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El telescopio espacial James Webb y mi creencia en Dios

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15/07/2022 | por Rav Benjamín Blech

El mundo comparte un momento de asombro glorioso

Esta semana, mi recitación de la plegaria del Shemá fue diferente. Desde que NASA publicó las primeras imágenes del telescopio espacial James Webb, revelando la más inmensa perspectiva del universo, comencé a rezar con una sensación mayor de estremecimiento y una conciencia más profunda respecto a la grandeza de Dios como el Creador del universo.

Simplemente es algo que está más allá de la capacidad de comprensión de mi mente. Como explican los astrónomos, cada punto en la imagen es una enorme galaxia:

"Si bien en la foto hay algunas estrellas intrusas, prácticamente todos los puntos de la imagen son una galaxia. Para que te hagas una idea del nivel de la escala, imagina que pones un grano de arena en tu dedo índice y estiras tu brazo hacia el cielo. Ese grano de arena equivale a la porción del universo que el James Webb captó en su imagen. Se trata de una porción minúscula de nuestro universo, repleta con miles de galaxias, cada una con miles de millones o miles de billones de sistemas estelares con sus propios planetas".

En un sentido, la foto del telescopio Webb es una afirmación visual de una de las bases más potentes de nuestra fe.

Maimónides, en su clásica compilación de la ley judía en el Mishné Torá, no comienza simplemente presentando los detalles de la halajá y cómo debemos dirigir nuestra vida, sino que el cómo debe ser precedido por el por qué. No se espera que seamos robots que actúan sin entender.

En Mishé Torá, Maimónides escribió que la fe judía debe estar basada en el amor y el temor a nuestro Creador. Maimónides describe el camino para llegar a saber que Dios existe:

"Cuando una persona contempla Sus grandiosos y maravillosos actos y creaciones y valora Su infinita sabiduría que sobrepasa cualquier comparación, de inmediato lo amará, lo alabará y lo glorificará, anhelando con todas sus fuerzas conocer el gran Nombre (de Dios), tal como dijo David: "Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo" (Salmos 42:2). Descubrimos a Dios a través de la maravilla de Sus creaciones. 'Cuando veo Tus cielos, la obra de Tus dedos… (me pregunto) ¿qué es el hombre para que lo recuerdes?' (Salmos 8:4-5)".

En el libro de plegarias, antes de la declaración de fe del Shemá decimos una bendición. Su tema es la maravilla de la naturaleza, la gloria de la creación, la inmensidad del universo, y el milagro de su continua renovación diaria. "Cuán numerosas son Tus obras, Oh Dios, Tú las creaste a todas con sabiduría. La tierra está repleta de Tus creaciones… Y en Su bondad, Él constantemente renueva la obra de la creación, día tras día" (Salmos 104).

Hay quienes durante mucho tiempo han profesado la creencia de que la ciencia y la religión se encuentran en una guerra. Albert Einstein no estaba de acuerdo. Dicen que afirmó: "Mientras más estudio la ciencia, más creo en Dios". El objetivo de la ciencia es descubrir las leyes que gobiernan el universo; la religión nos recuerda la identidad de Quien fijó las leyes. Las leyes no cobraron existencia por sí mismas. Y las leyes del universo son el producto de un intelecto divino.

Joseph H. Taylor, ganador del premio Nobel de física por demostrar la existencia de las ondas gravitatorias de forma indirecta, a través de púlsares binarios, y por su trabajo que apoya la teoría del Big Bang de la creación del universo, dijo: "Un descubrimiento científico es también un descubrimiento religioso. No hay ningún conflicto entre la ciencia y la religión. Nuestro conocimiento de Dios se engrandece con cada descubrimiento que hacemos sobre el mundo".

La Torá no comienza con Abraham ni con el Monte Sinaí. Comienza con la creación, el acto que de forma inmediata sella en el mundo su origen divino. Y muchas de las grandes mentes de la ciencia tuvieron la sabiduría de reconocerlo.

Al observar las impresionantes fotografías que ahora tenemos disponibles a partir del telescopio Webb, recordé algo que dijo el físico Ernest Walton, ganador del premio Nobel de física en 1951 por sus experimentos con el "acelerador de partículas", la primera persona de la historia que logró disociar el átomo: "Una forma de llegar a entender la mente del Creador es estudiar Su creación. Debemos elogiar a Dios estudiando Su obra de arte y esto debe aplicarse a todos los reinos del pensamiento humano. Negarse a usar honestamente nuestra inteligencia, es un acto de desprecio hacia Aquél que nos dio esa inteligencia".

Paul Davies, el gran físico y autor de "Dios y la nueva física", compartió la siguiente idea en su discurso de aceptación del premio Templeton en 1995:

"La gente da por sentado que el mundo físico es tanto ordenado como inteligible. El orden subyacente en la naturaleza, las leyes de la física, simplemente se aceptan como algo dado, como hechos brutos. Nadie se pregunta de dónde vienen; por lo menos no lo hacen cuando están en amable compañía. Sin embargo, incluso los más ateos de los científicos aceptan como un acto de fe que el universo no es absurdo, que hay una base racional a la existencia física manifestada como una especie de ley de orden natural que por lo menos en parte podemos llegar a comprender. Por lo tanto, la ciencia sólo puede proceder si el científico adopta una perspectiva del mundo esencialmente teológica".

Al recitar el Shemá, siempre expresé mi firme creencia en un Ser Infinito que "en el comienzo Dios creó los cielos y la tierra". Hoy, con las imágenes del telescopio Webb y muchos avances científicos, mi creencia en Dios tiene más certeza que nunca.




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