando una persona se apropia de ellos como si fueran exclusivamente suyos, esos dones no perduran. Las tribus de Reubén y Gad cometieron precisamente ese error: se separaron de sus hermanos a causa de sus animales y de su riqueza. Por ello, sus ciudades fueron destruidas y fueron las primeras tribus en ser exiliadas. La riqueza no tiene permanencia cuando el Santo, bendito sea, no quiere que la tenga, pues todo proviene de Dios.(4)
Moshé comprendió que detrás de sus argumentos aparentemente lógicos, se escondía una peligrosa distorsión de prioridades. El dinero había llegado a ser para ellos más importante que permanecer junto a sus hermanos(5) y cumplir el mandato de Dios. Al igual que Lot, el sobrino de Abraham, quien eligió la prosperidad de Sodoma antes que la guía espiritual de Abraham (Génesis 13:10-11), ellos estaban dispuestos a separarse de la comunidad por una ganancia material.
Pero la historia no termina allí. En respuesta al severo reproche de Moshé, ambas tribus prometen unirse a la conquista antes de establecerse en sus nuevas tierras. Sin embargo, incluso en esa promesa vuelven a mostrar sus prioridades equivocadas. Dicen: "Construiremos corrales para nuestro ganado y ciudades para nuestros hijos". Moshé corrige inmediatamente el orden: "Construyan ciudades para sus hijos y después corrales para su ganado".
No era una simple cuestión de palabras. Como explica Rashi, habían puesto sus bienes materiales antes que sus propios hijos: lo secundario por encima de lo esencial. Incluso cuando intentaban corregirse, sus prioridades seguían revelando el problema de fondo.(6)
Como dijo Francis Bacon: "El dinero es un gran siervo, pero un pésimo amo".
Vale la pena detenernos en un detalle fascinante del Midrash. La riqueza de estas tribus provenía de Dios, como resultado de las victorias militares que Él les concedió. Sin embargo, el Midrash afirma que ellos "se apropiaron" de esa riqueza. ¿Cómo puede la misma riqueza ser, al mismo tiempo, un regalo divino y algo "arrebatado"?
La respuesta revela un principio fundamental: un mismo recurso, aunque haya sido recibido directamente de Dios, puede convertirse en un regalo divino o en una carga espiritual, dependiendo del uso que hagamos de él. Como explica el Midrash, cuando la riqueza (o cualquier bendición) sirve como medio para cumplir la voluntad de Dios, permanece conectada con su Fuente y perdura. Pero cuando la convertimos en un fin en sí misma, la desconectamos de su origen, como una flor arrancada de sus raíces, destinada inevitablemente a marchitarse.
Los dones divinos siguen siendo verdaderamente divinos solo cuando nos acercan más a Dios y a nuestra comunidad.
Moshé percibió desde el principio ese potencial destructivo y por eso reprendió con tanta dureza a las tribus de Reubén y Gad. Con el tiempo, aquello que Moshé intentó arrancar de raíz terminó manifestándose. Tal como enseña el Midrash, al colocar la riqueza por encima de la comunidad e incluso de sus propios hijos, estas tribus fueron las primeras en ser desterradas de su tierra.
El mensaje para nosotros es claro: los dones de Dios siguen siendo dones solo cuando nos conducen hacia Él y hacia nuestra comunidad. Dedica unos minutos a hacer un inventario personal.
Recuerda: el verdadero valor y la permanencia de un don no dependen de poseerlo, sino del propósito para el cual se utiliza.
¡Que tengamos el mérito de emplear todos los dones que hemos recibido para servir al propósito más elevado posible!
Este artículo fue inspirado en una clase de Rav David Steinhauer, del Programa de Certificación Rabínica del Kolel de Jerusalem, así como en los escritos de Rav Ierujam Levovitz, guía espiritual de la Ieshivá Mir en la Bielorrusia del siglo XX.
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