El soldado judío en el ejército de Hitler

21/05/2025

8 min de lectura

Cuando era adolescente en Viena durante la Segunda Guerra Mundial, Georg Rauch de repente descubrió que su madre era judía. Entonces lo enrolaron al ejército alemán.

Georg Rauch nació en Austria en 1924 y creció en Viena viéndose a sí mismo igual a sus compañeros de escuela.

Pero todo cambió en 1938, poco después del Anschluss, la anexión de Austria por parte de Alemania.

Un día, a los 14 años, Georg llegó a casa después de la escuela y le dijo a su madre: "Mañana tengo que llevar a la escuela los certificados de nacimiento y los registros de bautismo de mis cuatro abuelos... Es algo que tienen que verificar antes de aceptarnos en las Juventudes Hitlerianas. Nos van a dar uniformes y cuchillos especiales, y los fines de semana iremos de campamento al bosque".

En sus memorias, Unlikely Warrior: A Jewish Soldier in Hitler’s Army, Georg describe la reacción de su madre:

"Mi madre se quedó mirándome por unos instantes. Luego fue a la otra habitación y regresó con un álbum de fotos...

Abrió el álbum y señaló una pequeña foto de un retrato al óleo. 'Este hombre era el barón Moses von Honigsberg. Su padre fue nombrado caballero por el káiser José II en 1789. Esta es la hija de Moses, Luise Tauber, nacida baronesa von Honigsberg. Ella era tu bisabuela'".

Después de mostrarle a su hijo más fotos de personas de aspecto distinguido, la madre de Georg concluyó: "Todos los que te he mostrado eran tus antepasados, y eran judíos. Tienes todo el derecho de estar orgulloso de ellos, y espero que nunca lo olvides".

Georg y su madre

La madre de Georg le explicó que, de acuerdo con la tradición judía, él era judío porque su abuela materna lo era. Según Hitler, él era un "cuarto judío", lo suficiente como para impedirle unirse a las Juventudes Hitlerianas.

La revelación de su madre le provocó sentimientos encontrados.

"Durante los meses siguientes, no fue fácil para mí aceptar mi nuevo estatus, o la falta de él. Noté que algunos de mis compañeros comenzaron a darme la espalda, e incluso dos o tres de mis maestros simplemente me ignoraban. Cada vez más chicos de mi edad vestían los pantalones cortos de pana negra y las camisas marrones de la Juventudes Hitlerianas y pasaban su tiempo libre marchando y practicando ejercicios premilitares...

Tenía dos amigos que compartían mi estatus de 'no ario', y solíamos hacer excursiones en bicicleta a los bosques y montañas. También empecé a pasar más tiempo solo, haciendo manualidades o pintando pequeñas acuarelas. Pasaba muchas horas simplemente soñando con los proyectos fantásticos que algún día llevaría a cabo".

La madre de Georg y su padre no judío dejaron muy clara ante sus hijos su oposición a Hitler y su régimen.

El padre de Georg, aunque era "ario", tenía un estatus peculiar. Él había servido con honor como capitán en la Primera Guerra Mundial y fue llamado al servicio al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, como estaba casado con una judía, el ejército alemán no lo quería como capitán, pero tampoco podía degradarlo. Por ello lo enviaron de regreso a casa dos días después y pasó los años de guerra en Viena, trabajando como ingeniero en una fábrica de herramientas.

Tal vez debido al estatus de su padre, la familia de Georg permaneció a salvo en su hogar mientras más y más de sus familiares y amigos judíos desaparecían de las calles de Viena.

Esconder judíos en el ático

Una noche de enero de 1940, la mejor amiga de la madre de Georg, que era judía, llamó a su puerta a las 2 de la madrugada y les preguntó si podía esconderse en su ático. "Ella había logrado escaparse de las garras de la Gestapo al trepar por el balcón de un vecino y deslizarse por el techo de un cobertizo. Llegó solo con la ropa que llevaba puesta".

Georg y Phyllis Roach

Los padres de Georg podrían haberle negado la ayuda y continuar viviendo relativamente seguros, pasando desapercibidos bajo el radar de los nazis. Pero esa noche tomaron una decisión que, en definitiva, salvaría muchas vidas judías. La familia vivía en el último piso de un elegante edificio construido originalmente para albergar a familias de la nobleza, y aceptaron esconder a su amiga en su amplio ático.

Georg ayudó a su padre a reparar una ventana rota del ático, cubrirla con papel negro, construir una cama improvisada e instalar una lámpara.

