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El trauma de mi madre por causa del Kindertransport

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19/12/2022 | por Ann Goldberg

Justo antes de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña rescató 10.000 niños judíos de Alemania, Austria y Polonia. Entre ellos estaban mi madre y sus dos hermanas.

La operación Kindertransport nació tras el pogromo conocido como Kristallnacht (La noche de los cristales rotos), que tuvo lugar en Alemania el 9 de noviembre de 1938. Sinagogas, negocios y escuelas judías fueron asaltados y reducidos a cenizas. Miles de judíos fueron atacados, dejando un saldo de muchos muertos y heridos. En los días siguientes, muchos judíos fueron arrestados y llevados a campos de concentración.

Cuando las noticias se filtraron al mundo, la mayoría de los países no reaccionaron. Aunque Gran Bretaña no estaba dispuesta a permitir entrar al mandato de Palestina más que la pequeña cuota establecida de refugiados judíos, el gobierno decidió hacer algo para ayudar a los niños que ahora estaban en riesgo en Europa.

Después de un debate en la Cámara de Diputados, el gobierno británico decidió permitir ingresar a Gran Bretaña a un número no especificado de niños refugiados menores de 17 años, para salvarlos de la máquina asesina nazi. Finalmente fueron admitidos 10.000 niños.

Las organizaciones judías de inmediato comenzaron a redactar listas de niños que cumplían los requisitos, comenzando por aquellos que estaban en mayor riesgo: aquellos cuyos padres ya estaban en campos de concentración.

Mi abuelo, Rav Paul (Pinjas) Holzer era el rabino de la sinagoga Neue Dammtor en Hamburgo. Durante Kristallnacht su sinagoga sólo fue ligeramente dañada, porque estaba lejos de la calle principal, y todavía podían usarla. A pesar de las advertencias de mantenerse alejados, mi abuelo llegó a la mañana siguiente, como siempre, para los servicios matutinos. Fue arrestado de inmediato por la Gestapo y deportado al campo de concentración Sachsenhausen.

Eso puso a sus hijas —mi madre y sus dos hermanas— en la categoría principal, y les dio lugar en el primer Kindertransport que salió de Alemania al mes siguiente, en diciembre de 1938.

Mi madre, a la izquierda, y sus dos hermanas.

El dolor de la separación

Yo siempre pensaba en el Kindertransport (kínder significa 'niños' en alemán) con gratitud a quienes lo organizaron en Europa y Gran Bretaña. Nunca pensé demasiado en el trauma que los niños y sus padres debe haber experimentado. Nunca me detuve a pensar qué sintieron mi madre y sus hermanas al tener que dejar a su madre, sabiendo que su padre había sido arrestado por los nazis, ni cómo se sintieron los padres al tener que confiar a sus pequeños en manos de completos extraños, porque esa era su mejor probabilidad de sobrevivir, mientras que ellos mismos apenas tendrían alguna posibilidad.

¿Cómo se separaron? ¿Sonrieron con valentía, los besaron y les dijeron que, con ayuda de Dios, se verían nuevamente en unas cuantas semanas? ¿Lloraron desconsoladamente y tuvieron que ser arrastrados lejos de sus queridos hijos, sabiendo que probablemente nunca los volverían a ver?

Cuán fuerte y valiente debe haber sido mi abuela. Descubrí que ella fue al cuartel general de la Gestapo para intentar conseguir la liberación de su esposo, y al mismo tiempo trató desesperadamente de organizar para que sus hijas se albergaran con familias judías en Inglaterra.

El trauma que mi madre vivió comenzó a ser visible sólo en un momento más tardío de su vida.

Al crecer, siempre supe que mi madre, que en ese entonces tenía 13 años, y sus dos hermanas habían sido parte de ese grupo de niños que llegó a Inglaterra. Ellas estuvieron entre los pocos niños afortunados que luego lograron reunirse con sus padres cuando ellos también lograron escapar de las garras nazis.

El trauma que mi madre vivió comenzó a ser visible sólo en un momento más tardío de su vida.

Niños judíos refugiados de Austria, miembros de uno de los transportes infantiles (Kindertransport), llegan a la estación de tren de Londres. Gran Bretaña, 2 de febrero de 1939. Fotografía: USHMM

Al crecer en una pequeña ciudad industrial en el centro de Inglaterra, la guerra y el Holocausto casi nunca se mencionaban. Nosotras mismas sabíamos poco, así que nunca se nos ocurrió formular preguntas. A mí me llamaron Ann por la princesa, la única hija de la Reina Elizabeth II, quien nació poco antes que yo. Eso fue una muestra de gratitud al pueblo británico que había salvado a mi madre y a tantos otros niños judíos.

