El significado del Templo Sagrado en Jerusalem

03/08/2025

5 min de lectura

Explora el significado más profundo del Primer y Segundo Templo en Jerusalem y por qué los judíos aún lloran por su destrucción.

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El origen de esta costumbre es un juramento que el pueblo judío hizo hace más de 2.000 años para no olvidar nunca a Jerusalem. Tal como está registrado en el Libro de los Salmos: “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentamos y lloramos al recordar a Sion… Si te olvidare, oh Jerusalem, que mi diestra pierda su destreza. Que mi lengua se pegue a mi paladar, si no te recordare, si no elevare a Jerusalem por encima de mi mayor alegría” (Salmo 137).

De hecho, hay toda una sección del Código de Ley Judía dedicada a prácticas y costumbres para recordar el Templo y la Ciudad de Jerusalem (ver Oraj Jaim 560).

Cada año, durante al menos 2.000 años, el pueblo judío ha ayunado el Nueve de Av, Tishá BeAv, y recitado (a menudo entre lágrimas), elegías y poemas de duelo (kinot) en memoria del Primer Templo, destruido por el Imperio Babilónico hace unos 2.500 años, y del Segundo Templo, destruido por el Imperio Romano hace unos 2.000 años (Mishná, Taanit 4:6). También lamentamos otras tragedias de nuestro largo exilio, pero el enfoque central de todo el duelo es en realidad la pérdida del Templo en Jerusalem.

Este enfoque es difícil de comprender para nosotros en el siglo XXI. El Primer Templo, construido por el rey Salomón en Jerusalem, duró 410 años y fue destruido por Babilonia. Tras el regreso de muchos de los exiliados judíos de Babilonia a Israel, se construyó el Segundo Templo, bajo el liderazgo de Ezra y Nejemiá, y duró 420 años. Estamos muy alejados de esos tiempos y eventos, pero como los Templos estuvieron en pie más de 800 años, y dado que la memoria nacional judía ha preservado aquellos tiempos, nos corresponde tratar de entender la importancia de los Templos, entonces y ahora.

Cuando el rey Salomón construyó originalmente el Templo, dio un discurso en su inauguración. El Libro de Reyes (I:8) preserva ese discurso donde Salomón explica el propósito del Templo.

Hay ciertos lugares donde la presencia de Dios es más obvia, más manifiesta y accesible.

Primero, él señala que claramente el Templo no puede “contener” a Dios: “¿Habitará Dios verdaderamente sobre la tierra? He aquí que los cielos, y los cielos de los cielos no pueden contenerte; cuánto menos esta casa que he edificado”.

¿Qué queremos decir cuando decimos que la “presencia de Dios”, la Shejiná, reposa en algún lugar, como el Templo o el Muro Occidental? La presencia de Dios llena todo el tiempo y el espacio, y la existencia misma está “dentro” de Dios. Lo que queremos decir con Shejiná es que hay ciertos lugares (y tiempos) donde la presencia de Dios es más obvia, más manifiesta y accesible. (Comentario del Ibn Ezra, Éxodo 25:40) Uno de esos lugares fue el Templo en Jerusalem, y su remanente, el Kótel (Muro Occidental).

El rey Salomón continúa explicando el propósito del edificio: “Escucha la oración de tu siervo y su súplica, oh Señor mi Dios, para oír el clamor y la plegaria que tu siervo hace hoy delante de ti; Que tus ojos estén abiertos hacia esta casa de noche y de día, hacia el lugar del cual dijiste: Mi Nombre estará allí; para que escuches la oración que tu siervo haga hacia este lugar”.

El Templo era un punto tangible de enfoque para las plegarias del pueblo.

Un lugar donde la presencia de Dios, la Shejiná, era evidente y atraía a las personas hacia la espiritualidad y la conexión con Dios. Incluso hoy en día, las arcas (Arón Kódesh) de las sinagogas en todo el mundo están orientadas hacia Israel. Las sinagogas en Israel miran hacia Jerusalem; en Jerusalem miran hacia el Monte del Templo (Talmud, Berajot 30a). Y un individuo que reza solo también debe orientarse hacia Israel y Jerusalem. (Incluso hay una aplicación que ayuda con esto.)