En las semanas y meses siguientes llegaron más judíos buscando refugio. "Recuerdo especialmente al carpintero, porque él fue quien construyó las complicadas paredes falsas en el ático, detrás de las cuales nuestros huéspedes podían desaparecer cuando fuera necesario", relata Georg.

Su madre alimentaba a los judíos escondidos y se encargaba de sus necesidades, mientras que Georg compraba ilegalmente cupones de alimentos en el mercado negro. Aunque esta tarea era peligrosa, ni siquiera consideró rechazarla. "Llegué a comprender que aunque yo era un ciudadano con derechos limitados, para los judíos completos era un momento aún más difícil".

Georg perdió la cuenta de cuántas visitas judías pasaron por su hogar.

Más tarde, descubrió que su madre "a veces salía de casa después de la medianoche con uno u otro de nuestros huéspedes para encontrarse con personajes dudosos que prometían, por precios elevados, sacar a los judíos de Austria a través de Hungría hacia Yugoslavia o Bulgaria. Desde allí, esperaban llegar a la neutral Turquía y luego a Londres o a los Estados Unidos".

Georg ayudaba a su madre a preparar equipo de viaje para los refugiados. También construyó complicados sistemas de alarma en todo el apartamento para alertar a todos en caso de que llegaran visitantes inesperados. Aprendió por solo ingeniería eléctrica y armó una radio, que tanto su familia como los huéspedes ocultos podían usar para escuchar noticias de Londres, lo que daba esperanza a los judíos escondidos.

Georg perdió la cuenta de cuántos judíos pasaron por su hogar. Algunos se quedaron sólo unos días, mientras que otros permanecieron más tiempo. La familia hizo todo lo posible por ayudarlos.

Reclutado en el ejército alemán

A medida que Georg maduraba de adolescente a joven adulto, comenzó a temer lo que sabía que era inevitable: el día en que sería llamado al ejército alemán.

¡Qué desesperanza sentí el día en que finalmente apareció una notificación de reclutamiento en nuestro buzón! Aunque estaba acostumbrado a disfrutar de un sueño profundo, esa noche pasé largas horas despierto, pensando en dónde podría esconderme para no tener que convertirme en un soldado alemán.

Sabía que era inútil. ¿Acaso no había reflexionado sobre el problema durante un año entero mientras pedaleaba cientos de kilómetros por los Alpes austríacos? Desafortunadamente, ese lugar perfecto donde me acogerían, alimentarían y mantendrían caliente y a salvo mientras toda Europa intentaba aniquilarse, no existía.

Georg no tuvo más opción que presentarse al servicio. Fue entrenado como telegrafista.

Mi transición de adolescente juguetón a soldado disciplinado estuvo lejos de ser sencilla... Hijo de médicos y arquitectos, crecí con la certeza de que mi opinión siempre sería escuchada y por lo menos considerada. Por eso, me resultó particularmente difícil seguir órdenes que a menudo parecían ilógicas, destinadas únicamente a producir un sujeto completamente sumiso que pudiera obedecer sin la menor objeción. Uno de los dichos favoritos de nuestro oficial de entrenamiento era: "Deja el pensamiento a los caballos. Ellos tienen la cabeza más grande".

Varias veces, Georg fue encarcelado por infracciones menores, pero el ejército no logró quebrantar su pensamiento independiente. Cuando fue enviado a un curso para oficiales de comunicaciones y estaba a punto de ser promovido a oficial ("supuestamente capaz de ordenar a cientos de hombres atacar y de gritar con convicción esas órdenes que los enviarían a la muerte"), Georg decidió que no iba a "usar mi cerebro para recibir y transmitir órdenes destinadas a ganar una guerra que, en mi opinión, debía perderse lo antes posible".

Solicitó una reunión con el comandante de división.

A las 9:00 a. m. del 10 de noviembre de 1943, me paré frente al escritorio del oficial, encarando tanto a él como al gran retrato de Adolf Hitler que colgaba en la pared detrás de él. Mis talones hicieron un clic fuerte, mi mano derecha se alzó en un saludo relámpago hasta el borde de mi gorra y, con la voz estridente que exigía el ejército alemán, grité: "¡Funker Rauch reportándose, señor!"

Cuando el oficial le preguntó qué quería, Georg respondió:

Grité la frase que había estado formulando en mi mente durante semanas:"Funker Rauch desea informar que no puede ser oficial en la Wehrmacht alemana".