Al llegar a Inglaterra, las tres hermanas fueron asignadas a tres familias diferentes. Recuerdo que mi tía me dijo: “Estábamos perdidas, infelices y asustadas, y no teníamos idea si volveríamos a ver a nuestros padres. Primero nos separaron de nuestros padres y luego, cuando llegamos a Inglaterra, las tres fuimos separadas. Estábamos completamente solas en un país extraño y nadie nos entendía. No podíamos hablar inglés y nuestros padres adoptivos no hablaban alemán”.

El trauma de su primer Janucá en Inglaterra justo después de llegar como refugiadas de Alemania, nunca la había dejado. Tan sólo había sido reprimido.

“Poco después de llegar a Inglaterra, fue Janucá. Una época para estar con la familia. Fue terrible. Supongo que todas lloramos amargamente durante esa época. Por lo menos yo lo hice”.

Esto me ayudó a entender por qué en un momento posterior de mi vida, mi madre empezó a tener una actitud negativa hacia la festividad. Se la veía abatida y se alejaba de la alegría de la celebración. El trauma de su primer Janucá en Inglaterra justo después de haber llegado como refugiadas de Alemania, nunca la había dejado. Tan sólo había sido reprimido.

Kindertransport: La llegada, una estatua de bronce en la estación de la calle Liverpool, en Londres.

A lo largo de nuestra infancia, Janucá consistió en el usual encendido de velas, jugar al sevivón, regalos y latkes. Mi madre nunca nos contó sobre su primer Janucá en el país. Los terribles recuerdos regresaron sólo cuando ya estaba anciana y sus pensamientos retornaron al pasado más distante, como ocurre con las personas mayores.

Separadas nuevamente

Unas cuantas semanas después de que las niñas llegaran, sus padres lograron escapar a Inglaterra y durante un breve período estuvieron juntos. Pero mis abuelos fueron asignados a una familia a la cual no le gustaban los niños, por lo que sus hijas tuvieron que ser enviadas nuevamente a otras familias.

Mi madre asistió a la escuela secundaria judía, una escuela ortodoxa dirigida por el legendario Rav Salomón Schonfeld, quien fue instrumental para ayudar a varios miles de niños a llegar a Gran Bretaña sin problemas. Pero cuando Gran Bretaña se unió a la guerra en contra de Alemania en septiembre de 1939, fue evidente que Alemania bombardearía Londres, por lo que el gobierno británico decidió evacuar a todos los niños de Londres en el campo. El 1 de septiembre, en lo que se conoce como "Operación Flautista de Hamelin", autobús tras autobús repletos de niños dejaron la capital hacia destinos desconocidos en el campo británico.

Evacuación. Eso implicaba otra separación más de sus padres.

A medida que pasaron los años y nosotras, sus cuatro hijas, crecimos, Mami ocasionalmente nos leyó párrafos de sus diarios de los tiempos de guerra. Ella había escrito un diario desde que había llegado a Inglaterra, incluyendo la época en que fue evacuada en la ciudad campestre de Shefford durante el bombardeo de Londres.

Todo ese período escolar tuvo lugar bajo el tutelaje de su directora, la Dra. Judith Grunfeld. Una vez más, cada niña fue asignada a una familia adoptiva, la mayoría de las cuales nunca había visto un judío en toda su vida.

Uno de los Kindertransport llega a Inglaterra, 5 de mayo de 1939.

Hubo muchos incidentes graciosos cuando estas familias no judías de buen corazón intentaban comprender a los niños ortodoxos que comían kósher. ¿Por qué rechazaban la comida cuando era evidente que estaban hambrientos? ¿Por qué se iban a dormir con la luz encendida el viernes por la noche?

Para la mayoría de los niños, esta época fue la última de su infancia sin preocupaciones. Después de la guerra la mayoría descubrió que eran huérfanos. Muchos se fueron de Shefford a diversas granjas de Inglaterra para prepararse para su futuro construyendo kibutzim en Israel, mientras que otros se asentaron y construyeron sus hogares en Inglaterra.

Mi madre y sus hermanas estuvieron entre los pocos afortunados que sabían que sus padres estaban vivos y esperándolas en Londres. Sin embargo, los traumas de la separación que ellas experimentaron durante esos horrorosos años seguían latentes, enterrados en el subconsciente de mi madre, esperando surgir más adelante.



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