El Templo también estaba destinado a ser un lugar de adoración e inspiración para los no judíos. Como dice el rey Salomón: “Y también respecto al extranjero, que no sea de tu pueblo Israel, pero que venga de tierra lejana por causa de tu Nombre… cuando venga y ore hacia esta casa; escucha desde el cielo, lugar de tu morada, y haz conforme a todo lo que el extranjero te pida…”

El Templo era una fuente de sabiduría y valores judíos.

Además de ser un lugar hacia el cual la gente rezaba, el Templo era un lugar de donde emanaban enseñanzas, sabiduría y dirección. Era el lugar de reunión del Sanedrín, la corte suprema judía, cuyos miembros fueron los líderes espirituales y morales del pueblo judío durante más de 1.500 años.

Hoy en día no hay una voz central del judaísmo ni una autoridad consensuada en la ley y moralidad judía. Hay división, desacuerdo y disenso, y es difícil encontrar unidad. (Si no te gustan las “religiones organizadas”, ¡el judaísmo es para ti!). Pero anhelamos unidad y rezamos pidiendo inspiración y claridad. Esta es otra razón por la que lloramos la pérdida del Templo. Fue, y esperamos que vuelva a ser, como lo describe Isaías (2:4): “De Sion saldrá la Torá, y la palabra del Señor desde Jerusalem”.

Cabe señalar que incluso hoy Jerusalem es el centro del estudio tradicional judío, la investigación académica judía y también de la educación y publicaciones judías. Es raro encontrar un rabino, educador o académico judío en el mundo que no haya pasado tiempo estudiando, investigando o enseñando en Jerusalem. Todo esto, sin embargo, es solo una sombra del estatus original de Jerusalem y del Templo como faros de luz para el mundo.

El Libro de los Salmos (122:3) describe al Templo y Jerusalem como lugares de “unión”. El Templo es un lugar que “une” el cielo y la tierra, lo físico y lo espiritual, y el mundo real con el mundo ideal. En palabras del sabio español del siglo XIII, Rabenu Bejaia (Comentario sobre Números 19:13): “Jerusalem deriva su santidad porque es una ciudad unida a su contraparte, es decir, la Jerusalem celestial. Esta es la dimensión mística de la misma palabra Ierushalaim (transliteración de la pronunciación hebrea) que, debido a su terminación plural (im), indica una ciudad dual, una terrestre y otra celestial”. El Templo era la interfaz entre lo espiritual y lo físico, como un agujero de gusano en el espacio que permite viajar a otras galaxias y a otras dimensiones de existencia.

Jerusalem y el Templo simbolizan la eternidad del pueblo judío y el esplendor y la belleza del judaísmo.

Jerusalem y el Templo también fueron los “unificadores” del pueblo judío. Cada una de las Doce Tribus de Israel contribuyó a la compra y construcción del Templo, de modo que fuera propiedad comunal de todo el pueblo judío (Sifri, Deuteronomio 352).

Este fue el lugar donde los judíos de todo Israel y del Medio Oriente venían tres veces al año para las festividades de peregrinación de Pésaj, Shavuot y Sucot. Allí comían juntos, rezaban juntos y llevaban ofrendas juntos como un medio para crear y fortalecer la unidad y el sentido de comunidad judía. En palabras del Maharal de Praga (Netzaj Israel 82): “Los judíos se unen a través del Templo”.

Jerusalem y el Templo simbolizan la eternidad del pueblo judío y el esplendor y la belleza del judaísmo. Ambos fueron atenuados y ocultos por una historia de destrucción, guerra y exilio. Pero aún podemos discernir rastros de la gloria original del Templo, y lloramos por la pérdida de la plenitud de ese esplendor. El Talmud nos dice que: “Quien llora por Jerusalem, merecerá ver su alegría” (Taanit 30b). Que esa bendición se cumpla para todos nosotros, pronto y en nuestros días, Amén.


Imagen del título: por Alex Levin
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