El sonido del shofar va más allá de las palabras

08/09/2026

3 min de lectura

El shofar no tiene palabras ni melodía. Precisamente ahí reside su poder.

Dear Prudence es una de mis canciones favoritas de los Beatles. Fue escrita para Prudence Farrow, una amiga de los Beatles que estaba haciendo un curso de meditación trascendental con ellos en la India. Al parecer, entró en un estado catatónico. Perdida en sí misma, no salía de su habitación ni hablaba con nadie.

Y así, John Lennon le escribió esta canción: «El sol ha salido; el cielo es azul; es hermoso; y tú también. Querida Prudence, ¿no quieres salir a jugar?».

En cierto modo, todos somos Prudence Farrow.

Perdidos entre tanto ajetreo y locura. Atrapados en la rueda de la monotonía cotidiana, nos olvidamos con mucha facilidad del hermoso mundo que hay ahí fuera. Oportunidad, posibilidad, esperanza, amor, sentido, grandeza, contribución. Todo desaparece en la densa niebla que inocentemente creamos para nosotros mismos.

Olvidamos el magnífico mundo que nos han regalado y, en cambio, nos encontramos perdidos en la mezquindad y el vacío de la existencia cotidiana.

Maimónides dice que este es exactamente el mensaje del llamado del shofar: «Despierten, dormidos, de su sueño y, aletargados, de su letargo. Examinen sus acciones, reconsidérenlas y recuerden a su Creador».

Describe a personas que olvidan lo que es verdadero y real en la locura de los tiempos y pasan la vida dedicándose a actividades que, en última instancia, no les aportarán nada.

En otras palabras, tú y yo. (¡O al menos yo!).

El shofar es un llamado a algo más profundo, al alma. Un llamado que atraviesa el sinsentido de las historias que inventamos sobre la vida y sobre nosotros mismos y habla directamente a la parte divina que hay dentro de cada uno de nosotros.

Música sin forma

La música suele hablarle a algo más profundo. Nos relaja; nos eleva; nos inspira. La música es poderosa.

Pero la música viene con un mensaje, una intención. Tiene una forma moldeada por la mente humana que la creó, y esa forma tiene contenido. Si tiene palabras, hay todavía más contenido. Así que, aunque la música pueda llamar a nuestra alma, lo hace con su propia intención. Algunas intenciones son para bien y otras para mal.

No ocurre así con el shofar.

No tiene palabras ni melodía; el shofar es sonido puro; es inmaculado, no mancillado por un creador humano.

Música sin forma. Sencilla, humilde y sin pretensiones. Sin ninguna intención.

Un grito primordial que es la tekiá, el primer y último toque del shofar.

Entre esas dos tekiot viene un sonido de llanto: una teruá, un shevarim o ambos.

Y cada nota tiene su propio propósito.

La primera tekiá es un llamado al alma que llevamos dentro. Despierta. No hace falta un mensaje particular. Cambia de esta manera, haz esto en su lugar, sé mejor de esta forma… No hace falta un mensaje porque toda alma humana sabe cuál es, siempre y cuando esté despierta.

Luego viene el sonido de llanto del medio. Desde la perspectiva espiritual recién descubierta de la tekiá, reflexiona sobre la vida tal como la has vivido. Es un grito de conmoción, de dolor o de ambos.

Al recordar quién soy realmente, ¿cómo he podido vivir de esta manera?

Y luego, otra tekiá. Mirar hacia adelante, con confianza, hacia un futuro luminoso, con la claridad y la perspectiva del alma para impulsarme.

Tekiá: despierta al momento presente. Teruá/Shevarim: mira hacia atrás y contrasta, pero solo durante una fracción de segundo. Tekiá: el futuro está en tus manos para crearlo. Carpe diem.

Simplemente escucha

El poder del shofar proviene de su sencillez.

Cuando llegues al momento del shofar durante el servicio religioso, cierra los ojos y simplemente escucha. Pero no escuches el shofar, escucha más allá del shofar. Escucha en tu interior.

Y hazlo con el corazón abierto. Escucha y mantente abierto a oír algo nuevo.

El sonido del shofar hace magia. Llama: «Querida alma, ¿no quieres salir a jugar?».

Pero solo llama a un alma que está escuchando.

El shofar siempre me estremece en Rosh Hashaná y me llena los ojos de lágrimas.

Hay un mensaje en el sonido del shofar, pero ese mensaje es un mensaje de sentimiento, no de forma ni de ideas. Escucha en busca de ese sentimiento. Observa hacia dónde te dirige el sonido y permite que ese sentimiento permanezca contigo.

La bendición que decimos antes de tocar el shofar termina con las palabras lishmoa kol shofar: «oír la voz del shofar».

Una voz no es contenido. Es tono; es timbre; es resonancia; es calidad.

Buscas que te conmueva la voz del shofar, el sentimiento del shofar.

Rosh Hashaná es una oportunidad para despertar del sueño de la vida cotidiana, para vislumbrar la verdadera vida: una vida de compromiso, conexión, amor y construcción de un mundo mejor y más divino.

El shofar no necesita decirnos cómo hacerlo. Ya lo sabemos.

Su tarea es simplemente llamar.

Nuestra tarea es simplemente escuchar.

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