Con una expresión de asombro casi idiota, el teniente coronel balbuceó: "¿Estás loco? ¿Te escuché correctamente?"

El oficial, enrojecido, acusó a Georg de traición y exigió una explicación.

De nuevo, junté mis talones. Como si me hubiera alcanzado una descarga eléctrica, presioné mis manos contra los muslos y volví a gritar: "No me siento capaz de convertirme en oficial del ejército alemán porque tengo sangre judía".

El oficial, sorprendido, se preguntó cómo Georg había llegado hasta allí y lo despidió. Georg regresó a sus barracas sin saber qué esperar.

Al día siguiente, descubrió que lo habían retirado del curso de oficiales y lo habían asignado al frente de batalla como telegrafista de infantería.

Así fue que el 11 de noviembre de 1943, Georg se encontró en un tren con destino al frente ruso.

En la Unión Soviética, Georg experimentó bombardeos aéreos, los gélidos inviernos rusos, hambre y enfermedades. Participó en batallas contra el ejército soviético, sobreviviendo milagrosamente contra todo pronóstico. En una ocasión, un tanque pasó sobre la trinchera donde él se había escondido.

Cuando estaba en combate, bajo ataque, peleaba por su vida. Se decía a sí mismo:

Tal vez tenga una oportunidad... Primero, disparar rápido y bien. Y si son demasiados, lanzar granadas de mano, y a quien aún se acerque, lo podemos apuñalar con las bayonetas. O, como dijo poéticamente aquel oficial el día en que juré lealtad, podemos partirles el cráneo con nuestras palas. Tenga o no sangre judía en mis venas, eso es exactamente lo que haré, porque quiero vivir. Sólo tengo veinte años.

Prisionero del ejército soviético

Hacia el final de la guerra, con el ejército alemán en retirada, Georg fue capturado por el ejército soviético. Ser prisionero resultó aún más peligroso que ser soldado. Los prisioneros eran obligados a marchar largas distancias apenas recibiendo comida o agua. La mayoría no sobrevivió. Georg contrajo disentería y casi muere.

Lo que lo salvó fue el inesperado interés de un oficial ruso en él. Este oficial, que hablaba alemán con fluidez, estaba casado con una mujer judía vienesa. Como Georg hablaba abiertamente sobre su origen judío, el oficial conversó con él y descubrieron que tenían intereses en común.

Cuando se recuperó, Georg descubrió que había algo más en el interés del oficial. Le ofrecieron servir como espía para la Unión Soviética. Pensando en los judíos escondidos en el ático de sus padres y en su propio deseo de que los nazis fueran derrotados, Georg aceptó.

Pronto, se enfrentó a un dilema moral: ¿Debía delatar a un nazi que había conocido a su familia y lo había ayudado personalmente?

Los Aliados ganaron la guerra antes de que Georg tuviera que tomar una decisión. Georg describe el "estruendoso alboroto de disparos y gritos" cuando se anunció la rendición de Alemania.

Rodé desde mi colchón hasta el suelo y enterré mi rostro en la jugosa hierba primaveral. Llené mis pulmones con el maravilloso aroma de la tierra húmeda y las plantas jóvenes, extendí mis brazos y piernas y me entregué a una profunda sensación de gratitud. Si en casa todos habían logrado sobrevivir a las bombas y a la Gestapo, tal vez podríamos estar juntos nuevamente en paz después de todo.

Pasaron muchos meses hasta que finalmente Georg pudo reunirse con su familia, que había logrado sobrevivir a la guerra.

Georg en su estudio en México

Cuarenta años después de la guerra, ya viviendo en México y trabajando como artista, Georg recopiló sus experiencias de guerra en sus memorias. El libro incluye la traducción de las cartas que Georg había enviado a casa desde el frente, así como sus dibujos originales.

Después de la guerra, Georg nunca supo qué había sucedido con todos los judíos que se habían escondido en su ático. Cada vez que intentaba preguntarle a su madre, ella lloraba y se negaba a hablar del tema. Supuso que la mejor amiga de su madre no había sobrevivido. Sin embargo, hubo otros que sí lograron sobrevivir y enviaron notas y regalos desde Inglaterra y Estados Unidos.

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Elizabeth Schulz
Elizabeth Schulz
1 año hace

Cada vez que los leo me emociono..y sufro al ver las noticias..ahora toda Europa contra ustedes¡¡ ...pero tengo la certeza no por fe religiosa si no por algo empírico...su fortaleza.inteligencia y pertenencia...un abrazo desde el fin del mundo...chile¡¡

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