La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre


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El Dr. Norm Horwitz enfrentó muchos prejuicios en el ejército, pero todo cambió una noche tormentosa.
La tormenta era implacable, un torrente de lluvia con truenos que retumbaban en el cielo. En un camino desolado que conducía al complejo habitacional de la base militar, una figura solitaria avanzaba con dificultad bajo el aguacero. Era el capitán Norman Horwitz, con su impermeable y uniforme empapados, caminando con paso firme pero lento. A lo lejos, los faros de un automóvil quebraron la oscuridad la oscuridad al acercarse un automóvil. Al volante iba el coronel Archie Matheson, un hombre que con frecuencia se burlaba de Horwitz por su inquebrantable apego a la fe judía.
Lo que Matheson no sabía era que esa caminata en medio de la tormenta sería un momento decisivo, uno que cambiaría para siempre su percepción de aquel hombre tranquilo y resuelto al que solía ridiculizar.
Cinco años antes, Norman Horwitz había emigrado a Estados Unidos desde Toronto, Canadá. Como uno de los pocos judíos admitidos en la Facultad de Medicina de la Universidad de Toronto, bajo su restrictivo sistema de cuotas, superó barreras institucionales y se graduó entre los primeros de su clase. Su brillantez, combinada con su tenacidad, preparó el terreno para una vida extraordinaria de servicio y dedicación.
Poco después de terminar la carrera de medicina, Norm se casó con Hadasa, una mujer extraordinaria con una historia propia. Hadasa y su familia habían huido de Alemania en 1939, escapando de la creciente persecución nazi. Inicialmente buscaron refugio en Palestina, donde vivieron menos de un año antes de conseguir pasaje hacia los Estados Unidos. En noviembre de 1939 llegaron a Nueva York. Su documentación de inmigración los registró como palestinos, reflejando su residencia temporal bajo el Mandato Británico.
Norm y Hadasa fueron presentados por su mentor y guía espiritual, Rav Iaakov Kaminetzky, una de las figuras más destacadas del rabinato estadounidense del siglo XX. En junio de 1952, Rav Kaminetzky ofició su boda. Su vínculo creció rápidamente, arraigado en valores compartidos y un profundo respeto por la tradición.
Poco tiempo después, las habilidades de Norm como anestesiólogo lo llevaron a servir durante la Guerra de Corea. Reclutado por el Cuerpo Médico del Ejército de los Estados Unidos, fue nombrado capitán y pronto se destacó por sus innovaciones para asegurar la seguridad del quirófano. En aquella época, los materiales anestésicos eran altamente inflamables, lo que implicaba grandes riesgos durante las cirugías. Norm desarrolló técnicas para mitigar esos peligros, salvando innumerables vidas en el proceso. Sus contribuciones le valieron una mención especial del coronel Skinner, quien elogió su ingenio y el profesionalismo que reflejaba gran mérito tanto para Norm como para el ejército.
Mi padre Norm Horwitz es el de abajo a la derecha, junto a Rav Iaakov Kaminetzky.
Para mantener sus prácticas religiosas mientras estaba en bases remotas como Fort Sam Houston, en San Antonio, Texas, Norm recurría con frecuencia a los consejos de Rav Kaminetzky. Con ayuda de colegas en Israel, el Rabino identificó recursos para que Norm pudiera acceder a alimentos kosher y conectarse con familias judías de la zona. Norm también consultó con Rav Moshe Feinstein, la máxima autoridad en ley judía, para navegar el delicado equilibrio entre la observancia del Shabat y su deber de salvar vidas.
El tiempo de Norm en el ejército no estuvo exento de desafíos. Como judío observante, enfrentó prejuicios e incomprensión, particularmente de parte del coronel Matheson, quien también era médico. Escéptico de las tradiciones judías, Matheson se burlaba con frecuencia de la fe de Norm, viéndola como un conjunto de reglas arbitrarias. Norm le había explicado que si bien podía salvar vidas en el quirófano los sábados, no estaba permitido conducir a menos que fuera por ese motivo, por lo que iba y venía a pie. También surgía el tema de las leyes de kashrut, cuando Norm declinaba amablemente los alimentos que le ofrecían. Matheson pensaba que todo eso era completamente ridículo y se lo decía. Cada semana. Él estaba convencido de que el judaísmo sólo consistía en reglas convenientes para los judíos, sin principios reales ni un sistema de valores coherente.
Norm nunca cedió. Respondía con cortesía, pero no comprometía sus creencias ni entraba en conflictos.
Una noche de viernes, una poderosa tormenta eléctrica azotó la zona mientras Norm estaba de guardia en el hospital. A pesar de los truenos y la lluvia torrencial, Norm se mantuvo enfocado en su trabajo, atendiendo a los pacientes con su característica precisión y profesionalismo. Al terminar su turno, comenzó a caminar de regreso al complejo habitacional en medio del temporal, manteniéndose fiel a su fe.
Mientras Norm avanzaba bajo la lluvia, el coronel Matheson regresaba a casa en su coche. Al ver una figura solitaria en la carretera, se detuvo y se sorprendió al ver a su “saco de boxeo”, el capitán Norm Horwitz.
—¡Horwitz! —exclamó Matheson—. ¿Qué demonios haces en este clima?
Norm lo saludó con cortesía.
—Buenas noches, señor. Mi fe me permite salvar vidas en Shabat, pero no conducir, a menos que sea con ese propósito. Así que estoy caminando.
Matheson lo miró incrédulo.
—¿Estás loco? ¡Está lloviendo a cántaros! ¡Súbete al coche!
Norm negó con la cabeza, suavemente.
—Le agradezco mucho su amabilidad, señor, pero debo mantenerme fiel a mis tradiciones. Caminaré.

Matheson quedó perplejo. En ese momento, vio algo que nunca antes había visto: la fe de Norman no se trataba de conveniencia ni trivialidades. Se trataba de devoción y principios, incluso ante la incomodidad. Por primera vez, Matheson sintió una punzada de respeto por el hombre al que tanto había menospreciado.
Tras una pausa, Matheson dijo:
—Está bien, Horwitz. Si significa tanto para ti, manejaré a tu lado.
Y así, el coronel Matheson condujo lentamente, acompañando a Norm durante los 15 minutos de caminata hasta la base. Los dos hombres hablaron poco, pero el silencio estaba cargado de significado. Al llegar, algo había cambiado.
Desde aquella noche, Matheson trató a Norm con un nuevo respeto. El hombre que antes ridiculizaba se convirtió en una figura digna de admiración. Una persona profundamente comprometida con un sistema de valores más grande que él mismo. Con el tiempo, su relación se transformó en una verdadera amistad. Matheson incluso se convirtió en defensor de Norm, apoyándolo en sus esfuerzos por equilibrar su fe con sus deberes como médico.
Norm era mi padre. Su historia de fuerza silenciosa y principios inquebrantables dejó una huella imborrable, no sólo en Matheson, sino en todos los que lo conocieron. Su vida es testimonio del poder transformador de la integridad, la fe y el coraje de mantenerse fiel a las propias creencias, cueste lo que cueste.
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Que belleza de historia. Las leyes, preceptos y principios judíos son, no solo, la bendición para cada alma judía, sino para toda la Humanidad